sábado, 26 de diciembre de 2020

LOS SECRETOS DE LA ERMITA


 Era la fiesta de Todos los Santos y en San Andrés los jardines se estaban quedando huérfanos de flores. Sin embargo por estos días las lápidas del pequeño cementerio se convertían en mantos de un cromatismo inusual. Todas las losas
  limpias y adornadas, todas... Menos una.

     Ese año apareció por allí un anciano con un gran ramo de rosas rojas a duras penas se agachó al pié de la tumba, limpiándola con un ajado periódico. Sobre ella solo había escrito un nombre, “ROSALÍA”; el hombre depositó con ternura el ramo encima de las letras al tiempo que unas lágrimas se deslizaban por su rostro.

  Allí nadie lo conocía pero él se movía  con soltura, como si hubiese habitado allí toda la vida aunque había pasado mucho tiempo el pueblo apenas había cambiado. Alguna que otra casa de nueva,  el agua corriente y el asfaltado de las calles. 

  Su belleza paisajista se debía a los dos ríos que lo bañaban  y a las redondeadas colinas que lo enmarcaban. Contaba con la iglesia parroquial de estilo románico y una preciosa ermita rodeada por unos muros con una hilera de álamos a lo largo de estos, todo ello se completaba con una puerta de dos hojas de forja negra completaba el exterior.
   La enorme pradera era  antesala del edificio. A la derecha adosada al muro, había una vivienda de adobe donde se alojaba la familia del guardés. Él cuidaba del mantenimiento, pero el repaso de los accesorios religiosos quedaba a cargo de las mujeres.
  Berto nunca perdió el contacto de los acontecimientos relevantes que ocurrían en el pueblo y la provincia gracias a su suscripción  al periódico Cuando los habitantes de la localidad decidieron restaurar la ermita no sabían que despertaban los fantasmas del pasado, un pasado que todos se empeñaron en olvidar. Comenzaron a talar los árboles centenarios que la rodeaban, para continuar derribando el muro y la ruinosa casa del guarda. Las hermosas puertas desaparecieron una noche y nunca se supo que fue de ellas.
    Al retirar los últimos escombros de la vivienda descubrieron lo que parecía una tumba, extrañados removieron las piedras y la tierra hasta que el crujir de la madera les hizo detenerse. La sacaron con cuidado y  prestos desclavaron las tablas.   .
      Los ojos de los asistentes miraban con asombro el descubrimiento que estaban presenciando; un esqueleto de mujer cubierto con ropas de otros tiempos y al cuello una cadena de plata de la que colgaba la medalla de la Virgen con una inscripción en el reverso: “Berto”.                                                                                     
    Se puso en marcha el protocolo judicial para identificar el cadáver y darle sepultura. La familia que en otro tiempo habitó la casa había emigrado hacia la capital a los pocos años de que su hija huyera del hogar. El esfuerzo por reconocer los restos fue inútil el hallazgo se publicó en el periódico pero nadie respondió.
    Las autoridades dieron sepultura a los restos no hubo funerales ni comitiva que los acompañara hasta la tumba, sus huesos descansarían en un lugar apartado de las demás. Las hierbas pronto lo invadirían todo  y entonces pasaría desapercibida hasta caer en el olvido. Un día una lápida de mármol blanco  la cubrió.

    Durante bastantes semanas fue  tema de conversación  entre sus gentes  el hecho transcendió más allá de la provincia, pero como casi siempre el tiempo terminó por acallarlo.

   Berto paseaba por San Andrés recordando su infancia y parte de su juventud. Sus padres habían fallecido hacía  años y sus hermanos emigraron a diversas ciudades.  Como un turista preguntó por alguien que enseñara la iglesia y la ermita. Lucía,  era quién en ese momento se responsabilizaba de las llaves de los lugares de culto y en atender a los visitantes.

     Berto  pidió ir primero a la ermita estaba inquieto por conocer todo lo que se comentaba acerca del  extraño descubrimiento acaecido por allí.

  Durante el  paseo Lucía no paraba  de hablar  de las excelencias que adornaban a San Andrés, ella tenía a gala de ser la mejor informada todo lo que en el pueblo sucedía la denominaban “la gaceta” o “corre ve y dile”.

   Él se limitaba a oír sin implicarse en la conversación deseaba pisar de nuevo las baldosas de la ermita y buscar en su memoria aquellos lejanos recuerdo de su incipiente juventud
   Al traspasar el umbral  le embargaba una gran emoción y sus  denodados esfuerzos por reprimir las lágrimas que luchaban por brotar.
  Después de curiosear  por el recinto le pidió a Lucía  quedarse a solas un rato. Ella se marchó no sin antes indicarle dónde debía dejar las llaves  cuando se fuera.

   Berto se sentó en el primer banco, respiró profundamente, cerró los ojos y sus recuerdos comenzaron a hacerse presente. Escuchó la voz de Rosalía llamándole igual que hiciera cada vez que se veían a escondidas; entonces él salía de detrás de la puerta que llevaba al coro y se fundían en un largo abrazo sintiendo su calor  y sus besos. Su perfume floral  inundaba todo su ser. ¡Dios mío como la amaba!

    A su regreso del servicio militar la buscó   preguntó por ella a todo el que quería escucharle, pero siempre se topaba con la misma respuesta: “se fue del pueblo”. Sin embargo al indagar un poco más, llegó a la conclusión que nadie la había visto partir.  Fué en su busca y  al no hallarla continuó  su vida lejos de San Andrés.

