domingo, 8 de noviembre de 2020

REMEMORÓ SU VOZ


  
El tren con unos minutos de retraso al fin hizo su aparición en la estación, iba cargada con una maleta, el portátil, su bolso y  el billete con la mirada buscaba el vagón correspondiente.

   —¡Clara, Clara!—oyó que una voz la llamaba  no le resultaba extraña se volvió a mirar de donde venía y desde la puerta de un vagón que no consiguió ubicar; si se entretenía iba a perderlo. Un estruendoso rugido  comenzó a sonar.

   Acomodada en su butaca respiró profundamente mientras su mente hacía esfuerzos por recordar al dueño de esa voz. Con la impaciencia de una adolescente no soportaba la incapacidad de  recordar al dueño de ese timbre  tan característico. Su memoria lo había archivado.

    El tren se adentraba en el túnel camino de la estación de Atocha, sin pensar se levantó, revisaba uno a uno cada vagón  no reconoció a nadie. En pocos minutos la máquina se detuvo.

     Se asomó a la puerta cosa inútil, el trasiego de viajeros formaba una barrera que imposibilitaba cualquier reconocimiento.

Al girarse oyó de nuevo— ¡Clara, Clara!—

  Volvió la cabeza pero tampoco vio a nadie familiar, se volvió a su asiento y miró por la ventana, a lo lejos creyó intuir una figura de hombre alto y delgado  cuyo porte que le recordó a alguien lejano… ¡Cómo iba a ser él!   Ha pasado toda una vida desde la última vez que intercambiaron sus mensajes encriptados, y también a través de las ventanillas de sus respectivos vehículos; allí gritó su nombre entre los rugidos de las dos fieras .

   Con sus respectivas parejas al volante  ellos atrás con sus hijos logró leer en sus labios un “te quiero” Clara le dedicó un gesto afirmativo por respuesta, entornó los ojos rememorando su voz diciéndoselo al oído.

    Ahora cuarenta años después sin verse ¿cómo podía ser él? Estaban cada uno en una punta del país; se recostó en la butaca mientras pensaba: ¡Qué boba, anda que no hay Claras por el mundo!....

    Al llegar a casa sonó el teléfono lo descolgó pero nadie le respondía solo una fatigada respiración se escuchaba al otro lado.

  Pasaron los meses sin volver a pensar en ello cuando  una voz triste le comunicó su muerte.

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jueves, 29 de octubre de 2020

AL SERVICIO DEL TEMPLO


 Unos fuertes golpes hicieron retumbar las paredes de la casa, Livia la mayor con apenas nueve años corrió a esconderse dentro del arca de los vestidos.

Sonaron de nuevos los atronadores golpes ella temblaba entre los ropajes, nadie abrió y volvió la calma.

Claudia la llamaba alborozada: ¡LIVIA, LIVIA!

Salió de su escondite  corrió para hacerla callar, la tapó la boca y en voz queda le contó lo sucedido. Ambas sabían lo que significaba.

Desde muy pequeñas todos alabaron su belleza, ahora la maldecía. Debían urdir un plan para huir, pronto volverían a por una de ellas.

Sigilosas prepararon unas pocas cosas se agarraron de las manos y huyeron hacia el puerto de Ostia.

Apenas habían salido de la ciudad cuando un familiar las encontró se las llevó a casa.

Sus padres enfadados les dijeron que había que cumplir las leyes les gustaran o no, a ellos les dolía tener que separarse de cualquiera de ellas.

Al día siguiente los golpes se repitieron  con más fuerza pero esta vez la puerta se abrió de par en par, en el umbral aparecieron un par de hombres altos y fornidos que observaron a las dos pequeñas minuciosamente, después de unos segundos se llevaron a Claudia.

De nada sirvieron los gritos de Livia: Soy la mayor me toca a mí. Su llanto no tenía consuelo. El padre cerró la puerta mientras la adentraba en la casa junto a la madre. Claudia ya se hallaba en las dependencias del templo para su iniciación, en primer lugar le cortaron su hermosa y larga cabellera castaña, después la colgaron de un árbol en señal de pertenencia  al templo.

Una vez superado el trance, le esperaban diez años de largo aprendizaje sin salir del recinto. Transcurrido ese tiempo se convertía en sacerdotisa de la diosa Vesta. Entonces y solo entonces sería una bella vestal,  de elegantes vestimentas y su cabeza cubierta con un hermoso y largo velo. En sus manos una llama siempre encendida.

Mantener encendido el fuego de la diosa era su deber primordial. Sus ceremonias  eran secretas.

Habían pasado diez años Claudia junto con sus compañeras iban a ser consagradas sacerdotisas en una gran ceremonia, a la cual asistirían las mujeres de sus familias.

La procesión comenzaba con unas grandes luminarias, portadas por las sacerdotisas más antiguas  que cubiertas con túnicas y capuchas  ocultaban su rostro.

Los tambores marcaban el paso hacia el templo, mientras las jóvenes iniciadas bailaban a los pies del altar de Vesta.

Al entrar en el recinto las vestales  cerraban la procesión, entonces los asistentes se dispersaban. A partir de ese instante no volverían a mantener ningún contacto con ellas.

Era un privilegio servir en el templo, solo ellas eran sacerdotisas pues en los demás templos estaban reservados a los  hombres.

Tendrían que pasar veinte años para que Claudia quedara libre del servicio. Entonces se hallaría ante la disyuntiva de permanecer en el recinto o casarse. ¿Porqué opción se decantaría?...

