miércoles, 25 de julio de 2018
domingo, 22 de julio de 2018
martes, 10 de julio de 2018
lunes, 9 de julio de 2018
martes, 3 de julio de 2018
MASCARADA
Este
mes de abril está llegando a su ecuador en una primavera tan lluviosa que
parece que volviera el diluvio. Los días se han vuelto negros, fríos e
invernales que congelan hasta el espíritu. Las emociones están a flor de piel,
sensibles o desquiciadas, según de donde venga el aire.
El
tiempo nos dejará tatuajes que disimulen las cicatrices y entonces nos veremos
con otros ojos llenos de serenidad conseguida en mil batallas.
Desde
mi ventana veo el árbol sin nombre, no lo necesita, es vulgar como la mayoría
de los que forman el parque. A su alrededor se yerguen los pinos con su verdor
insultante, cipreses que adornan ambas orillas de los paseos, que miran
desafiantes hacia el firmamento, y tú comienzas a despuntar en tus ramas los
primeros brotes de la estación donde dicen que resurge la vida.
Las
raíces sujetan con fuerza la tierra buscando el alimento y saciar la sed,
tienes que nutrir las venas para alimentar a tus hijas, que ahora te desdeñan y
se abandonan en los brazos de una ligera brisa que las lleve hasta el suelo.
Tienes
un tronco robusto y cubierto de líquenes de color oscuro que se apresuran a
formar un tapiz a tu alrededor para cubrir tu desnudez, luego esperarán a que
el estío les duerma con su abrasante calor.
Te
miro una y otra vez, mientras las hojas del año anterior se resisten a caer,
han luchado contra el sofocante calor, han aguantado firmes el duro invierno de
la meseta, saben que están muertas pero se resisten a caer, a ser abono del
mismo árbol que vistieron con sus mejores galas y orgullosas de su color verde
brillante, envidia de sus congéneres pues los pajarillos te elegían por su
fresca sombra. Ellos le ponían la banda sonora hasta que unos emigrantes de
colores vivos y de mayor tamaño comenzaron a desalojarlos, sin embargo pese a
su tamaño defienden su territorio con energía.
Siento
que esas hojas marrones lloran al despedirte y poco a poco se descuelgan con el
viento que estos días huraños y con el brote de la vida, unas nuevas y
diminutas hojas de un color esplendoroso estallan con fuerza ocupando sus
dominios.
Una
corta infancia y una juventud llena de vigor vestirán de nuevo tus ramas cada
vez más largas como si quisieran alcanzar las nubes para jugar algo diferente,
quizás poder realizar tus sueños a veces
inalcanzables.
Yo
también soy como tú, fuerte y paciente, los años pasados entre luchas unas
perdidas y alguna ganada, las menos, voy tomando perspectiva ante los nuevos
retos, que suelen ser pocos.
La
soledad a veces tormentosa y otras acariciadas me acompañan cada minuto como la
respiración que alimenta mi cuerpo.
Lo
mismo que a ti veo alejarse a las personas que a lo largo de mi vida me
acompañaron y la melancolía entonces me embarga. Nuevas generaciones me
enriquecen y me hacen más llevadera la recta final de ni camino, pero mientras
recorro el trayecto disfruto cada
momento y realizo algunos sueños que otrora quedaron rezagados por el devenir
de los acontecimientos.
Ahora
en la vejez me siento viva en esta primavera desquiciante y creo que los dos
resurgimos con vigor mientras nuestras raíces nos sujeten a la tierra. La
fuerza para dedicarme a hacer cosas nuevas y llenar de gente agradable algunas
tardes me satisface.
Por
ello miro al cielo luminoso y al igual que las florecillas absorbo el viento y
el sol, escucho a los pájaros de tus ramas mientras sonrío al verte cada día
más vestido con tu traje nuevo donde los rayos del sol reflejan en tus hojas su
fulgor.
Quién
sabe de tus anhelos, los humanos creemos que somos los reyes del universo y
somos una pieza más en el engranaje de la cambiante naturaleza. No somos tan
diferentes solo que nuestra vida es muy corta y la mayoría de las veces la
desaprovechamos con nuestros innumerables defectos y nuestras escasas virtudes.
