lunes, 10 de julio de 2017

AL SERVICIO DEL TEMPLO


Unos fuertes golpes hicieron retumbar las paredes de la casa, Livia la mayor con apenas nueve años corrió a esconderse dentro del arca donde su madre guardaba los vestidos.

Sonaron de nuevos los atronadores golpes ella temblaba entre los ropajes, nadie abrió y volvió la calma.

Claudia la llamaba alborozada: ¡LIVIA, LIVIA!

Salió de su escondite y corrió para hacerla callar, la tapó la boca y en voz queda le contó lo sucedido. Ambas sabían lo ello significaba.

Desde muy pequeñas todos alabaron su belleza, ahora la maldecían. Debían urdir un plan para huir, pronto volverían a por una de ellas y no querían separarse.

Sigilosas prepararon unas pocas cosas se agarraron de las manos y huyeron hacia el puerto de Ostia.

Apenas habían salido de la ciudad cuando un familiar las encontró y las llevó de vuelta a casa.

Sus padres enfadados les dijeron que había que cumplir con las leyes les gustaran o no, a ellos les dolía tener que separarse de cualquiera de ellas o de las dos en el peor de los casos.

Al día siguiente los golpes se repitieron si cabe con más fuerza pero esta vez la puerta se abrió de par en par, en el umbral aparecieron un par de hombres altos y fornidos que observaron a las dos pequeñas minuciosamente, después de unos segundos agarraron a Claudia y se la llevaron.

De nada sirvieron los gritos de Livia: Soy la mayor me toca a mí. Su llanto no tenía consuelo. Su padre cerró la puerta mientras la adentraba en la casa junto a su madre.

A Claudia la llevaron a las dependencias del templo donde las iniciaban, en primer lugar le cortaron su hermosa y larga cabellera castaña, luego la colgarían de un árbol en señal de que ya no pertenecía a su familia solo al templo.

Una vez superado el trance le esperaban diez años de largo aprendizaje sin salir del recinto. Transcurrido ese tiempo se convertiría en sacerdotisa de la diosa Vesta. Entonces y solo entonces sería una bella vestal con sus elegantes vestimentas, cubierta con un hermoso velo y una llama siempre ardiendo entre sus manos.

Mantener encendido el fuego de la diosa era su deber primordial. Las ceremonias de las sacerdotisas eran secretas.

Habían pasado diez años y Claudia junto con sus compañeras iban a ser consagradas sacerdotisas en una gran ceremonia, en la que asistirían las mujeres de sus familias.

La procesión comenzaba con unas grandes luminarias portadas por las sacerdotisas más antiguas cubiertas con túnicas con capuchas que ocultaban su rostro.

Los tambores marcaban el paso hacia el templo mientras las jóvenes iniciadas bailaban a los pies del altar de Vesta.

Al entrar en el recinto las vestales que cerraban la procesión los asistentes se dispersaban. A partir de ese instante no volverían a mantener ningún contacto con ellas.

Era un privilegio servir en el templo, solo ellas eran sacerdotisas en los demás templos estaba reservados a los  hombres.

Tendrían que pasar veinte años para que Claudia quedara libre del servicio al templo. Entonces se hallaría ante la disyuntiva de permanecer en el recinto o casarse. ¿Porqué opción se decantaría?...

 

 

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