lunes, 8 de febrero de 2016

MUERTE EN EL DUERO


     Llevaba varios días sin dejar de llover. El río comenzaba a desbordarse y la inquietud en las gentes empezaba a mostrarse. Cuando llegara la crecida de los afluentes la presa no resistiría y el agua anegaría las casas hasta límites insospechados. Los habitantes recogían los enseres principales, los cargaban en las caballerías por si fuera necesario salir corriendo hacia la colina  donde se podrían cobijar en las bodegas.

    La vigilancia del Duero era incesante. Los turnos nocturnos los más incómodos bajo la lluvia y un hombre  en el campanario.

     Durante la mañana la presa no aguantó más y cedió el estruendo se escuchó por toda la población. Las campanas repicaban sin cesar llamando a las mujeres y a los niños para emprender la huida.

     Mientras, los hombres seguían afanándose en defender sus casas. Las primeras viviendas se anegaban, los enseres, y los animales domésticos flotaban por doquier, los sacos de arena no eran suficientes para detener la gran avalancha. El agua que les daba la vida también   se la quitaba.

    Las lágrimas corrían por sus caras al ver como en un momento desaparecía el fruto de su trabajo y sufrimiento.

      Las semanas iban pasando lentamente hasta restañar los destrozos del desastre. La pobreza se adueñaba de San Andrés, los jóvenes se veían obligados a buscar una vida mejor en las ciudades. Sin embargo los que se quedaban no hacían otra cosa que luchar denodadamente por salir adelante.

    Con el paso del tiempo la normalidad se apoderó del pueblo, con nuevas voces por sus calles y los campos. Los veranos eran días de gozo para sus habitantes con el reencuentro de las familias que en otro tiempo partieron.

 Pero una tarde de  verano, un terrible suceso conmocionó a las gentes del pueblo y los antiguos desastres volvieron al primer plano del recuerdo.

    Lo había matado sí, una vez más sus aguas se cobraron su precio, a lo largo de los tiempos la sangre se mezclaba con el agua. Las gentes de la ribera siempre escucharon relatos de su  traición y algunos fueron actores principales en su lejana juventud.

     Hacía mucho que no le pagaban ningún tributo quizás por ello se asustaron.

    El cuerpo inerte de Lucas era recibido en el dintel de la iglesia por los familiares y el sacerdote, llegaba en un ataúd de madera oscura con un crucifijo dorado. Lo bajaron del coche  tomado por seis hombres y lo introdujeron en el recinto a los pies del altar mayor.

   Fue una ceremonia corta.  De nuevo cargado sobre los hombros lo llevaron al cementerio. Una vez acabado el funeral como era costumbre  de los hombres de dirigieron al bar.

  A la mañana siguiente su viuda y las niñas recogieron sus equipajes y se fueron a Barcelona.

    Los rumores se desataron como un huracán aflorando a la superficie antiguos amoríos rotos y los que aún se vivían clandestinamente. Entre ellos se ocultaba el de Lucas y Luz, pese a la lejanía no impedía que saltaran chispas cada vez que se encontraban.

    Se enamoraron siendo unos adolescentes pero las rencillas entre las respectivas familias lo impidieron. Sus vidas tomaron rumbos diferentes, pero eso no evitó que su amor se acrecentara y  lo vivieran a escondidas en las vacaciones de verano.

    Cuando las murmuraciones llegaron a sus oídos los acontecimientos se precipitaron.  Solo Luz sabía el motivo real de la desaparición de Lucas sin embargo ella no era tan valiente para seguir sus pasos.

    Todas las tardes como un ritual se acercaba al lugar de la ribera donde antaño al ponerse el sol se encontraba con Lucas.  Luz desde entonces se vistió de luto por dentro y por fuera.



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