viernes, 2 de octubre de 2015

LAS CENIZAS

    Era el primer día que se levantaba de buen humor hacía muchos años que no sabía lo que era dormir plácidamente una noche completa. Quizás desde que la obligaron a casarse siendo una adolescente. Su padre al saber de su embarazo la casó precipitadamente con un hombre que le triplicaba la edad.
    De nada sirvieron las quejas continuas a su madre que apenas la apoyó por temor a las agresiones de su marido cada vez que le contrariaba  últimamente no necesitaba excusa alguna para descargar sobre ella sus fracasos.
   La familia conocedora de lo que sucedía en la casa miraba para otro lado  en San Andrés los rumores eran constantes.
   Los convencionalismos sociales, la religión y el miedo al que dirán, es un corsé que atenaza  a las mujeres. Pero eso chocaba con el fuerte carácter  rebelde que se  escapaba por los poros de su piel.
    Hablaba con su madre para infundir parte del valor que a ella le sobraba y en su cabeza ideaba la forma de buscar una salida al tormento de las dos.
   El divorcio no era viable pues ya lo habían contemplado en otras ocasiones y la reacción del marido fue amenazadora señalando su escopeta de caza que colgaba en la pared.
  Una noche más en vela dando vueltas en la cama recordó lo que su abuela solía decir medio en serio medio en broma: “se hacen unas sopitas de ajo bien hechas....y se soluciona el problema”.
   Una mueca malévola se dibujó en su rostro, por la mañana se adentraría en la enorme biblioteca de los abuelos que nadie utiliza. Seguro que, entre la gran cantidad de libros de flora que pertenecieron a la abuela.
   En la belleza de las flores las plantas esconden su veneno ella conocía algunas de sus propiedades sin embargo ahora necesitaba saber las que pasaban más inadvertidas.  Su sorpresa iba en aumento al comprobar que todas las tenía en el jardín, las azaleas, las enormes hortensias e incluso las azucenas. Su hermosura y su fuerte perfume le ayudaría a cumplir su maléfico plan ¡quien lo iba a sospechar! Nadie no lo notaría ni  el médico.
     La madre angustiada por la extraña enfermedad de su marido no dejaba de llorar  si se moría ¡que iba a ser de ella!....Hasta qué punto la anuló que se sentía indefensa sin él.
  Cuando su marido la miraba le volvía la cabeza sentía el frío del acero en sus ojos y una maléfica sonrisa afloraba en sus labios. Ahora era ella la que dominaba la situación y la venganza estaba al alcance de su mano.
    Él no se atrevía a probar bocado. Cuando ella se ponía su plato de comida y daba las primeras cucharadas él le quitaba la comida devorándola. Era un anciano y el miedo a morir envenenado le obsesionaba.
    La situación resultaba incómoda pero a ella de momento le satisfacía bastantes años había sufrido sus ataques furibundos. Los abusos sexuales que en otro tiempo sufriera habían hecho de ella un ser vengativo y su justicia era la ley de Talión.
   A su hijo nunca le dijo la verdad sobre su progenitor, aunque los rumores de la gente llegara a sus oídos y las preguntas reiteradas del muchacho  la agobiaran.
   Una vez más los acontecimientos la desbordaban, no deseaba volver a utilizar las plantas del jardín, pero a su marido no le llegaba la hora del viaje final. Si lo llevaba a cabo esta vez tendrían que salir de San Andrés para no volver.
   Necesitaba tener una dura conversación con su madre y su hijo para poder tomar una decisión definitiva, ahora no lo iba a hacer sola aunque fuera la mano ejecutora, se irían a un lugar lejos donde  pudieran comenzar una nueva vida sin mirar atrás.
   Emprendió un viaje de improviso sin dar explicaciones, llevaba una bolsa de piel en la que puso unas pocas prendas pues pensaba que todo sería rápido. Se encaminaba hacia La Rioja, el clima era similar y los productos también. Bajó del autobús en Logroño y se fue al hotel.
  Decidida entró en una inmobiliaria para comprobar los precios de las viviendas de las afueras o en su defecto en los pueblos de las proximidades.
   El agente inmobiliario le condujo a una gestoría que se dedicaba a tratar de la venta o alquileres de las fincas agrícolas. La casualidad quiso que en Tirebla se vendía una gran hacienda los herederos no deseaban continuar con ella.
   Llegaba eufórica a San Andrés pero el azar le había reservado una sorpresa. No encontró a nadie por la calle, cosa extraña dado que era media tarde.
   Entró en su casa y no halló al marido la sala desordenada con sillas amontonadas y vasos con restos de vino no auguraban nada bueno o ¿quizás si? Se acercó hasta la calle de la iglesia comprobando que las puertas de ésta y del cementerio estaban abiertas..
   Según se acercaba al recinto religioso iba pensando que el cadáver era su marido y no se equivocaba. Al entrar la gente se aproximaba dándole el pésame. ¡Cuanta hipocresía! decía para sí mientras agradecía todas las muestras de fingido afecto.
   Cuando llegaron a casa supo que murió de un infarto  al no saber su paradero hicieron lo correcto. Sonrió abiertamente cosa que no hacía en mucho tiempo por fin se sintió libre.
   Las copas de vino se llenaron de nuevo bebiéndolas de un trago,lo necesitaban. El silencio pesaba como una losa y ahora debía exponer su solución.  Llamó por teléfono para dar su visto bueno en pocos días pondrían rumbo a Tirebla.
   La mañana comenzó luminosa; el trinar dulce de los pájaros y el jardín lleno de color invitaban a desayunar en la terraza, mientras lo preparaba los gorgoritos que brotaban de su garganta parecía ser una canción.
    Empezaron por seleccionar los muebles para la mudanza, luego la vajilla antigua de la abuela, los manteles y los objetos valiosos que se habían transmitido de generación en generación. La biblioteca guardaba alguna primera edición de los clásicos españoles y los maravillosos  libros antiguos griegos y romanos.
  En unas jardineras trasplantó un rosal amarillo y otro naranja, los bulbos de azucena, un gran tiesto con una hermosísima hortensia azulada y unas hierbas aromáticas para cocinar. ¡Vaya semana agotadora! no vendería la casona.
    El camión de la mudanza les esperaba en la puerta las maletas  en el coche para salir una vez finalizado el cargamento, ella se quedó rezagada para dar un último vistazo a tantos años de historia.
   Cuando cerraba la gruesa puerta de la casa una negra idea pasó por su mente volvió a entrar en ella acumulando unos trastos en la que fue su habitación y le prendió fuego. Abrió las ventanas para facilitar la combustión.
   Subió al coche y mientras se alejaba volvió la cabeza para ver como las llamas devoraban algo más que unos enseres.

     ©

 

4 comentarios:

  1. Buen relato Toñi. muacks, supongo bien que habrá segunda parte?

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  2. Qué mal está decirlo...!pero que bien tuvo que sentirse!

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    1. La verdad que tienes razón querida Maryflor, besitos

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