sábado, 29 de septiembre de 2018

CABALLO DE HIERRO

He salido de la librería envuelto en un papel poco atrayente, he comenzado mi viaje con olor a tinta de imprenta, un perfume que a los lectores suele hipnotizar.

Desde éstas tierras soleadas, con un mar casi todo el tiempo en calma, llena de jardines con palmeras y flores de toda la gama cromática que uno pueda imaginar, salgo dispuesto a recorrer un largo y fructífero viaje.

Colocado en un lugar accesible y cómodo, veo subir a la gente más variopinta. Toman asiento y vigilan sus bártulos, dicen que hay que tener cuidado pues hay manos que se deslizan sigilosas y se apropian de lo ajeno.

El movimiento y su sonido machacón va relajando a los viajeros, y yo me distraigo viendo la luz  intensa reflejada en el cielo, como juega entre las nubes y les da tonalidades nunca antes apreciadas por mí.

Su reflejo en el agua marina pasa del azul fuerte al verde o al acerado, cuando el firmamento queda cubierto de negro algodón. En el horizonte se mezclan el celeste y el marino, solo interrumpido por cargueros o las barcas de los pescadores, a horas tempranas y de veleros que de lejos parecen blancas palomas que vuelan a ras del mar.

De pronto el paisaje cambia veo los montículos arbóreos y los castillos de la época medieval, fortalezas inexpugnables ante las invasiones violentas por el territorio.

Paseos llenos de plantas tropicales a cual más llamativa e intenso color, me imagino su perfume. Campos de frutos traídos de lejanas tierras que ésta la han hecho suya. Y de nuevo el mar rompiendo sus olas en la pálida arena, mordiendo sus granos para saciar el hambre.

Unas manos me arrebatan de mi lugar confortable, siento su calor en cada una de mis hojas, sus dedos tiemblan mientras lee mis versos, noto su emoción y de repente una lágrima me humedece, siento su melancolía y no, no me equivocaba, su alma deja traslucir un intenso sentimiento de saudade.

Los poemas describen otros horizontes más bruscos, de mar arrebatadora de vida, temporales que azotan acantilados e inundan pueblos, trabajo durísimo de pescadores y mariscadoras.

La lluvia cae suave acariciando los cuerpos como disculpándose por el  mar, montes verdes regados por  ríos de aguas frescas y límpidas.

Piedras con arte y devoción mundial, caminos diferentes que convergen en Santiago.

Religión y magia a partes iguales, o quizá no, quizá la magia ancestral de los celtas en los castros, fuera una mezcla de costumbres de habitantes anteriores.

Poetas en varias lenguas, humildes y de alta alcurnia todos ellos en común ensalzan un sentimiento de añoranza por la tierra, la música y el mar.

De nuevo mis páginas se cierran y me dejan en mi lugar de confort, los viajeros descienden, y el silencio se adueña del vagón.

Mañana al emprender un nuevo viaje quizás otras manos y otros ojos se emocionen al leer mis versos. Después no oleré a tinta pero sí a papel ajado desgastado por el tiempo, por las manos y alguna lágrima furtiva de un alma emocionada. Eso busco, eso deseo, ese es mi premio.

 

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CITA


El egoísmo habla todos los idiomas e interpreta todos los papeles, incluso los del altruismo.

» François de la Rochefoucauld  (1613-1680) Escritor francés

 

MONET


jueves, 27 de septiembre de 2018

LOS JARDINES DE MONET

Le encantaba la pintura y en Etnacil su pequeña ciudad de provincias los museos eran abundantes pero no con la importancia para hacer grandes exposiciones. Pero un año  el de Arqueología  consiguió el premio europeo al mejor de todo el continente.

    Una de las veces que se acercó a Madrid para visitar el Museo del Prado coincidió con una exposición especial sobre la obra de Monet. Ella que  se quedaba absorta ante cualquier cuadro de los impresionistas...., pero desde que vio las maravillas de los jardines de Claude Monet aquel día en el Museo supo que cambiaría  parte de sus estudios para encauzar la que sería su profesión definitiva.

