jueves, 6 de abril de 2017

FLORES DE ALQUILER


A finales del año dos mil ocho su padre sospechaba que las facturas de las instituciones oficiales a duras penas las iba a cobrar. La crisis comenzaba hacer estragos en los pequeños negocios.

Después de la Navidad habría que buscar nuevos horizontes para sobrevivir ante los duros tiempos que se avecinaban.

La niña de papá siempre iba a la última, con su ropa de marca, el móvil último modelo y su Porche rojo del que tan orgullosa se sentía. Ahora se rebelaba contra sus padres al ver alterado su ritmo de vida.

Su madre empeñó algunas joyas y con el dinero que fue guardando sin saberlo su marido, alquiló un chalet a las afueras de Madrid. Lo decoró con todo lujo de detalles para recibir a sus ilustres invitados.

A las fiestas que acudían procuraba dejar su tarjeta en las manos de los caballeros. El anzuelo estaba echado y había creado un lucrativo negocio.

Las jóvenes de una clase media depauperada vieron en ello una forma rápida de engrosar su economía.

Mientras estudiaban se codeaban con personas influyentes, rodeadas de lujo y viajes sorprendentes. Todo tenía un precio.

La mujer inyectaba parte de los recursos en la empresa familiar para mantener su estatus al mismo tiempo que sus clientes hacían negocios con la empresa.

Ella  daba grandes fiestas para dar a conocer a las nuevas jóvenes que su hija convencía. Como si fuera una feria de ganado, donde los billetes corrían como el champán.

Cierta noche un grupo de caballeros acudieron a un restaurante de lo más chic y selecto de la ciudad, donde les esperaban sus acompañantes a cual más despampanante.

Al sentarse a la mesa los ojos del padre e hija se taladraban ante la sorpresa de ambos. El disimulo se imponía. Comenzaba la puesta en escena de una obra sin autor y sin ensayo.

Ahora todo cobraba sentido para él, no era por su buen hacer en los negocios por lo que prosperaba, sino por la empresa más antigua que su mujer puso en marcha.

Después de las primeras horas bochornosas en que su ego se sintió humillado, ultrajado y despreciado, pensó que en realidad eso era lo de menos mientras todos conservaran su alto estatus social.

Los papeles estaban claros por primera vez en mucho tiempo, su vida continuaba sin las preocupaciones del pasado.

Las jóvenes iban cambiando a medida que sus objetivos se fueron cumpliendo. La farsa de la vida debe continuar.

 
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