lunes, 20 de marzo de 2017

RISAS EN EL SÚPER

  Era sábado por la mañana y como todos los sábados, día de hacer la compra de la semana. El movimiento de las tazas, de las cucharillas y el ruido de  la cafetera era  música celestial para los adultos. El Cola –cao de los niños con sus galletas de dibujos que devoran más que comen.
 El papá se encargado de la preparación de  los desayunos mientras la mamá liada  con Boli  y papel en mano, revisaba la despensa tomando nota de los víveres dejando para el final las otras cosas que se agotan  durante la semana.
 ¡Ah! No os he dicho que en la puerta del frigorífico hay un plástico con dos rotuladores, (de esos que se borran con el dedo) lo utilizan tanto mayores como pequeños a medida que sus cosas se  van terminando, incluso el material escolar, ropa interior y todos los etcéteras que se les ocurran…
 A la orden de “todos listos” los niños bajan corriendo las escaleras, después el papá y por último la mamá con las bolsas, y  echa un último vistazo a la casa cerrando la puerta tras de sí.
Cuando la mamá llegó al garaje la esperaban con  el coche en marcha y la radio sonando  canciones que invitan a bailar.
¡Cuánto barullo! ¡Cuanta gente! Los pasillos abarrotados de carritos a medio llenar y otros que rebasan su altura, mientras los compradores hacían malabares con ellos  para que los productos no se  cayeran.
Con tanto ajetreo por fin llegaron a la cola de la caja, en unos minutos pondrían su compra en la cinta transportadora, según los iban colocando el cajero comenzó a pasar los productos y cogiendo el paquete de azúcar le increpa – ¿porqué compra esto?
La mamá le mira sorprendida y sólo acierta a musitar” por  que se me ha terminado” y el hombre le insiste con la misma pregunta, a lo que ella le dice” ¿no puedo comprarlo?”
Las risas se generalizaron ante su ingenuidad fue entonces cuándo el cajero le explica que había paquetes de dos kilos y que era más económico a lo cual ella aceptó el azúcar que le ofrecía.
 Roja como una granada empieza a darse cuenta de que  cada vez la mira más gente y que las risas se extendían por la zona, desbordada por la escena metió rápidamente la compra en las bolsas y salió precipitadamente hacia el coche.
Sentada y con el cinturón abrochado, comenzó a divagar el porqué de tanta ingenuidad pese haber traspasado los cuarenta.

 
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1 comentario:

  1. Precioso, ojala nos durara siempre esa ingenuidad, y vistieramos cada momento de ella. Besos cielo y sonrisas claro.

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