lunes, 22 de abril de 2019

SANGRE CALIENTE, CORAZÓN FRÍO


                   

Después de diez años de matrimonio Sara sentía que su soledad cada vez era más angustiosa, la monotonía se había apoderado de su hogar, lo que en un principio fue un mundo lleno de amor e ilusión por construir una vida juntos, se tornó costumbre e indiferencia.

Ninguno de los dos quería exponer el problema pues ambos intuían que todo estaba roto, era muy difícil comenzar de nuevo con la economía a medio gas. Así que dejaron pasar el tiempo como dos extraños bajo el mismo techo.

El mundo continúa aunque uno se pare, y les sucedió cosa normal que la enfermedad se cebara con él, una de esas que su solo nombre suena a sentencia de muerte. Sara no estaba dispuesta a dejarse la piel en una lucha que de antemano sabía derrotada, solo acudía un par de horas por la tarde al hospital cuando Luis estaba consciente, ya que se encontraba sedado la mayor parte del tiempo.

Estaba en casa recogiendo las pertenencias de él, cuando el timbre del teléfono la sacó de sus lúgubres pensamientos. Por fin llegó la noticia que tanto esperaba, respiró profundamente y como si un gran peso se le cayera a los pies sintió la ansiada liberación.

El fin de semana se arregló como en años, la ilusión volvió a brillar en sus ojos y la inquietud de adolescente recorrió su cuerpo. ¿Cuánto hacía que no salía a bailar? Buff ni se acordaba, pero esa noche iba a ser especial, sería la primera noche del resto de su vida, una vida que construiría a su capricho.

Bailaba con desenfreno, el sudor bañaba su frente un hombre le ofreció una bebida que agotó sin respirar. Al terminar, fue a entregarle el envase entonces reconoció a Enrique, su antiguo compañero de instituto.

A partir de ese momento sus encuentros se hicieron más continuos, y Sara creyó que era hora de dar un paso adelante, entonces le propuso ir a vivir juntos a lo que Enrique se negó, le decía que se así estaban bien y no necesitaban más. Ella sabía que su insistencia haría fracasar la relación más o menos consolidada. Así continuaron varios años más, sin embargo Sara no asimilaba el paso del tiempo, cada vez que se miraba al espejo la imagen que éste le devolvía no coincidía con la que ella tenía de sí misma.

El miedo a que Enrique la dejara, cada minuto que pasaba eso la angustiaba al punto de pensar en un embarazo, seguro que eso le empujaría a formalizar de forma definitiva su estado.

Sin embargo después de recibir la noticia Sara no obtuvo la respuesta que esperaba, muy al contrario Enrique zanjó la relación, se comprometió a cuidar del bebé y correr con los gastos desde ese momento.

Ella todavía albergaba la esperanza que a él le hiciese cambiar de opinión al tener al niño entre sus brazos. De vez en cuando Enrique se acercaba a visitar a Sara durante el embarazo, por fin llegó el bebé y él se apresuró a comprar todo lo necesario para acogerle en su hogar.

Una vez instalados Enrique dejó de acudir diariamente a visitarlos, Sara no podía comprender que una vez en casa él no volviese a verlos.

Mientras se recuperaba su mente cavilaba sin parar, comenzó a obsesionarse con una mujer que desconocía, seguro que está con otra, se repetía sin cesar.

Le llamaba por teléfono un día sí y otro también, hasta que recibió u ultimátum- o dejaba de molestar o recortaría el presupuesto.

La ira se apoderó de ella y el llanto del bebé le agregó la furia que la desquició, con el niño entre los brazos al ver que no se calla lo arrojó contra la cuna con la desgracia de golpearlo contra la madera de los barrotes.

Como el bebé no llora se acerca a verlo, no se movía, angustiada llamó al padre, le contó lo sucedido y Enrique fue en seguida. Lo llevó al hospital con la mala suerte que ya era tarde, había muerto.

A partir de ese macabro instante dejó de haber contacto entre ellos, pero Sara no estaba dispuesta a rendirse. Los celos la carcomían hasta el infinito, una vez incorporada a puesto de trabajo, la casualidad se alió con ella.

Enrique entró en el restaurante acompañado de una mujer bastante más joven, compañera de oficina, salieron a comer y las risas brotaban sin cesar, se notaba que había una fuerte conexión entre ellos.

A Sara esto le confirmaba sus sospechas, cuando se marcharon ella salió también a ver los coches para poder controlar a la joven. Nada le impediría  estar con él.




                                                                    Toñi Redondo

miércoles, 17 de abril de 2019

CENA CON EL AUTOR


                                      

La monotonía de las clases en la universidad, la corrección de exámenes, sus largas horas en la biblioteca, y como toque de distracción entre semana acudía a la tertulia de filosofía.

Alguna cena organizada con personajes ilustres, previo pago, la crisis económica les había revolucionado a ellos y  ésta era una forma más de tener ingresos extras.