 

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lunes, 19 de octubre de 2020

SANGRE CALIENTE, CORAZÓN FRÍO

Después de diez años de matrimonio Sara sentía que su soledad cada vez era más angustiosa, la monotonía se había apoderado de su hogar, lo que en un principio fue un mundo lleno de amor e ilusión por construir una vida juntos, se tornó costumbre e indiferencia.

Ninguno de los dos quería exponer el problema, pues ambos intuían que todo estaba roto, era muy difícil comenzar de nuevo con la economía a medio gas. Así que dejaron pasar el tiempo como dos extraños bajo el mismo techo.

El mundo continúa aunque uno se pare, y les sucedió, cosa normal que la enfermedad se cebara con él, una de esas que su solo nombre suena a sentencia de muerte. Sara no estaba dispuesta a dejarse la piel en una lucha que de antemano sabía perdida, solo acudía un par de horas por la tarde al hospital cuando Luis estaba consciente, ya que se encontraba sedado la mayor parte del tiempo.

Estaba en casa recogiendo las pertenencias de él, cuando el timbre del teléfono la sacó de sus lúgubres pensamientos. Por fin llegó la noticia que tanto esperaba, respiró profundamente y como si un gran peso se le cayera a los pies sintió la ansiada liberación.

Ese fin de semana se arregló como en años, la ilusión volvió a brillar en sus ojos y la inquietud de adolescente recorrió su cuerpo. ¿Cuánto hacía que no salía a bailar? ¡Buff! ni se acordaba, pero esa noche iba a ser especial, sería la primera noche del resto de su vida, una vida que construiría a su capricho.

Bailaba con desenfreno, el sudor bañaba su frente, un hombre le ofreció una bebida que agotó sin respirar. Al terminar, fue a entregarle el envase, entonces reconoció a Enrique, su antiguo compañero de instituto.

A partir de ese momento sus encuentros se hicieron más continuos, y Sara creyó que era hora de dar un paso adelante, entonces le propuso ir a vivir juntos a lo que Enrique se negó, le decía que se así estaban bien y no necesitaban más. Ella sabía que su insistencia haría fracasar la relación más o menos consolidada. Así continuaron varios años más, sin embargo, Sara no asimilaba el paso del tiempo, cada vez que se miraba al espejo la imagen que éste le devolvía no coincidía con la que ella tenía de sí misma.

El miedo a que Enrique la dejara,  la angustiaba al punto de pensar en un embarazo, seguro que eso le empujaría a formalizar de forma definitiva su relación.

Sin embargo después de recibir la noticia, Sara no obtuvo la respuesta que esperaba, muy al contrario, Enrique zanjó la relación, se comprometió a cuidar del bebé y correr con los gastos desde ese momento.

Ella todavía albergaba la esperanza que  él le cambiase de opinión al tener al niño entre sus brazos. De vez en cuando Enrique se acercaba a visitar a Sara durante el embarazo, por fin llegó el bebé y él se apresuró a comprar todo lo necesario para acogerle en su hogar.

Una vez instalados, Enrique dejó de acudir diariamente a visitarlos, Sara no podía comprender que una vez en casa él no volviese a verlos.

Mientras se recuperaba, su mente cavilaba sin parar, comenzó a obsesionarse con una mujer que desconocía, seguro que está con otra, se repetía sin cesar.

Le llamaba por teléfono un día sí y otro también, hasta que recibió un ultimátum, o dejaba de molestar o recortaría el presupuesto.

La ira se apoderó de ella y el llanto del bebé le agregó la furia que la desquició, con el niño entre los brazos al ver que no se callaba lo arrojó contra la cuna, con la desgracia de golpearlo contra la madera de los barrotes.

Como el bebé no llora se acerca a verlo, no se movía, angustiada llamó al padre, le contó lo sucedido y Enrique fue en seguida. Lo llevó al hospital con la mala suerte de que ya era tarde, había muerto.

A partir de ese macabro instante dejó de haber contacto entre ellos, pero Sara no estaba dispuesta a rendirse. Los celos la carcomían hasta el infinito, una vez incorporada a su puesto de trabajo en el restaurante, la casualidad se alió con ella.

Enrique entró en el restaurante acompañado de una mujer bastante más joven, compañera de oficina, según le dijo,  mientras comían las risas brotaban sin cesar, se notaba que había una fuerte conexión entre ellos.

A Sara esto le confirmaba sus sospechas, cuando se marcharon ella salió también a ver el coche para poder controlar a la joven. Nada le impediría  estar con él.

 


                                             

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CIPRESES Y ROSAS

El viento soplaba con una furia inusitada, las hojas  de los árboles caían una tras otra,  los paseos quedaban tapizados cual tejido mullido, unas flores todavía colgaban del arbusto en recuerdo de un tiempo mejor. Los pájaros con sus trinos se despedían de lo que hasta entonces fuese su cobijo en las  tardes de verano.

Una música suave y melancólica sonaba lejana, todos los indicadores de la llegada de un otoño frío y desangelado se mostraban al unísono.

Anochecía ese día el cementerio tenía una inquilina más, el aire susurraba y  el sonar unas notas lúgubres era la señal para comenzar la fiesta.

El cementerio estaba rodeado por los cipreses más altos que podía recordar, esos sí eran una escalera hacia el infinito, entre árbol y árbol se erguían orgullosas las rosas más variadas de color y forma, las lápidas marmóreas y los pocos mausoleos pero inmensamente bellos, transformaban el lugar en un santuario de paz.

