miércoles, 14 de octubre de 2015

VOCES EN EL JARDÍN


Mara paseaba a diario por el parque y también se alejaba alguna que otra vez por las zonas limítrofes del barrio. Una tarde a la caída del sol sus pasos se adentraron por unas calles desconocidas. Así descubrió una gran casona (que quiso ser palacete) rodeada de una gran finca. Con sus  ojos escudriñó cada espacio, cada rincón y encontró una fuente  que pugnaba por salir de la maleza que la aprisionaba.

    Miró en derredor y halló unas baldosas que indicaban varios caminos, otrora estuvieron escoltadas por árboles y setos. En la zona sur del jardín halló los restos de un antiguo pozo  desde donde  partían varias ramificaciones dibujando un laberinto.

    Giró sus pasos hacia la fachada frontal  admiró sus líneas  clasicistas el centro estaba flanqueado por dos torres vigías recordando el pasado árabe de la ciudad.

    Después divisó una escalinata que se extendían hasta la puerta de un lateral, unas arcadas sujetaban el suelo del piso superior éste rodeado con una gran terraza  las tres cuartas partes de su perímetro totalmente protegida por una balaustrada. Había unas puertas centrales amplias y acristaladas dos más pequeñas a su derecha e izquierda de sendas habitaciones.

    Oyó unos susurros miró a su alrededor pero no había nadie y pensó:”figuraciones mías”. Se encaminó hacia el pozo o lo que quedaba de él, sentándose en una piedra que en otro tiempo fuera una escultura.

    Desde allí admiraba la zona principal de la casa y la mayor parte del antiguo jardín la curiosidad se iba adueñando de ella. Su desbordada imaginación la llevaba a situar el palacete en su esplendor  con sus moradores a principios del siglo XX.

  El tibio sol de otoño se colaba entre las pocas hojas amarillentas de los árboles Mara bajó lentamente sus párpados a la vez que sentía languidecer su cuerpo. Una extraña sensación de placidez  se apoderó de ella. No supo cuánto tiempo había transcurrido cuando abrió de nuevo los ojos pero no debía ser mucho perezosamente se incorporó e inició el camino de regreso.

    Se dio una ducha rápida tenía hambre se preparó un plato frío con frutas y yogur miró el reloj de pared, la hora marcada era más de lo que pensaba. No comprendía como había pasado tanto tiempo si en el jardín solo cerró los ojos unos momentos. Hizo un gesto de incredulidad mientras se sentaba en el sillón a ver la televisión. Le aburría la programación cogió el libro electrónico y se fue a la cama a hacer una de las pocas cosas que le entusiasmaban.

    A la mañana siguiente temprano se marchó a dar su acostumbrado paseo a buen ritmo para mantenerse en forma, cuando lo estaba finalizando dio un rodeo para encaminarse hacia la casona y descansar en la piedra del día anterior.

    Al entrar en la zona del laberinto sintió un escalofrío según se aproximaba al pozo la curiosidad  y la intriga surtieron efecto, a partir de ese instante investigaría el pasado del palacete. Mientras hacía sus cábalas para comenzar su particular investigación se le acercó un caballero con una vestimenta de otros tiempos, a Mara le extrañó aunque dijo para sí: -cualquiera sabe tal y como visten algunos…- De estatura media, fornido, en su rostro unos ojos azabache cuya  mirada penetrante intimidaba y un pequeño mostacho por toda singularidad.