   De pronto recordó el escondite secreto donde se dejaban las notas cuando la situación se tensó tanto que Rosalía apenas podía salir de casa. Sus padres habían concertado su matrimonio con un hombre veinte años mayor.
   Su continua negativa a contraer nupcias la condujo a un encierro casi total. Los padres decían que se hallaba enferma   apenas salía a la calle, solo iba a la ermita.

    Los jóvenes buscaron comunicarse evadiendo la vigilancia de la familia las notas que se escribían estaban ocultas en una oquedad que  fabricaron en el camarín de la Virgen.

   Berto, como movido por un resorte, se levantó y se dirigió al escondite pero había pasado tanto tiempo que le costaba trabajo identificar el lugar exacto, después de tocar  los bordes de varias tablillas consiguió ahuecar la correcta.

Vio una flor seca encima de un sobre amarillento  y ajado,  con mano temblorosa Berto lo cogió colocando la tablilla en  su lugar. Volvió a sentarse pero esta vez lo hizo en un banco próximo a la puerta del coro, allí aprovechaba la luz que se colaba por la puerta.
  Respiró profundamente y comenzó a tocar el sobre pues había una cosa abultada en su interior. Su curiosidad fue en aumento y con cuidado fue rasgando el papel para ver su contenido. Apenas hizo un pequeño agujero y  lo volcó entonces cayó el dije que le regalara cuando partió al servicio militar.
  Lo abrió viendo con sorpresa que su foto había sido cambiada por una de Rosalía pasó su dedo por ella como si la acariciara; comprobó que su foto estaba detrás. Tomó la cadena y al poner el colgante se percató que estaba rota. Lo acercó a sus labios besándolo para a continuación guardarlo en un bolsillo del pantalón. Ahora todo su interés se concentraba en la carta
     Mi querido Berto, amor mío estaba esperando tu regreso con impaciencia antes de decirme a escribir. Mis padres nos lo han puesto complicado, como te dije la vez anterior siguen empeñados en casarme con Ángel, solo por su dinero mis rotundas negativas no sirven de nada. Necesitaba decirte que estaba embarazada y esperaba que nuestro hijo ayudara a solventar nuestra situación.
    Hace unos días se presentó Ángel en casa para formalizar el noviazgo y poner  fecha a la boda, mi rotunda  negativa enfureció a mi padre y él se marchó con la promesa de hacerme cambiar de opinión.
    Creí que la discusión había terminado y me fui a mi dormitorio, entonces escuché como discutían mis padres, los gritos  me desesperaban  salí para apaciguar.
  Mi padre estaba furioso  me preguntó  por la razón de mi negativa. No me quedó otra alternativa, me vi tan acosada que les conté que estaba embarazada de tres meses.
    Así que se puso tan fuera de sí que me zarandeó con tal violencia que caí por las escaleras, como consecuencia tuve la pérdida de nuestro hijo. A raíz de lo sucedido estoy enferma, siento que la vida se me escapa, no quieren llamar al médico para que no se sepa lo ocurrido.

     Ya sabes, lo  del que dirán y la familia quedaría marcada. No se que será de mí pero quiero que sepas la verdad y sino nos volvemos a ver guardes el dije con todo el amor que siempre nos unió.

        Te amo, siempre tuya
                                                                                Rosalía

     Con las lágrimas bañando su rostro dobló con cuidado la carta se la llevó a los labios  la besó, con un beso tan intenso, cálido y amoroso que nadie pudo imaginar.

  Alzó la vista hacia la Virgen  rezó como nunca lo había hecho. Comprendió el sufrimiento enorme que le proporcionó su amor, y él pensando durante tantos años que ella lo abandonó.
   Un sentimiento de culpa se adueñó de su espíritu. Entristecido, con las manos metidas en los bolsillos y cabizbajo se dirigió a la puerta cerró con la llave,  encaminó sus pasos por el paseo hacia  la carretera que le acercaba hasta la entrada del pueblo, en ese mismo instante tuvo la sensación  que pronto se reencontraría con ella.

  Llegó hasta la casa que Lucía le indicó y entregó las llaves  fue hacia su coche sin saber muy bien que hacer. Los pensamientos contradictorios se agolpaban en su mente.

   Puso el auto en marcha con dirección a la capital cuando al pasar por delante del taller del marmolista frenó en seco. Una idea pasó veloz por su cabeza y decidió ponerla en práctica.

    Entró en el despacho  a recoger su cartapacio y un sobre para el dije, acto seguido se metió en el coche lo arrancó y ahora sí. Volvía a casa.

     Durante el trayecto no dejó de pensar, su mente le retrotraía a los momentos más tiernos vividos junto a ella.

   Una vez en su hogar echó un vistazo a las fotografías que resumían su vida de tantos años, su esposa ahora ausente, sus tres hijos y los pequeños que le hacían sonreír cada mañana.

    Estuvo varias horas delante del ordenador buscando sin cesar algo que concretara la idea que tuvo en San Andrés.

   Al día siguiente fue a la consulta del médico especialista a recoger el resultado de las pruebas que anteriormente al viaje se había hecho.

   No fueron buenas noticias el reloj de su vida comenzó su marcha atrás no le impresionó quizás su inconsciente lo esperaba. Con el informe en la carpeta entró en la cafetería del hospital a tomarse un gran desayuno.

   Su rostro se relajó conforme saboreaba cada bocado  disfrutaba del café ardiente que tanto le gustaba. Después regresó a casa y comenzó a organizar sus papeles legales.

