jueves, 25 de mayo de 2017

EL JARDÍN DE PIEDRAS

Llevaba muchos años en la pequeña ciudad junto al mar y a pesar de oír la misteriosa leyenda  de la isla, nunca se le ocurrió visitarla y eso que el trayecto se recorría en tan solo una hora de navegación.

Tuvo que ser una excursión organizada por la universidad la que le empujara a conocerla.

La verdad que observando cada roca parecía ser esculpida por un artista genial o una divinidad, tanta perfección en cada detalle era imposible que fuera humano.

Sira sacó del bolso un espejito y con disimulo lo abrió, lo colgó en la correa del bolso que le cruzaba el pecho. Los rayos del sol reflejándose en él impactaban en las piedras.

El grupo comenzó a hacer bromas al respecto pero Sira siguió sin inmutarse, buscaba una piedra especial, una roca que le confirmara sus sospechas.

Sin embargo solo hallaba rocas talladas a la perfección de hombres, mujeres, aves y animales de cualquier especie que otrora poblaron esa tierra.

 —Fijaros todas las piedras son  estatuas—les dijo al grupo

—Anda que no tienes imaginación, eso lo han hecho los elementos a lo largo del tiempo—le respondieron al unísono.

Quiso advertirles de sus sospechas cuando al girar la mirada hacia su derecha descubrió una rara cabeza de donde en lugar de pelo salían serpientes retorcidas, pero las cuencas de sus ojos estaban oscuras, dentro de ellas unas pupilas brillantes llenas de odio.

La halló, era Medusa castigada injustamente por Atenea al ser violada en su templo. Toda su belleza y juventud se fue en un instante por la furia de la diosa ya que no podía vengarse del dios Poseidón.

El Partenón fue profanado y alguien tenía que pagar por ello.

La hermosa Medusa fue condenada a convertir en piedra a todo el que la mirara.

Sira con su espejo por aliado, se lo acercaba lentamente por el rostro hasta llegar a la altura de los ojos de Medusa, de esa manera la gorgona encontró su ansiado descanso.

 
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