    El hombre muy cortés la saludó iniciando una conversación como si la conociera desde siempre. Mara desconcertada siguió el diálogo quizás él supiera algo sobre el lugar pues se refería a él como si le perteneciera.
Le preguntó por los antecedentes de la finca y el caballero antes de iniciar el relato se presentó.
   -Señora, permítame que me presente soy Gustavo-  y usted ¿es?- inquirió
    -Mara encantada-
    A lo que él respondió con una leve inclinación de cabeza a modo de saludo le comentó que le gustaría saber el pasado de tan hermosa casa.
   Gustavo carraspeó para aclarar su voz  empezó por fechar la construcción a principios de los años veinte. Comentó que en mil novecientos dieciocho una gripe diezmó a los habitantes de la ciudad, una gran sequía contribuyó a la emigración temporal de la huerta.
    Salían por el puerto hacia las costas de Argel y el Orasonado o el Mediodía francés, algunos se quedaban unos años y cuando regresaban invertían en empresas o en negocios propios. Por poco dinero compraban grandes fincas en los alrededores de la ciudad  construían edificios grandiosos como muestra de su poder económico.  
   Volvió su mirada hacia la casona diciendo: “esto es lo que queda como símbolo de aquellos tiempos”.
    Se despidió de Mara dando por concluida su perorata, quedó pensativa ante la nueva información con la vista fija en el palacete. Sí, todo eso estaba bien pero ¿quién habitó en ella? Lo importante para ella no era eso, lo que llamaba su atención y su curiosidad era la intrahistoria de sus moradores.
    No sabía si Gustavo se acercaría de nuevo a contarle el resto de la información que sin duda poseía. Cada día, al finalizar su cotidiano paseo, se sentaba en la misma piedra del laberinto atraída como un imán abrigaba el deseo de encontrarle.
   El invierno pasaba con lentitud para ella a pesar de los días luminosos pero el viento húmedo de Levante se colaba hasta sus huesos. Cambió la hora de sus caminatas comía temprano para salir cuando el sol enviaba más calor.
    Las mañanas las dedicaba a investigar en los archivos de la ciudad también buscó en la hemeroteca los actos sociales de la época,  no halló ninguna pista. Era como si la familia propietaria de la casa no hubiera existido. Alguien se tomó muchas molestias en hacerla desaparecer, esto no hacía más que incrementar su curiosidad se encontraba en un callejón sin salida.
    Los días de bruma se espaciaban  en su lugar el sol comenzaba a calentar tibiamente los cuerpos se desperezaban y las plantas recuperaban su vigor.
   Era domingo la ciudad aún no despertaba Mara inquieta no paraba de dar vueltas en la cama, una y otra vez recordaba la conversación con Gustavo. Sus ansias de saber  la llevaron a levantarse e ir a la casa como si estando frente a ella le revelara sus secretos
     Caminó deprisa y cuando la tuvo de frente preguntó: ¿y ahora qué? Ya estoy aquí le dijo, como si el edificio le pudiera contestar. Estuvo unos minutos escudriñando cada rincón con la viveza de sus ojos almendrados sin saber qué buscar. Se dio la vuelta y sus pasos la guiaron hacia el laberinto, se sentó junto al pozo en la misma piedra de otras veces, con la mirada perdida mientras su mente volaba.
   Sintió frío se había levantado un poco de aire y una débil bruma se acercaba desde el otro extremo del jardín. Cuando se incorporaba divisó una silueta masculina que no le era desconocida, entonces se dejó caer sobre la piedra a la espera de acontecimientos.
    -Hola, Mara, buenos días-saludó Gustavo
    -Buenos días, ¡cuánto tiempo!- le respondió.    
     -Necesitaba que centraras tu interés en esta historia y cómo veo que sigues empeñada en conocerla, te la contaré, espero no decepcionar tus expectativas.-le dijo
     Mara asintió en espera del relato que tanto anhelaba conocer entonces él tomó la palabra diciendo: “Adolfo Llopis fue uno de aquellos emigrantes que regresó con bastante capital para fundar una empresa, comprar un piso en el centro de la ciudad e invertir en una gran finca de los alrededores. Trabajó sin descanso, el día no tenía suficientes horas. Tenía tanto dinero que no sabía que hacer con él pero se dio cuenta de su pobreza al no tener con quién disfrutarlo.


