jueves, 24 de mayo de 2018

LA MAESTRA DE HETAIRAS III


Pasaron dos primaveras cuando Nicosia fue aceptada en el templo de Deméter.  Por mi parte le pedí a mi padre mi dote para fundar una escuela de mujeres bajo la influencia de Safo de Lesbos.

Una vez en Atenas comencé a buscar una casa apropiada para mis deseos. Ésta debería tener un gran patio ajardinado con una o varias fuentes para aliviar el calor del verano y crear un ambiente relajado para las confidencias.

Un hermoso atrio y dos salones para tertulias de política y filosóficas, el otro para la música  el baile con los efebos y mis  más jóvenes discípulas.

En la planta superior mi despacho al lado de mi aposento donde atender a mis invitados.

Los cuartos de las hetairas superiores en el otro lado del pasillo y en la parte trasera del edificio las habitaciones donde las alumnas practicaran con los efebos.

Mientras remodelaba la casa iba contratando a los mejores profesores en las artes, la filosofía, sin olvidar la cortesía y la oratoria.

Por las mañanas practicaban la música y el baile de los siete velos. Las  que casi rozaban la perfección en belleza y dominio de las enseñanzas se quedaban en la escuela el resto trabajaban en otras casas o en otras ciudades.

El precio que pagaban por su educación era muy alto a pesar de ello cada día venían más adolescentes a mi casa y mi economía subía como la espuma.

La llamé “Escuela de mujeres” pero no tardo en ser conocida como “la casa".

Mi influencia se notaba en las opiniones que vertían cuando se debatían las leyes, las tertulias de mis salones surtían su efecto.

Una de las veces asistió la cabeza visible de la democracia y antes de finalizar me llevó a parte para pedirme yacer con él. Subí delante para indicarle el camino a mis aposentos.

Nunca hasta entonces había sentido tan intensamente, lo miré y por su expresión deduje que él tampoco. Nos vestimos y salimos al jardín trasero donde platicamos en la placidez de la noche.

Quedé maravillada con su voz, sus ideas de la vida que eran similares a las mías. Al marcharse observé que su corpulencia, su calvicie y las arrugas de la lucha le hacían envejecer deprisa. Pensé: Me doblaba la edad.

La defensa de Atenas y de sus pequeñas islas hacía que sus hombres pasaran la mayor parte del tiempo en el mar unas veces como entrenamiento y otras  en las batallas contra los espartanos que aliados con las islas competidoras querían hacerse con el control y la supremacía de Atenas.

Pasó bastante tiempo sin tener noticias de Orestes y mis sentimientos hacia él desde aquella noche crecieron de forma insospechada hasta el punto que no volví a estar con ningún hombre.

Me ofrecían cantidades inmensas de dinero, las joyas más deslumbrantes pero mi cuerpo tenía dueño aunque él no lo supiera.

Una noche a punto de cerrar mis salones apareció en el umbral de mi casa sin decir palabra me agarró por la cintura y subimos a mis aposentos.

Después de yacer varias horas se vistió metió la mano en su bolsa sacando un papel me dijo: Es un contrato en el cual nos comprometemos a ser el uno del otro, no necesitamos firma pero quiero que lo tengas y a partir de ahora mi casa será tu casa como si estuviésemos casados.

Comencé a preparar unas pocas cosas y nos fuimos en el  carro que nos esperaba en la puerta.

Pasaban las estaciones y siempre juntos con un amor a prueba de todos los inconvenientes.

Atenas registró la mayor sequía en muchos años, los alimentos comenzaban a escasear y el agua para beber se infectaba. Para colmo los espartanos aprovecharon nuestra debilidad para asediarnos.

La lucha encarnizada y las enfermedades minaron nuestras fuerzas. Por la noche carros llenos de cadáveres los sacaban de la ciudad para prenderlos fuego.

En nuestra casa la enfermedad tardó en aparecer pero al fin entró, las fiebres altas y los delirios de apoderaron de Orestes. Estaba a su lado refrescándole y dándole la medicina.