Había llegado el día que Germán tanto deseaba, por fin compartiría cena y tertulia con uno de sus autores vivos favoritos. Se había preparado concienzudamente toda su trayectoria literaria.

La vital se la había reservado a los cotilleos de sobremesa o a los cafés de media tarde.

Sin embargo ese viernes era diferente, había algo en el aire que traspasaba sus sentimientos, la sensibilidad abría la puerta para instaurarse durante la noche.

Con su máquina de fotos colgada al cuello recorría las calles en busca de lo inusual, lo extraño, a la captura de la foto ideal. Su mente siempre activa entre la lectura, escritura y pintura, últimamente se estaba abriendo a la fotografía creativa.

Llevaba unos días atisbando comportamientos nada claros en alguna persona del coloquial grupo, solo observaba con mirada detectivesca como quien investiga un crimen sin cuerpo.

Durante la cena al calor del vino alguna lengua se desató, pero con la ironía que le caracterizaba hizo una larga cambiada con la que reconducir la tertulia.

La luna y las estrellas lucían en todo su esplendor y las agujas del reloj indicaban la hora bruja. Entonces el escritor se dirigió hacia la mesa llena de libros para comenzar las dedicatorias, uno a uno fueron pasando y mientras el autor firmaba su representante se encargaba de lo económico.

Irene como de costumbre solo utilizaba el dinero de plástico, y esta vez no iba a ser diferente.

Sin pensarlo y con voz elevada abordó a Germán: Liante, que eres un liante. Al tiempo que le extendía  un billete en su mano.

Serio y educado le da las gracias. Entonces se aproxima y mirándole a los ojos le responde: Me puedes decir guapo, alto, rubio, macizo y todos los halagos que se te ocurran, si es que se te ocurre, pero liante…liante nunca, salvo que quieras que yo también te ofenda.

Irene se ruboriza como una granada e intenta hacer que todo sea un absurdo, el grupo intercambia miradas de extrañeza y siguen con la firma.

Se siente descubierta en sus más íntimos deseos, su comportamiento adolescente la pone en evidencia. Todos se han dado cuenta de su fascinación por Germán, nadie habla, solo el lenguaje de las miradas son las protagonistas.

Inquieta  e incómoda ante el incidente,  sale apresuradamente del restaurante. Sabe que el próximo jueves coincidirán en el café de la tertulia con otro grupo heterogéneo y diferente, tiempo suficiente para maquinar alguna treta de la que pueda salir airosa.

No resistía pasar más noches desvelada y nerviosa, Germán ejercía una atracción fatal que la descolocaba. Hacía tanto tiempo que nadie la removía hasta lo más profundo de su ser. Había olvidado lo que era sentirse realmente viva.

Él era diferente a cualquier hombre que hasta entonces había conocido, quizás en eso consistiese su misterioso encanto.

Llegó el día de la tertulia ese jueves echaría toda la carne en el asador, comenzó su mañana de peluquería y maquillaje, conforme pasaban las horas cambiaba su elección de vestuario, quería estar impresionante para él.

Con un toque de perfume y  una última mirada al espejo salió cerrando la puerta tras de sí.

Dejó pasar unos minutos antes de hacer su entrada triunfal en la sala, todos los ojos se volvieron hacia el tintineo de sus tacones. Saludos y halagos a partes iguales con cierta ironía de perplejidad, se escuchaban murmullos de envidias camufladas con sonrisas.

Acercó una silla al lado de Germán y éste le comentó: Te has puesto muy guapa, ¿Quién será el afortunado?

La sangre se agolpa en sus mejillas que aflora a pesar del maquillaje, no puede responder, solo baja los ojos en busca del aplomo que en un instante había desaparecido y que tanto le cuesta recomponer.

La tertulia avanza con fluidez y en el intermedio Germán recoge sus cosas y se va, Irene sale detrás, mientras una voz se escucha “éstos lo que les pasa es que tienen una tensión sexual no resuelta”. Otra voz comenta” pues que resuelvan de una vez”.

Las risas generalizadas retumban por el pasillo y Germán regresa hasta el umbral de la puerta y mostrando una amplia sonrisa les dice: No tengo nada sin resolver, mis tensiones sexuales las resuelvo en cuanto se presentan.







 
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domingo, 9 de diciembre de 2018

EN EL CORAZÓN DEL SUEÑO


 Oscurece en la pradera y en el bosque comienza la música como si de los tam tam se tratase. Miles de ojos se desperezan a su ritmo, linternas minúsculas que alumbran la noche.

Sin embargo otros duermen tras un día agotador, orugas que luchan por salir de su prisión antes de tiempo, con movimientos convulsos intentan hacer un agujero para  salir por el  hacia la libertad. No saben que en cuanto lo consigan su frágil belleza se apagará en unas horas.

Un precio muy alto para aletear sobre las flores, chupar su nectar, notar el calor del sol sobre sus frágiles cuerpecillos y continuar su ciclo vital hasta fenecer, y otra nueva generación con los mismos movimientos quedarán agotados por conseguir esa efímera libertad.