    Estudiaba Bellas Artes para restaurar las grandes obras de la pintura y así penetrar en la mente de los autores, adentrarse en las circunstancias de sus vidas. Pero al volver a la universidad se interesó por el diseño de los jardines. Estudiaba sin cesar, el día no tenía suficientes horas para ella. Ahora su vida giraba entre la universidad y su habitación, con la cabeza siempre dentro de los libros y del portátil.

    Se rodeó de láminas de las obras del pintor, no quedaba un hueco de la pared que no cubriera. Tanto se entusiasmó con él que investigó hasta el detalle más insignificante de su biografía.

    Llegó el verano y su partida a París era inminente. Con poco equipaje y con muchos sueños en la cabeza comenzaba una experiencia que no sabía a donde le conduciría. La aventura en la que se embarcaba era excitante, durante el vuelo cerraba los ojos imaginándose paseando por el barrio bohemio de los pintores (Montmartre) y  las zonas aledañas ¿quien sujeta  una fantasía tan desbordante como la suya? Solo la realidad podría bajarla de la nube de ensoñación en que se hallaba.

    Por fin pisaba las calles que en otro tiempo lo hicieron aquellos pintores que se atrevieron a romper con  los cánones establecidos e ignorar los consejos de los marchantes. Esa rebeldía sentía que le subía por sus pies y se adueñaba de todo el cuerpo.

    Estaba entre los pintores aficionados y otros que dominaban el arte con un embrujo especial, al contemplarlos sintió hacerse pequeñita casi invisible sin embargo buscó un lugar que le permitiera esbozar un retazo del lugar.

   Extendió su silla de tijera, abrió el bloc de dibujo y con un carboncillo en la mano deslizándolo a toda velocidad  apenas si parpadeaba ante tanta excitación.

    Cuando una voz le preguntó: ¿a quién dibujas?  A lo que ella respondió –a la mujer que tengo delante –

   —No veo a nadie solo están los edificios— Priscila levantó la mirada y comprobó que efectivamente el muchacho tenía razón, entonces... ¿a quién había dibujado ella? Juraría que estaba delante con ropas de época.

    Le mostró el retrato a Michael y ambos reconocieron el gran parecido con un cuadro de Monet se miraron desconcertados negando con la cabeza, “no puede ser… pero se parece tanto a Camille” murmuraron entre dientes.

     Recogieron sus útiles pensativos y se fueron a comer a la taberna que conservaba algún cuadro del pintor.

     Apoyando los bártulos junto a la ventana al tiempo que se sentaban en los taburetes de madera oscura, el camarero se aproximó con la carta. No pudiendo reprimir su curiosidad Priscila sacó su bloc que puso sobre la mesa al verlo el hombre le comentó— ¿Ha visto a la señora mientras dibujaba?—

    —Si— contestó ella. Entonces comenzó a contarle que efectivamente era Camille la primera esposa del pintor que solía aparecerse a las jóvenes aficionadas entusiasmadas por las obras de Monet. Dicen que sus celos les provocan visiones hasta el punto de volver loca alguna de ellas. Así que señorita le recomendaría la vuelta a su país antes de que sea tarde.

   Incrédula ante todas las leyendas de fantasmas o cosas por el estilo Priscila sonrió con benevolencia al camarero mientras devoraba su bistec con patatas fritas.

    Se despidió de su nuevo amigo hasta la mañana siguiente y entre risas decía” no pintaré a Camille”.

    Pasaron varios días y Michael preguntaba por ella a todos los que les vieron aquella mañana en la taberna, pero nadie le dio una respuesta. Inquieto marchó a la comisaría más cercana a denunciar su desaparición.

    A las pocas horas le dijeron que a su amiga la hallaron en circunstancias poco agradables, hablando incoherencias y desnutrida.

     Fue al hospital y según se acercaba a la habitación  escuchaba una voz que decía: ¡Oscar-Claud!...  ¡Claud!... ¡Claud!..

