viernes, 9 de octubre de 2015

LAS VIOLETAS

         ¡Uf  qué calor! - pensó Bel mientras encendía el ventilador. Se sentó en su sillón  favorito y con el libro electrónico entre sus manos comenzó a pasar páginas en busca de algo ligerito que la relajara.
            Con el aire fresco en su rostro y antes de iniciar la lectura, entornó  los ojos para despejar su mente y adentrarse en la ficción. Se encontraba en una enorme pradera llena de margaritas y otras florecillas silvestres que era la antesala de un  sorprendente soto frondoso con robles y olmos centenarios. Había zarzas con sabrosas moras y otras con endrinas, y a sus pies, tapices de violetas que perfumaban el aire.
            Los animalitos que pululaban por allí le daban el aspecto de un cuento. Por eso a Bel le gustaba adentrarse en el bosque cuando su ánimo decaía un poco. Se sentaba al lado de las flores para aspirar su perfume a la par que cerraba los ojos para dejar volar su imaginación. Escuchaba los ruidos de los conejos, ardillas y varias clases de avecillas que poco a poco perdían su miedo y se le aproximaban. A ella le encantaba ese momento mágico en que su cuerpo permanecía inmóvil, mientras respiraba despacito para no ahuyentar a los animales.
            Cuando la tarde fenecía solía coger un ramillete de violetas para ponerlas en un pequeño jarrón de cristal labrado con hadas y flores que su madrina le había regalado en su pasado cumpleaños. Lo situaba en la estantería junto a los cuentos que releía una y otra vez hasta sabérselos de memoria. Su habitación quedaba embriagada por el perfume de las flores, creando una atmósfera perfecta para escribir sus propios relatos. Inventaba todo un mundo mágico con la fauna y flora del soto que tanto adoraba, añadiendo hadas y gnomos de las historias que los ancianos del lugar le contaban. Ella les correspondía con algunos ramitos de violetas que iba a buscar expresamente para ellos.
            Los años fueron pasando, Bel se hizo mayor y su pasión por la literatura creció a la par que su edad, tanto que de ello hizo su profesión. Su constancia tuvo la gratificación de ver en letra impresa una recopilación de sus cuentos infantiles.
            El sonido repetitivo del teléfono la obligó a abrir los ojos lentamente. Estaba desorientada,   cuando descolgó, una voces infantiles la devolvieron al presente: sus nietos habían regresado de sus vacaciones.
            Una vez acabada la conversación, instintivamente giró su vista hacia el violetero que aún conservaba desde su juventud y sonrió. Ahora contenía una varita de bambú con dos brotes, la única nota de naturaleza  en la sala de estar.

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