viernes, 14 de abril de 2017

LA PASIÓN DE ESCRIBIR

 Estaba interna en un colegio de religiosas, entonces no había teléfonos en los hogares y la correspondencia con los familiares era epistolar.

       Fue entonces cuando aprendí a describir la vida monótona del internado, las redacciones que nos mandaban, los deberes sobre la lectura del día me habituaron de forma instintiva a plasmar en palabras mi mundo imaginario.

      Sin darme cuenta me fui aficionando a la lectura daba lo mismo fuera poesía, teatro o prosa. Cualquiera que cayera en mis manos era materialmente devorado en horas. Incluso en las vacaciones a la hora de comer lo hacía con un libro al lado y luego venían las regañinas de costumbre.

    Todavía hoy cuando leo por las noches en la cama en vez de adormecerme me espabilo y me dan las claras del día con el libro entre las manos,  con un tazón de café descafeinado en la mesilla.

    Después ando de cabeza las veinticuatro horas, pero lo que he disfrutado durante ese tiempo no tiene precio.

    Cuando me cambiaron de colegio en el último curso de bachillerato, me sorprendieron gratamente los concursos de música y literatura que se realizaban al aproximarse las vacaciones de Navidad.

    Todos los trabajos tenían que ser anónimos y hacia la festividad de la Inmaculada se fallaban los ganadores, con una fiesta por todo lo alto, donde acudían los familiares.

     La casualidad quiso que el primer premio de literatura lo ganase yo, al salir a leerlo  en el escenario del salón de actos ante tanta gente comencé a ponerme nerviosa y a la mitad del relato lloraba a moco tendido, sentí el abrazo cálido y reconfortante de una monja  mientras lo finalizaba.

    Era la primera vez que los demás me admiraban y reconocían mi trabajo. Nunca podré olvidar el título “La pequeña Dorrit” de Charles Dickens. A partir de ese instante seguí escribiendo todo lo que pasaba por mi descabellada imaginación.

    Hasta que por motivos que no vienen al caso, ese inicio de escritora se interrumpió por una muy, muy larga temporada, es decir hasta hace los sesenta años que asistí a un taller de escritura creativa.

    Con casi todo olvidado me atreví inconsciente de mí, a juntar letras que contaran alguna historia sin otra pretensión que  distrajera a mis nietos.

   Pero gracias a las personas que se van cruzando en mi camino he ido aprendiendo ahora en esa tarea estoy.

    La curiosidad sempiterna  conduce mi vida y me lleva a seguir aprendiendo un poquito más de cualquier persona. Lo que comenzó siendo una pasión ahora se transformó en una bendita  y tranquila afición que está llenando de satisfacción buena parte de mis largos días.
 
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1 comentario:

  1. Toñi este relato de recuerdos del pasado son los que marcan la vida de amar la lectura. Un abrazo

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