miércoles, 8 de junio de 2016

M. CASSAT

Mary Stevenson Cassatt nació el 22 de mayo de 1844 en Allegheny City, Pennsylvania, en el seno de una familia acomodada. Su padre era un rico banquero que siempre se opuso a las inclinaciones artísticas de su hija.
 A pesar de ello, y gracias a la insistencia de Mary, pudo ingresar a la edad de 15 años en la Academia de Bellas Artes de Pennsylvania.
Pero su condición de mujer no ayudó a Mary en la academia y decidió abandonarla cansada del trato condescendiente de sus profesores y compañeros. A partir de ese momento decidió estudiar de manera autodidacta la obra de los grandes artistas.
 Para ello pudo viajar a Europa en 1866 acompañada de varios familiares, entre ellos su madre. París, Italia, España o Holanda fueron algunos de los destinos de Mary, quien pudo observar, analizar y copiar de primera mano las grandes obras del arte europeo.

En 1877, cuando su ánimo empezaba a decaer, tuvo la gran suerte de recibir una exclusiva invitación de Degas. En aquel tiempo, algunos impresionistas empezaban a exponer de manera independiente y el pintor animó a Mary a que expusiera con ellos.
Desde aquel momento y hasta 1886 su obra permaneció ligada al círculo de artistas impresionistas de París.
Durante la última década del siglo XIX la obra de Cassatt empezó a exponerse con éxito en galerías de arte de Nueva York y París.

 

REFRÁN

Con pan y vino se anda el camino.

M. CASSAT


LATERAL DE UNA FARMACIA

En Alicante
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domingo, 5 de junio de 2016

REFRÁN


Ande yo caliente ríase la gente.

W. TURNER



EL ESCARABAJO DEL DESIERTO

  Subió las escaleras tan deprisa como le dejaban sus piernas, al llegar al desván empujó la puerta y se detuvo en el umbral para tomar aire, mientras echaba una ojeada por todas las cosas amontonadas durante años que estaban cubiertas por varias capas de polvo y telarañas.  Era grande, de madera oscura, con herrajes labrados con una cerradura extraña.

  Recordaba ver a su madre agachada con el rostro pegado al baúl cada vez que lo abría, nunca consiguió saber como lo hacía sin embargo en una ocasión la vio acercar el colgante que llevaba al cuello, siempre oculto.

Ella  sacaba un libro amarillento con las hojas gastadas y algo rotas del que me leía cuentos de un país lejano lleno de riquezas, fantástico y mágico. Con los años le empezó a explicar su simbología, que debía aprender según ella por si alguna vez el libro desaparecía.

   Sus diferencias aumentaron conforme su edad se aproximaba a su rebelde juventud; tan insoportable era su convivencia que se alejó del hogar, ahora ya en su madurez volvía a él.

   Dejó atrás su orgullo e intentaba comprender los motivos de la insistencia maternal por aquel libro. Ahora sí, estaba preparada para afrontar y entender todo aquello que otrora le pareció “tonterías de viejos”.

   Llegaba tarde su madre llevaba un tiempo que solo decía su nombre  apenas reconocía a las personas de su entorno, quizás escuchase su voz desde la lejanía y por eso regresó.

   Alejó de su mente ese pensamiento y se dispuso a buscar el baúl, removió cada rincón hasta que el polvo la envolvía entonces abrió la destartalada ventana de madera y respiró profundamente el viento frío del cierzo.

   Volvió sus ojos hacia el interior, por fin lo descubrió, estaba en el centro del desván ¿y como no lo había visto? Si estaba limpio tal y como lo recordaba.

   Se agachó para abrirlo pero la extraña cerradura se lo impedía, entonces rememoró la imagen de su madre con el colgante acercándolo  y ella levantaba la tapa con suma facilidad.

  Cerró la ventana y la puerta con la idea de buscar el colgante comenzó por mirar en una cajita que simulaba un cofre, en él no encontró más que unas viejas piezas de un metal que desconocía.

   Sin embargo siguió hasta altas horas de la noche revolviendo los cajones, armarios y cualquier rincón que sirviera para guardarlo. Intentó ponerse en el lugar de su madre para comprender donde escondería su preciado tesoro.

   Se metió en la cama y mentalmente recorría cada lugar de la casa hasta quedarse dormida.

Al despertar con los primeros rayos de luz se incorporó al ver en la mesilla el colgante con su cordón azul intenso, se frotó varias veces los ojos creyéndose en un sueño y que al despertar desaparecería.

