martes, 23 de mayo de 2017

LA REINA DE MAYO


     Llegó el día en que por fin luciría su mejor vestido, ese que siempre miraba en el escaparate cada vez que pasaba para ir al instituto. Su madre se lo compró por que ese año era la reina de la primavera.

    No dejaba de mirarse en el espejo se veía hermosa con el traje de gasa beige y la corona de flores con las cintas de colores sobre su pelo rubio recogido en una  trenza.

   Salió de casa montada en su inconfundible bicicleta roja hacia  el bosque donde a menudo se pasaba horas enteras  buscando plantas, sus remedios para sanar hicieron que se la conociera como “la hechicera”.

    Alegre, dulce, siempre con una sonrisa en los labios, acompañada de su bicicleta  se convirtió en una más del   paisaje.

   Sin embargo su vecino la  le pedía día tras día un remedio para su impotencia, ella le decía que todo estaba en su cabeza. Se volvió huraño, obsesivo, malhumorado, no perdía ocasión de  observarla a hurtadillas para saber donde guardaba los sortilegios.

    Se adentró en el bosque recogió algunas las clavó en un trocito de tierra cubierta de hierba, sólo le faltaba un poco de pelo rubio.

   Todos estaban en la plaza esperando el desfile de la carroza donde sentada en un trono lucía  la reina de la primavera. La banda de música comenzó a tocar y la carroza echó andar, pero ¿Dónde estaba la reina? Era la pregunta que nadie sabía contestar, empezaron a buscarla por el camino, al dar la vuelta en un recodo de la calle encontraron la bicicleta, pero sin rastro de ella.

  Comienza anochecer y sin señal que les indique hacia donde continuar  se organizan en grupos para iniciar la búsqueda a la mañana siguiente. De regreso pasan cerca de la laguna; cuando asoma una prenda clara y alguien grita: ¡ahí, ahí!

   Con una rama intentan cogerla a pesar de los esfuerzos no llegan, hacen una cadena y se introducen con precaución hasta  alcanzarla.

— No es suya —dijo su hermana.

  Cabizbajos reanudan la caminata, mañana habrá más suerte murmuran entre ellos.

  Al amanecer todos dispuestos acompañados de los perros iniciaron la búsqueda; siempre mirando entre los arbustos dando golpecitos con los palos.

   Una de esas veces las cintas de colores aparecieron enganchadas en la rama de la que colgaba  la corona de flores.

— ¡Aquí, aquí ¡—gritaron

    Todos corrían  hacia los arbustos que unas manos indicaban, despejando la zona de ramas y de zarzas pero no hubo más.

   Estaban cansados hasta la extenuación con paso lento iniciaron el regreso    a sus casas,  mientras se alejaban  organizaban los  planes para la siguiente búsqueda.

   Manuel con las voces de la hechicera en su cabeza no dejaba de repetir: no está, no está. Sin embargo escuchaba como le decía:

 —Déjame en paz—

 —Dame un poco de  pelo—

—Te he dicho que no, vete—

—No me voy a ir sin el—

—No te lo voy a dar—

La sujetó por un brazo  ella intentaba zafarse en una lucha desigual pero al sacar su navaja la hechicera dio un tirón y salió corriendo. El hombre la siguió hasta alcanzarla.

 Esta vez la tiró al suelo la sujetó  le cortó el mechón lo guardó en el bolsillo y la soltó.

     —Ten en cuenta que no te curarás—

   ¿Cómo que no?—

   Como que no, no lo conseguirás—

   ¿Porqué?, si lo tengo todo—

   Todo no—

   Pues que falta—

   No te lo digo—

   Dímelo, lo necesito—

    Fuera de sí la zarandeó tan fuerte que al soltarla  cayó entre unas rocas, no se movía Manuel se alejó con su escaso botín.

    A medio camino el hombre inquieto volvió sobre sus pasos y la halló inerte, se asustó miró a su alrededor la cogió en sus brazos hasta  una hondonada   enterrándola limpió las huellas y regresó a casa.

   Amaneció y una nueva  búsqueda comienza  ahora por la parte más intrincada, los grupos eran menos dispersos armados con sendos palos moviéndolos a diestro y siniestro.

    No miraban hacia la copa de los árboles hasta que los perros con sus ladridos les empujaron hacerlo; el vestido hecho jirones creyeron  que alguna bestia extraña se la había comido llenos de miedo corrían, se caían y se levantaban hasta salir del bosque.

     Al llegar a su casa Manuel vio a la hechicera montada en su inconfundible bicicleta roja. No podía ser,  está muerta, está muerta se repetía una y otra vez.

   
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1 comentario:

  1. Hola, Toñi. Me ha gustado mucho, lograste un buen clima y me atrapaste con la historia.
    Un abrazo

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