Tú
nos sobre vivirás hasta que alguna enfermedad te agote o la mano de un hombre
desalmado decida por ti.
He
regresado con mi fe puesta en verte recuperado de tus heridas, y sin embargo,
pese a tu frondoso y llamativo vestido he intuido tus viejas cicatrices y
algunas, las menos, que todavía en un lento y angustioso proceso de recuperación. Tu ropaje de un verde
luminoso con suma habilidad trata de ocultar.
A
fuerza de tanto observarnos ya no son necesarias las palabras, solo las miradas
saben descubrir cómo están nuestras heridas a flor de piel, si su sanación
avanza o se estanca, sentir su escozor en lo más hondo del alma.
El
tiempo nos dejará tatuajes que disimulen las cicatrices y entonces nos veremos
con otros ojos llenos de serenidad conseguida en mil batallas.
Y
una nueva primavera regresaré para verte fuerte, tranquilo y orgulloso de los
logros conseguidos y entonces como en otras ocasiones te hablaré aunque no me
escuches, te sonreiré y de vez en cuando me sentaré bajo tus ramas recostada en
tu tronco sintiendo tus caricias.
© Todos los derechos reservados.
miércoles, 23 de mayo de 2018
viernes, 18 de mayo de 2018
domingo, 13 de mayo de 2018
LOS SENTIDOS PERDIDOS
Después de dos años postrado en la cama y enganchado a una vía y a otros aparatos más específicos que le controlaban su corazón y su cerebro, Rafael entre abrió los ojos. Estaba en un lugar desconocido con las paredes de un blanco inmaculado, un silencio de ultratumba le rodeaba, intentó moverse y no conseguía ni levantar un dedo. Estoy muerto, pensó, sin embargo por las ventanas y a través de las persianas se colaba un poco de luz. Desorientado volvió a cerrar los ojos.
Como
todas las tardes escuchaba una voz dulce
que durante mucho tiempo le hablaba sin parar, aunque no entendía nada de lo
que le decía. Por ello creyó que estaba en otra dimensión desconocida. Debía de
estar muerto, pues no sentía ninguna emoción, ni siquiera un poco de dolor al
levantar los dedos, bueno eso de levantar era un decir, todo esfuerzo se
quedaba en un intento.
Cada
día la joven enfermera al finalizar su jornada y una vez de cambiarse el
uniforme daba una última visita a Rafael, se dio cuenta que nadie le visitaba
ni preguntaba por él.
Un
sentimiento de profundo cariño comenzó a nacer en ella, quizás le recordaba al
abuelo que nunca conoció, por ello comenzó a leerle en voz baja y al
terminar le acariciaba el rostro como
transmitiéndole calor y ternura.
Se
preguntaba si sentiría algo, o su cerebro vegetaba al igual que todo su cuerpo,
todos sus sentidos estaban atrofiados o cansados de una vida llena de traumas
que se negaban a seguir resistiendo más sufrimiento.
El
amanecer de hoy era especial Adela cumplía veinticinco años, los regalos
esperaban escondidos en el cuarto de sus padres, a la tarde seguro tendría su
fiesta sorpresa como cada año desde que puede recordar.
Sentía
no poder quedarse tanto tiempo con el anciano, en realidad no sabía su nombre
solo su aspecto físico le daba la pista que era de otro país, con sus ojos
rasgados a penas perceptibles por lo pequeñísimos que eran.
Él
también tendría su cumpleaños. Entró en una juguetería y compró el peluche más
tierno que pudo hallar.
Si
no se daba prisa llegaría tarde a su fiesta. Entró como un torbellino en casa y
fue directa a su habitación. Se arregló y respiró profundamente, había que
hacerse la sorprendida al igual que todos los años, éste jueguecito comenzaba a
hastiarle, se sentía demasiado mayor para seguir con ello.
Entre
música, confetis y serpentinas ella era la niña de papá, cansada del bullicio y
mientras los demás comían y bebían, sigilosamente cogió el muñeco musical y se
marchó a toda velocidad a ver al anciano.