La noche se cierne en el camposanto la luz de la luna se refleja en el mármol blanco, de un blanco inmaculado, el murmullo de los pájaros se adormece y la media noche se abre a un nuevo espectáculo.

El viento eleva las hojas en forma de remolinos, sombras y nieblas se entremezclan, una danza de espíritus comienza,  la fiesta a la recién llegada ha empezado, está desorientada en la nueva dimensión que la traído el viaje.

Todos tiran de sus brazos, se deja arrastrar, siente miedo o más bien terror ante semejante despliegue de cuerpos traslúcidos. Bailan, saltan, corren por el recinto, los rosales se desprenden de su perfumada vestimenta, los cipreses se balancean a un ritmo frenético, como si alguien trepara hasta la copa para ascender al firmamento.

Los habitantes de la pequeña ciudad saben desde antiguo,  que cuando una persona expira para emprender el largo viaje hacia el más allá, no deben  acercarse por allí a partir de las doce de la noche, ni siquiera en las proximidades, pues el encuentro con la niebla desemboca en un fatal desenlace.

Sin embargo en primavera y verano acudían a visitarlo con frecuencia para mantener su hermosura y hablar con sus difuntos. Costumbre ancestral que estaba tan arraigada en su interior que olvidarla resultaría harto improbable.

La noche avanza y los espíritus siguen su danza macabra, la nueva inquilina sigue completamente aturdida y desorientada, continúan corriendo y saltando entre las tumbas, la llevan de un lado a otro, la arrastran por el suelo, solo se oye el roce de las hojas mecidas por el viento, la neblina se debilita hasta  disiparse por completo, y antes que el primer rayo de la aurora se refleje en las lápidas todo vuelve a la normalidad.

Ellos descansan tranquilos hasta la llegada de un nuevo inquilino que les despierte para iniciar su fiesta de bienvenida, o la lucha entre ángeles y demonios por cobrar una pieza más.

 

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sábado, 17 de octubre de 2020

GATOS PARDOS EN LA EXPLANADA

 Nuestros largos paseos a altas horas de la madrugada, descalzos por la playa con el agua lamiendo nuestros pies y hundidos en la arena todavía caliente, los cuerpos refrescados por la brisa es momento de confidencias, risas y de emociones a flor de piel.

Ensoñaciones bajo el influjo de la luna en el mar, espejo del firmamento, reflejo de los veleros que navegan hacia el horizonte.

Son instantes deliciosos que embriagan las almas y relajan los cuerpos, sentimientos que transmitir y la liberación de los sentidos…

Cuando el sol irrumpe en un estallido de fuego, esa misma playa se torna bulliciosa, variopinta y una enjambre de gente no dejan un ápice de arena. No queda  un resquicio de agua donde tonificar la piel, sin que una pelota te golpee o una persona te roce, y te asustas pensando que es una medusa.

Al atardecer se marchan como en una larga procesión de hormigas, cargadas con los bártulos hacia las paradas de los autobuses.

Son las mismas personas que luego llenan la Explanada arriba y abajo, de vez en cuando se sientan a degustar algún refresco, una rica horchata o una copa de helado.

Otras damos una vuelta observando a un grupo de músicos, y alguna pareja baila. Puestos de baratijas a precios no tan baratos. Todo se compra y se vende como en un mercado persa.

Pintores desconocidos ofrecen sus cuadros imitación de Sorolla a precios asequibles. Un poco más lejos algún que otro dibujante hace caricaturas. Mujeres africanas  escondidas  tras una palmera trenzan cabellos.

La guardia urbana de vez en cuando les pide los papeles, pero nadie huye, hacen la vista gorda mientras el orden impere, en éste mercado se trata de sobrevivir.

Así un día tras otro llegan gentes de todos los países,  una mezcolanza de idiomas cual torre de Babel. Nosotros vamos y venimos a lo largo de las innumerables playas o de los pueblos de las cercanas montañas.

Los  mayores que se quedan ocupan las sillas del paseo con distracción asegurada. Los demás aguantamos el pegajoso calor que este año viene con oleadas insufribles.

En las madrugadas insomnes aprovechamos la soledad de la playa y bajamos a dialogar con el mar.

 

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lunes, 5 de octubre de 2020

LAS LLAVES DEL TIEMPO

 


     Salí a toda prisa, no me daba tiempo a llegar a la parada del autobús, mi respiración entrecortada y rápida, hacía que mi velocidad se aminorara y el nerviosismo se apoderaba de mí.

    La luz de las farolas iluminaba las calles desiertas, la fina lluvia comenzaba a caer.  Con las gotas de sudor resbalando por mi frente, al fin mi carrera terminó y el autobús no había pasado.

    Una espesa niebla impedía ver a diez metros, ninguno de los habituales aparecía, los minutos pasaban y por fin llegó, moví la mano para que se detuviese y al intentar caminar algo fantasmagórico me envolvía.
    El conductor siguió como si nadie hubiese en la parada ¿me habría vuelto invisible? Iba de un lado a otro de la marquesina buscando un resquicio por donde salir  de aquella pesadilla, por más vueltas que daba no hallaba la salida.

    No podía rendirme ¿pero cómo luchar ante lo desconocido? De pronto se aproximó un autobús un poco extraño o al menos, me lo parecía. No tuve que levantar la mano el conductor se detuvo abrió la puerta y subí. Busqué la máquina para pasar la tarjeta, no la hallé entonces miré alrededor;  todo era extraño, las personas iban ataviadas con vestiduras de épocas lejanas, la que desentonaba era yo, aquello era una mezcolanza histórica.

