lunes, 24 de abril de 2017

NIEVE PERFUMADA

Era la semana de primavera que con ansiedad esperaba durante todo el año. Solo siete días, tan solo siete días donde su espíritu se fundía con el perfume y la blancura de sus flores.

Todos los años desde niña acompañaba a su madre a contemplar la maravillosa hermosura de los campos de cerezos en su floración.

Entonces no alcanzaba a comprender las lágrimas que ella derramaba al admirar su belleza. Cuando le preguntaba el porqué de su llanto siempre obtenía la misma respuesta: soy feliz, no te preocupes cariño, siento que me invade una gran felicidad.

Nunca lo entendió pero cada vez que miraba un cerezo inexorablemente recordaba a su madre vestida de blanco, mimetizada con el paisaje con el rostro iluminado y bañado por perlas cristalinas. Siempre feliz.

Hasta cuando la dijeron que había muerto era primavera, su cuerpo esperó todo el año para cubrirse de nieve perfumada e inciar  el vuelo hacia otro lejano valle de cerezos.

Ahora atravesaba una crisis personal tan convulsa que su vida se había vuelto del revés como un calcetín. No hallaba consuelo ni encontraba la calma suficiente para tomar con fuerza las riendas de su vida. Todo se fue al traste.

Su compañero de pronto cogió la maleta y comenzó a llenarla con un poco de ropa incluso  las camisas colgadas de las perchas las metió. Comenzó a hacer preguntas sin obtener respuesta, tan solo un adiós que sonó hueco e hiriente y un portazo final.

Miraba a su alrededor incrédula esperando despertar de una pesadilla, el reloj con su soniquete le marcaba las horas. Su mente bullía con excusas que dieran sentido a la marcha de su marido.

En la ducha dejó correr el agua, la necesidad de limpieza gritaba por los poros de su piel. Sin embargo era el alma quién lo pedía, algo en su interior sabía que un cataclismo se aproximaba y no estaba preparada.

Sencillamente la cambió por otra persona más joven, él no se hubiese ido sin más. Le abrumaban los enfrentamientos, los problemas, por eso salió sin darle ninguna explicación.

Para ella toda su vida se la dedicó con devoción, era el centro de su existencia y ahora se había derrumbado.

Recordó el rostro de felicidad de su madre ante la floración de los cerezos, un sentimiento de envidia la invadió.

Arrastrada con la fuerza de un imán invisible se vistió subió al coche y como un autómata se dirigió al valle.

Habían florecido, sintió la paz interior abrió los brazos y comenzó a girar sin parar hasta caer rendida en el lecho de flores. Embriagada de su perfume sonrió y unas lágrimas cristalinas corrían por sus mejillas. De pronto una ráfaga de viento sacudió las ramas de los árboles cubriéndola de una hermosa y perfumada nieve blanca.

 



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1 comentario:

  1. Es precioso ver esos árboles llenos de flores blancas y cuando hace viento cómo se llevan sus pétalos cual nieve se tratara. Bonito relato . Un abrazo

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