  Llamó a su hija para tomar una merienda ella aceptó la invitación  su curiosidad aumentó cuando le rogó que llevara su cuaderno de dibujo y los lápices.

   Berto tenía una ligera idea de como tenía que ser el monumento funerario, solo necesitaba que alguien lo plasmara en papel y su hija era la más indicada.

    Tras una extensa charla llena de confidencias por ambas partes “la niña”, como él la llamaba, abrió el bloc y con agilidad sorprendente trazaba unos rasgos que pronto se convirtió en un bello boceto. Su padre sonrió lleno de satisfacción por el resultado. Si el escultor seguía fielmente el boceto estaba  demostrando al mundo su gran  amor.

   Echó una ojeada y vio que todo estaba en orden, metió un poco de ropa en una bolsa  bajó al garaje para iniciar el viaje pero esta vez si sabía su final.

   Cuando llegó a San Andrés los albañiles estaban prestos  para montar el grupo escultórico. En el cementerio el marmolista terminaba de pasar un trapo para limpiar los últimos restos de polvo. Berto comprobó con sus ojos que el mausoleo de Rosalía quedaba perfecto.

    Volvieron al despacho a finalizar los últimos flecos del contrato, entonces se le ocurrió preguntar  por una tumba cercana. Le informaron que si lo deseaba podía utilizar la de Rosalía, ya que cabían dos féretros, le pidió que pusiera “BERTO” debajo de ROSALÍA. Juntos por toda la eternidad.

                                                      

 

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jueves, 17 de diciembre de 2020

PUESTA DE LARGO

—Quiero bailar, quiero bailar. Bailar hasta desfallecer, jajaja como si pudiera… ¡Qué música tan deliciosa! ¡Y con mi vestido nuevo tan hermoso y elegante! ¿Te gusta?—

Carlos giró sobre sí mismo en busca de la persona que le hablaba, pero no vio a nadie. “Lo habré escuchado a través de la pared”, se dijo.

De nuevo una risa juvenil llegó a sus oídos, mientras esperaba a ser recibido por el recepcionista del coqueto hotel. Era un palacete del siglo XVII. La fachada se mantenía sin restaurar, los balcones de hierro forjado daban la sensación que de un momento a otro se iban a desgajar de la pared, y  los preciosos azulejos florales que los embellecían ya habían iniciado su declive. Algunos les faltaban trocitos y a otros unas rayas negras los atravesaban unos huecos por donde el viento y el agua hacían estragos.

El hotel tenía pinturas y estucados, vigas y baldosas, portones de gruesa madera ricamente labrada con su correspondiente aldaba.

Traspasar el umbral del palacete era adentrarse en un mundo paralelo, las piedras frías del suelo y los enormes arcos que sustentan los pisos superiores, las dos enormes salas eran una mezcolanza de estilos.

Una pequeña escalera de madera pegada a la pared, solo adornada a la altura del rellano por un imponente retrato de una joven ataviada con un  vestido azul recién estrenado, y un hermoso collar de perlas blancas alrededor de su cuello, en sus manos nacaradas una fina sortija con un zafiro que irradiaba una luz  a juego con sus ojos. Unos ojos azules llenos de jovialidad que invitaban a sonreír.

 Mirándola daba la sensación de que en un momento saldría del cuadro para acudir a un baile.

Por fin con la llave de la habitación en su mano subió pausadamente las escaleras que le llevaban al primer piso. La gruesa puerta se abrió con suavidad.

Sacó el neceser  y se fue al cuarto de baño, al abrir el grifo el agua comenzó a salpicarle como si una mano jugara con ella. Alzó sus ojos hacia el espejo y solo vió su reflejo. Estaba tan cansado que solo deseaba  dormir toda la noche de un tirón.

Desnudo se metió entre las sábanas blancas que desprendían un suave perfume. Los párpados se cerraron mientras sus oídos escuchaban una lejana música y el murmullo de unas voces indicando una celebración.

Por la mañana temprano una caricia sobre su rostro lo despertó, sin embargo le costaba abrir los ojos, inconscientemente esperaba que se repitiera pero no ocurrió.

El despertador sonó y se sintió malhumorado por la interrupción de un sueño tan dulce, y lleno de ternura que hubiese deseado no despertar.

 

Al bajar las escaleras sintió un escalofrío, de nuevo esos  ojos azules traspasaban los suyos. “Ni que estuviera viva” pensó.  A l cruzar los arcos oyó una risita de mujer, miró hacia el interior del comedor y solo dos hombres degustaban un suculento desayuno, la risa no se le iba de la cabeza y cuánto más lo pensaba  más le desconcertaba.

“Un día más, solo un día más para que finalizara el congreso y todo esto quedaría en una molesta pesadilla”; se decía mientras  caminaba a paso ligero entre las callejuelas del casco antiguo.

Con la lectura de las ponencias a buen ritmo no volvió a recordar a la damisela del cuadro; esa noche acudiría a la cena de despedida.

Antes de regresar al hotel se fue a pasear por la orilla del mar, se quitó los zapatos,  dobló los pantalones y dejó que el agua fresca le acariciara los pies.

Cerró los ojos, alzó la cabeza hacia las estrellas como quien  conjura un íntimo deseo que sabe inalcanzable, así estuvo un buen rato hasta que el hambre le devolvió a la realidad.  