   Continuó la marcha y al mirar por la ventanilla no reconocía el paisaje, las casas habían desaparecido, en su lugar estaba ocupado por los árboles y la fauna más extraña que podía imaginar.

    Se escuchaba un blandir de espadas, la gente corría asustada y hablaba en un lenguaje que a duras penas comprendía,  asombrada me vi como si en un espejo me reflejara, vestida con  lujosos y largos ropajes.
   Unas damas  me atendían solícitas, me acompañaba una guardia de protección hasta arribar a un castillo. Entre fuertes quejidos  me encogía de dolor,  las dueñas me llevaron en andas a mis aposentos, donde me esperaban un grupo de personas para contemplar el alumbramiento.

    Lo que me espantó, fue que después de nacer la niña me dieran a beber un vaso de hidromiel, y después abandonara este mundo.

    De repente el autobús se llenó de hombres vestidos con extraños ropajes negros, que custodiaban a unas mujeres con las muñecas atadas, las insultaban y las vejaban, hasta límites insospechados.
    Con gran estupor me reconocí en una de las mujeres, en la mirada llevaba la impotencia, sufrimiento y rabia que la injusticia podía crear.  Los hombres  las bajaban  a empujones hacia la pira, donde expiarían sus pecados de brujería.

    De nuevo la niebla.  El autobús giraba sin parar hasta transformarse en un vehículo extraño lleno de seres famélicos, vestidos con ropajes sucios y harapientos, pertrechados con  armas rústicas.  Los gritos que coreaban daban la impresión de ir a una guerra cuya causa no entendían.

    A lo lejos se divisaba una batalla con bandos desiguales, con heridos y muertos por doquier.  La sangre regaba el valle. Aparté la mirada ante tanto horror,  lo que mis ojos vieron fue terrorífico. Una mujer con sus hijos trataba de esconderse de sus perseguidores, con poca fortuna,  un disparo de arcabuz le alcanzó el corazón.

    Estaba desconcertada y aturdida, el miedo llenaba todo mi ser. Un sudor frío hacía que no dejara de temblar. De nuevo era invisible a sus ojos, de no ser así ya me hubieran agredido. Bajé para auxiliar a los pequeños,  con sorpresa me volví a reconocer, los niños no me visualizaban. Sin saber como, estaba de nuevo rodeada por la maldita niebla y sentada en el autobús.

    Los saltos en el tiempo eran abismales y cada vez más próximos a nuestra época, lo que no comprendía,  era el significado de los continuos actos sangrientos en personas de gran parecido conmigo, o ¿era realmente yo? Ya no resistía  más la angustia y el miedo tan enorme que estaba experimentando.
   Sentía como a mis pulmones  les faltaba el aire, mis esfuerzos por respirar no surtían efecto. Un sonido estruendoso hizo que diera un salto, abrí los ojos, estaba sudando con la ropa de la cama revuelta. Entonces respiré profundamente, me dí cuenta que todo había sido una maldita pesadilla... ¿O quizás no?

    Por primera vez, me alegré de escuchar el sonido del despertador que cada mañana maldecía, entré en la ducha dejé que el agua corriera por mi cuerpo durante varios minutos,  me arreglé deprisa  sin desayunar bajé las escaleras a penas con tiempo para coger el autobús.

    Estaba en la parada, no dejaba de mirar el reloj. No estaba segura de que la niebla no se presentara de nuevo. Un frenazo  me sacó  de mis pensamientos y el conductor me saludó como cada día, le sonreí, mientras comprobaba que todo estaba en orden. ¿Pero de verdad  todo estaba en orden?

 

  

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lunes, 21 de septiembre de 2020

AZABACHE

 


  Por fin Ernesto compró la finca y suspiró complacido, tenía las escrituras en sus manos y las apretaba fuerte contra su pecho mientras salía de la notaria. Su mente elucubraba cual cuento de la lechera.  Había comprado una ganga,  aunque sabía  que se hallaría muy degradada, pero no imaginaba hasta que punto.

 Nunca tomaba una decisión sin meditarla varios días, como el mismo solía decir: tengo que consultarlo con la almohada. Sin embargo esta vez se dejó llevar por el impulso, sin sopesar los pros y los contras, su esposa le abroncaría pero sería una de tantas.

   Estaban distanciados, quizás eso le influyese en la decisión de realizar su anhelado sueño, era la última oportunidad  no la dejaría pasar. Movió la cabeza para alejar esos pensamientos, volvió a sonreír mientras se encaminaba hacia la finca.

  Detuvo el viejo mercedes al borde de la carretera, entonces  se dio cuenta del enorme trabajo que iba a necesitar. Tras una impresión decepcionante, pronto le vio la parte positiva, solo era un tropiezo que solventaría con esfuerzo.
    Sus amigos del coro estarían encantados de colaborar en su proyecto,  desde luego Antonio aportaría su 
inestimable experiencia de arquitecto.

    Sacó del coche la cámara fotográfica y con paso firme comenzó a recorrer cada rincón de la finca capturando todo aquello que primero iba a restaurar.
   Sonó el teléfono lo miró era su mujer, llevaba todo el día fuera y anochecía.
   Subió al automóvil y puso rumbo a la ciuda
d, le quedaban dos horas por delante para comenzar a disfrutar de su sueño antes de llegar a casa. Sus pensamientos volaban por la finca,  de ella sobresalía la torre medieval, una pequeña ermita, y lo que parecían ser los establos,  la otrora casa principal se caía a pedazos ni la fachada se podía restaurar.