  Comenzó por asistir a las fiestas de la burguesía aunque se sentía fuera de lugar, sabía que lo admitían por su dinero ya que a la mayoría les costaba mantener su estatus. Así que todas las familias con jóvenes intentaban agasajarle con el objetivo de ser la afortunada esposa. A pesar de su madurez se enamoró perdidamente de Isabel una joven menuda, de pelo castaño y poseedora de unos grandes ojos grises, expresivos, con un brillo tal que causaba admiración y a los hombres embrujaba con su mirada.
    Adolfo Llopis no era una excepción y  cayó en sus redes. Isabel estaba enamorada de Luis, su compañero de juegos. Su familia no aceptaba esa relación  pues no aportaba la liquidez que ellos necesitaban. Ella cumplió obediente  el plan urdido por sus padres. Se casaron en la Basílica de la Asunción con la mayor pompa que el dinero puede comprar. Antes del año  se escuchaban en la casa los llantos de un niño, todo era alegría y color en el hogar de los Llopis. Adolfo se apresuraba al salir del trabajo para estar con su mujer y su bebé, para no perderse ni un momento del crecimiento. Con los primeros pasos dieron una fiesta infantil, cuando le llamó papá supuso todo un acontecimiento familiar.
    Sus negocios le llevaron de nuevo a Argel y lo que solo era para un mes se convirtió en un año. Isabel se ocupaba del niño  menos cuando asistía a las fiestas, entonces quedaba al cargo del personal de servicio. Se compraba los últimos vestidos que traían a la ciudad. Siempre le gustaba llamar la atención en cada celebración, sentir los ojos de los demás clavados en ella.
    Las cenas en el palacete con la familia y los amigos eran frecuentes, Isabel no notaba la ausencia de su marido. Luis nunca faltaba a ellas y no le veían marcharse por muy de madrugada que se fueran los rumores comenzaron a desatarse por la capital.
    Con la llegada del calor las reuniones las hacía en el jardín. Le gustaba disfrutar del frescor de las plantas y escuchar el rumor  del agua que brotaba de las fuentes.
    El pequeño Adolfo correteaba sin parar, subía y bajaba de los bancos, chapoteaba con sus manos el agua fresca e intentaba escalar por la pared de piedra que rodeaba el pozo del laberinto.
    Una noche de estío cuando la cena había finalizado oyeron los relinchos y ruido las ruedas del coche  de caballos. Los sirvientes salieron a su encuentro ya que no esperaban a nadie,  cual no sería su sorpresa al reconocer al señor Adolfo que llegaba de  Argel. El recibimiento no fue el que deseaba a su esposa la sintió fría, lejana, apenas veía en ella a la Isabel que dejó tiempo atrás. Sin embargo su hijo estaba crecido  aunque de momento  receló, enseguida se arrojó en sus brazos.
    Los invitados lo saludaron agobiándole con todo tipo de preguntas a las que pacientemente respondía. Le dolía el estómago de hambre anduvo hasta la mesa sentándose a cenar las viandas que aún quedaban.
    Esta vez Luis les acompañó hasta la ciudad. Las mujeres cuchicheaban mirándole de reojo la situación se le hacía insostenible sentía todos los ojos clavados en la nuca.  Mientras tanto  la casa quedó en el silencio más absoluto. A pesar del calor se fueron a sus habitaciones más temprano de lo  acostumbrado.
    Los días pasaban y la normalidad se instauró en el matrimonio, los deberes diarios de Adolfo le retenían  en la ciudad mucho tiempo, tardaría en ponerse al día.
    Isabel a medida que transcurría las semanas seguía sin noticias de Luis llenándose de inquietud. Estaba deseando asistir a alguna fiesta para poder verle pues seguía enamorada de él. Cuando Adolfo regresaba del trabajo a ella se le ponía un nudo en la garganta, anhelaba tanto que nunca hubiese regresado de Argel.

