viernes, 4 de septiembre de 2015

SINFONÍA DE COLOR

            Sentada en su cómodo sillón, relajada, con los ojos entreabiertos escuchaba la música que se expandía por toda la habitación. Unas notas evocadoras la transportaban a tiempos pretéritos. Bajo ese fondo musical  del Maestro Rodrigo volvió añorar sus años de juventud, cuando paseaba con sus hijos por los mismos jardines que tanto inspiraron al genial compositor.
            En primavera, cuando la estación finalizaba, planificaron su visita por Aranjuez. Había deseado tanto en el pasado conocer el Palacio, la Casita del Príncipe y los jardines que los disfrutó cada instante. A medida que la melodía avanzaba más y más se encontró inmersa en el paisaje. El solo de guitarra penetraba con fuerza en su interior, según se iban desgranando las notas. Su mente le traía  el recuerdo de los frondosos árboles, las flores con tanta variedad de luz y color Y el rumor del agua corriendo por sus fuentes. Todo ello conformaba una maravillosa sinfonía de color.
            Con la llegada al trono de Felipe V, quiso tener en España unos jardines que le recordaran a los de Versalles. Por ello engrandeció el Palacio y añadió el Jardín del Parterre, encargándoselo a un jardinero francés llamado Boutelou. Para ella éstos eran magníficos, los tenía tan cerca que en algún momento de su vida los podría visitar. Cuando por fin pudo pasear por ellos, un mar de sensaciones despertó todos sus sentidos. Con todos ellos absorbía cada imagen, cada sonido y hasta el más mínimo matiz de luz y color.
            El concierto iba llegando a su fin y su ánimo  se había puesto demasiado melancólico. Esto tenía que cambiarlo. Si por árboles y verde era, lo tenía facilísimo, con  ponerse unas playeras, coger las llaves y salir a la calle solucionado. Cruzando unas calles había un parque magnífico con muchos y variados árboles, que por tener, había alguno cuyas raíces salían de las ramas hasta llegar al suelo. ¿Los colores? Toda la gama del arco iris y alguno más que la mano del hombre consiguió. ¿Los pájaros? los que desease, incluso a veces más de los quisiera; las fuentes… ahí sí, no había muchas… bueno, solo una y ¡para qué más! Con la que había era suficiente. ¡Con lo escasa que está el agua! ¿Los bancos? De eso sobraba, cada cuatro pasos había uno. Claro que tenía su por qué, ante tanta contemplación de color uno  podía extasiarse  y debía tener próximo algo en que recostarse.
            Pero para verde, verde…, se dijo: lo que se dice verde…, y una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios. Que acompañada con el brillo picarón de sus ojos color avellana, dejaba entrever sus lascivos pensamientos.


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