viernes, 9 de octubre de 2015

MOMENTOS FELICES

          Se aproximaba el cumpleaños de Daniel,  toda la familia se reunía en el chalet que los abuelos poseen al norte de la sierra madrileña. Desde  las ventanas del piso superior  había unas vistas magníficas y a Toñi le encantaba contemplarlas: las verdes montañas, la ermita, los frutales de las fincas cercanas y un riachuelo que bañaba la población con un agua pura y fresca, bajando de los picos próximos donde recogía la lluvia y las nieves del crudo invierno.
            En la finca había una piscina con un jardín colmado de rosas amarillas y rojas, en el que también cultivaban frutas, hortalizas y plantas aromáticas.
            Era sábado al mediodía y aquello pronto se llenaría de voces jubilosas y de  acción.   La barbacoa estaba a punto, para que Fernando y Luis comenzaran a cocinar mientras las mamás ponían la mesa.
            El humo y el olor de los asados se extendían por todos los rincones, entonces los comensales comenzaron a ocupar las sillas en torno a una gran mesa que había bajo el cenador. La comida y la bebida corrían a raudales, hasta que llegó el momento álgido para Daniel: inflar los encarnados mofletes para soplar las velas de su séptimo cumpleaños en la tarta que le había hecho la abuela. Todos alegres le animaban y con fuerte soplido la débil llama se apagó. Los aplausos y las felicitaciones dejaron las orejas de Daniel rojas y un poco doloridas.
            Empezó abriendo cajas y más cajas, la cara de sorpresa ante los nuevos  juguetes era indescriptible. Los niños se arremolinaban a su alrededor para ver las novedades y disfrutar un buen rato con ellos.
            Pese a ser el mes de julio el calor brillaba por su ausencia y a medida que la tarde avanzaba el frío se adueñaba del lugar. La falta de ropa de abrigo hizo que finalizaran la celebración dentro de la casa. Toñi subió con los niños a la planta superior para que no molestaran a los mayores en las conversaciones que mantenían. Una vez arriba se sentaron en el suelo con los juguetes. Antonio, el más pequeño, no paraba quieto ni un momento reclamando la atención constante de Toñi. Ella asió un cojín y se sentó con ellos en el suelo haciendo un círculo.
            Belén que era la mayor la pidió que les contara alguna historia como otras veces hacía para entretenerles. Ella se quedó pensativa unos instantes, buscando entre sus recuerdos alguno que les resultara divertido y les mantuviera expectantes. Al mirar a través de la ventana vio el verdor del paisaje decidió imaginarse un relato diferente a los que solía contarles.
            - ¿Veis el paisaje? - les preguntó, a lo que ellos le respondieron con un movimiento afirmativo de cabeza- ¿Sabéis quién lo cuida? - les dijo. Ellos al unísono replicaron con un no tan rotundo que a Toñi le resultó evidente que tenía que comenzar el cuento sin dilación.
            - Una vez, cuando iba paseando hacia las montañas, escuché unas vocecillas muy dulces y musicales que provenían de unas zarzas enormes llenas flores y con algunos frutos que empezaban a madurar. Su color rojo brillante llamó mi atención y al acercarme a ellos, un perfume delicioso embriagó mi nariz y escuché una música tan alegre que invitaba a bailar. Busqué a mi alrededor en las flores siguiendo el sonido de las notas, pero no hallé nada fuera de lo normal.
            Entonces me senté en la hierba fresca junto a un árbol donde  recosté mi espalda para descansar del esfuerzo que me supuso el último tramo de ascensión por la ladera del cerro. Entorné los ojos y los murmullos de voces se hicieron más cercanos. No quería abrirlos del todo para no asustar  los seres que los provocaban.
            Una ligerísima brisa apenas perceptible me acarició el rostro y en ese mismo instante escuché unas dulces risitas. Me dijeron: “abre los ojos y nos conocerás”.
             Descubrí ante mi a unos seres bellísimos que, agitando las alas con una cadencia musical, se acercaron a mis oídos para presentarse.
            - Somos las hadas que vivimos entre las flores y los árboles. Ellos son los geniecillos que como nosotras también cuidan de las plantas- me dijeron. Me habían observado durante mi paseo y al detenerme para contemplar la flora parecía que las buscaba insistentemente. Por ello pensaron que creía en su existencia. Se habían reunido todos los seres benéficos del lugar para celebrar su fiesta anual. Allí estaban los geniecillos, siempre alegres y dicharacheros, las ninfas de las montañas llamadas oréades, las del agua que son náyades, de los árboles dríades y la de las flores  llamadas alseides. Con éstas últimas tenían una relación especial ya que ambas cuidaban de la floresta.
            Permitieron que asistiera en silencio a su fiesta con la condición de no revelar nunca el lugar donde residían. No supe la procedencia de la música tan dulce y pegadiza que les obligaba a danzar y reír sin parar.
            Desaparecieron de repente. Las busqué pero fue en vano y entonces pensé: “si son mágicas”. Sonreí  a la par que me levantaba haciendo el paseo inverso y quizás con suerte, al año siguiente se dejarían ver de nuevo.
             Cuando terminó la historia, Daniel con su ingenuidad preguntó:
            - Toñi ¿yo también podré verlas?
            - ¿Crees en ellas? porque si crees quizás algún día se muestren ante ti- le comentó.
            - De acuerdo  ¿me llevarás contigo la próxima vez? -Quiso saber el niño.
            - Iremos juntos, pero ¿te ha gustado mi regalo? Es diferente a todos los que has recibido.
            - Si me ha gustado muchísimo, pero no lo puedo guardar y tengo miedo a olvidarlo- dijo, poniendo un gesto de tristeza.
            - No te preocupes, te lo escribiré para que lo tengas- prometió ella
Cogiéndoles de la mano bajaron a cenar y Daniel eufórico les decía a todos: “¡He tenido un regalo especial, que no se puede ver... bueno por ahora!
                      
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2 comentarios:

  1. Enhorabuena por este relato, Toñi. Consigues que el lector se adentré en la historia que,aunque corta, despierta el interés. La atmósfera es dulce y mágica. Precioso😘

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  2. Estoy convencida de que ese fue el mejor regalo que pudo recibir Dani y que lo recordará toda la vida. Ha quedado soberbio, felicidades

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