Por primera vez vi el terror reflejado en sus ojos.  En sus pocos momentos de lucidez me apretaba la mano mientras decía que no le dejara. Le dije que  éramos uno donde quiera fuese estaríamos los dos.

Llamé al médico para tranquilizarlo pero sabía que su final estaba próximo, mientras tanto fui a por unas copas vertí en una unas gotas de un macerado de hierbas calmantes y añadí agua. En la otra puse una buena dosis de otra maceración para mí.

Al llegar a su lado me desnudé y acostada a su lado le abracé diciéndole cuanto le amaba, le refresqué con el líquido de la copa y se lo pasé por los labios y metí el resto en su boca.

Cogí la mía la bebí de un sorbo me volví hacia él lo besé y abrazados le dije: No tengas miedo navegaremos juntos hacia el Hades.

 

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LA MAESTRA DE HETAIRAS II


 Mi madre al vernos llorar abrazadas nos dijo que no había motivo para el llanto, que como hermanas ahora era yo la que debía compartir  su casa.

Los esclavos trajeron a nuestra habitación un enorme baúl decorado con bellos pájaros de colores. Mi madre lo abrió y ante mis ojos se mostraron los peplos que tanto me gustaron en el mercado con todo lo necesario para pasar unas largas temporadas lejos de mi hogar.

A los dos días nos embarcamos poniendo rumbo a su tierra un largo viaje no exento de peligros de los que a penas era consciente.

Al fin divisamos las costas en el puerto nos esperaban los carros cubiertos de sedas coloridas para continuar viaje tierra adentro.

Nicasia me había descrito su palacio rodeado de jardines, pensé que exageraba pero al verlos quedé impresionada pues todos  competían  en belleza.

Las terrazas superpuestas regadas por canales y adornadas con fuentes primorosamente esculpidas. Ninguno debía superar en altitud y grandeza al del rey.

El gran río Eúfrates  atravesaba la ciudad se abría en numerosos brazos para abastecerlos y refrescar el ambiente.

Las demostraciones sensuales eran abiertas en extremo comparadas con las de mi ciudad,  Nicosia  respondió que Babilonia era conocida por su libertinaje.

Las artes amatorias no tenían secretos para ellos pues desde niños los mejores maestros se las enseñaban en las escuelas.

Debería asistir a las clases como ella hizo en Atenas y aprender el idioma con tal perfección como si hubiese nacido allí.

La hermana mayor era sacerdotisa en el templo de Deméter, ella aspiraba a prepararse con ahínco para ser una de las elegidas antes de cumplir los dieciocho años. En las primeras clases amatorias me sorprendí al ver nuestros cuerpos desnudos, nunca había visto un miembro viril, los observé con detenimiento  y me sorprendió la variedad de tamaños.

Mi rostro ardía ante tanta exhibición sexual que  lo tapé con mis manos, Nicosia me ayudó a salir de la clase con la disculpa que ella no se encontraba bien y me acompañó a casa.

 Se lo agradecí  era una visión que revolucionó todo mi cuerpo con sensaciones nuevas y desconocidas hasta entonces.

Fuimos al templo a ver a Lampito para pedirle información de lo nos esperaba en las próximas clases,  así evitar se burlaran de mí como hicieron con Nicosia en Atenas.

Era franca y directa en su lenguaje, de modo que nos dijo: Lo primero que tenéis que saber es la forma de evitar el embarazo.

Nicosia y yo nos miramos interrogantes en espera de su información.

Muy seria continuó: Después de un baño de hierbas aromáticas y antes de abandonar el agua  debéis tener una bola de lana impregnada con resina de cedro y untada en aceite de oliva.

 Luego os perfumáis la piel con aceites aromáticos y os vestís con el peplo más hermoso que resalte vuestro cuerpo.

También podéis alternar la bolita de lana impregnándola con resina de pino untada con miel y vino.