    Limpiarla, cercarla con muros de piedra, levantar los establos, construir una casa de estilo modernista con gran amplitud, y toda ella rodeada por un bello jardín.  
  Al abrir la puerta el enfado de Elisa era manifiesto, su ira la transmitía con las miradas furibundas que le dedicaba, fue a beber un vaso de leche templada antes de meterse en la cama.

 Durante el desayuno le comentó que no vendría a comer, ella asintió con un gesto por toda comunicación.  Durante el trayecto imaginaba nombres para su reciente posesión y su caballo, lo quería negro, muy negro, como el azabache, Azabache será el nombre.

 Alegre  cruzó el umbral de la cafetería donde le esperaba Antonio. Conectó la tablet  y las imágenes de la finca las mostraba eufórico. Entre sorbo y sorbo de su taza de café, las observaba muy despacio, mientras Ernesto impaciente esperaba su respuesta, le inquiría con la mirada tratando de disimular su inquietud.

Antonio carraspeó antes de tomar la palabra: Tiene muchas posibilidades, pero tendremos que volver varias veces, situar los edificios y ver lo que se pude restaurar.  Acordaron una escapada para el próximo fin de semana.

 Al llegar a casa conectó el ordenador, buscaba páginas que le inspiraran el estilo  de la finca, donde le encantaría residir los últimos años de su vida. Puso la llave de contacto ,respiró y arrancó el viejo mercedes. 

Recogió a Antonio para enseñarle in situ el germen de su sueño. Era muy charlatán pero quizá por su nerviosismo estaba más locuaz que de costumbre, la paciencia de Antonio daba signos de agotarse.

Ernesto  sacó las viandas y el estuche de su amigo del maletero.  Había tanto terreno para moldear a su antojo…Vieron un túmulo ancho de forma casi cuadrada con los lados de cemento cubierto por encima con azulejos blancos y azules y rematado en la cabecera con una jardinera de cerámica con unos lirios a punto de florecer.

 Antonio cogió el bloc de dibujo y el lápiz, su mano comenzó a trazar líneas como un autómata. Ernesto lo miraba atónito, era todo tan diferente a lo que deseaba que le resultaba imposible  asumirlo ¿acaso su amigo no recordaba los detalles que le explicó?   Antonio cerró los ojos fatigados, cuando los abrió, miró desconcertado el dibujo que tenía entre sus manos;  se lo pasó a Ernesto pidiendo una aclaración, pero él tampoco lo comprendía.

 Recogieron los bártulos e iniciaron el regreso. Al pasar frente a la torre almenada Ernesto frenó, de pronto guiado por un impulso  giró hacia la derecha hasta llegar a ella.

 Se adentraron en la vivienda, ante sí se abría todo un espectáculo, de muebles antiquísimos cubiertos de polvo y de arañas. De las paredes colgaban cuadros de todos los tamaños, solo uno llamó su atención por sus grandes dimensiones, su curiosidad le hizo despejarlo del polvo.

No salía de su asombro al identificar a los personajes retratados, se aproximó de nuevo para limpiarlo mejor, se volvió a alejar y moviendo la cabeza susurraba “son iguales a nosotros”.

— ¿Pero que dices?— le replicó Antonio.

  — Somos Elisa, Marieta y yo pero en otra época, claro está—respondió.

 Ahora comprendía por qué desde niño, sentía la necesidad de tener un caballo, en la adolescencia aparecía en algunas pesadillas que luego disminuyeron en  la juventud.

   En su etapa adulta los relegó. Entonces su profesión y la familia fueron su prioridad. Ahora era el momento de retomarlo, por ello regresó a Alicante necesitaba recorrer los lugares de su infancia.

 Tomó varios cuadritos y se introdujeron de nuevo en el coche  esta vez para ir directamente a casa.   Antonio extrañado del mutismo de Ernesto intentó entablar conversación respecto al boceto.

  No habló pero consiguió que una mueca aflorara a sus labios, estuvo unos momentos pensativo,

    Tengo una investigación en marcha, a su término me pongo en contacto contigo— Antonio asintió, mientras  la radio les amenizaba el trayecto.

 Enfrascado en los archivos de la hemeroteca valenciana, Ernesto pasaba las horas sin encontrar  referencia a cualquier acto social, o  pista que le guiara  en sus investigaciones, sin embargo un compañero al ver su gesto malhumorado se aproximó, y al contemplar la foto del ordenador dió un respingo.

 Ernesto  le dijo si conocía a esas personas, a lo que respondió, sí, esa fotografía la conserva mi familia. Son mi abuelo y mi primo, en la última fiesta de cumpleaños que celebraron en la casa de campo de Alicante.

 Cerraron los ordenadores a toda prisa se fueron a una cafetería próxima para continuar la charla sobre sus ancestros. Ese día llegó tardísimo,  le sorprendió el buen humor de su esposa.

 Antonio llamó  por teléfono y ella le invitó a cenar, mientras esperaban a Ernesto la conversación entre ellos era muy fluida, hasta que la charla dio un giro inesperado ante la información de su marido, que dejó a Elisa estupefacta. Esta vez comprendió que él estaba iniciando su sueño, un sueño para los dos.