Al bajar las escaleras del hotel no pudo evitar mirar de reojo al cuadro, cuando escuchó “llévame al baile”, sacudió la cabeza y continuó el descenso, una vez en la calle se creyó a salvo.

Regresó agotado, había disfrutado como hacía tiempo no recordaba, ¡si hasta bailó! Cosa inusual en él.

Al subir las escaleras tropezó y cayó cuan largo era, miró arriba y abajo, a esas horas solo el recepcionista estaba levantado.

Sin embargo las risas las escuchaba nítidamente, observó el cuadro y  los labios de la dama temblaban como si aguantaran una risa estrepitosa.

Enfadado por su torpeza entró en la habitación y se tumbó sobre la cama. Los ruidos le despertaban una y otra vez, las luces se encendían solas, los grifos se abrían y cerraban como si tuvieran vida propia, al igual que las cortinas de la ventana.

Estaba deseando que amaneciera para dejar aquella habitación y olvidar semejante pesadilla que comenzaba a ponerle nervioso. Con los primeros rayos del sol saltó de la cama, se arregló y con la maleta en la mano echó un último vistazo a su alrededor y cerró la puerta lanzando un suspiro de alivio.

Al bajar las escaleras por última vez, se detuvo en el rellano y miró detenidamente el cuadro mientras le decía: “No sé si eras tú quien me quería volver loco, pero casi lo consigues”.

Le pareció que la dama de bellos ojos azules le respondía: “Y todo por no llevarme al baile, mi primer baile en sociedad”.

Ahora sí estaba seguro de que ella le hablaba y el miedo se apoderó de él que salió a toda prisa de aquel  hotel encantador.

Fue durmiendo durante todo el trayecto con la tranquilidad de alejarse del fantasma de la hermosa damisela. Al llegar a la estación tomó un taxi y se marchó a casa, al entrar un suspiro de alivio salió de su boca y dejando la maleta se dejó caer en el sofá.

Una dulce música le empujó hasta su dormitorio, allí no había nadie ni aparato que la reprodujese. Movió ligeramente la cabeza desechando un turbio pensamiento.

Al día siguiente muy de madrugada llegó a casa y se metió en la cama, de nuevo la música comenzó a sonar, el ruido de los vestidos al bailar le inquietaba. Cuando de pronto una voz melodiosa le susurra al oído “me debes un baile”.

Aterrorizado salió a la calle gritando sin parar hasta que una ambulancia lo trasladó al hospital.

Desde la calle se observa  una ventana  que golpean sin parar y se intuyen voces desesperadas.

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sábado, 12 de diciembre de 2020

EL SEÑOR DE LOS LIBROS


 Dos tardes a la semana, Leire bajada al centro a dar una vuelta  y de paso entraba en La Casa del Libro, a echar una ojeada a las nuevas publicaciones.

Vestida con vaqueros ajustados y con un top que resaltaba sus exuberantes pechos, y  subida en unos tacones con plataforma encubierta, parecía una mujer de altura…

 El paseo al atardecer a la orilla del mar y la mirada perdida en el horizonte, dejaba volar sus pensamientos para que ellos habitasen en un mundo mágico, cómo el que su padre la narraba antes de  dormir.

¡Cómo lo añoraba! Le recordaba encerrado largas horas en su despacho con varios libros abiertos sobre la mesa, los cuadernos donde tomaba notas, y al fondo  en el borde de la mesa el portátil  abierto mientras  escuchaba  música.

La puerta la dejaba entre abierta cuando se aproximaba la hora que llegaba del colegio. Momento que ambos aprovechaban para merendar y charlar. Siempre le hacía reír antes de regresar al despacho.

Los domingos la levantaba temprano, para caminar descalzos por el borde de la playa mientras el agua y la arena jugaban con ellos. Le recitaba versos, le contaba leyendas de antiquísimas y lejanas tierras del otro lado del mar. Cantaban canciones entre risas y brincos y volar, volar alto agarrada con la seguridad de sus brazos.

Hundida en la melancolía su rostro se humedecía por unas débiles lágrimas que se empeñaban en aflorar a fuerza de sentimientos.

Cómo un ritual antes de volver a casa, se mojó las manos en el agua salada y sacudiéndolas al viento murmuraba “va por ti papá”.

Un día hizo el propósito de buscar el libro de poesía, que siempre permanecía abierto en el escritorio del padre.

La primera tarde que bajó al centro entró en La Casa del Libro  se fue derecha  a  las estanterías de los clásicos. Tomó varios  se sentó junto a la mesa comenzó a extenderlos echó una ojeada y sonrió.

Leía y releía, saltaba de uno a otro, entonces comprendió la calma que transmitía su padre y la reverencia con que se adentraba en ellos.

Levantó la vista  sorprendida, se incorporó, estaba allí, acababa  de pasar por el otro pasillo. ¡No podía ser él! ¡Imposible! Aún así recogió los libros, dio un rodeo para cerciorarse y vio de espaldas un hombre fuerte, alto de pelo cano  rodeado de libros. Se dijo “uno más al club”. Murmuraba al tiempo que salía.

La historia se repitió varias veces  la curiosidad fue instaurándose en ella  hasta que una tarde decidió seguirle.

A una distancia prudencial que le permitiese verlo. El hombre se fue por  la avenida comercial,  luego se desvió entre las callejuelas del casco antiguo hasta que al doblar una esquina desapareció.

Ello no hizo más que aumentar su inquietud por verle el rostro, se estaba obsesionando por la necesidad perentoria de hablar con su padre, de desahogar su alma y recobrar algo de serenidad.

