lunes, 17 de octubre de 2016

LA FOTOGRAFÍA Y LOS ESPEJOS

    Cuando Celia entró en aquella exposición un fuerte escalofrío recorrió su cuerpo, se extrañó de aquella sensación pues el calor en la calle era sofocante. Había acudido empujada por el gran despliegue publicitario que había por toda la ciudad, la anunciaban como la mejor muestra fotográfica de los últimos años.

            Fue observando cada una de ellas sin detenerse demasiado, la arquitectura nunca la atrajo lo suficiente como para interesarse por sus autores. De pronto su cara tomó una expresión extraña al contemplar la imagen de una casa construida sobre un risco escarpado, con una ventana iluminada por una luz espectral que reflejaba unas caras como si se tratase de una película de terror. Sus ojos no podían apartarse de la fotografía, era como si quisieran escudriñar lo que había dentro de ella. Los cerró por un momento alejándose despacio para continuar con su visita, pero su mente no podía olvidar semejante imagen. Volvió sobre sus pasos como si un imán la fuera atrayendo hacia allí.

            Se detuvo de nuevo a mirarla y una rara inquietud se fue apoderando de ella hasta el punto de salir a toda prisa de la galería. Al verse en la calle respiró profundamente con sensación de alivio, para a continuación dirigirse hacia el paseo marítimo y contemplar la calma del mar que ahora tanto necesitaba.

            Llevaba muchas noches que apenas dormía unas horas seguidas, se despertaba sobresaltada, sudorosa y muy agitada. Se sentó en un banco intentando recordar la causa de lo que le producía tanto miedo durante el sueño. Repasó mentalmente desde su adolescencia todo aquello que le podía producir terror. De pronto, un pensamiento fugaz se fue haciendo más y más permanente.

            Recordaba las últimas vacaciones que pasó en un pueblo de montaña, con las casas escalonadas en su ladera hasta llegar casi hasta la cima. Algunas estaban abandonadas por sus habitantes y otras se reconvirtieron en hotelitos rurales. Allí conoció a un grupo de jóvenes que veraneaban en la zona. Sus nombres salieron automáticamente de sus labios: Ana, Isabel, Fernando y Mario. Todos ellos se divertían  montando en bicicleta explorando los lugares aledaños, comentando las historias escuchadas a las personas más viejas del pueblo.

            Habían pasado demasiados años como para recordar con nitidez todos los detalles de aquella nefasta tarde. Habían subido a la cima de la montaña y entraron en una destartalada casa que allí encontraron, llena de polvo y telarañas. Aún había muchos enseres tirados por el suelo y algunas fotografías antiguas colgando de las paredes. Les dio la impresión de que sus habitantes habían salido con mucha prisa.

            Recorrieron una a una todas las habitaciones sin hallar nada que llamara su atención, hasta que encontraron un pequeño habitáculo con una minúscula ventana que apenas dejaba pasar los rayos del sol. La estancia estaba impoluta. Había una mesa redonda en el centro y un par de sillas a su lado por todo mobiliario. Se acercaron a la mesa y  vieron con sorpresa que sobre ella había un tablero con un vaso puesto boca abajo.

            Una voz a sus espaldas inquirió:   “¿Qué hacéis vosotros aquí?”

            No pudieron articular palabra del tremendo susto que se llevaron, y hasta el color de sus caras desapareció. La anciana les fue tranquilizando al tiempo que les explicaba el funcionamiento del tablero. Jugaron un rato sin darse cuenta del peligro que la güija entrañaba. Eso no se lo contó.

            Cuando regresaron a casa ya anochecía, pero había luz suficiente para emprender el camino. Quedaron  en volver a la tarde siguiente con un par de interrogantes preparados cada uno. Esa noche la pasaron inquietos buscando las preguntas que saciaran su curiosidad.

            A la hora convenida se reunieron los cinco en la plaza, encaminándose entre las empinadas callejuelas hacia la antigua y destartalada casa. Sudorosos e inquietos, se adentraron en el cuartito esperando a la anciana para comenzar la sesión de espiritismo. Pasaron los minutos y hasta una hora pero la vieja no apareció. Entonces imitaron todo lo que recordaban de la tarde anterior. Colocando el vaso boca abajo se agarraron de las manos mientras Mario invocaba a los espíritus. Antes de comenzar las preguntas colocaron sus dedos encima del envase cristalino.

    Celia no recordaba los interrogantes de cada uno, sólo que el vaso se movía sobre las letras  y el miedo que les invadió cuando el envase comenzó a girar en el tablero como si tuviera vida propia. Corrieron sin parar hasta que se quedaron sin aliento, prometiendo no hablar de ello con nadie. Ese fue el último verano que se vieron.

    Con el recuerdo fresco en su memoria volvió a la galería para mirar de nuevo la fotografía e interesarse por el autor. Cuando se dirigía hacia ella vio a un hombre que también la observaba con detenimiento exagerado. Ella le saludó y preguntó si conocía al que había tomado la fotografía. Él le dijo su nombre, Mario, y le tendió la mano mientras le decía que era el autor de la imagen que ambos contemplaban. Celia se la aceptó y se presentó.

    Se miraron sorprendidos pues sus nombres les resultaron familiares, y al verse delante de la tétrica imagen, comenzaron a suponer que eran parte de la pandilla de aquel lejano verano.

    La conversación continuó mientras se acercaban al café próximo a la galería para seguir hablando de aquellos tiempos. Ninguno de los dos había mantenido contacto con los demás componentes del grupo. Mario le comentó que sintió cómo una fuerza interior le empujaba a volver al pueblo y fotografiar la vieja casa. Y la inmensa sorpresa que tuvo cuando la reveló, creyendo ver en la ventana unas caras fantasmales. Ella asentía con la cabeza ante la última frase de Mario.

    Celia lanzó una pregunta al aire: ¿habría tenido consecuencias su inconsciencia de aquella tarde?

    De pronto un incómodo silencio se adueñó de los dos. Se miraron y se levantaron para despedirse, pero al pasar por delante del espejo que adornaba el pequeño café, aparecieron ante sus ojos desorbitados las siluetas de tres caras que fácilmente reconocieron. 

    

   

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6 comentarios:

  1. Un relato que te deja pensando. U una frialdad recorre mi cuerpo pensando es esa güija. Un abrazo

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    1. Gracias María del Carmen como verás me van las cosas de misterio. Besitos

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  2. Hola1 Para seguir hablando son necesarias las intenciones y más.....Me encanta
    Bs.Miguel

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    1. Gracias SOL,sabes que las intenciones no faltan...Besitos.

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