 

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MOSAICOS Y PLANTA


viernes, 21 de septiembre de 2018

LECHE Y CAFÉ

 Apretaron sus manos con fuerza mientras sus fulgurantes miradas trataban de infundirse valor, ese, que se les escapaba antes de cruzar el umbral por última vez.

   Esa fina línea que les llevaría a una felicidad sublime o a la desdicha más absoluta. La mano temblorosa de Alfredo empujó la puerta y ante ellos estaba la enfermera con su impoluto uniforme blanco, la cual con un ademán de cordialidad les dirigió hacia la consulta del doctor.

   Tras los saludos afables del galeno sintieron que sus ojos les penetraban hasta lo más recóndito de sus cuerpos, los segundos que siguieron les parecieron interminables.

   Un suave carraspeo del médico les alertó que la noticia no iba a ser la que con tanto anhelo y sacrificio llevaban buscando.

   Las lágrimas silenciosas de Pilar resbalaban por sus mejillas, no sólo no estaba embarazada sino que su marido la dejaba, la abandonaba porque “no servía ni para darle un hijo” frase repetida tantas veces que logró hacer mella en su alma. Un sentimiento de culpa   la arrastraba hacia el abismo.

    Con la maleta en la mano dejó las llaves sobre la mesa y  se fue a toda prisa sin mirar atrás. Se alejaba con cara de satisfacción como quién acaba de soltar un lastre.

   Al otro extremo de la ciudad le esperan su hijito con su madre para comenzar una vida diferente.

   Mientras la desesperación de Pilar iba en aumento una profunda depresión la destrozaba. A penas comía, no salía de la cama, sus ojos eran un río constante.

  Ante esta situación su hermana llamó a una ambulancia y la llevó al hospital. Pasó dos semanas ingresada y el psiquiatra que la atendía le recomendó que siguiera con la terapia.

  Estuvo yendo seis meses y la mejoría era evidente, encontró trabajo salía y entraba sin parar, como queriendo recuperar el tiempo perdido y olvidar los años pasados con Alfredo.

  Tanto frenesí la hizo recaer y enseguida acudió a su psiquiatra. Cuando la puerta se abrió él ya no estaba, su lugar lo ocupaba un hombre alto, fornido y negro.

  Reticente con pasos taciturnos entró en la consulta, una amplia sonrisa la desarmó. Se había estudiado a fondo su caso y su manera de abordarlo la sorprendió.

  Mejoraba rápidamente  sus días eran alegres, pronto le darían el alta definitiva, sin darse cuenta ese pensamiento la entristecía.

  Tenía por delante dos semanas para hacerse a la idea de no ver más a su médico y ojala la hubiese curado para siempre.

  Las semanas se le pasaron volando y estaba de nuevo ante él, como imaginó sus manos terminaron el informe y se lo entregó.

  Era la última paciente, Robert recogió su mesa rápidamente para darle tiempo a acompañarla  a la salida, la conversación fluía sin cesar la invitó a una cafetería. Se dejó guiar por una fuerza interior que le empujaba hacia él.

  Después del tentempié se fueron a su casa al llegar a la puerta se miraron a los ojos y sus bocas se fundieron en un ardiente y prolongado beso.

Pasaron los meses y en su nuevo hogar ya eran tres.

  
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domingo, 16 de septiembre de 2018

LA TRANSFORMACIÓN DE ALMA

 Alma se sentía cansada  por el tedio y la monotonía del trabajo. El invierno poco a poco quedaba atrás, la luz primaveral se colaba a través de la ventana y los rayos de sol comenzaban a templar  su habitación, un pequeño habitáculo que ella había convertido en su refugio. En él sentía segura, a salvo; allí era donde desarrollaba todas sus inquietudes sin temor a las burlas de los demás.

            No era agraciada: su nariz, fea, grande y aguileña, destacaba demasiado en su cara escuálida. Sin embargo sus bellos ojos negros con enormes pestañas tenían un brillo especial, con una mirada que desnudaba a su interlocutor, además de poseer un tipazo que hacia volver la cabeza a los hombres.