Como solo él sabía hacerlo, ahora en su madurez le encantaría tenerlo como cuando era niña.

A los pocos días regresó a la librería, lo buscó casi con desesperación y en su lugar había en la mesa los libros abiertos y en el centro el que ella buscaba sin cesar.

Miró a su alrededor  no estaba,  tomó el del centro entre sus manos lo olió,  ese perfume  le resultó familiar. Cerró los ojos acercó el libro a sus labios y lo besó al tiempo que decía “papá.”

 

 

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domingo, 29 de noviembre de 2020

MARCADO POR LA MÚSICA


Marcos era un chaval de siete años cuando sus padres pusieron en sus manos un violín. Comenzó sus clases en la escuela de música sin mucho interés.

Sin embargo  sorprendió su habilidad con el instrumento. Su destreza era importante y a los nueve hizo su presentación en una salita del auditorio.

A los catorce años comenzó una gira por diversas ciudades españolas, todo iba muy deprisa, el éxito le acompañaba, las críticas glosaban su maestría a tan temprana edad.

Envuelto en una vorágine de halagos, su vida era una noria de emociones. A los dieciocho años era conocido en el mundo entero, sus conciertos despertaban una gran admiración.

Las adulaciones le sobrepasaron, los viajes y las habitaciones de hotel tan solitarias e impersonales. Los lazos familiares se limitaban a las llamadas de teléfono, su mundo personal se derruía,   la bebida que al principio le servía de alivio, pronto se adueñó de él.

Su vida licenciosa entre clubs de alterne y otros vicios, volvieron a sus dedos torpes y temblorosos La música le abandonó o más bien él a ella. Los contratos poco a poco fueron desapareciendo su fama otrora importante se tornó en vejaciones y desprecio.

Regresó a su ciudad natal  con el violín su único amigo, tocaba en una de las calles peatonales a la espera de unas monedas que le permitieran sobrevivir.

Cada nota que desgranaba su violín llevaba la sensibilidad de su espíritu, y con ello a otras almas que se parasen a escucharlo.

Unos por incomodidad o porque le reconociesen se alejaban intranquilos, los menos nos quedábamos a escucharle. Así un día y otro hasta que movida por la tristeza y amargura de sus ojos, me aproximé sin más intención de paliar por unos instantes la soledad que le embargaba.

El miedo a la reacción en la casa familiar le atenazaba, no soportaría el rechazo de los suyos ni su desdicha vital.

De esta manera conocí su historia y mis únicas palabras fueron: Vuelve con humildad, arrepentimiento cual hijo pródigo, de ese modo las puertas de sus corazones se abrirán.

He vuelto a pasear por esas calles y hecho en falta su música pero sonrío al pensar que habrá renacido en el lugar  donde pertenece.

                                       

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viernes, 20 de noviembre de 2020

EMBRUJO EN FLORENCIA


  Era su primera noche en Florencia, sus pupilas no dejaban de mirar por la ventana para cerciorarse de que estaba realmente en ella. Cansada se tumbó en  la cama  comenzó a respirar lento y profundo.

    Consiguió quedarse dormida pero su sueño distaba mucho de ser apacible. Con las primeras luces del alba se despertó empapada en sudor, con los cabellos revueltos y más cansada que cuando se acostó. 

    Una buena ducha templada y vestida con ropa deportiva   salió con el mapa en busca del embrujo de Florencia. Descubrió una taberna de sabor añejo con sus mesas de mármol y patas de hierro forjado,  le recordaron al antiguo Madrid.

   Con fervoroso entusiasmo se adentró en la Galería de los Ufizzi de pronto  sus ojos como dos surtidores comenzaron a brotar lágrimas de emoción.

En los libros observó  La Adoración de los Magos de Leonardo, las esculturas de Miguel Ángel  tantas y tantas que era imposible  acordarse, solo sabía que estaba delante de todo lo mejor  del Renacimiento.

   Transportada aquella época lejana donde las nuevas ideas sobre la concepción de la vida se basaba en la vuelta a los clásicos griegos.

    Cuando salió a la calle se encontraba mareada entornó los ojos mientras se apoyaba en la pared. Respiró profundo  unos segundos  los abrió lentamente para cerciorarse que todo estaba bien.

   Se encaminó hacia la Piazza Della Signoria, influida por el ambiente de la ciudad su imaginación volaba, escuchaba el blandir de las espadas de los partidarios de la familia Albizzi que gobernaba Florencia, sus enemigos los Médici que intrigaban y controlaban la ciudad hasta que Cósimo de Médici consiguió el poder.

  Lorenzo protegió las artes y a los mejores artistas, convirtió a Florencia en el mayor centro de arte. Leonardo, Miguel Ángel, Botticelli  ahora su vista se recreaba con todas las obras que salieron de sus manos. El museo al aire libre tan bello con sus esculturas tan perfectas y suaves que apetecía acariciarlas.

    El Palazzio Vecchio con el David de Miguel Ángel a un lado de la puerta principal da la bienvenida a   todos los  viandantes. También se escuchan  leyendas de fantasmas,  en los lugares donde tanta sangre se derramó. Se recostó en una pared del Palazzio.

    Levantó la vista para admirar la construcción ingeniosa con la que unieron los dos palacios sobre todo la  altura que tenía, era un gran pasillo cerrado. Comentan que los regentes acudían a los oficios religiosos sin ser vistos, gracias a los pasadizos que recorrían los edificios y  los almacenes que cubren el puente sobre el río Arno.