Lo cogió con manos temblorosas  comenzó a escudriñarlo, por su forma pensó “es un escarabajo” pero un escarabajo tan extraño y colorido que no recordaba haber visto algo similar.

Movida como por un resorte subió las escaleras del desván puso el colgante en la cerradura, pero ésta no se abrió, decepcionada lo revisó tenía que haber una forma de encajar aquello pero ¿Cuál?

Repasó mentalmente todas aquellas lecturas que su madre le hiciera de niña allí tendría que estar la clave; todo el día con la misma idea en la cabeza que terminó por tener una jaqueca impresionante.

Bajó a la cocina a prepararse un café bien cargado con un paracetamol aunque no siempre resultaba eficaz. Sentada en el sofá con la habitación a oscuras cerró los ojos en espera que  desapareciese.

Una imagen se dibujó en su mente el escarabajo en su panza disimulaba una abertura que al girarla daba paso a un puntiagudo y diminuto triángulo.

Saltó del sofá descorrió las cortinas y se fue en busca de una lupa para descubrir la parte móvil.

¡Eureka! la primera parte estaba conseguida, volvió a subir al desván se arrodilló frente al baúl acercó el escarabajo y éste no se abrió, ¿pero si lo había introducido bien, si encajaba a la perfección? ¿Qué pasaba ahora?

Decepcionada se le quedó mirando en silencio esperando que le hablara, como si pudiera hacerlo ¡qué tontería!

Se colgó el colgante en el cuello  bajó a la biblioteca, algo se le escapaba ahora lamentaba no haber prestado atención a los cuentos de la niñez.

Como atraída por un imán sacaba libros sin cesar hasta que encontró un libro envejecido por el tiempo. Lo abrió hojeándolo despacio las imágenes de las pirámides con sus colores brillantes la transportaron al antiguo Egipto.

Hacia la mitad del libro encontró el cuento que su madre le contara tantas veces “El escarabajo del desierto” ahora lo leía con detenimiento intentaba descubrir las claves secretas que ocultaba. Tenían la creencia que el escarabajo hacía dar girar al sol como una pelota que a lo largo del día le daba vueltas hasta llegar la noche  y al terminar de hacerla, regresaba con todo su esplendor por la mañana.

Lo cerró y lo colocó en el mismo estante que lo halló tapado con el montón de libros que quitara.

Acariciaba el colgante mientras subía al desván se concentraba en las imágenes de las pirámides y el escarabajo dorado que las acompañaba. Se agachó frente al baúl aproximó la llave y éste se abrió.

El contenido era simple unos pergaminos con jeroglíficos una caja de cedro y oro.

Al hojearlos comenzó a leer en un perfecto castellano como si una fuerza extraña se hubiera apoderado de ella.

Rituales y magia a partes iguales se adentraron en ella de tal forma que se convertía en una sacerdotisa con la misión de proteger y transmitir el legado a la futura generación.

Abrumada ante tanta responsabilidad tuvo miedo  entonces el baúl se cerró de golpe al tiempo que un grito de pánico salió de su garganta.

Sobresaltada se tocó el pecho buscando el colgante, cuando el golpe seco del libro al caer de su cama la despertó.

 

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jueves, 2 de junio de 2016

M. MORRISON


M.MORRISON cursó su licenciatura en Bellas Artes por la Universidad de Texas en Tyler.  Publicista ejecutiva, diseñadora gráfica y directora de arte de su propia compañía, reclutador corporativo. No es de extrañar, fue reconocida en concursos nacionales para diseño después se trasladó a Denver en 1994, el extrovertido satisfecho empezó a oír de la artista muerto de hambre, ella dice que "se sentía como su alma se estaba secando". Una clase de pintura al óleo en la Liga de Estudiantes de Arte de Denver. En los próximos cinco años, Melinda estudió pintura en la Liga bajo la dirección de Colorado artistas Quang Ho, Weckbach Kevin y mentor, Kim Inglés. A medida que su pasión y habilidad creció, también lo hizo su sueño de pintar a tiempo completo. Después de ser despedida de su trabajo en 2003, Morrison admitió que "si no lo hacemos ahora, nunca lo haré". Ella dio el salto y llevó años de habilidades empresariales en la danza nueva y compleja de su carrera artística profesional a tiempo completo. Desde esa decisión, Melinda está recogido entre los cientos de coleccionistas en todo los EE.UU. y es respresented por las galerías más importantes en Boca Raton, Florida, Houston, TX, Santa Fe, Nuevo México, y Denver, CO