            En el trabajo era el hazmerreír de un par de compañeros que con sus palabras soeces poco a poco iban horadando su autoestima. Pese a su sentido del humor irónico e inteligente, llegó un momento que se le hizo insoportable. Las bromas amenazaban con extenderse por toda la oficina. Pensó en pedir un traslado, aunque ello significase dar la batalla por perdida. No acababa de ver en ello una buena solución, pues seguramente seguiría siendo el objeto de sus burlas aún en la distancia.

             Se puso delante de su portátil con dedos ágiles, redactó su curriculum. Cuando lo tuvo terminado lo repasó minuciosamente hasta considerar que todo estaba perfecto. Sólo le faltaba una foto para poder subirlo a Internet pero por más que rebuscaba en sus cajones del escritorio no encontró ninguna. Entonces se acordó de Alejandro, su vecino, que estaba presto a echarle una mano cada vez que lo llamaba.

   − Hazme una foto por favor −   le pidió Alma entregándole su móvil.

   − ¿Qué vas a hacer con ella? −

   − Yo nada, lo vas a hacer tú. Quiero que la retoques para estar un poco más mona pues voy a añadirla a mi curriculum.

   − No la retoques  sino, ya no serías tú −

   − Sí, la fea de la oficina − le respondió, con un matiz de tristeza en su voz.

   − Eres muy atractiva y con muchísimas cualidades − 

   − ¿Si?  ¿Y quién las ve?−

   − Yo − respondió Alejandro, con una firmeza en su voz que a él mismo sorprendió.

             Alma se quedó petrificada. No esperaba una respuesta tan categórica y sincera. Por primera vez no sabía qué decir, un silencio incómodo se extendió por toda la habitación. Alejandro, preso del nerviosismo se despidió con voz temblorosa y  se marchó.

            De pronto la mente de Alma comenzó asimilar la corta conversación con su vecino, no salía de su sorpresa ante la reacción de éste. ¿Estaría enamorado de ella? Y ¿Cómo no se había dado cuenta? Se miraba demasiado el ombligo y no veía las cosas más evidentes que ocurrían a su alrededor. A partir de ese instante su percepción de la realidad cambió. Lo mismo que su mirada hacia Alejandro. Ahora ya no veía al vecino que la sacaba de apuros si no al hombre que tanto la había ayudado siempre.

             Repasó mentalmente todas las veces que le había importunado a deshoras y él acudía, solícito, con una sonrisa en los labios. Siempre que le necesitaba estaba a su lado, incluso para escucharle hablar de sus decepciones sentimentales, los dos ante una taza de café o un simple refresco. Entonces comprendió que lo hacía por amor y ella… ¡sin darse cuenta!

           
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jueves, 13 de septiembre de 2018

CITA


Ningún hombre debería tratar de obtener beneficio a costa de la ignorancia de otra persona.

» Cicerón  (106 AC-43 AC) Escritor, orador y político romano

 

CASA DE CAMPO

Antigua casa de veraneo de GABRIEL MIRÓ

martes, 11 de septiembre de 2018

LA REINA DE MAYO

  Llegó el día en que por fin luciría su mejor vestido, ese que siempre miraba en el escaparate cada vez que pasaba para ir al instituto. Su madre se lo compró por que ese año era la reina de la primavera.

    No dejaba de mirarse en el espejo se veía hermosa con el traje de gasa beige y la corona de flores con las cintas de colores sobre su pelo rubio recogido en una  trenza.

   Salió de casa montada en su inconfundible bicicleta roja hacia  el bosque donde a menudo se pasaba horas enteras  buscando plantas, sus remedios para sanar hicieron que se la conociera como “la hechicera”.

    Alegre, dulce, siempre con una sonrisa en los labios, acompañada de su bicicleta  se confundía con el   paisaje.