    Estaba cansada apenas, le quedaban fuerzas, con tanta belleza se le olvidó comer,  aún así prefirió pisar los aledaños de la catedral y el baptisterio.

 Al día siguiente un último recorrido a la iglesia de la Santa Croce, allí reposan los restos de los hombres más ilustres del Renacimiento, todos, menos Leonardo que se halla en Francia.  Con su máquina fotográfica colgada al cuello la mochila a la espalda paseaba por las callejuelas para impregnarse de la arquitectura de los edificios.

  Entró en los diminutos comercios de camisetas y recuerdos. Deseaba empaparse del ambiente florentino grabar en su memoria cada edificio, cada escultura  y  el color del mármol... 

    Anochecía los últimos rayos de sol reflejado en las piedras les daba una luz maravillosa. Al  día siguiente  dejaría atrás a la bella Florencia. Llena de melancolía  pasó su mano por el hocico del porcellino de bronce que hay el mercado, (según cuentan si lo acaricias  regresarás de nuevo)  Por si acaso  ella  prometió volver          ©  Todos los derechos reservados.

                                                                                                                                               

                                                  

domingo, 8 de noviembre de 2020

REMEMORÓ SU VOZ


  
El tren con unos minutos de retraso al fin hizo su aparición en la estación, iba cargada con una maleta, el portátil, su bolso y  el billete con la mirada buscaba el vagón correspondiente.

   —¡Clara, Clara!—oyó que una voz la llamaba  no le resultaba extraña se volvió a mirar de donde venía y desde la puerta de un vagón que no consiguió ubicar; si se entretenía iba a perderlo. Un estruendoso rugido  comenzó a sonar.

   Acomodada en su butaca respiró profundamente mientras su mente hacía esfuerzos por recordar al dueño de esa voz. Con la impaciencia de una adolescente no soportaba la incapacidad de  recordar al dueño de ese timbre  tan característico. Su memoria lo había archivado.

    El tren se adentraba en el túnel camino de la estación de Atocha, sin pensar se levantó, revisaba uno a uno cada vagón  no reconoció a nadie. En pocos minutos la máquina se detuvo.

     Se asomó a la puerta cosa inútil, el trasiego de viajeros formaba una barrera que imposibilitaba cualquier reconocimiento.

Al girarse oyó de nuevo— ¡Clara, Clara!—

  Volvió la cabeza pero tampoco vio a nadie familiar, se volvió a su asiento y miró por la ventana, a lo lejos creyó intuir una figura de hombre alto y delgado  cuyo porte que le recordó a alguien lejano… ¡Cómo iba a ser él!   Ha pasado toda una vida desde la última vez que intercambiaron sus mensajes encriptados, y también a través de las ventanillas de sus respectivos vehículos; allí gritó su nombre entre los rugidos de las dos fieras .

   Con sus respectivas parejas al volante  ellos atrás con sus hijos logró leer en sus labios un “te quiero” Clara le dedicó un gesto afirmativo por respuesta, entornó los ojos rememorando su voz diciéndoselo al oído.

    Ahora cuarenta años después sin verse ¿cómo podía ser él? Estaban cada uno en una punta del país; se recostó en la butaca mientras pensaba: ¡Qué boba, anda que no hay Claras por el mundo!....

    Al llegar a casa sonó el teléfono lo descolgó pero nadie le respondía solo una fatigada respiración se escuchaba al otro lado.

  Pasaron los meses sin volver a pensar en ello cuando  una voz triste le comunicó su muerte.

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jueves, 29 de octubre de 2020

AL SERVICIO DEL TEMPLO


 Unos fuertes golpes hicieron retumbar las paredes de la casa, Livia la mayor con apenas nueve años corrió a esconderse dentro del arca de los vestidos.

Sonaron de nuevos los atronadores golpes ella temblaba entre los ropajes, nadie abrió y volvió la calma.

Claudia la llamaba alborozada: ¡LIVIA, LIVIA!

Salió de su escondite  corrió para hacerla callar, la tapó la boca y en voz queda le contó lo sucedido. Ambas sabían lo que significaba.

Desde muy pequeñas todos alabaron su belleza, ahora la maldecía. Debían urdir un plan para huir, pronto volverían a por una de ellas.

Sigilosas prepararon unas pocas cosas se agarraron de las manos y huyeron hacia el puerto de Ostia.

Apenas habían salido de la ciudad cuando un familiar las encontró se las llevó a casa.

Sus padres enfadados les dijeron que había que cumplir las leyes les gustaran o no, a ellos les dolía tener que separarse de cualquiera de ellas.

Al día siguiente los golpes se repitieron  con más fuerza pero esta vez la puerta se abrió de par en par, en el umbral aparecieron un par de hombres altos y fornidos que observaron a las dos pequeñas minuciosamente, después de unos segundos se llevaron a Claudia.

De nada sirvieron los gritos de Livia: Soy la mayor me toca a mí. Su llanto no tenía consuelo. El padre cerró la puerta mientras la adentraba en la casa junto a la madre. Claudia ya se hallaba en las dependencias del templo para su iniciación, en primer lugar le cortaron su hermosa y larga cabellera castaña, después la colgaron de un árbol en señal de pertenencia  al templo.