Aunque a veces si vamos con prisa puede no estar bien colocada y corremos el riesgo de quedar embarazadas, entonces acudimos a mujeres especializadas en realizar un aborto.

Creo que a partir de ahora vuestras clases os la darán por separado a los niños un hombre que en pocos días finalizarán, y a vosotras una de las mejores amantes de la ciudad.

­—Yo quiero ser como tú— le dijo Nicosia—

-—De acuerdo, pero tienes que estar preparada como cualquier mujer que desee ser libre o ejercer su libertad como le plazca—



Continuará...

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LA MAESTRA DE HETAIRAS

  La casa estaba en pleno frenesí con los esclavos trabajando a toda prisa ante la inminente llegada de los invitados.

Eran las fiestas en honor de Dionisio, en un cuarto apartado se hallaba mi madre con unas cuantas mujeres ensayando los bailes en su honor, yo tenía  trece años por ello les pedí que me dejaran presenciarlos.

Después de consultarlo con las sacerdotisas éstas aceptaron mi presencia. El baile me maravillaba. Ver  los contoneos sinuosos como a cada vuelta iban tomando más velocidad hasta caer desmayadas.

Al finalizar me dirigí a la más anciana – ¿Puedo ser bailarina de Dionisio?—

Por unos instantes creí que no me había escuchado y  repetí la pregunta, ella llamó a mi madre y se lo expuso. Al ser hija de una antigua sacerdotisa tendría que aprender filosofía, el baile y lo que significaba dedicarse por entero al dios.

Con las voces de los invitados y la alegría del vino el griterío se colaba en la sala y les desconcentraba por lo cual finalizaron  los ensayos.

Un amigo  de mi padre trajo a su hija menor para que disfrutara de las fiestas, era unos meses menor que yo más tímida y regordeta.

Nisea venía de Babilonia apenas hablaba griego y asistía a las clases de Literatura. Cuando recitaba a Homero balbuceaba, los  niños se burlaban y el maestro finalizaba la clase.

Con mi ayuda aprendía rápido y ella a cambio me enseñaba algunas palabras en persa. Por las tardes nos íbamos a la playa donde nos bañábamos en la orilla de las niñas.

Me encantaba bucear buscando la casa de Poseidón, mientras ella solo se mojaba los pies. A medida que veía como me sumergía hasta la oscuridad, me pidió que la enseñara y así nos sumergiríamos desnudas hasta la frontera de las tinieblas.

Mi madre comenzó a explicarnos como las bailarinas que se consagran a Dionisio y las sacerdotisas solo yacen con el dios, beben vino y hacen toda clase de excesos que él les pida con la condición de no propagarlos.

Entonces  nos relataba como en su país se adoraba a la diosa Cibeles y los bailes los realizaban los hombres, sobre todo jóvenes que llegaban al éxtasis  llegando a cortarse su virilidad en señal de máxima entrega a la diosa y los arrojaban hacia las puertas de las casas que permanecían abiertas durante los festejos.

Si al hacerlo entraban  en una de ellas los dueños debían cuidarlos hasta que se recuperaran, y los que se quedaban fueran seguían bailando hasta morir desangrados.

Al escucharlo un escalofrío recorrió mi cuerpo y le pregunté: ¿luego que hacen los eunucos?

—Los compran los nobles y los más ricos comerciantes para que le sirvan, los mejores suelen ir al palacio del rey y cuidan del harén —

Me entró la curiosidad por la cultura persa y me dijo que cuando se fueran le pidiera permiso a mi padre y podríamos ir a Babilonia.

Los mejores maestros de filosofía, literatura, matemáticas y demás artes nos educaban al más alto nivel para poder hacer discursos de todo tipo incluso de política. Aunque no pudiésemos asistir a las asambleas en la enseñanza nos preparaban igual que a los hombres.

Una mañana Nisea me dijo que le había llegado el momento de partir a su hogar al saberlo me entristecí.
Comenzó a llenar sus baúles con los peplos de los colores más variados y hermosos que trajo y algunos que le compramos en el mercado como recuerdo de su visita.


