Por fin Ernesto
compró la finca y suspiró complacido, tenía las escrituras en sus manos y
las apretaba fuerte contra su pecho mientras salía de la notaria. Su mente elucubraba
cual cuento de la lechera. Había
comprado una ganga, aunque sabía que se hallaría muy degradada, pero no
imaginaba hasta que punto.
Nunca tomaba una decisión sin meditarla varios días, como el mismo
solía decir: tengo que consultarlo con la almohada. Sin embargo esta vez se
dejó llevar por el impulso, sin sopesar los pros y los contras, su esposa le
abroncaría pero sería una de tantas.
Estaban distanciados, quizás eso le influyese en la decisión de
realizar su anhelado sueño, era la última oportunidad no la dejaría pasar. Movió la cabeza para
alejar esos pensamientos, volvió a sonreír mientras se encaminaba hacia la
finca.
Detuvo el viejo mercedes al borde de la carretera, entonces
se dio cuenta del enorme trabajo que iba a necesitar. Tras una impresión
decepcionante, pronto le vio la parte positiva, solo era un tropiezo que
solventaría con esfuerzo.
Sus amigos del coro estarían encantados de colaborar en su
proyecto, desde luego Antonio aportaría su inestimable experiencia
de arquitecto.
Sacó del coche la cámara fotográfica y con paso
firme comenzó a recorrer cada rincón de la finca capturando todo aquello
que primero iba a restaurar.
Sonó el teléfono lo miró era su mujer, llevaba todo el día fuera y
anochecía.
Subió al automóvil y puso rumbo a la ciudad, le quedaban dos
horas por delante para comenzar a disfrutar de su sueño antes de llegar a casa.
Sus pensamientos volaban por la finca,
de ella sobresalía la torre medieval, una pequeña ermita, y lo que
parecían ser los establos, la otrora
casa principal se caía a pedazos ni la fachada se podía restaurar.
Limpiarla, cercarla con muros de piedra, levantar los
establos, construir una casa de estilo modernista con gran amplitud, y toda
ella rodeada por un bello jardín.
Al abrir la puerta el enfado de Elisa era manifiesto, su ira la
transmitía con las miradas furibundas que le dedicaba, fue a beber un vaso de
leche templada antes de meterse en la cama.
Durante el desayuno
le comentó que no vendría a comer, ella asintió con un gesto por toda
comunicación. Durante el trayecto imaginaba nombres para su reciente
posesión y su caballo, lo quería negro, muy negro, como el azabache, Azabache
será el nombre.
Alegre
cruzó el umbral de la cafetería donde le esperaba Antonio. Conectó la
tablet y las imágenes de la finca las
mostraba eufórico. Entre sorbo y sorbo de su taza de café, las observaba muy
despacio, mientras Ernesto impaciente esperaba su respuesta, le inquiría con la
mirada tratando de disimular su inquietud.
Antonio carraspeó antes de tomar
la palabra: Tiene muchas posibilidades, pero tendremos que volver varias veces,
situar los edificios y ver lo que se pude restaurar. Acordaron una
escapada para el próximo fin de semana.
Al llegar a casa conectó el ordenador, buscaba
páginas que le inspiraran el estilo de
la finca, donde le encantaría residir los últimos años de su vida. Puso la
llave de contacto ,respiró y arrancó el viejo mercedes.
Recogió a Antonio para enseñarle
in situ el germen de su sueño. Era muy charlatán pero quizá por su nerviosismo
estaba más locuaz que de costumbre, la paciencia de Antonio daba signos de
agotarse.
Ernesto sacó las viandas y
el estuche de su amigo del maletero. Había tanto terreno para moldear a
su antojo…Vieron un túmulo ancho de forma casi cuadrada con los lados de
cemento cubierto por encima con azulejos blancos y azules y rematado en la
cabecera con una jardinera de cerámica con unos lirios a punto de
florecer.
Antonio cogió el bloc de dibujo y el lápiz, su
mano comenzó a trazar líneas como un autómata. Ernesto lo miraba atónito, era
todo tan diferente a lo que deseaba que le resultaba imposible asumirlo ¿acaso su amigo no recordaba los
detalles que le explicó? Antonio cerró los ojos fatigados, cuando
los abrió, miró desconcertado el dibujo que tenía entre sus manos;
se lo pasó a Ernesto pidiendo una aclaración, pero él tampoco lo
comprendía.
Recogieron los bártulos e
iniciaron el regreso. Al pasar frente a la torre almenada Ernesto frenó, de
pronto guiado por un impulso giró hacia
la derecha hasta llegar a ella.
Se adentraron en la
vivienda, ante sí se abría todo un espectáculo, de muebles antiquísimos
cubiertos de polvo y de arañas. De las paredes colgaban cuadros de todos los
tamaños, solo uno llamó su atención por sus grandes dimensiones, su
curiosidad le hizo despejarlo del polvo.
No salía de su asombro al
identificar a los personajes retratados, se aproximó de nuevo para limpiarlo
mejor, se volvió a alejar y moviendo la cabeza susurraba “son iguales a
nosotros”.
— ¿Pero que dices?— le replicó
Antonio.
— Somos Elisa, Marieta y yo pero en otra
época, claro está—respondió.
Ahora comprendía por qué
desde niño, sentía la necesidad de tener un caballo, en la adolescencia
aparecía en algunas pesadillas que luego disminuyeron en la
juventud.
En su etapa adulta
los relegó. Entonces su profesión y la familia fueron su prioridad. Ahora era
el momento de retomarlo, por ello regresó a Alicante necesitaba recorrer los
lugares de su infancia.
Tomó varios cuadritos y se
introdujeron de nuevo en el coche esta
vez para ir directamente a casa. Antonio extrañado del mutismo de
Ernesto intentó entablar conversación respecto al boceto.
No habló pero consiguió que una mueca
aflorara a sus labios, estuvo unos momentos pensativo,
—
Tengo una investigación en marcha, a su término me
pongo en contacto contigo— Antonio asintió, mientras la radio les amenizaba el trayecto.
Enfrascado en los archivos
de la hemeroteca valenciana, Ernesto pasaba las horas sin encontrar
referencia a cualquier acto social, o pista que le guiara en sus
investigaciones, sin embargo un compañero al ver su gesto malhumorado se
aproximó, y al contemplar la foto del ordenador dió un respingo.
Ernesto
le dijo si conocía a esas personas, a lo que respondió, sí, esa
fotografía la conserva mi familia. Son mi abuelo y mi primo, en la última
fiesta de cumpleaños que celebraron en la casa de campo de Alicante.
Cerraron los ordenadores a
toda prisa se fueron a una cafetería próxima para continuar la charla sobre sus
ancestros. Ese día llegó tardísimo, le sorprendió el buen humor de su
esposa.
Antonio llamó por teléfono y ella le invitó a cenar, mientras
esperaban a Ernesto la conversación entre ellos era muy fluida, hasta que la
charla dio un giro inesperado ante la información de su marido, que dejó a
Elisa estupefacta. Esta vez comprendió que él estaba iniciando su sueño,
un sueño para los dos.
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