domingo, 30 de abril de 2017

VENENO OCULTO

Cada día a las cinco y media de la mañana se levantaba, y daba comienzo el ritual, iba a la ducha, escogía la ropa, se maquillaba ¡Cual pintor en su mejor obra! Y los zapatos con taconazos eran su debilidad ellos ponían el contrapunto a su indumentaria.
Un último vistazo en el espejo y estaba lista para comenzar una jornada más llena de ajetreo.
Para no gustarle conducir lo hacía bastante y eso que  en treinta minutos se plantaba en la puerta de la oficina. Cuando llegaban los demás se había tomado el primer café, contestado los emailes y distribuido el trabajo.
Después a lo largo de la mañana revisaba las facturas problemáticas hasta solucionarlas. “Todo bajo control” se decía a menudo.
La flexibilidad de horario le permitía a duras penas compaginar trabajo y hogar, siempre con prisas, acelerada para llegar a todo.  Recoger a los niños al colegio  llevarles a las actividades extraescolares, un no parar…
Caía en la cama tan rendida que le costaba conciliar el sueño, cuando por fin Morfeo la acogía en sus brazos solo dormía cinco horas y vuelta a empezar.
Así jornada tras jornada, hasta que una mañana se levantó con la mitad del rostro inflamado casi desfigurado y el ojo encharcado en sangre. Ese día lo pasó en el hospital con pruebas y en observación.
Estuvo a punto de sufrir un ictus la rapidez con que acudió la salvó, ahora tenía que dosificar su esfuerzo o la próxima vez…
La palabra que repetía su cerebro era “delegar” aprende a delegar. Su impulso de controlar cada momento para que todo el trabajo estuviera perfecto, le resultaba muy difícil de dominar.
Al poco tiempo su ritmo de trabajo era el de antes, horas y más horas que acumulaba para tener los viernes libres para asuntos personales, días de los que apenas disfrutaba.
Antes de las vacaciones un fuerte dolor en el brazo izquierdo la llevó de nuevo al hospital. Ésta vez fue un amago de infarto  y otra hospitalización.
Mientras  el trabajo iba saliendo sin su control, entonces comprendió que nadie es imprescindible.
Un duro aprendizaje a un precio tan alto que casi le cuesta la vida. Al reincorporarse iba a reestructurar al equipo, no estaba dispuesta a seguir con el estrés que la impedía disfrutar de sus aficiones, de la familia e incluso del trabajo, sí, un trabajo que la gustaba y se había convertido en un latente y oscuro veneno.

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1 comentario:

  1. A cuántas personas les pasa esto, Toñi! A veces el trabajo se vuelve febril por no poder o no querer delegar. La salud está primero.
    Un buen mensaje.
    Un abrazo

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