lunes, 29 de mayo de 2017

EL TERCER GRADO

Nos habíamos ido a Campello, y aprovechamos unos momentos para pasear por la zona menos concurrida de la playa, hasta la hora de asistir al concierto de jazz. Una primavera veraniega que con la brisa y la sombra de las palmeras se soportaba bien tan sofocante calor.
La banda compuesta por tres músicos a cual mejor, fue una hora deliciosa y consiguieron transportarnos por unos momentos a los clubs de Nueva Orleans.
Siempre con la hora pegada a los talones agilizamos el paso hacia la estación del tranvía, al dar la vuelta a la esquina vimos muchísima gente en el andén, nos miramos extrañados, era la primera vez que hallamos tal gentío.
Comentamos la belleza del concierto y los maestros geniales que lo interpretaron.
Cuando unas voces al otro lado del pasillo llamaron nuestra atención, no por fuertes o estridentes, no, si no por que eran tres, tres abuelas que ejercían de ello con una joven desconocida que tiritaba de frío.
El aire acondicionado a tope y ella con una minúscula camiseta con grandes aberturas laterales. Las tres intentaban protegerla del frío, subiendo y bajando la camiseta, la tapaban por arriba se destapaba por abajo.
La joven cada vez temblaba más, de pronto una de ella cogió su bolso vaquero y lo colgó de su cuello mientras otra le bajaba la camiseta.
Ella seguía tiritando.
La conversación dio un giro tal, que mis oídos  y mis ojos no daban crédito a lo que escuchaban y veían.
Comenzaron a relatar sus estados civiles, dos viudas y la tercera divorciada “pero de muchos años”. Sus edades bastante avanzadas ninguna cumpliría ya los setenta y…muy largos. Tan arregladas como para una boda y solo disfrutaron de unos deliciosos helados.
La joven no cejaba de celebrar sus dieciocho años pese a cumplirlos hacía ya un mes. Alegre y dicharachera les cuenta que viene de pasar el fin de semana con su novio a lo que le responden: Entonces te habrá calentado.
—Si no hemos parado, lo pasamos bien, pero hasta que nos volvamos a ver…se hace duro.
Las caras de las tres abuelas mostraban una sonrisa de oreja a oreja, toda comprensión…
—Si fuera una de nuestras nietas pondríamos el grito en el cielo—dijo una, a lo que las otras dos asintieron con la cabeza mientras comentaban: son los tiempos de ahora.
La curiosidad les invadía y no iban a quedarse sin la historia de su corta vida. De forma que comenzó la batería de preguntas como si de un tercer grado se tratase.

   ¿Y tus padres saben que te quedas con tu novio en su casa?—

   No tengo padres—

   ¿Que les pasó?—

   Tuvieron un accidente con una avioneta y murieron los dos, pero vivo con mi abuela—respondió adelantándose a las señoras.

Todo el trayecto interrogando a la adolescente y en quince minutos sabían que eran cinco hermanos, todos casados pero solo tres eran de los mismos padres.

La herencia que les dejó fue un gran chalet, pues su padre era piloto y aunque estaba a su nombre y la avioneta a nombre del resto, la abuela quería ser justa con todos y estaba arreglando los papeles.
Menos mal que la muchacha se bajó antes que ellas, si no, le sacan hasta el A.D.N.

 
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