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domingo, 13 de septiembre de 2020

LA EXPOSICIÓN


                                                   
    Era media tarde y hacía calor extendió su hamaca en la terraza donde permanecía con los toldos bajados, fue a prepararse un café con hielo todo un ritual para leer poesía, si de vez en cuando releía a Rosalía, sus poesías le hacían sentirse comprendida sobre su   su mesilla todas las noches le acompañaba “A las orillas del SAR”. Estaba melancólica  ahora el momento de releer algún  poema. Pero  ella se definía con una pequeña estrofa:

                                               “Mientras el hielo las cubre
                                            Con sus hilos brillantes de plata,
                                            Todas las plantas están ateridas
                                            Ateridas, como mi alma.”
                                          
   Solía alternarlo con alguno de León Felipe o de Bécquer, su admiración por la poetisa se inició en un lejano día  en una caseta de la Cuesta de Moyano. Desde entonces fue su libro de cabecera lo intercalaba entre lectura y lectura. Solía leer dos libros a la vez.
    A pesar del sufrimiento y las lágrimas de días pasados, su esfuerzo obtenía la recompensa, se encontraba mejor de ánimo  para participar en las reuniones amistosas de costumbre y retomar los paseos junto al mar.
    Sintió que ya era hora  de levantarse el castigo y con el temor a su propia reacción,  fue a la cocina preparó una aromática taza de café, para no perder la costumbre, “cualquier día de estos se lo tendría que meter en vena…”
   Su afición por la pintura y la fotografía, de lo primero le constaba su falta de cualidades,  de lo segundo creía que con una pequeña formación podría colaborar en alguna exposición con el centro de Cultura.
Hasta ahora hacía fotos de una manera  autodidacta, un buen hobby para sacar el arte que siempre buscaba en su interior. Eso iba a cambiar, necesitaba  convertirlo en su reto personal lo conseguiría por que una  fuerza poderosa e  invisible la empujaba a ello.
    Claret ante ésta  nueva ilusión se levantó temprano, sacó  las viejas zapatillas que guardaba para ocasiones andariegas, y con su pequeña cámara digital salió a la caza de los lugares más recónditos de la ciudad.
Comenzó por la parte más antigua buscó las callejuelas con escaleras llenas de flores, le recordaban a Dubrovnik   y pensó  en algún momento regresaré.  Después de la guerra la restauraron  aunque dejaron huellas del desastre, para que nadie  olvide la tragedia de una guerra en Europa a finales del siglo XX.
   El botón de la cámara lo apretó  una vez tras otra y otra… Desde todos los ángulos posibles. Fotografiaba aquello que a sus ojos le parecía atractivo ermitas e iglesias, plazuelas recoletas, la gente haciendo sus labores cotidianas, niños, jóvenes y sobre todo las caras de los ancianos con los surcos del paso inexorable del tiempo y  su lucha por la vida.
   Cansada de tanto caminar aunque solo había hecho una mínima parte de la ciudad. Todo era factible de fotografiar el trabajo duro vendría después.
Había mucho material para revisar lo haría  por partes le sería más entretenido y al final haría una revisión general.
      Sonó el teléfono móvil  extrañada por lo tarde de la llamada, se preguntó: ¿quién será?.., ah!... era un mensaje de Amparo, cuanto tiempo sin saber de ella. Fue su compañera  de excursiones que en otra época solían hacer por España,  ahora volvía a ponerse en contacto con ella.
   Seguro que necesita una compañera para algún viaje pendiente pensó y no se equivocaba, Amparo tenía un viaje contratado a Morella la fecha se acercaba no había  nadie que la acompañara e intentaba tantearla.
  Lo sabía pero le vendría bien para cambiar un poco su rutina  y aceptó. El próximo fin de semana era un buen momento para lanzarse en serio con el nuevo reto, Claret  se movía por impulsos y emociones, en la fotografía halló el modo de darles rienda suelta.
 El escenario se prestaba a ello Morella es impresionante lo ha sido durante siglos, a ella le encantaban todas las ciudades históricas.
  Claret se había levantado muy temprano e inquieta, cogió su maletín, la cámara, el bolso y fue a encontrarse con Amparo  subieron al autobús. Las primeras luces del alba dejaban paso a un día resplandeciente, mientras los rayos de sol acariciaban sus rostros sus ojos se cerraron para abrirlos a mitad del recorrido.
    Cuando descendieron estaban hambrientas se dirigieron en busca de una cafetería para almorzar. No sabía  que a lo largo del día se encontraría con sorpresas inesperadas.
  El castillo situado en la cumbre de la montaña (en pleno Maestrazgo), dominaba la ciudad rodeada de murallas con sus puertas y torres correspondientes, el acueducto medieval de estilo gótico.
Fué construido durante los siglos XIII y XIV   a lo largo de los tiempos  las caídas de algunas de sus arcadas han tenido que restaurarlas. Ella solo había contemplado el acueducto romano de Segovia también tenía conocimiento de otro  que se hallaba en Mérida.
Las casas señoriales algunas conservaban el estilo gótico que en su origen fueron construidas. Todo para ella era una continua sorpresa. Su cámara también estaba fatigada de tanto uso. Le quedaba muy poca batería.
    Antes de entrar a comer en la Casa de los Ram Claret se retrasó para hacer una foto, según enfocaba salía un pequeño grupo de personas esperó a  que se alejaran y disparó su cámara.
    Mientras Amparo entraba en el restaurante a degustar algún plato típico de Morella su afición por la gastronomía era importante. En el momento de tomar el café Amparo le preguntó si le apetecía tomarlo en la barra.
    La conversación fluida y amena les había relajado, a esto  contribuyó  que el camarero  hablase incesante de las leyendas e historias de Morella. Se despidieron todos, ya no quedaba mucho por ver.
 Las calles de la falda de la montaña la atraían como un imán, buscaba rincones maravillosos, especiales; quería conseguir fotos que parecieran cuadros para poder enmarcarlas y porqué no, hacer una exposición.
    Atardecía sobre el Maestrazgo los últimos rayos de luz  dibujaban sombras tenebrosas sobre las montañas, desde el interior del autobús el horizonte se le antojaba mágico y maravilloso, cómo si de un reino lejano se tratase. Cuando llegaron la noche había tendido su oscuro manto, roto por los carteles luminosos y las farolas.
 Claret llegó a casa tan agotada que su cuerpo no le pedía más que una cama, su cama, necesitaba dormir, dormir mucho estaba tan agotada… Mañana tendré tiempo para analizar... Si mañana… Musitaba.
 El sonido del teléfono la despertó, medio dormida contestó no sabía ni que le decían seguía adormilada, su amiga lo comprendió y colgó. Ella se volvió a la cama no sabía en que hora se encontraba, si era por la mañana o por la tarde daba igual seguía cansada,  intentó volver a dormir. Al  cabo de un largo rato viendo que no podía conciliar el sueño,  su mente comenzó a visionar la multitud de escenas de la jornada anterior.
    Los monumentos las callejuelas, las montañas, los hermosos paisajes provocaron en ella diversidad de emociones y de sentimientos; todo había penetrado hasta el fondo de su alma ¡ay!... Si todo esto se plasmara en una exposición… El timbre del teléfono la sacó de su ensoñación escuchó una voz que le decía: mañana por la tarde se inaugura la  exposición. Necesitamos unas  fotografías pues la persona que en principio colaboraba declinó la invitación.
 Las palabras se negaban a salir de sus labios, temblorosa solo musitó ¡Sí, sí, claro!

