martes, 6 de octubre de 2015

DELANTE DE SUS OJOS

                                               
Delia acababa de regresar de uno de tantos viajes como realizaba a Madrid durante el año. Siempre se trasladaba en tren, su medio favorito de locomoción desde que lo descubriera en su ya lejana adolescencia. Aún recordaba aquellos lentos e incómodos vagones con asientos de madera, que tanto habían cambiado hasta alcanzar la comodidad y la velocidad de los actuales.
Le gustaba sentarse junto a la ventana para ver el paisaje, como diapositivas o cuadros hechos por un pintor mágico, a la vez que escuchaba música culta por los auriculares. Sus pensamientos en esos instantes eran etéreos y todo a su alrededor carecía de importancia. Ésta vez era diferente, se encontraba inquieta sin motivo aparente, no conseguía centrar su atención en nada. Tan pronto leía como jugaba con la PSP, escuchaba música o miraba la película, deseaba con impaciencia mal disimulada la finalización del viaje, no por algo en concreto sino más bien por añoranza de su hogar.
Se hizo de noche a mitad del trayecto. Su mente se puso a divagar: no le apetecía nada llegar sin sol a Alicante. En esta ciudad donde la luz tiene una intensidad especial y dicen que casi siempre es primavera... ¡claro, en el verano te asfixias! Menos mal que nos ponemos a remojo en el mar, y digo bien a remojo por que salimos como garbanzos de tantas veces como entramos y salimos del agua.
Sonó la voz de la azafata en el vagón anunciando el término del trayecto, la calma se rompió y un estruendo de equipajes se escuchó por el lugar. Ella esperó a que la zona se despejara y abandonó su asiento con relativa tranquilidad, ya que no soportaba las aglomeraciones.
Con la maleta azul en su mano se dirigió a la parada del autobús pensando que en unos minutos se hallaría en su cómodo sillón, devorando un bocadillo que había traído desde la capital mientras miraba la televisión. Cada vez que regresaba de algún viaje siempre era el mismo ritual, comenzaba con una llamada a sus hijos y amigos para informarles de que había llegado sin novedad. Al llegar a casa fue directa al teléfono y cuando se acercó a comprobar su listado sonrió al conocer el número. Su amigo Enrique, pese a saber de su ausencia, la había llamado para verificar su llegada.
Siempre estaba ahí para ella. La cantidad de detalles que el dinero no puede comprar, la preocupación por su bienestar y las eternas charlas telefónicas que varios días a la semana mantenían, habían creado unos lazos de cariño y confianza difíciles de romper. Delia solía lamentarse de la lejanía de ambos al hallarse en ciudades diferentes. Hubiera deseado compartir con él visitas a los museos, asistir a conciertos y alguna conferencia, o simplemente pasear a la orilla del Mediterráneo con descansos en las terrazas o en un coqueto café del casco antiguo para saborear unos cafés calientes o con hielo que tanto les gustaba. También apreciaba compartir sus inmensos conocimientos de cualquier tema que se tratase, pues para ella Enrique era su enciclopedia particular.
Por la mañana temprano deshizo la maleta y comenzó a poner orden en su cuarto. Después salió a comprar el pan ya que le apetecía saborear unas tostadas con mantequilla frente a una taza de café con leche humeante, luego retomaría el relato que había iniciado unas semanas antes.
Al colocarse frente al ordenador para continuar la historia rápidamente cambió de opinión y se dijo: puede esperar. Seguidamente movida por un impulso, como solo ella sabía moverse, comenzó a escribir sin tregua. Lo que tanto tiempo había buscando en un hombre lo tenía delante y no había sabido verlo hasta ahora. Enrique cumplía todos sus “requisitos” pero sabía que solo sería su amigo.

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