jueves, 5 de noviembre de 2015

LOS ESTÍOS INFANTILES

Rubén era un niño delgado, rubio, con unos ojos de un azul transparente como el agua del mar. Su hermana Carmen, que era tres años mayor, tenía los ojos grandes, grises y con largas pestañas, su pelo castaño y largo.

 Estaba dotada para la música y el baile. Cuando finalizaban las clases y el calor era intenso  sus padres los llevaban al pueblo a pasar las vacaciones.

La aldea estaba bañada por dos ríos; un viejo molino medio en ruinas, un canal que distribuía el agua para regar los sembrados, mucho verdor, árboles frutales y vides a lo largo de la ribera. Había una pequeña ermita en medio de una planicie, rodeada de altos robles, y una iglesia, ambas  románicas.

Al principio todo era diversión para Rubén, por la libertad con la que recorría el pueblo. Montaba en bicicleta se bañaba con los demás niños en una pequeña balsa en el canal. Después merendaban y  al atardecer los adultos subían a las bodegas a disfrutar del vino fresco y las charlas.

 La abuela les contaba las leyendas que por allí sucedieron en tiempos muy, muy remotos. Todo con la finalidad de distraerlos y transmitirles los orígenes de su familia.

Su hermana tenía otras aficiones más relajadas, leía bastante, escuchaba música con las niñas que  acababan bailando y riendo. Daban largos paseos por la ribera del río, contando sus avatares  de lo sucedido desde el verano anterior.

Los días transcurrían plácidamente sin embargo  a Rubén le resultaban monótonos. Una tarde mientras los demás dormían la siesta, el pequeño estuvo maquinando qué hacer para terminar con el aburrimiento que se cernía a su alrededor. Muy despacito, casi sin hacer ruido, salió de casa y marchó en busca de Alfonso, su amigo de juegos y travesuras.

Se encontraron en el trayecto buscaron un bote vacío de conserva y  se acercaron al agua. Agachados en la orilla intentaban pescar algún anfibio, pero los pequeños brazos de Rubén no llegaban por más que los estiraba. Tanto, tanto se esforzó que se resbaló cayendo de bruces en medio del agua. Alfonso se adentró en el arroyo para ayudarle a salir.

Una vez fuera Rubén no quiso soltar el bote con su renacuajo después de semejante chapuzón. Él y su amigo observaban y alimentaban con hierbas al anfibio. Después de un buen rato jugando con el bichito, se acercaron de nuevo al arroyo y devolvieron el animalito al agua.

Poco tiempo después mientras acababa su merienda el abuelo se acercó con un tirachinas. ¡Al fin le enseñaría a utilizarlo! Cada vez que venía a verlo se lo pedía.

Pasaron el resto de la tarde afinando la puntería con unos botes de conserva vacíos. El abuelo se puso a buscar entre las ramas de los árboles una vara para fabricar el tirachinas y Rubén seguía sus pasos. De pronto, el niño se paró en seco chocando con él. Cuando éste alzó el brazo Rubén vio que había encontrado una rama que tenía la forma que tanto buscaban.

Por la mañana muy temprano, el niño se levantó para buscar al abuelo lo halló sentado en el patio, con la navaja que utilizaba para sacar punta a los palos que sujetaban las hortalizas.

El niño lo miraba embobado al ver la destreza con la que la manejaba; en un tris tras el tirachinas estaba acabado. En su mente dibujaba la manera de conseguir la fruta que colgaba del manzano la miraba con deseo cada vez que pasaba hacia el arroyo.

Las fiestas patronales estaban a la vuelta de la esquina señal inequívoca del fin del estío pero mientras a disfrutar de la comida y la música.

 
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1 comentario:

  1. Me ha encantado tú relato y es que los veranos en un pueblo tienen que ser muy diferentes y en tú relato lo reflejas muy bien. un beso. tere

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