jueves, 12 de julio de 2018

EL TAÑER DE LAS CAMPANAS

Era domingo por la mañana y  había un desayuno especial, un chocolate con churros estaba esperando en la mesa, listo para ser devorado por Rubén que todas las mañanas se levantaba con un hambre feroz.

         Su madre le había preparado la ropa de fiesta para ir a misa tenía que ir tocar las campanas.

         La  iglesia del pueblo era románica con una espadaña donde estaban las campanas tan antiguas como ella. Conservaba  un reloj cuyos sonidos se oían por todo el lugar.

         Delante de la parroquia había una gran explanada donde  era el comienzo y final de las procesiones,  a su izquierda, un olmo tan centenario como ella, lugar   de encuentro para los jóvenes. Al salir de misa los niños solían jugar al escondite y su lugar favorito era ponerse detrás del gran árbol dando vueltas hasta que se encontraban. Y se agarraban jugando al corro a su alrededor, estiraban sus brazos al máximo porque la circunferencia del viejo olmo era demasiado grande para abarcarla.

 A pesar de los siglos seguía erguido, fuerte, robusto y con sus hermosas hojas verdes. Permanecía inalterable viendo pasar generaciones  de familias hasta que comenzó la decadencia de la villa.

         Al llegar la festividad del patrón los vecinos se engalanaban para la celebrar la fiesta. Él iba de punta en blanco y corría para alcanzar a los niños. Tenían que tañer las campanas y solo les quedaban unos segundos para comenzar el primer toque. Entraron en tropel en el recinto sagrado y subieron por las destartaladas escaleras que crujían a cada paso hasta llegar al coro desde donde se utilizaban los cordeles. Los agarraron y tiraron hasta que repiquetearon con un alegre toque de fiesta. Enseguida cogieron tanta velocidad  que volteaban solas y cuando su vuelo disminuía tenían que volver a tirar  para que siguieran tañendo.

         Sin embargo en esta ocasión Roberto no esperó el tiempo suficiente para que la campana perdiera velocidad y se agarró a la cuerda la fuerza del vuelo lo elevó como si fuera de papel. El peligro se cernía sobre él si nadie lo paraba acabaría dando una vuelta con la campana. Instintivamente de su garganta salieron los gritos más espeluznantes que nunca se oyeron salir de la boca de un niño.

Ellos alertaron al alcalde de la localidad que, dando un enorme salto, logró sujetarle por los pies tirando de él hacia abajo logrando así salvarle la vida.

         Bajaron del coro para asistir a la misa; poco a poco el niño se fue tranquilizando, sentado en un banco junto al munícipe. No se atrevía a mover ni un músculo porque el miedo le atenazaba

. Sus ojos miraban sin ver los frescos de las paredes laterales donde todavía se apreciaban sus líneas, su desgastado cromatismo y los huecos blancos que dejaba el paso de los siglos. Un enorme cuadro de San Andrés colgaba de lado izquierdo.

     Era la hora de regresar a casa y contar lo sucedido. Se encontraba temeroso por la reacción de su madre pues no le daba más que sustos.

         Al verlo tan preocupado el alcalde lo acompañó a casa. Cuando llegaron al umbral su “ángel de la guarda” habló por él suavizando lo sucedido sin embargo la mirada de la madre no le presagiaba nada bueno.....
 

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