miércoles, 17 de abril de 2019

CENA CON EL AUTOR


                                      

La monotonía de las clases en la universidad, la corrección de exámenes, sus largas horas en la biblioteca, y como toque de distracción entre semana acudía a la tertulia de filosofía.

Alguna cena organizada con personajes ilustres, previo pago, la crisis económica les había revolucionado a ellos y  ésta era una forma más de tener ingresos extras.

Había llegado el día que Germán tanto deseaba, por fin compartiría cena y tertulia con uno de sus autores vivos favoritos. Se había preparado concienzudamente toda su trayectoria literaria.

La vital se la había reservado a los cotilleos de sobremesa o a los cafés de media tarde.

Sin embargo ese viernes era diferente, había algo en el aire que traspasaba sus sentimientos, la sensibilidad abría la puerta para instaurarse durante la noche.

Con su máquina de fotos colgada al cuello recorría las calles en busca de lo inusual, lo extraño, a la captura de la foto ideal. Su mente siempre activa entre la lectura, escritura y pintura, últimamente se estaba abriendo a la fotografía creativa.

Llevaba unos días atisbando comportamientos nada claros en alguna persona del coloquial grupo, solo observaba con mirada detectivesca como quien investiga un crimen sin cuerpo.

Durante la cena al calor del vino alguna lengua se desató, pero con la ironía que le caracterizaba hizo una larga cambiada con la que reconducir la tertulia.

La luna y las estrellas lucían en todo su esplendor y las agujas del reloj indicaban la hora bruja. Entonces el escritor se dirigió hacia la mesa llena de libros para comenzar las dedicatorias, uno a uno fueron pasando y mientras el autor firmaba su representante se encargaba de lo económico.

Irene como de costumbre solo utilizaba el dinero de plástico, y esta vez no iba a ser diferente.

Sin pensarlo y con voz elevada abordó a Germán: Liante, que eres un liante. Al tiempo que le extendía  un billete en su mano.

Serio y educado le da las gracias. Entonces se aproxima y mirándole a los ojos le responde: Me puedes decir guapo, alto, rubio, macizo y todos los halagos que se te ocurran, si es que se te ocurre, pero liante…liante nunca, salvo que quieras que yo también te ofenda.

Irene se ruboriza como una granada e intenta hacer que todo sea un absurdo, el grupo intercambia miradas de extrañeza y siguen con la firma.

Se siente descubierta en sus más íntimos deseos, su comportamiento adolescente la pone en evidencia. Todos se han dado cuenta de su fascinación por Germán, nadie habla, solo el lenguaje de las miradas son las protagonistas.

Inquieta  e incómoda ante el incidente,  sale apresuradamente del restaurante. Sabe que el próximo jueves coincidirán en el café de la tertulia con otro grupo heterogéneo y diferente, tiempo suficiente para maquinar alguna treta de la que pueda salir airosa.

No resistía pasar más noches desvelada y nerviosa, Germán ejercía una atracción fatal que la descolocaba. Hacía tanto tiempo que nadie la removía hasta lo más profundo de su ser. Había olvidado lo que era sentirse realmente viva.

Él era diferente a cualquier hombre que hasta entonces había conocido, quizás en eso consistiese su misterioso encanto.

Llegó el día de la tertulia ese jueves echaría toda la carne en el asador, comenzó su mañana de peluquería y maquillaje, conforme pasaban las horas cambiaba su elección de vestuario, quería estar impresionante para él.

Con un toque de perfume y  una última mirada al espejo salió cerrando la puerta tras de sí.

Dejó pasar unos minutos antes de hacer su entrada triunfal en la sala, todos los ojos se volvieron hacia el tintineo de sus tacones. Saludos y halagos a partes iguales con cierta ironía de perplejidad, se escuchaban murmullos de envidias camufladas con sonrisas.

Acercó una silla al lado de Germán y éste le comentó: Te has puesto muy guapa, ¿Quién será el afortunado?

La sangre se agolpa en sus mejillas que aflora a pesar del maquillaje, no puede responder, solo baja los ojos en busca del aplomo que en un instante había desaparecido y que tanto le cuesta recomponer.

La tertulia avanza con fluidez y en el intermedio Germán recoge sus cosas y se va, Irene sale detrás, mientras una voz se escucha “éstos lo que les pasa es que tienen una tensión sexual no resuelta”. Otra voz comenta” pues que resuelvan de una vez”.

Las risas generalizadas retumban por el pasillo y Germán regresa hasta el umbral de la puerta y mostrando una amplia sonrisa les dice: No tengo nada sin resolver, mis tensiones sexuales las resuelvo en cuanto se presentan.







 
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2 comentarios:

  1. Ese intercambio de energías sutiles que solo si se ha vivido puede reconocerse...

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