lunes, 18 de abril de 2016

ESPERPENTO DE UN ENTIERRO


    Cómo me lo contaron lo cuento: El septiembre pasado todo fueron carreras por el hospital, se moría ese fue el dictamen del doctor solo le quedaba una oportunidad, operarle a vida o muerte.

   Tras varias horas en el quirófano por fin venía en la cama pasillo adelante hacia una habitación, le seguimos como autómatas mientras entre abría los ojos.

    Rodeado de sus sobrinos todos tomaban decisiones y  su hija no existía para ellos obviamente era una mujer, una mujer con un carácter que ellos no conocían.

   Estaba cansada de escuchar estupideces y les gritó ¡Callaros de una vez! Sorprendidos la miraron como quién ve un fantasma, el silencio duró lo que tardaron en salir de su asombro.

    Los reproches y ataques furibundos que le dedicaban eran de lo más variopinto, la habitación se convirtió en una feria de ganado, ¡Qué vergüenza! Hasta que los echó de ella no pudo hablar con su padre y al fin para decirle que aunque fuera su hija las decisiones las tomaban los hombres.

    —Conmigo que no cuenten, las decisiones que haya que tomar, las tomaremos los médicos y yo— les respondió.

   La conocía muy bien por ello no replicó, había fraguado su carácter y ahora resulta que no le gustaba ¡hasta ahí podíamos llegar!

   Llegó el médico con su noticia desalentadora: en un par de meses quizá tres todo acabaría. Dosificó la información y a los pocos días estaban en casa.

   El sufrimiento poco a poco hacía mella en su cuerpo sus cambios de humor constantes y sin embargo de su boca no salía una queja de dolor  las inyecciones a penas le calmaban, su fuerza de voluntad por levantarse un rato de la cama y tomar unos minutos el sol parecía devolverle la vida que  a chorros se le escapaba.

    Amaneció el día de Santiago  sabía que a penas le quedaba tiempo, por ello le dijo: ponme guapo que me vean bien arreglado. A continuación  pidió que buscara a la gente con la que había compartido su vida.

   Rodeado de todos sintió que le faltaba el aire le incorporaron y expiró. Las mujeres tomaron el mejor traje y le amortajaron mientras su hija acompañada de un primo fue a comprar el ataúd.

   Estaba todo preparado para iniciar su último viaje, la casa con las puertas abiertas la gente entraba y salía sin descanso. Llegó la noche las sillas ocupaban todos los espacios y los hombres sentados  con dos porrones de vino fresco sus voces y sus risas a lo largo de las horas se volvían histriónicas.

     Lloran las campanas anunciando el comienzo de la ceremonia se recogen las sillas y los objetos que pudiesen molestar, seis hombres se disponen a sacar el féretro de la habitación, empujan para un lado para otro chocan con el armario, la mesilla y hasta con la máquina de coser.

     Vocean  siguen sin poder sacarlo en la calle el cura con los monaguillos y la gente esperan para acompañarlo hacia la iglesia, pero el tiempo pasa y los de dentro se impacientan no hallan la forma de sacarlo, siguen los gritos hasta que una lumbrera dice: ¡Por la ventana, abrir la ventana!

    Abierta de par en par al igual que los ojos de los acompañantes al ver como el ataúd asoma por ella, mientras apoyado en el medio cuatro de los hombres corren hacia la calle con aspavientos para liberar el paso van empujando desde dentro y uno a uno saltan por la ventana ya solo faltaba el gato que en esta ocasión se escondió.
 
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1 comentario:

  1. Real como la vida misma, aunque sea una muerte. Muy bien retratado el momento.

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