Continuará.....
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miércoles, 23 de mayo de 2018

domingo, 20 de mayo de 2018

MASCARADA

Este mes de abril está llegando a su ecuador con una primavera tan lluviosa que parece que volviera el diluvio. Los días se han vuelto negros, fríos e invernales que congelan hasta el espíritu. Las emociones están a flor de piel, sensibles o desquiciadas, según de donde venga el aire.

Desde mi ventana veo el árbol sin nombre, no lo necesita, es vulgar como la mayoría de los que forman el parque. A su alrededor se yerguen los pinos con su verdor insultante, cipreses que adornan ambas orillas de los paseos, que miran desafiantes hacia el firmamento, y tú, comienzas a despuntar en tus ramas los primeros brotes de la estación donde dicen que resurge la vida.

Las raíces sujetan con fuerza la tierra buscando el alimento y saciar la sed, tienes que nutrir las venas para alimentar a tus hijas, que ahora te desdeñan y se abandonan en los brazos de una ligera brisa que las lleve hasta el suelo.

Tienes un tronco robusto cubierto de líquenes de color oscuro que se apresuran a formar un tapiz a tu alrededor para cubrir tu desnudez, luego esperarán a que el estío les duerma con su calor abrasador.

Te miro una y otra vez, mientras las hojas del año anterior se resisten a caer, han luchado contra el sofocante estío, han aguantado firmes el duro invierno de la meseta, saben que están muertas pero se resisten a caer, a ser abono del mismo árbol que vistieron con sus mejores galas y orgullosas de su color verde brillante, envidia de sus congéneres pues los pajarillos te elegían por tu sombra fresca. Ellos le ponían la banda sonora hasta que unos emigrantes de colores vivos y de mayor tamaño comenzaron a desalojarlos, sin embargo pese a su pequeño tamaño defienden su territorio con energía.

Siento que esas hojas marrones lloran al despedirte y poco a poco se descuelgan con el viento en estos días huraños, y con el brote de la vida, unas nuevas y diminutas hojas de un color esplendoroso estallan con fuerza ocupando sus dominios.

Una corta infancia y una juventud llena de vigor vestirán de nuevo tus ramas cada vez más largas como si quisieran alcanzar las nubes para jugar a algo diferente, quizás  poder realizar tus sueños a veces inalcanzables.

Yo también soy como tú, fuerte y paciente, los años pasados entre luchas unas perdidas y alguna ganada, las menos, voy tomando perspectiva ante los nuevos retos, que suelen ser pocos.

La soledad a veces tormentosa y otras acariciada me acompaña cada minuto como la respiración que alimenta mi cuerpo.

Lo mismo que a ti, veo alejarse a las personas que a lo largo de mi vida me acompañaron entonces la melancolía me embarga. Las nuevas generaciones me enriquecen y hacen más llevadera la recta final de mi camino, pero mientras recorro el trayecto, disfruto  cada momento y realizo algunos sueños que otrora quedaron rezagados por el devenir de los acontecimientos.

Ahora en la vejez me siento viva en esta primavera desquiciante y creo que los dos resurgimos con vigor mientras nuestras raíces nos sujeten a la tierra. La fuerza para dedicarme a hacer cosas nuevas y llenar de gente agradable algunas tardes me satisface.

Por ello miro al cielo luminoso y al igual que las florecillas absorbo el viento y el sol, escucho a los pájaros de tus ramas mientras sonrío al verte cada día más vestido con tu traje nuevo donde los rayos del sol reflejan en tus hojas su fulgor.

Quién sabe de tus anhelos, los humanos creemos que somos los reyes del universo y somos una pieza más en el engranaje de la cambiante naturaleza. No somos tan diferentes solo que nuestra vida es muy corta y la mayoría de las veces la desaprovechamos con nuestros innumerables defectos y nuestras escasas virtudes.

Tú nos sobre vivirás hasta que alguna enfermedad te agote o la mano de un hombre desalmado decida por ti.

