lunes, 17 de octubre de 2016

LA CASA DE LOS DUENDES


Desde el pueblo se divisaba a lo lejos una casa construida sobre un montículo con algunos árboles que la adornaban. Según se acercaban a ella el rumor del agua se hacía más sonoro por la fuerza de los rápidos, por lo que parecía que el edificio tuviese música incorporada.

           Las tres arcadas de su frontal daban paso a un gran porche que protegía de las inclemencias del tiempo. Los altos muros, que circundaban las tres cuartas partes de su perímetro, escondían un bello y secreto  jardín cuyo centro se hallaba adornado por un pozo. Éste tenía dos escaleras que permitían un acceso más cómodo para sacar el agua. Se hallaba rodeado de unas artísticas losetas en blanco y distintos matices de gris hasta terminar en el borde con una franja de color gris azulado, que dibujaban un serpenteante camino que parecía sacado de un cuento infantil. En el punto medio del arco que  coronaba el conjunto se encontraba la polea, por la cual se deslizaba una gruesa y larga cuerda. En un extremo, atado con fuerza, había un pequeño cubo de color plateado con el cual se sacaba el agua necesaria para cubrir todas las necesidades; la otra punta de la soga se recogía y se sujetaba con una pesada piedra.

         El jardín estaba lleno de rosales de colores rojos y blancos, acompañados por algunos frutales que en la primavera inundaban de hermosas fragancias todo el lugar.

         El dueño de la casa era Gabriel, un hombre de estatura media y complexión delgada en cuyo moreno rostro destacaban unos ojos marrones y, dependiendo de si iba hacia el verano o el invierno, un pequeño bigote. Tenía un carácter afable, servicial y afectuoso con los niños y era él quien daba a la casa ese halo de cuento que tanto gustaba. Lo preparaba cada verano para sus tres sobrinos, les hacía protagonistas de sus historias que disfrutaban cada momento y que recordaban cuando llegaba el invierno. Casi sin darse cuenta, o quizás dándosela, iba desarrollando la imaginación de los niños.

                  Daniel era cuatro años mayor que Antonio y seis más que Íñigo.   Aprendió a montar en la bicicleta, cosa que utilizaba para enrabietar a los pequeños, los cuales querían imitarle en todo. Con la primavera llegó el regreso a la casa de Gabriel. El primer domingo de mayo hacía un tiempo espectacular, sin nubes en el horizonte, con los rayos del sol calentando la tierra. Una vez terminada la comida salieron al jardín, donde solían resguardarse del calor debajo de una frondosa higuera, y allí comenzaron los cuentos de su tío.

         Cuando más absortos estaban con la historia Antonio interrumpió diciendo: “¿habéis oído?” Los demás negaron con la cabeza y cuando Gabriel continuó con su historia el niño inquirió: “Ahora sí que lo habéis oído, ¿verdad?”. Sin embargo, ellos siguieron negándolo. Entonces el pequeño se levantó y se fue hacia el rincón de rosales rojos, donde con seguridad escuchó unos débiles ruidos. Buscó y rebuscó entre las hojas de la hierbabuena que se enredaba con las rosas, pero no halló nada. De pronto el ruido se volvió a escuchar con más nitidez. Antonio metió la mano un poco más lejos en esta ocasión y encontró un trenecito de madera pintado de vivos colores. Alborozado gritaba: “¡Lo veis! ¡Lo veis! Eran ciertos los ruidos”.

         Pasados los primeros instantes de la emoción empezó a pensar en quién habría elaborado el juguete. Con su infantil imaginación dedujo que tenían que haber sido los duendes de los que tantas veces le hablara su tío. Acercándose a él le dijo: “Ya sé quien lo ha hecho, han sido los duendes”. Gabriel sonrió afirmativamente.

         Daniel les miró con gesto adusto pues él no había encontrado nada. Entonces su tío le dijo que  buscara por los demás rincones del jardín y que llevara a Íñigo. De un salto, el niño se levantó del banco y fue mirando entre todas las plantas, hasta que entre una de ellas halló una vagoneta para enganchar en la máquina del tren.

          “Ahora jugarán todo el verano con él” pensó Gabriel. Le compensaba haber  trabajado todo el invierno en la madera y convertirla en un precioso juguete para sus sobrinos. Entró en la casa para sacar un tablero con unas pinturas y luego preguntó a sus sobrinos: “¿Qué os parece si  ahora le ponemos un nombre a la casa?”

    Los niños gozosos comenzaron a decir todo lo que se les ocurría. Pero el tío les apuntó: “¿Y si la llamamos “La casa de los duendes?”  Daniel y Antonio aplaudieron la feliz idea. Prestos ayudaron a pintar el letrero que habían de colgar en el frente de la casa. Satisfechos de su trabajo, dejaron que el tío lo pusiera en el sitio más visible del edificio.

         Cada vez que los niños bajaban al pueblo contaban a todo el que se encontraban en su camino la fantástica historia que les había sucedido en la casa que, desde entonces, fue conocida por su nuevo nombre.

 



  
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