   Sin embargo su vecino la  le pedía día tras día un remedio para su impotencia, ella le decía que todo estaba en su cabeza. Se volvió huraño, obsesivo, malhumorado, no perdía ocasión de  observarla a hurtadillas para saber donde guardaba los sortilegios.

    Se adentró en el bosque recogió algunas las clavó en un trocito de tierra cubierta de hierba, sólo le faltaba un poco de pelo rubio.

   Todos estaban en la plaza esperando el desfile de la carroza donde sentada en un trono lucía  la reina de la primavera. La banda de música comenzó a tocar y la carroza echó andar, pero ¿Dónde estaba la reina? Era la pregunta que nadie sabía contestar, empezaron a buscarla por el camino, al dar la vuelta en un recodo de la calle encontraron la bicicleta, pero sin rastro de ella.

  Comienza anochecer y sin señal que les indique hacia donde continuar  se organizan en grupos para iniciar la búsqueda a la mañana siguiente. De regreso pasan cerca de la laguna; cuando asoma una prenda clara y alguien grita: ¡ahí, ahí!

   Con una rama intentan cogerla a pesar de los esfuerzos no llegan, hacen una cadena y se introducen con precaución hasta  alcanzarla.

— No es suya —dijo su hermana.

  Cabizbajos reanudan la caminata, mañana habrá más suerte murmuran entre ellos.

  Al amanecer todos dispuestos acompañados de los perros iniciaron la búsqueda; siempre mirando entre los arbustos dando golpecitos con los palos.

   Una de esas veces las cintas de colores aparecieron enganchadas en la rama de la que colgaba  la corona de flores.

— ¡Aquí, aquí ¡—gritaron

    Todos corrían  hacia los arbustos que unas manos indicaban, despejando la zona de ramas y de zarzas pero no hallaron más.

   Estaban cansados hasta la extenuación con paso lento iniciaron el regreso    a sus casas,  mientras se alejaban  organizaban los  planes para la siguiente búsqueda.

   Manuel con las voces de la hechicera en su cabeza no dejaba de repetir: no está, no está. Sin embargo escuchaba como le decía:

 —Déjame en paz—

 

—Dame un poco de  pelo—

—Te he dicho que no, vete—

—No me voy a ir sin él—

—No te lo voy a dar—

La sujetó por un brazo  ella intentaba zafarse en una lucha desigual pero al sacar su navaja la hechicera dio un tirón y salió corriendo. El hombre la siguió hasta alcanzarla.

 Esta vez la tiró al suelo la sujetó  le cortó el mechón lo guardó en el bolsillo y la soltó.

     —Ten en cuenta que no te curarás—

    ¿Cómo que no?—

    Como que no, no lo conseguirás—

    ¿Porqué?, si lo tengo todo—

    Todo no—

    Pues que falta—

    No te lo digo—

    Dímelo, lo necesito—

    Fuera de sí la zarandeó tan fuerte que al soltarla  cayó entre unas rocas, no se movía Manuel se alejó con su escaso botín.

    A medio camino el hombre inquieto volvió sobre sus pasos y la halló inerte, se asustó miró a su alrededor la cogió en sus brazos hasta  una hondonada   enterrándola limpió las huellas y regresó a casa.

   Amaneció y una nueva  búsqueda daba comienzo  ahora por la parte más intrincada, los grupos eran menos dispersos armados con sendos palos moviéndolos a diestro y siniestro.

    No miraban hacia la copa de los árboles hasta que los perros con sus ladridos les empujaron hacerlo; el vestido hecho jirones creyeron  que alguna bestia extraña se la había comido llenos de miedo corrían, se caían y se levantaban hasta salir del bosque.

     Al llegar a su casa Manuel vio a la hechicera montada en su inconfundible bicicleta roja. No podía ser,  está muerta, está muerta se repetía una y otra vez.