Le
habló con su dulzura acostumbrada con el resultado de siempre, le dió al botón
de la música y ésta sonaba dulcemente,
le acarició a la vez que levantaba la sábana y le colocaba entre sus manos el
peluche, lo tapó con delicadeza y se fue.
Al
día siguiente cuando entró en la habitación el anciano la recibió con una
sonrisa en los ojos, por primera vez vio en ellos un brillo especial.
La
música obró el milagro, pensó ella. El abuelo le indicaba que hiciera sonar al
peluche y solícita lo puso en marcha, la música de Bach le había devuelto los
sentidos perdidos.
© Todos los derechos reservados.
jueves, 10 de mayo de 2018
LOS ÁLAMOS DORADOS (A. MACHADO)
He vuelto a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria ?barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra?.
Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.
¡Álamos del amor que ayer tuvisteis
de ruiseñores vuestras ramas llenas;
álamos que seréis mañana liras
del viento perfumado en primavera;
álamos del amor cerca del agua
que corre y pasa y sueña,
álamos de las márgenes del Duero,
conmigo vais, mi corazón os lleva!
Del libro Campos de Castilla poema VIII
lunes, 7 de mayo de 2018
ALMA DE LETRAS
Llegado a los tres cuartos de su vida su energía vital enriquecida, decide volcar su experiencia y sentimientos sobre el papel. En un principio la tinta fresca y el olor de los folios le subyugaban, después la comodidad del ordenador dio paso a su creación compulsiva.
Al
poco tiempo sus libros proliferaron en las editoriales su prosa cercana y
culta, le catapultaron hacia el máximo galardón el premio Nobel de Literatura.
Una mujer joven y vitalista le complementó en su trabajo y en lo sentimental.
Las
vicisitudes que a lo largo del tiempo marcaron sus letras, su espíritu viajero
le hizo recorrer el mundo recogiendo galardones y dando conferencias. Su
interés por los problemas de la gente y la añoranza de su tierra portuguesa, no
le impidió buscar un refugio templado en la vieja Iberia.
Rodeado
de un jardín de vivos colores y el sueño de crear una biblioteca donde
preservar sus obras y todos los libros acumulados a lo largo del tiempo, muchos
de ellos duplicados o triplicados, ya que si en algún momento los necesitó hojear le resultaba tedioso buscarlo
y con suma facilidad lo compraba.
La
Iliada la menciona en sus escritos, quizás en ella radique parte de su
formación y el impulso de escribir. La
fuente de los clásicos la muestra en cualquier entrevista y su convicción de
que solo cambia la evolución de las cosas pero el hombre sigue con los mismos
miedos y las mismas eternas preguntas.
La
fuerza radica en el ser humano con sus debilidades, equivocaciones y algunos
aciertos.
Habla
de la muerte, no por obsesión si no por la curiosidad del más allá, y la
fragilidad de la vida, siempre respondía que la muerte es que un instante estás
y al siguiente no.
Sabemos
que desde el momento de la concepción nos preparamos para morir, la enfermedad
cuando es fuerte rápidamente nos acongoja el sentimiento de si habrá llegado el
momento de partir.
Su
avanzada edad a pesar de los ingresos en el hospital, sigue retomando la
ilusión por escribir, en cuanto da por terminado un libro, en lugar de
relajarse busca en su cerebro una nueva
idea que le permita plasmar sus pensamientos y gozar mientras lo hace.
Mientras
respire y hasta el último aliento llegue no hay minuto que perder la vida es un
regalo.
Dudó
que sin la mujer que le acompaña los últimos veinte años, llena de energía que
seguro le insuflaría, lo absorbió de tal
modo que crear otros mundos y viajar al
continente americano varias veces al año parecía increíble.
Dejar
vida y esperanza a través de sus letras a las generaciones presentes y futuras.
La demostración viviente que no hay edad para hacer cosas y ejecutar difíciles
empresas, cosechar éxitos, si no tan excelso como el suyo, al menos nos sean
gratificantes para el cuerpo o el espíritu, y a ser posible ambos a la vez.
© Todos los derechos reservados.
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