   Ni siquiera soportaba las gracietas del niño, sus pensamientos eran para Luis. Los celos la consumían cada día. Comenzó a enfermar, tanto que Adolfo consultó a los doctores más afamados. Ninguno daba con el quiz de su enfermedad hasta que un día la visitó Luis. Entonces el brillo volvió a sus ojos, comenzó a levantarse a pasear por el jardín y jugar con el niño.
     Las visitas de Luis se fueron espaciando cada vez más y ella esperaba sentada en un banco del jardín, así pasaba las horas. Mientras Adolfo jugaba  su mente se hallaba ausente.
     Una tarde el niño echó a correr hasta el laberinto y comenzó a escalar por la pared del pozo como tantas otras veces había hecho. Isabel caminaba despacio pensando que su “amor” no la quería como antes. Oyó el grito desgarrador de su hijo, corrió hacia el pozo pero era tarde, Adolfo se cayó dando con la cabeza en las piedras del fondo.
    Las voces desesperadas de Isabel retumbaron por todos los rincones de la finca. El servicio acudió de inmediato sacando al pequeño ya sin vida.
    Adolfo llegó desgarrado, lleno de furia y con los ojos inyectados en sangre. Su vida se destrozaba como un castillo de naipes. Parecía un autómata, iba de aquí para allá sin saber qué hacer mientras las mujeres dentro de la casa se ocupaban de arreglar al niño.
    Bajó a la ciudad para preparar el entierro de su hijo en la funeraria escogió el ataúd  blanco más bonito que había.
   En el palacete todo era oscuridad el color negro colgaba de las paredes y predominaba en los vestidos de las féminas; los hombres llevaban corbata en señal de duelo.   
     Isabel tirada en su cama no paraba de llorar, la culpabilidad del accidente sonaba machaconamente en su cabeza. Hasta que no regresó su marido no bajó al salón donde velaban al pequeño Adolfo.
   Comenzaron a llegar los familiares y amigos para acompañarles en el velatorio. Adolfo sujetaba a su mujer que apenas tenía fuerza para andar. Entraron en la Basílica detrás del féretro. Al finalizar la ceremonia salieron por el pasillo central, y al pasar el umbral sus ojos se cruzaron con los de Luis.     Agarrada de su brazo, una mujer con una ostentosa sortija de compromiso. Entonces comprendió que todo su mundo se hundía sin remisión.
    Al regresar a casa continuaba llorando, no quería comer. Adolfo la ayudó a subir hasta el dormitorio, una vez en él se cambió de ropa y fue a la habitación de su hijo metiéndose en la cama. Mientras, su marido bajó a la cocina para comer algo pues llevaba dos días sin apenas probar bocado.
      Adolfo no durmió, vió amanecer, se levantó, se arregló y fue caminando al trabajo.    Necesitaba estar ocupado, no podía asumir la pérdida de su hijo y la reacción tan dramática de su esposa.
   Pasaban los días y la vida en el hogar de los Llopis seguía cada vez más lúgubre Isabel apenas probaba bocado pero empezaba a salir por la terraza a tomar el sol, estaba destemplada, había adelgazado mucho durante los últimos meses. Su marido sonrió por primera vez en mucho tiempo al verla con mejor aspecto tomando la brisa perfumada de la incipiente primavera.
   Los jardineros se afanaban en cuidar y preparar la tierra para evitar las plagas que aparecen con la humedad y el calor. En el cobertizo guardaban los abonos, los insecticidas y las herramientas bajo llave, desde que  el niño comenzó a corretear por allí. Ahora se quedaba cerrado pero sin tantas precauciones.
  Se celebró el enlace de Luis y ni Adolfo ni la familia de Isabel osaron comentarlo cuando la visitaban sin embargo  consiguió enterarse por los cotilleos del servicio.
    En ese momento era como si  miles de espadas la atravesaran el corazón, su mente se trastornaba a pasos agigantados. Tan pronto reía como lloraba con unos gritos espeluznantes que retumbaban por toda la casa.
  Una tarde cuando Adolfo regresó la llamó y al no obtener respuesta la buscó por todas las habitaciones pero no la encontraba. Estaba anocheciendo y aprovechando la poca luz  diurna, la buscó por el jardín y al fin la vió sentada en un banco junto al pozo.
    Según se aproximaba a ella notaba que no se movía. Había un vaso de agua con unos trazos blanquecinos a su lado, eso le alarmó y cuando acercó su oído al rostro sus peores temores se confirmaron abatido escondió la cara entre sus manos. Otra vez el destino le arrebataba una nueva vida. Ya no le quedaba nada por lo que permanecer en la finca.
     Convocó al servicio para comunicarles la desgracia acontecida. Rogó a Gustavo, el fiel mayordomo disponer todo para el funeral. Estaba desfallecido, subió a sus habitaciones, recogió unas pocas pertenencias las guardó en una bolsa de viaje. Después abrió la caja fuerte sacó el dinero que repartió en dos bolsas una para él y otra para los gastos que Gustavo necesitara cubrir. Deseaba que sus trabajadores tuvieran sus salarios e indemnizaciones.
    Escribió una nota con todo lo que el mayordomo tenía que hacer en su nombre, bajó las escaleras y puso sobre la mesa del salón la bolsita con el dinero y a su lado el papel escrito. Después de recoger sus cosas salió por la puerta trasera que daba al establo

    Montó a caballo, giró la cabeza para dar el último vistazo a la hermosa finca que con tanta ilusión un día no tan lejano construyó para su esposa. Espoleó al equino partiendo hacia algún lugar del que nunca regresó.
Gustavo se incorporó pero Mara lo detuvo con su mano y le preguntó: ¿En todos estos años tuvieron noticias suyas?

 - Hubo comentarios,  alguien lo vio por Argel pero nada más se supo-

 - Entonces ¿usted es la persona a la que responsabilizó para que solucionara los problemas?

 Respondió con un gesto afirmativo de cabeza para a continuación decirle: que todos los años por esas fechas solía vestirse con la misma indumentaria que llevaba en el momento de la partida del señor Llopis, en señal de respeto y en recuerdo de Isabel y su hijo.
    Entonces Mara le inquirió con la mirada y Gustavo le sonrió a modo de despedida. Ella se quedó pensativa, quizás lo viera al año siguiente....

 

©  Todos los derechos reservados.

4 comentarios:

  1. Muy bonita la descripción de la casona y muy conseguido el creciente ambiente de misterio. Espero los siguientes capítulos!!! 😃

    ResponderEliminar
  2. Precioso relato, Toñi. Me ha gustado mucho :))

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. Cada vez estoy más convencido de que debes intentar mandar algún relato a concurso!!!.Me gusta el proceso de misterio, ....Gracias.FElicidades.Miguel

    ResponderEliminar
  4. Un relato que guarda una historia triste. Esa casona que describes muy bien tuvo pocos momentos en su interior felices. Un abrazo

    ResponderEliminar