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miércoles, 5 de septiembre de 2018

LAS DAMAS DEL ARROYO

María volvía después de  muchos años al lugar en el que creció rodeada de toda su familia. Añoraba el modo de vida tranquila, de confianza, colaboración, y también los días felices de su niñez. Cuando traspasó el umbral de la casa donde nació un montón de recuerdos se agolparon en su mente.
Respiró profundamente mientras encaminaba sus pasos a su antiguo dormitorio, en él  permanecían inalterables algunos pequeños objetos  tan queridos para ella: la cajita de madera labrada por su padre para un cumpleaños, un frasquito de agua de colonia con olor a hierbas que utilizaba su abuela, y que le pedía a todas horas, y una fotografía amarillenta con sus abuelos.
Abrió la maleta disponiéndose a colocar las pocas cosas que había traído para pasar el verano. Después recorrió todas las estancias para comprobar si todo estaba preparado.
             A la mañana siguiente subió al desván en busca de un baúl donde antaño guardaban las pertenencias familiares. Hacía mucho tiempo que nadie había puesto orden allí, se tropezaba con cajas a medio llenar de no se sabe qué, las herramientas de labranza y hasta dos tablas de lavar.
   Al verlas sonrió; no le extrañó al hallar la grande pero le sorprendió encontrar la pequeña no pudo evitar levantarla del suelo y acariciarla al ponerla de pie junto a la pared.
             Entonces recordó nítidamente el día en que lavó en el arroyo junto a su madre notó cómo resbalaba el anillo de su dedo. La corriente se lo llevó a toda velocidad por más que intentaron buscar entre las piedras y   las hierbas de la orilla no lograron encontrarlo. La sortija desapareció para siempre.
Cuando llegaron a casa María todavía seguía llorando con tanta angustia e hipo que no encontraba consuelo en nada ni en nadie. La abuela le secó las lágrimas y comenzó a contarle que su anillo no estaba perdido solo había cambiado de mano.
 En las fuentes, lagos y arroyos viven unos seres mágicos llamados ninfas, las cuales se sirven de todas las cosas que arrastra el agua. Y que ahora su sortija luciría espléndida en el dedo de alguna Náyade.
El hipo desapareció y comenzó a crecer su curiosidad por esos seres mágicos  desconocidos para ella. Las preguntas salían de su boca atropelladamente, quería saber todo sobre ellas, si sólo existían en el agua o por más lugares y si alguien las había visto.
               La abuela se levantó, abrió un cajón y de él sacó un librito amarillento lo abrió para enseñarle los dibujos de las diferentes clases de ninfas. Luego le leyó que las había de los bosques y praderas, también de las montañas y que recibían distintos nombres según los lugares donde habitaran. Ahora comprendió por qué siempre le interesó  la mitología.
             Continuó echando un vistazo por el resto de las cosas del desván, pero sólo quedaba algún mueble desvencijado, una antigua bicicleta y pocos trastos más.
    Fue a su habitación se calzó unas playeras y salió a recorrer los lugares que anduvo de pequeña. Sus pasos se encaminaron sin pretenderlo hacia el arroyo donde tantas veces fueron a lavar.
Al llegar se agachó metió la mano en el agua y la agitó, como si inconscientemente fuera a encontrar a la ninfa que tuviera su anillo su anillo dorado con una piedra roja en el centro.
             Tras el largo paseo y después de dar buena cuenta de las viandas se echó una siesta. No le quedaban fuerzas para nada más.
Se despertó con dolor en todo el  cuerpo, el fresco de la tarde se colaba por la ventana que  se había dejado abierta sin darse cuenta. Durante unos instantes se sintió extraña, no recordaba dónde se hallaba. Estaba tan desorientada que no sabía si estaba soñando.
De repente algo la atrajo hasta el lugar en que descansaba la cajita de madera que había abierto unas horas antes. Su corazón comenzó a acelerarse inquieta se levantó al ver un rastro de gotas de agua que provenía de la ventana y terminaba en la cómoda. Con manos temblorosas abrió la cajita y comprobó con asombro cómo entre unas briznas de hierba brillaba, todavía húmedo su anillo.




 
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K.KOROVIN