miércoles, 9 de septiembre de 2015

LA NOVICIA

     El convento amaneció engalanado para la gran fiesta que en pocas horas iba a comenzar. Todas las hermanas andaban revolucionadas de un lado para otro. Había bastantes invitados  muy elegantes.
   La capilla estaba hermosa adornada con las flores de variados colores y tamaños, cuyo perfume daba la impresión de estar en medio de un jardín en primavera. Una fina alfombra de color azul celeste cubría el pasillo central, con ello  finalizaba la decoración.
   El órgano sonaba como preámbulo a  la ceremonia más importante en la vida de Mª Rosa. Estaba preciosa con su vestido blanco y un pequeño velo cubriéndole la cabeza. Su rostro destilaba  felicidad.
 Después de las palabras del ritual y con su brillante alianza en el dedo, las hermanas la llevaron hacia un rincón rodeándola. Comenzaron a despojarla del traje nupcial sustituyéndolo por el hábito de la congregación. A continuación tuvo lugar la misa cantada y concelebrada por varios sacerdotes allegados a su familia.
   La emoción flotaba en el ambiente, los asistentes tenían humedecidos los ojos,  al finalizar todo fueron sonrisas y felicitaciones, seguidamente  degustaron los ricos manjares   preparados para la ocasión.
   Por la tarde las internas  salieron al patio era grande, con partes para practicar  deporte y otras zonas ajardinadas con algún banco para tomar el tibio sol de primavera, la visión del Moncayo era imponente y en esa época todavía estaba cubierto de nieve. Cuando inesperadamente apareció Mª Rosa con una gran sonrisa, se le acercaron sus alumnas, que la inquirían atropelladamente en su afán de saciar su curiosidad.
   Ella soltó una sonora carcajada que acalló sus voces lentamente las dirigió hacia la puerta del gimnasio;  sentándose en el suelo,  formaron un círculo. Entonces Mª Rosa tomó la palabra.
  - Qué os cuento? - preguntó la monja.
   - Todo, todo - dijeron las niñas al unísono.
   - Como ya sabéis todas nací en La Coruña  fui al colegio de religiosas que se encontraba al final de la calle donde vivía. Mi infancia transcurría feliz hasta que un día mi madre se fue definitivamente.
  - ¿A dónde se fue?  - le preguntaron.
   - Al cielo, supongo, por que era buena y creyente - respondió ella.
  Entonces el silencio se apoderó del ambiente, pues en esa situación se hallaban varias  niñas que la escuchaban. Sin embargo, con su habitual sonrisa, Sor María Rosa prosiguió contando su historia.
  - Mi hermano es tres años mayor, por eso se quedó en casa con papá y a mí me internaron en el colegio. Pasaron un par de años y al casarse papá con una amiga de mi madre regresé al hogar.
   Las niñas sonrieron complacientes y expectantes ante la continuación del relato de Mª Rosa. seguro que no les defraudaría.
  - Rafael, que así se llama mi hermano, tiene un amigo de confidencias. Desde muy niños jugaban e iban de una casa a otra a hacer los deberes y charlar.
    También invitaban  a los compañeros a las fiestas que organizaban en los hogares respectivos. Según cumplíamos años, las hermanas nos introdujimos en ellas.
  Mª Rosa hizo una pausa para tomar aliento y ordenar sus ideas. Aquellos recuerdos estaban un poco olvidados.
   - ¿Y cómo se llama el amigo de su hermano? -le preguntaron sus futuras alumnas.
   - ¡Ah! Él... - respiró profundamente y contestó:  - Jaime, se llama Jaime y cuando tenía diecisiete años nos enamoramos.
   Por fin  dijo en voz alta esas palabras que nunca había confesado a nadie; era la primera vez que salían de su boca  y sintió un gran alivio. El grupo de niñas emitió unas risitas maliciosas y unas miradas pícaras se cruzaron con la suya.
   - Bueno, no hagáis suposiciones, que no es para tanto. Veréis, nos hicimos novios porque nos amábamos muchísimo, pero con el paso del tiempo me dí cuenta de que lo quería como a mi propio hermano, y eso no es suficiente para ir al matrimonio. Así que se lo comuniqué de la mejor manera posible para minimizar el daño que sabía que sentiría al oírlo.
  Las caras de las muchachas se tornaron tristes, pero siguieron interrogándola.
  - ¿Y qué hizo usted después?
 - Tenía planes, planes en los que Jaime  no entraba después del verano ingresé como postulante en la orden del colegio donde estudié. Iba a ser  monja.
 - ¿Y su novio que hizo? - inquirieron las pequeñas
  - Estuvo mucho tiempo insistiendo para que siguiéramos con la relación, pero mi decisión era firme y al comprobarlo también se fue a un convento con la intención de ser misionero en África. Eso es lo último que supe de él. Mi amor por Jesús es mucho más grande que cualquier otro que haya sentido, y hoy es la culminación de ese amor. A partir de ahora soy la esposa del Señor.
 - ¿Y es usted feliz? ¿No echará nada de menos? - insistieron las niñas.
  Mª Rosa sonrió, al tiempo que negaba con la cabeza. Poniéndose de pie animó a todas a seguirla al comedor para tomar una merienda especial. 

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