martes, 22 de septiembre de 2015

CON ESPINAS

              El otoño llegó casi de improviso con su aire fresco y calor tenue. Ana comenzó las reuniones con sus amigas  alrededor de unas tazas de café  en la cafetería próxima a sus habituales clases de Literatura. Sus pequeñas tertulias literarias se entremezclaban con los problemas habituales de sus vidas cotidianas.
            Una tarde lluviosa irrumpió  en la cafetería un hombre con el mono y el casco de motero todo de color negro al igual que su BMW. Cuando se descubrió la cabeza un montón de pelo gris humedecido rodeó su cara. Sacó un pañuelo para secar el rostro y entonces aparecieron unos hermosos ojos entremezclados de verde y marrón, enmarcados por unas largas pestañas que cruzaron su mirada con los melosos de Ana.
            A lo largo de las semanas comenzaron a coincidir en la cafetería donde sólo hablaban sus miradas, hasta que una tarde él las invitó. Mientras se presentaba aprovechó para deslizar con delicadeza una nota en el abrigo de Ana. Pasaron unos días hasta que  ésta metió la mano en el bolsillo y halló un papel doblado a la mitad, lo sacó y al mirarlo el color de su cara cambió. La nota, escueta, decía: “Soy Alex, éste es mi número de teléfono. Llámame”.
            Ana, desconcertada no sabía qué hacer ni qué pensar. Su cabeza no paraba de visualizar  la imagen de Alex con esos ojazos y el hoyuelo de la barbilla, mientras entre sus dedos sostenía su mensaje que releía una y otra vez. ¡Con la vida tranquila y sosegada que llevaba tenía que aparecer él ! Al fin, arrugó el papel y lo tiró a la papelera.
            En la tertulia semanal con María y Paula les comentó muy por encima lo que sucedía y les pidió cambiar de lugar de reunión, a lo cual asintieron sin más preguntas. A los pocos días, según atravesaba la avenida, sintió un brusco frenazo que la sobresaltó. Era Alex le entregó un papel doblado con su número móvil y su Skype.
            Ante tanta perseverancia Ana terminó por ceder  añadiéndole a sus contactos. Sus conversaciones agradables e irónicas de cada tarde les fueron aproximando hacia un terreno muy, muy resbaladizo. Todas las barreras con que ella se protegía de pronto saltaron por los aires.
  Alex  le propuso una cita en un café recoleto, tranquilo en el centro de la ciudad, allí tendrían la intimidad suficiente para una larga  conversación.
            Cuando sus manos se rozaron a la entrada del café un escalofrío recorrió el menudo cuerpo de Ana. Entonces supo que estaba perdidamente enamorada de él. Una vez acomodados en un rincón del café, él la abrazó, la besó con pasión y ella le correspondió con el mismo calor. Alex comenzó a contarle su situación personal.
  Se encontraba separado oficialmente, pero después de un año habían vuelto pero sin modificaciones legales,  vivían en habitaciones separadas. Entre ellos no había otra cosa que intereses creados.
            La cara de Ana reflejó la tristeza que la embargaba se esperaba cualquier cosa menos esa. No comprendía porqué en su situación comprometía a otra persona en su vorágine.  Y ahora para ella era tarde. Alex intentaba justificarse a la vez que le decía, mientras la acariciaba, que estaba enamorado de ella. Sólo tenían dos caminos, dejarlo en ese momento o intentar dar pequeños pasos con su incipiente amor.
   Sin embargo, de la constante comunicación Alex pasó a un distanciamiento lento, quizás debido a su agobiante trabajo o la inquietud de sentirse descubierto. Las comunicaciones estaban abiertas pero ninguno de los dos las utilizaba.
            De pronto, una noche casi a las doce sonó el teléfono  de Ana.  Sorprendida y medio dormida descolgó y al escuchar su voz se incorporó en la cama. La calidez y ternura con que le hablaba le hacia ser un juguete en sus manos.
  Los malos ratos de los pasados días se difuminaban como un mal sueño. Le decía que su mujer notaba su felicidad y maldecía el sexto sentido femenino. La relación llevaba todas las papeletas de convertirse en una montaña rusa de sentimientos. Guiada  por su intuición lo eliminó de sus contactos. Era un amor sin futuro, una rosa llena de espinas; apenas había disfrutado de su perfume cuando ya sentía el dolor punzante de sus afiladas agujas en el corazón.

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3 comentarios:

  1. Una relación que ella no quería y la veía peligrosa. Un abrazo

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  2. Es un hermoso y triste relato de amor
    Ana tuvo la inteligencia de actuar
    segùn su criterio y a mi parecer
    lo hizo bien.
    Cuando existen esos antecedentes en
    algunas personas, las espinas de la duda
    nunca se secan.

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    1. Gracias a las dos por vuestros comentarios, besitos

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