jueves, 11 de febrero de 2016

EN RECUERDO DE JULIA


            Desde su sillón de mimbre Julia veía pasar tras los cristales la vida de la gran ciudad. De cuando en cuando en sus momentos de lucidez, recordaba su niñez entremezclada con  pasajes de su juventud, al tiempo que olvidaba su presente.

     Muchas de las veces los padres y los abuelos vivían en pueblos distintos, con lo que la relación entre los hermanas apenas existía.  Julia se había quedado con sus abuelos

     Su hermana se creía hija única y cada vez que se reunía toda la familia, ella la trataba con todo el egoísmo y menosprecio del que podía hacer acopio, con el fin de  echarla de casa cuánto antes y  evitar que invadiera su mundo.

            Siempre estuvo traumatizada por ello, no sabía adónde pertenecía afectivamente. Julia no se sentía miembro de la familia sobre todo por su hermana.

    Tampoco su matrimonio fue lo que ella habría deseado las mieles pronto se tornaron hieles. A la infelicidad y los muchos problemas se añadieron las interferencias familiares que desembocaron en un duro y traumático divorcio que supuso el alejamiento de la población donde había pasado sus largos  últimos veinticinco años. Ahora que se encontraba en el último tramo de su vida había llegado a la conclusión de que nunca le tuvo  cariño.

   Nos conocimos durante una corta estancia en un pueblo de la sierra. A pesar de la gran diferencia de edad trabamos una fuerte amistad que se consolidó más y más con el paso del tiempo.

 Ahora, viéndola con la mirada perdida a través de la ventana un sentimiento de tristeza me iba embargando. Un  melancólico pensamiento se adueñaba de mi mente “cómo casi sin darnos cuenta llegamos a la vejez pasando de una vida activa y autónoma a comenzar a “depender de los demás”.

            Pese a su buen estado de salud orgánica del mental no se podía decir lo mismo, la transformación hacia su declive comenzaba a manifestarse. Julia empezaba a darse cuenta de los lapsus  de memoria  entonces una leve inquietud asomaba a sus ojos.

   Recordaba su niñez junto a su querida abuela sus enseñanzas, los olores de sus comidas y la afición por la lectura que siempre la inculcó. La prematura orfandad en que se vieron sumidas las hermanas no influyó en los afectos.

    Al ser unos años mayor la responsabilidad  recayó sobre sus hombros fue enorme; los trabajos duros del campo envejecen muy deprisa a las personas.

      A su recién estrenada veintena, se alejó para siempre del hogar familiar, tomando el camino hacia la gran ciudad.

    En Barcelona aprendió el oficio de modista que durante su vida le permitió salir adelante, fue el medio que le permitió conocer las culturas de  otros países donde trabajó los años más fructíferos de su juventud.

   Por sus manos pasaban  las finísimas telas y encajes que ella manejaba con suma delicadeza e igual destreza. Ello la llevó a  convertirse en una  especialista en el trabajo de la lencería  fina y delicada, pero debido al gran esfuerzo que requería y lo poco remunerado que estaba decidió encaminar su futuro profesional hacia el vestuario exterior.

   Consiguió trabajar en una de las más prestigiosas boutiques de la capital, las jornadas  interminables del taller continuaba  en casa.

     Abrieron una sucursal en Madrid ante los encargos  importantes o el tiempo de acabado apremiaba, Julia viajaba a la capital acompañada de la encargada para supervisar todos los trabajos complicados y darles el toque final.

   Solían hacerlo varias veces al año al igual que sus viajes a París a comprar las telas más novedosas y exquisitas, que se utilizaba en la Alta Costura parisina. A veces adquirían los patrones de las mejores firmas del momento.

      La alta sociedad catalana y madrileña se vestía con los mejores diseños a unos precios relativamente asequibles, los grandes empresarios y aristócratas también hacían uso de la boutique, al encargar vestidos iguales para sus mujeres y sus amantes. 

            Los años pasaban con su ritmo monótono hasta que en uno de los viajes a la capital francesa le ofrecieron empleo, haciendo realidad su sueño de trabajar en París. Entró a formar parte de uno de los mejores talleres de alta costura de la ciudad de la moda por excelencia. Conoció a los diseñadores más influyentes del momento y fue objeto de su gran tiranía debido al exceso de perfección que se le exigía. Era el otro mundo que hay detrás de las pasarelas.

            Los pocos días de asueto los dedicaba a conocer parte de Francia y los países fronterizos, pero Suiza e Italia le dejaron una huella imborrable. Siempre hablaba de los inmensos lagos que le parecían el Mediterráneo si no fuera por las montañas que los rodeaban llenas de nieve casi todo el año y un verdor refulgente en el verano. Y Milán, siempre Milán, con sus edificios imponentes destilando historia por cada calle que recorría, sus grandes escaparates con la moda más delicada y actual rivalizando con París, en diseño e industria y con el  Duomo señorial y majestuoso emblema de la ciudad.

            Allí pasó las mejores épocas de su vida hasta que decidió regresar a Madrid, para continuar trabajando los últimos años antes de su jubilación en la boutique que un día lejano abandonó por los destellos parisinos. Deseaba una vida más relajada cerca de un parque y dar largos paseos mientras tomaba el sol de la tarde.

            Ahora en su vejez sigue manteniendo en sus ojos un destello de curiosidad y en su rostro una dulce serenidad al recordar retazos sueltos de sus experiencias en el extranjero.

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1 comentario:

  1. Triste y real historia, al menos a esta mente le quedan algunos lindos recuerdos... por un tiempo. Gracias por publicar.

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