jueves, 17 de septiembre de 2015

ENCRUCIJADA

    Caminaba paseando por la gran avenida comercial mirando los escaparates sin verlos, necesitaba sentir la fuerza de la brisa rozando su cara como si de ese modo pudiera despejar su mente. Llegó hasta el puerto dejándose caer sobre un banco de piedra frente al horizonte marino, ensimismada en la tontería que acababa de cometer. ¡Una cita a ciegas!...  solo a ella se le podía ocurrir semejante idea. Un escalofrío recorrió su cuerpo, el otoño comenzaba a notarse por la tierra levantina, pero eso era mejor que lo que ocupaba su cabeza y lo que su corazón sentía. Era tan irrefrenable su deseo que se estaba volviendo loca a fuerza de reprimirlo. Se incorporó perezosamente para iniciar el regreso.
Rozaba los setenta, creía que los años se le esfumaban como el humo pero cuando se hallaba a su lado parecía que le devolvían parte de juventud, la fuerza y una necesidad imperiosa de poseerlo. Cada vez que sus labios rozaban sus mejillas se le erizaban todos los vellos de la piel; le provocaba para ir solos en el coche y con cualquier disculpa le acariciaba. Esos momentos los guardaba a fuego en su memoria para en la noche disfrutar de ellos.
Después pensaba en su hija aunque no sentía culpa ninguna. No la traicionaba si ellos no hacían vida marital, el camino estaba expedito para gozarle. A ellos les decía que su obligación era estar juntos por la estabilidad de los hijos, pero lo que ocultaba en lo más íntimo de su ser es que era la única manera de no perderlo.
El día que su mujer no comía en casa, Alejandro comía con ella, Mila deseaba que todos los días fueran  viernes para poder comer solos sin levantar sospechas. En esas ocasiones se acicalaba más que de costumbre, con una ropa interior sensual y el perfume que tanto atraía a su yerno, y una blusa  que desbrochaba con picardía dejando al descubierto parte de sus pechos. Al servirle se inclinaba deliberadamente para que él los mirara y ¡claro que los miraba! Se aproximaba tanto que casi los acariciaba con el rostro.
Finalizado el almuerzo le invitaba a echarse un rato en su cama para que viera un mini camisón de satén y encaje de chantillí negro que previamente dejara para él. Su olor  impregnado en las sábanas la ponían excitadísima y esa noche lo gozaba al máximo.
   En las últimas vacaciones repitió con ellos cuando estaban en la playa sus ojos fulgurantes lo traspasaban, en el agua lo tocaba y lo abrazaba, las olas eran sus aliadas. El matrimonio seguía distante, compartiendo un lecho gélido a pesar de la temperatura estacional. Y Helena seguía ignorante a lo que se fraguaba a su alrededor, ni en sus peores pesadillas lo hubiese imaginado.
Mila, al cerciorase que ellos continuaban, igual comenzó a maquinar un plan para poseerlo mientras su cuerpo lo permitiera, lo haría sin que Alejandro se enterara;  para cuando se diera cuenta sería tarde y lo tendría en sus redes. Esperaría a que sus nietos comenzaran el colegio para llevar acabo su intriga. Mientras tanto su mente trazaba el plan maquiavélico para hacerle suyo, gracias a su profesión tenía a su alcance toda variedad de psicotrópicos.
Llegó Septiembre y también el primer viernes en el cual Mila serviría la comida a Alejandro, todo como de costumbre pero esta vez aderezada con un polvito imperceptible. Como todavía hacía calor se acostó en la cama demasiado relajado como para mantenerse en pie. En el umbral de la puerta del dormitorio, igual que una gracia de Rubens, apareció Mila que se metió en la cama junto a él, acariciándole cada rincón de su largo cuerpo, recostándose sobre él hasta que logró que los labios de su yerno besaran sus pechos.  Cuando Alejandro notó un fogonazo en los ojos, supo que había sido el flas del móvil que ella había disparado. Por el pasillo se escuchó una voz que la llamaba.

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