   
    

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lunes, 7 de septiembre de 2020

EL HOMBRE DEL GABÁN


                                       
Por el casco viejo de Alicante se pasea un caballero de edad avanzada, su porte elegante recuerda al de un dandy. Es tan peculiar que llama mi atención le observo en su caminar gallardo y erguido  y cubre su cabeza con un sombrero de fieltro marrón.
Me mira con gesto serio y le sonrío. Sigo mi acostumbrada ruta hacia el Mubag. Llevo unos días que mis pupilas se detienen en un par de cuadros.
Son un imán invisible que me atrapan, unos retratos de caballeros. El más antiguo me retrotrae a mi pasado, intento ubicarlo por ello lo visito diariamente. El otro misterioso donde los haya, hizo despertar mi  curiosidad y es que a mí la intriga me fascina.
Un hombre en la oscuridad de la noche con sombrero oculta su rostro y a pesar de la luz  de una farola no descifro sus rasgos, sin embargo a través del gabán presumo su delgadez.
Intento penetrar en la mente  del artista que pasaba en su alma  para dibujar tanta oscuridad, A fuerza de mirar con insistencia obsesiva, creo percibir una finísima línea roja.
La sigo y con asombro veo que se retuerce, crea espirales, se anuda, vuelve a enderezarse y comienza de nuevo.
Mis ojos pierden su pista quizás agotados por el esfuerzo, mañana regresaré a ver hasta donde llega o si verdaderamente finaliza así.
Camino con la mirada perdida hasta llegar a la Rambla, voy despacio necesito despejarme y giro hacia el paseo, mis pasos me guían hacia la pasarela allí  sentiré las caricias de la brisa y la humedad del mar.
No sé las horas que permanecí sentada observando el horizonte mientras mis pensamientos se hallaban a miles de kilómetros de distancia. La humedad de la brisa penetra en mis huesos, siento frío.
Esta tarde repito lo de ayer y me tropiezo de nuevo con el hombre del gabán, esta vez me sonríe, ahora soy yo la que permanezco impasible ante su mirada.
Me quedo extasiada delante del cuadro, busco la línea roja, me desespero, me pregunto si no fué una jugarreta de la vista.
Cuando  por fin la localizo, está enredada a la farola la sigo y forma espirales, continua una diminuta recta y vuelve hacia la luz. Se endereza a lo largo de la acera que tuerce hacia la esquina como si saliera del dibujo.
¡Qué curioso! Pienso. 
En la puerta de la calle  me tropiezo con el caballero de porte gentil, esta vez le observo detenidamente sonreímos, de su bolsillo cuelga una fina hebra roja. Al contemplarla me sobresalto y le pregunto: ¿Se da cuenta que lleva un hilo rojo que sale de su bolsillo?
Sin perder la sonrisa responde: Sí, es la hebra del destino que solo es visible por la persona a la que está destinada.
Todos tenemos el hilo rojo no importa el tiempo que pase ni lo que suceda cuando dos personas están destinada a encontrarse termina por suceder.
Soy el creador de la pintura que tanto te intriga, y sí, soy yo, de ahí el parecido. Tienes que investigar porqué estamos conectados. Acto seguido despareció.

 
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viernes, 4 de septiembre de 2020

Y AL FINAL….