 

C. ANDERSON


Carolyn Anderson Nacida en Chicago, es una de las pintoras con más reconocimiento nacional e internacional de entre los pintores impresionistas actuales en Estados Unidos. Es miembro de la Sociedad Americana de Impresionistas y, ha expuesto en numerosas ocasiones de forma individual y colectiva, logrando importantes premios, entre ellos, el Premio Master 2010 de Excelencia para el AIS.  Ha realizado  talleres de arte por todo el país, ha enseñado en el Museo de Frye en Seattle, en la Walt Disney Imagineering, en la escuela de Scottsdale Artistas, y la Escuela Fechin Artistas. Goza de gran fama entre los artistas más notables de Estados Unidos, que poseen obras de Carolyn en sus colecciones privadas, obras que también se pueden ver en el Sociedad Histórica de Montana. Trabaja y reside en Havre, Montana.

INQUIETUD EN EL METRO


Como cada día cogía el metro para ir al trabajo y con la misma rutina subía rápido en busca de un asiento para leer. A las siete de la mañana todos con cara de sueño entre cerraban los ojos acunados por el movimiento del tren.

A medida que pasaban las estaciones aquello se convertía en una lata de conservas, gente de lo más vario pinta que un buen observador imaginaría mil historias.

Quizás no hacía falta imaginar sino ver el comportamiento ante miradas escrutadoras como la que en ese momento ella sentía, no necesitaba levantar la vista para intuir que el hombre de enfrente la desnudaba; cada vez más inquieta comenzó a revolverse en su asiento.

Las puertas se abrieron y  salieron en tropel todo eran carreras de un lado para otro, las escaleras mecánicas abarrotadas en la parte derecha los más pausados y por la izquierda  subían rápido.

Cuando alcanzó el exterior respiró profundamente mientras pensaba “cuánto agobio” al menos el hombre había desaparecido entre el gentío, con paso ligero se dirigió a la oficina.

Entre papeles y el ordenador a toda pastilla se le olvidó comer pero su estómago comenzó a reclamar su dosis de alimento. Miró el reloj y ya casi era la hora de salir fue al baño a retocarse y de paso dar un bocado al sándwich del desayuno no fuera desmayarse.

Recogió su mesa echó un último vistazo y otra vez a la carrera a coger el metro de vuelta a casa.

De nuevo a pillar sitio en el vagón para aprovechar el tiempo leyendo casi siempre estas lecturas eran de intriga o biografías de artistas.

Lograba abstraerse del murmullo de la gente y de algún que otro músico que recorría los vagones interpretando músicas reconocibles con el fin de sacar algunas monedas para sobrevivir.

Sintió unos ojos que la penetraban sin atreverse a levantar la cabeza del libro se removió en el asiento, con disimulo le miró los pies y subió hasta las rodillas de aquel desconocido que empezaba a inquietarle.

Demasiada casualidad que se pusiera enfrente, una vez vale, dos ya… si hubiese una tercera le miraría a la cara así por lo menos lo podría describir.

Azorada salió del vagón a esperar un próximo tren y terminar el viaje calmada.

A la mañana siguiente madrugó más de lo acostumbrado para tomar un tren anterior para no coincidir con el pesado del día anterior, con tiempo de sobra sus pasos eran pausados y el metro venía más vacío.

Sin prisa encontró sitio para elegir, sacó su libro que ya iba vencido cuando a su lado se sentó el hombre que la inquietaba, lo miró de frente seria con una mirada cual espada que lo atravesara.

Entonces él sonrió mientras le preguntaba— ¿le gusta el libro?—

   ¿Tanto le interesa?—

   Pues sí,  la vengo observando y veo que lo lee con fruición—

   Ya sé que me observa y ¿sabe que me incomoda?—

   Lo siento no era mi intención, discúlpeme—Y se levantó alejándose hasta el final de los vagones.

Tranquila continuó su lectura pues apenas le quedaban cuatro hojas para saber el desenlace.

Pasó la jornada laboral sin tiempo para pensar en el final del libro, de regreso a casa daba vueltas a la trama siguiendo su costumbre con cada lectura que terminaba, así pasaba días hasta que por fin su cabeza se despejaba.

Al llegar a casa encendió la radio y ante su sorpresa escuchó una voz que al instante reconoció era el hombre del metro y ... ¡estaba hablando del  libro!





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M. MORRISON


REFRÁN


Del dicho al hecho hay mucho trecho.

M. MORRISON