miércoles, 11 de noviembre de 2015

AMANECER A LA VIDA

       Llegó empapada de grasa y suciedad, tanto que a penas traslucía su color, era pequeñita y tan delgada que cabía en una mano. Los niños la cogieron alborozados e inmediatamente llenaron un cubo de agua templada con un chorrito de su champú para bañarla, dejándola   limpia y esponjosa, su olor delicado recordaba a un bebé.

  Su pelo blanco y negro relucía tanto que invitaba a acariciarla sentir la suavidad y el ronroneo que emitía demostraba lo bien que se encontraba. La pusieron un plato de leche que la gata se bebió rápidamente, se lo volvieron a llenar y se lo tomó de nuevo. ¡Cuanta hambre tenía!

    Enseguida se acostumbró a los niños les seguía a todas partes más que una gata parecía un perrito. Pasaban los días y la gatita no tenía nombre la llamaban como se suelen llamar a todos los gatos, con ruidos y siseando, hasta que espontáneamente comenzaron a decir Michu.

  Ella corría al escuchar sus voces, saltaba por el sofá, por las sillas y cualquier mueble que reclamara su atención.

    Un día decidieron experimentar no haciéndola caso cuando se aproximaba a la puerta, entonces les miraba seguía maullando y con sus patas la arañaba indicando que su necesidad se agudizaba. Cuando la abrieron salió a toda velocidad hacia la arena del jardín donde escarbó para  desocupar su vejiga y luego taparlo.

    El frío del otoño hizo que se acurrucase en la alfombra junto al radiador, salía lo imprescindible lo sorprendente de ella es que comía de todo.

  Una vez que no tenían nada para darle  la madre le puso unas judías verdes con un poco de aceite que guardaba  en un tarro de frituras anteriores y Michu se lo comió en un pis pas. Los niños reían a la par que sus ojos la miraban asombrados. Si la gata se las había comido ya no tenían excusa para no hacerlo ellos.

    Las flores del jardín comenzaban a mostrar sus bellos colores y Michu pasaba más tiempo en él, le gustaba tomar el sol mientras dormitaba.

    Una mañana la gata apenas salió, se acurrucó en el sofá era mediodía se bajó y  se acomodó en la alfombra, no quería comer. Los niños se acercaron para ver que la pasaba y ante sus ojos se estaba desarrollando el  amanecer a la vida de unos lindos gatitos.

    Llamaron a los papás que acudieron a sus gritos prepararon una cama con una sábana vieja  colocaron en ella a Michu con sus bebés. ¡Que pequeños! ¡Si no ven! Las exclamaciones de los niños no dejaban de escucharse.

  La gata los lamía uno a uno y los colocaba para que mamaran. La fascinación de los pequeños lejos de disminuir aumentaba pero a los dos días la gata se los llevó mordiéndolos en el cuello a un nuevo hogar seguro, donde nadie les molestase. De vez en cuando aparecía por la casa a buscar algo de comer y se marchaba a continuación con sus cachorros.

    En una de esas veces los niños la siguieron para hallar su escondite los observaban con atención y cuidado para no asustarlos. Ellos  maullaban sin cesar para reclamar su alimento cuando Michu se tumbó todo quedó en silencio.

    Comenzaban a salir y la gata los guiaba hacia el jardín, pero al contarlos no estaban todos pensaron que se habían quedado en su escondite, fueron a buscarlos pero allí no había nadie más sencillamente no sobrevivieron.

    Michu sólo tenía uno el atigrado al que uno de los niños decía que iba de camuflado como en el ejército. A penas estaban en casa solo se les veía dormitar por el jardín y al anochecer corretear por él hasta que la oscuridad lo invadía todo.


   ©   

1 comentario:

  1. Que tierno a la misma vez triste relato. Con tu forma de narrarlo cuidadosamente. Mil y un besos Toñi.

    ResponderEliminar