                                                       
  Marian había desechado la idea de que cupido la tocara el corazón, no miraba a los hombres con deseo, los veía simplemente como personas despojadas de cualquier atractivo sexual.   Su tiempo pasó irremediablemente, su alma se alimentaba de lecturas y del cariño incondicional de los suyos.
     Buscó dentro de sí y halló en escribir una gran satisfacción personal. Los pequeños cuentos que hacía para sus nietos los basaba en parte de sus travesuras y las de sus hijos dándoles un toque de aventura  fantástica que  les entusiasmaba.
     Entre relato y relato, navegaba por Internet en busca de inspiración o algo que implicase emociones, curiosidad y ¿porqué no? Un toque de desencanto.
    Se dio un descanso para tomarse el café con leche de todas las tardes, mientras lo saboreaba entró en el chat que en otrora frecuentara para aliviar su soledad, quizás le contaran alguna historia provechosa.
   De ese modo conoció a Alicia una mujer  casada y atrapada en un  matrimonio anodino, tedioso, con discusiones que la sacaban de quicio; con los hijos fuera del hogar los días se le hacían insoportables.
    Buscaba el sexo que su marido no  satisfacía, llevaba años en el chat y conocía a personas en su misma situación. Así comenzó la relación con Juan, en poco tiempo intimaron tanto que de internet pasaron al móvil y del teléfono a verse.
  Se citaban en Benidorm a  medio camino,  Alicia  le prestaron un apartamento para cuando Juan  venía.
     Cuando le preguntaba por que no se separaba respondía “hay que  mantener el nivel de vida,  ese un precio que asumo gustosa” Lo dijo con esa tranquilidad que a María la desconcertaba y le descolocaba sus esquemas.
   Con Juan llevaba a cabo sus fantasías más delirantes  aunque se vieran menos de lo que ellos desearan. Alicia solo pensaba en disfrutar, decía que la vida era corta y tenía que exprimirla a tope.
    Una noche mientras hablaban le soltó una bomba que la dejó aturdida, jamás hubiese sospechado que Alicia le pidiese acostarse con ella, tardó en reaccionar ante semejante proposición pero al hacerlo se lo tomó a broma.
    Le contestaba con su ironía habitual sin embargo Alicia le rebatía en serio, la conversación tomaba unos derroteros muy picantes. Entre risas y veras las palabras eran dardos certeros que  desataban sus imaginaciones hasta límites insospechados.
   Entonces Alicia cambió de estrategia, le contaba que su marido estaba en la cama dormido como un tronco sin hacerla caso, añadiendo la coletilla” como todos los días”.
    Sin embargo no dejaba a Marian tranquila ahora le decía que tenía un sitio en su cama que jugara con él a ver si lo mejoraba… las risas estallaron.
  Marian sacó fuerzas para contarle que se encontraba fastidiada, a pesar del tiempo transcurrido de su alejamiento con Alberto. Sus subidas y bajadas con discusiones rayando los extremos, hasta que un día harta de la situación le envió una carta por mail en la seguridad que no le contestaría, él era así, se enfadaba cada vez que le llevabas la contraria.
  Volvieron a hablar, al verse  las chispas saltaron de nuevo y una vorágine inexplicable se apoderaba de ellos.
 Por la noche esperaba su charla con Alicia necesitaba oírselo decir lo que ella ya conocía: dejar y alejarse rápidamente de Alberto.
    La bronca que  le dedicó fue monumental pero Marian la aguantó estoicamente por que estaba llena de razón. Cuando Alicia calló ella sonrió con una mueca mientras que comprendía su enfado, pero le costaba tanto hacerlo… Sin embargo lo conseguiría a cualquier precio, pero ese  era tan alto…
   Alicia comenzó a hablar de sexo para distraerla y continuar con sus consabidas bromas, en ellas  hallaron un divertimento inocente; habían conectado.
 Pese a la juventud de Alicia en sus conversaciones ello no se notaba, más bien al contrario, se encontraban tan a gusto que parecían conocerse desde siempre. Comenzaron a verse más a menudo unas veces solas y otras los tres, hasta que una de esas ocasiones apareció Marian con Juan.
 La tarde iba cayendo con naturalidad fueron a casa de Alicia, era el morbo llevado al extremo y su marido sin saber nada….Sin quererlo o tal vez si, Marian se vio envuelta en los juegos de Alicia.
   Amaneció un día espléndido de sol y calor pese a estar acabando el mes de febrero, la playa estaba llena de turistas que acaparaban los primero rayos. Marian y Alicia esa tarde se fueron a bailar, después unas copas  antes de ir a casa. Una vez en el dormitorio sus ropas se desperdigaban por los muebles, por el suelo, sobre la cama.
   Cansadas, las palabras apenas susurradas, los ojos entornado mostraban sus cuerpos exuberantes, Alicia no pudo reprimir los deseos de poseerla  Marian se dejó querer sin oponer resistencia, estaba descubriendo el placer más  íntimo con una mujer. Nadie hasta ahora la había elevado de esa forma al séptimo cielo.
   Se quedaron dormidas entrelazadas, cuando el timbre del  teléfono las sacó del plácido sueño. Su marido estaba llegando a casa rápidamente se ducharon  María salió  a toda prisa.
   Una vez en casa comenzó asimilar la experiencia nocturna, esperaba tener sensaciones encontradas, con extrañeza vio que no le incomodaban para ella había sido importante  quizás Alicia...
   Seguramente no volverían a verse después de ese día, pero se equivocaba, la llamó para verse necesitaban  hablar. Cuando colgó el auricular los nervios se apoderaron de ella.
    Las cavilaciones comenzaron a atormentar su pensamiento. Al verse se abrazaron con gran efusión, entonces los miedos de Marian desaparecieron. Cogidas de la mano paseaban descalzas por la arena de la playa sin despegar los labios, de vez en cuando un apretón de  manos transmitían sus emociones, su calor y su deseo.


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