Espero verte cada primavera fuerte, robusto y orgulloso de tu especie, porque yo te hablaré aunque no me escuches, te sonreiré y de vez en cuando me sentaré bajo tus ramas recostada en tu tronco para de ese modo sentir tus caricias.

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viernes, 18 de mayo de 2018

jueves, 17 de mayo de 2018

EN EL AUTOBÚS

No hay como viajar en el transporte público y observar al personal como sin conocerse de nada se cuenta obras y milagros de su azarosa vida, sobre todo si ya han alcanzado la edad dorada o no tan dorada de la jubilación.

La filosofía de andar por casa que esa sí,  es la que de verdad ayuda a los que quieran aprovecharla, que no solo somos unos viejos decrépitos que chochean, pero bueno que me desvío de la cuestión.

Uno de los días que bajé al centro al regresar a casa después de un paseo por la playa subo al autobús y escucho a dos jóvenes dorados como dicen:

—Que no hay que sufrir tanto niño, como tú te vas a morir y yo también—.

—Ya pero yo soy  un poco más joven que tú—

—Sí como si eso fuera garantía de quien se va a morir antes. —
Se miran a los ojos con cara de resignación.
Comprendo que mientras lo esperaban habían pasado el rato conversando y que llegué a oír solo el final y es que a la parca la queremos lejos y cuando más tarde mejor.
La siguiente anécdota no la puedo olvidar pues todavía resuenan las risas en mi cabeza, la espontaneidad de los niños y su capacidad de sorpresa por las cosas más inverosímiles me provocan ternura, lástima que dure tan poco.

En la parada de los colegios un montón de niños y familiares que van a recogerlos al acabar el día escolar, se abren las puertas y como en estampida suben  corriendo y van hacia la parte final del bus cuando de repente uno se para en seco delante de un señor con los ojos muy abiertos y con admiración exclama: ¡Vaya bigote! ¿Ese bigote es tuyo?

El caballero sonríe y responde: Claro que es mío

      — ¿Pues has debido de tardar mucho tiempo? Es muy grande—

    Sí, mucho tiempo, ¿por? —

    Porque mi papá lo tiene desde hace mucho y a penas crece, pero el suyo es negro ¿sabes? bueno adiós—

El niño se va junto a sus amigos sin dejar de murmurar ¡Vaya bigote, eso sí es un bigote y encima blanco!

También se oyen penas, desgracias y sufrimientos de eso todos tenemos en demasía, por eso unas risas de vez en cuando nos anima a llevar mejor nuestros días.

Me vuelvo a desviar de lo que os quería decir, una de tantas cosas nimias pero que al escucharlas nos dibujan una sonrisita en el rostro.

Una de esas tardes que apetece tomar un café, en la terraza de una cafetería para pulsar el ambiente de la ciudad y dar una vuelta por los escaparates del centro, solo por ver la moda que nos quieren vender  y los vivos colores del paseo que llegan con la primavera.

Pues esa tarde al subir al bus me senté en el asiento  que hay detrás del conductor, comencé a escuchar la conversación, sin prestarles mucha atención a las tres personas que estaban a mi espalda sus voces daba lugar a que se enterara todo el autobús.

Hablaban de huertos, de aves pero lo que en verdad hizo que de mi boca saliera una mal disimulada carcajada.

Después de un rato una de ellas le dijo: Me guardas un pollo para el sábado.

—Claro tu me llamas el día de antes y mi marido te lo prepara, como si quieres huevos—

—Pero lo quiero muerto y sin plumas—

—Te costará un poco más—

—No importa, que no quiero matarlo, yo no lo asesino—

—No mi marido no los asesina, solo los mata—

Un final estupendo para una tarde de paseo. Que más se puede pedir.

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miércoles, 16 de mayo de 2018

CITA


Ordenar bibliotecas es ejercer de un modo silencioso el arte de la Critica

» Jorge Luis Borges  (1899-1986) Escritor argentino.