domingo, 19 de marzo de 2017

BLANCO Y TURQUESA


   La luz penetraba con fuerza entre los agujeros de la persiana y sus ojos comenzaban a entreabrirse lentamente. Era un nuevo día, escuchaba el bramar de las olas; el mar estaba agitado y, cuando eso ocurría, no necesitaba despertador.

   Por fin la mala época había concluido y era hora de  comenzar la siguiente etapa. Lo primero era redecorar la casa, una casa pequeña pero muy agradable, con grandes ventanales  que la llenaban de luz  y unas vistas increíbles al mar Mediterráneo. Tenía una amplia terraza que bordeaba el edificio, con unos enormes toldos que la protegían del fortísimo sol de Levante. Desde ella se divisaban los diversos tonos  azules que reflejaban el intenso brillo del sol. Había encontrado el paraíso.

    Los muebles blancos de líneas rectas daban amplitud a la estancia; un cómodo sofá en un tono oscuro le confería elegancia. Una enorme lámina de un cuadro de Vicent Van Gogh  con varias gamas de azules era el toque de color que rompía la monotonía de la habitación. Admiraba tanto al pintor que  quiso utilizar un determinado tono del cuadro para resaltar el ambiente, que casualmente coincidía con el que siempre fue su favorito. Este no era otro que el azul turquesa. A partir de ese momento, su mirada se dirigía como un imán a los escaparates de las tiendas donde  se mostraba cualquier objeto de dicho color.

    Debajo del  Van Gogh puso su preciosa mesa escritorio y una silla tapizada con una tela de color turquesa. Un flexo del mismo color iluminaba su lugar de trabajo, compuesto fundamentalmente por su ordenador y  un bote para colocar los bolígrafos, regalo de su sobrina.

    Le quedaban muy pocas cosas para completar  la decoración: una funda para proteger el sofá de los rayos solares y una mantita que la abrigara en las húmedas tardes de otoño, cuando saliera a la terraza a ensimismarse contemplando las bellas puestas de sol como si éste, cada atardecer,  hiciera del mar su casa.

    Buscó y buscó la tela perfecta, hasta que por fin la halló. No era un estampado al uso de esos floreados o a rayas, no. Tenía el fondo grisáceo, con unas pinceladas degradadas dadas por un pintor desganado, que representaban vasijas adornadas con figuras de trazo largo, decantadores y jarrones pidiendo a gritos unas bellas flores que los acompañaran. Se entremezclaban los morados y turquesas, con algunos toques de blanco, dándole al conjunto un alegre toque de su personalidad.

    Por fin tenía a su alrededor el lugar donde poder dar rienda suelta a su creatividad, pasar horas y horas escribiendo, una actividad que alternaba con su gran amor a la lectura. Para ser más exactos lo suyo no era amor, eran pasiones irrefrenables que cultivaba desde niña.

    Alzó la vista deteniéndose en cada objeto, sonriendo. Luego miró el conjunto  y terminó por lanzar un suspiro de satisfacción. Ahora estaba la habitación tal y como ella la había soñado. Cogió un vaso, lo llenó del té frío que guardaba en la nevera y salió a la terraza; se acomodó en la butaca, tomando cortos sorbos de la refrescante bebida, con la mirada perdida en el horizonte. El sol poco a poco fue desapareciendo y una alfombra mágica cubierta de estrellas ocupó su lugar.

    Cerró los ojos. Con la música de las olas como telón de fondo su imaginación echó a volar, ya se fraguaban los primeros relatos y poesías. En ese preciso instante era feliz.


©  Todos los derechos reservados.

 
 
 




 

 

                                                      

2 comentarios:

  1. En eso consiste la felicidad y a veces lo olvidamos, sentirnos a gusto, bien y hacer aquello que nos apasiona. Besos Toñi!!!

    ResponderEliminar
  2. la intensidad de la felicidad nos ha de acompañar siempre!!!!!!!!!!!!!

    ResponderEliminar