Una vez superado el trance, le esperaban diez años de largo aprendizaje sin salir del recinto. Transcurrido ese tiempo se convertía en sacerdotisa de la diosa Vesta. Entonces y solo entonces sería una bella vestal,  de elegantes vestimentas y su cabeza cubierta con un hermoso y largo velo. En sus manos una llama siempre encendida.

Mantener encendido el fuego de la diosa era su deber primordial. Sus ceremonias  eran secretas.

Habían pasado diez años Claudia junto con sus compañeras iban a ser consagradas sacerdotisas en una gran ceremonia, a la cual asistirían las mujeres de sus familias.

La procesión comenzaba con unas grandes luminarias, portadas por las sacerdotisas más antiguas  que cubiertas con túnicas y capuchas  ocultaban su rostro.

Los tambores marcaban el paso hacia el templo, mientras las jóvenes iniciadas bailaban a los pies del altar de Vesta.

Al entrar en el recinto las vestales  cerraban la procesión, entonces los asistentes se dispersaban. A partir de ese instante no volverían a mantener ningún contacto con ellas.

Era un privilegio servir en el templo, solo ellas eran sacerdotisas pues en los demás templos estaban reservados a los  hombres.

Tendrían que pasar veinte años para que Claudia quedara libre del servicio. Entonces se hallaría ante la disyuntiva de permanecer en el recinto o casarse. ¿Porqué opción se decantaría?...

 

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lunes, 19 de octubre de 2020

SANGRE CALIENTE, CORAZÓN FRÍO

Después de diez años de matrimonio Sara sentía que su soledad cada vez era más angustiosa, la monotonía se había apoderado de su hogar, lo que en un principio fue un mundo lleno de amor e ilusión por construir una vida juntos, se tornó costumbre e indiferencia.

Ninguno de los dos quería exponer el problema, pues ambos intuían que todo estaba roto, era muy difícil comenzar de nuevo con la economía a medio gas. Así que dejaron pasar el tiempo como dos extraños bajo el mismo techo.

El mundo continúa aunque uno se pare, y les sucedió, cosa normal que la enfermedad se cebara con él, una de esas que su solo nombre suena a sentencia de muerte. Sara no estaba dispuesta a dejarse la piel en una lucha que de antemano sabía perdida, solo acudía un par de horas por la tarde al hospital cuando Luis estaba consciente, ya que se encontraba sedado la mayor parte del tiempo.

Estaba en casa recogiendo las pertenencias de él, cuando el timbre del teléfono la sacó de sus lúgubres pensamientos. Por fin llegó la noticia que tanto esperaba, respiró profundamente y como si un gran peso se le cayera a los pies sintió la ansiada liberación.

Ese fin de semana se arregló como en años, la ilusión volvió a brillar en sus ojos y la inquietud de adolescente recorrió su cuerpo. ¿Cuánto hacía que no salía a bailar? ¡Buff! ni se acordaba, pero esa noche iba a ser especial, sería la primera noche del resto de su vida, una vida que construiría a su capricho.

Bailaba con desenfreno, el sudor bañaba su frente, un hombre le ofreció una bebida que agotó sin respirar. Al terminar, fue a entregarle el envase, entonces reconoció a Enrique, su antiguo compañero de instituto.

A partir de ese momento sus encuentros se hicieron más continuos, y Sara creyó que era hora de dar un paso adelante, entonces le propuso ir a vivir juntos a lo que Enrique se negó, le decía que se así estaban bien y no necesitaban más. Ella sabía que su insistencia haría fracasar la relación más o menos consolidada. Así continuaron varios años más, sin embargo, Sara no asimilaba el paso del tiempo, cada vez que se miraba al espejo la imagen que éste le devolvía no coincidía con la que ella tenía de sí misma.

El miedo a que Enrique la dejara,  la angustiaba al punto de pensar en un embarazo, seguro que eso le empujaría a formalizar de forma definitiva su relación.

Sin embargo después de recibir la noticia, Sara no obtuvo la respuesta que esperaba, muy al contrario, Enrique zanjó la relación, se comprometió a cuidar del bebé y correr con los gastos desde ese momento.

Ella todavía albergaba la esperanza que  él le cambiase de opinión al tener al niño entre sus brazos. De vez en cuando Enrique se acercaba a visitar a Sara durante el embarazo, por fin llegó el bebé y él se apresuró a comprar todo lo necesario para acogerle en su hogar.

Una vez instalados, Enrique dejó de acudir diariamente a visitarlos, Sara no podía comprender que una vez en casa él no volviese a verlos.

Mientras se recuperaba, su mente cavilaba sin parar, comenzó a obsesionarse con una mujer que desconocía, seguro que está con otra, se repetía sin cesar.

Le llamaba por teléfono un día sí y otro también, hasta que recibió un ultimátum, o dejaba de molestar o recortaría el presupuesto.

La ira se apoderó de ella y el llanto del bebé le agregó la furia que la desquició, con el niño entre los brazos al ver que no se callaba lo arrojó contra la cuna, con la desgracia de golpearlo contra la madera de los barrotes.

Como el bebé no llora se acerca a verlo, no se movía, angustiada llamó al padre, le contó lo sucedido y Enrique fue en seguida. Lo llevó al hospital con la mala suerte de que ya era tarde, había muerto.

A partir de ese macabro instante dejó de haber contacto entre ellos, pero Sara no estaba dispuesta a rendirse. Los celos la carcomían hasta el infinito, una vez incorporada a su puesto de trabajo en el restaurante, la casualidad se alió con ella.

Enrique entró en el restaurante acompañado de una mujer bastante más joven, compañera de oficina, según le dijo,  mientras comían las risas brotaban sin cesar, se notaba que había una fuerte conexión entre ellos.

A Sara esto le confirmaba sus sospechas, cuando se marcharon ella salió también a ver el coche para poder controlar a la joven. Nada le impediría  estar con él.

 


                                             

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CIPRESES Y ROSAS

El viento soplaba con una furia inusitada, las hojas  de los árboles caían una tras otra,  los paseos quedaban tapizados cual tejido mullido, unas flores todavía colgaban del arbusto en recuerdo de un tiempo mejor. Los pájaros con sus trinos se despedían de lo que hasta entonces fuese su cobijo en las  tardes de verano.

Una música suave y melancólica sonaba lejana, todos los indicadores de la llegada de un otoño frío y desangelado se mostraban al unísono.

Anochecía ese día el cementerio tenía una inquilina más, el aire susurraba y  el sonar unas notas lúgubres era la señal para comenzar la fiesta.

El cementerio estaba rodeado por los cipreses más altos que podía recordar, esos sí eran una escalera hacia el infinito, entre árbol y árbol se erguían orgullosas las rosas más variadas de color y forma, las lápidas marmóreas y los pocos mausoleos pero inmensamente bellos, transformaban el lugar en un santuario de paz.

La noche se cierne en el camposanto la luz de la luna se refleja en el mármol blanco, de un blanco inmaculado, el murmullo de los pájaros se adormece y la media noche se abre a un nuevo espectáculo.

El viento eleva las hojas en forma de remolinos, sombras y nieblas se entremezclan, una danza de espíritus comienza,  la fiesta a la recién llegada ha empezado, está desorientada en la nueva dimensión que la traído el viaje.

Todos tiran de sus brazos, se deja arrastrar, siente miedo o más bien terror ante semejante despliegue de cuerpos traslúcidos. Bailan, saltan, corren por el recinto, los rosales se desprenden de su perfumada vestimenta, los cipreses se balancean a un ritmo frenético, como si alguien trepara hasta la copa para ascender al firmamento.

Los habitantes de la pequeña ciudad saben desde antiguo,  que cuando una persona expira para emprender el largo viaje hacia el más allá, no deben  acercarse por allí a partir de las doce de la noche, ni siquiera en las proximidades, pues el encuentro con la niebla desemboca en un fatal desenlace.

Sin embargo en primavera y verano acudían a visitarlo con frecuencia para mantener su hermosura y hablar con sus difuntos. Costumbre ancestral que estaba tan arraigada en su interior que olvidarla resultaría harto improbable.

La noche avanza y los espíritus siguen su danza macabra, la nueva inquilina sigue completamente aturdida y desorientada, continúan corriendo y saltando entre las tumbas, la llevan de un lado a otro, la arrastran por el suelo, solo se oye el roce de las hojas mecidas por el viento, la neblina se debilita hasta  disiparse por completo, y antes que el primer rayo de la aurora se refleje en las lápidas todo vuelve a la normalidad.

Ellos descansan tranquilos hasta la llegada de un nuevo inquilino que les despierte para iniciar su fiesta de bienvenida, o la lucha entre ángeles y demonios por cobrar una pieza más.

 

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sábado, 17 de octubre de 2020

GATOS PARDOS EN LA EXPLANADA

 Nuestros largos paseos a altas horas de la madrugada, descalzos por la playa con el agua lamiendo nuestros pies y hundidos en la arena todavía caliente, los cuerpos refrescados por la brisa es momento de confidencias, risas y de emociones a flor de piel.

Ensoñaciones bajo el influjo de la luna en el mar, espejo del firmamento, reflejo de los veleros que navegan hacia el horizonte.

Son instantes deliciosos que embriagan las almas y relajan los cuerpos, sentimientos que transmitir y la liberación de los sentidos…

Cuando el sol irrumpe en un estallido de fuego, esa misma playa se torna bulliciosa, variopinta y una enjambre de gente no dejan un ápice de arena. No queda  un resquicio de agua donde tonificar la piel, sin que una pelota te golpee o una persona te roce, y te asustas pensando que es una medusa.

Al atardecer se marchan como en una larga procesión de hormigas, cargadas con los bártulos hacia las paradas de los autobuses.

Son las mismas personas que luego llenan la Explanada arriba y abajo, de vez en cuando se sientan a degustar algún refresco, una rica horchata o una copa de helado.

Otras damos una vuelta observando a un grupo de músicos, y alguna pareja baila. Puestos de baratijas a precios no tan baratos. Todo se compra y se vende como en un mercado persa.

Pintores desconocidos ofrecen sus cuadros imitación de Sorolla a precios asequibles. Un poco más lejos algún que otro dibujante hace caricaturas. Mujeres africanas  escondidas  tras una palmera trenzan cabellos.

La guardia urbana de vez en cuando les pide los papeles, pero nadie huye, hacen la vista gorda mientras el orden impere, en éste mercado se trata de sobrevivir.

Así un día tras otro llegan gentes de todos los países,  una mezcolanza de idiomas cual torre de Babel. Nosotros vamos y venimos a lo largo de las innumerables playas o de los pueblos de las cercanas montañas.

Los  mayores que se quedan ocupan las sillas del paseo con distracción asegurada. Los demás aguantamos el pegajoso calor que este año viene con oleadas insufribles.

En las madrugadas insomnes aprovechamos la soledad de la playa y bajamos a dialogar con el mar.

 

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