La noche sigue avanzando inexorable hasta morir, mientras las diminutas linternas se adormecen como si una red les aprisionara sus prqueñas cabezas.


Sueñan con un nuevo anochecer donde dar rienda suelta a sus instintos y volar a través de los árboles en busca de alimento para sobrevivir, o una grácil compañera que le agrade sus requiebros para compartir su nido.

Son diferentes pero luchadores de libertad unos y los otros se sienten libres por que cruzan el viento a placer, todo ello sin saber que son ciclos programados por unas leyes invisibles que se han de cumplir inexorablemente.

Al despertar se halló cubierta por la arena y la espuma de las olas que la arrastraban hacia la inmensidad donde pertenecía.



miércoles, 10 de octubre de 2018

EL ESCRITORIO DE ÉBANO

Era domingo por la mañana, nos apetecía mucho dar una vuelta por el rastro, hacía varios años que perdimos la costumbre de los domingos darnos un paseo y terminar comiendo en alguna antigua taberna del barrio de La Latina.

Dejamos el coche en la Plaza de Castilla y bajamos al metro, por no hacer trasbordo nos apeamos en Atocha y desde ahí comenzamos un recorrido más bien turístico, pero antes degustamos un buen chocolate con churros, que hacía tanto tiempo que no lo saboreábamos, tanto como el que tardamos en visitar el rastro.

Atravesamos el barrio de Lavapiés hasta llegar a la Ribera de Curtidores. A partir de ese instante el gentío abarrotaba la calle central y adyacentes. Agarré bien el bolso que llevaba cruzado y Rodrigo palpó su cartera, nos miramos y sonreímos.

Nuestros ojos miraban sin buscar nada en especial, el ruido de cacharros, el soniquete de los vendedores y el griterío de la muchedumbre nos ensordecía. Ahora recordaba porqué dejamos de visitarlo.

Cogimos de nuevo el metro hasta Sol y desde allí nos dirigimos hacia el Mercado de San Miguel, a comer a base de excelentes tapas, lo añoraba cuando era verdaderamente un mercado tradicional pero los tiempos de las grandes superficies acabaron con él.

Su forja de hierro y las grandes cristaleras era lo que permanecía inalterable desde su creación.

Nuestra conversación giraba en lo poco que habíamos visto de mobiliario antiguo, pues alguno mueble de los que nos llamaron la atención estaba demasiado deteriorado para nuestras expectativas.

Al pasar por la calle Mayor de vuelta a casa, en una callejuela había un diminuto escaparate  que mostraba un escritorio de ébano impoluto, no tenía  un aspecto de otro siglo. Sin embargo era muy elegante y él me dijo: ni pases a preguntar precio, estará por las nubes y no lo podremos pagar.

Saqué el móvil e hice una foto así por lo menos me alegraría la vista, o porqué no quizás en otro momento pudiera comprarlo.

Los días fueron pasando ocupados con los trabajos y la rutina diaria, las conversaciones ente nosotros se limitaban a las necesidades de cada jornada.

De pronto comenzó a viajar con frecuencia y la distancia cada vez más alargada, sin apenas palabras de cariño y la escasez de caricias, la intimidad se estaba yendo por la ventana.

Un domingo me fui hasta el rastro por ver si hallaba un escritorio similar,

aunque no fuera de tan preciada madera por lo menos que tuviera estilo.

Di vueltas y más vueltas, no dejé comercio ni puesto sin revisar, estaba claro que ninguno estaba a la altura de mis expectativas. Una vez hallado era muy difícil que se me fuera de la cabeza.

Su mezcla fascinante de ébano y palo santo, los herrajes en bronce trabajados con una delicadeza inusitada, una fuerza incontrolable me empujaba hacia él.

Mi despacho lo pedía a gritos  constantemente, necesitaba quitar la mesa donde inicié mis trabajos de estudiante.

Ahora deseaba rodearme de cosas que transmitieran un encanto especial, pocas, pero que al mirarlas fuera capaz de sentir emociones diferentes. En mi caminar y al doblar cualquier esquina la vida me regalaría alguna bella sorpresa.

Mi vida tal como la vivía hasta ese momento se estaba desvaneciendo, y a no mucho tardar debía tomar decisiones complicadas si quería ser dueña de cada instante, sin críticas destructivas que me hundieran en un pozo sin fondo.

Sin decírselo a Rodrigo me acerqué al centro, con el firme propósito de comprar el escritorio. Al salir del metro de Sol, el corazón se me aceleraba a cada paso. Por fin iba a ser mío.

Miré el escaparate y allí estaba él, respiré profundamente y me adentré en sus dominios.

Me asombró su bajo precio y pregunté a que se debía su asequible costo.

El hombre dijo que solo era un intermediario entre el dueño y el posible comprador, solo buscaba  una persona que lo apreciara y conservara, el dinero era un factor secundario.

Mi curiosidad me hizo preguntar si algún motivo extraño se ocultaba tras sus cajones, respondió que lo desconocía.

Hicimos la transacción y en dos días ocuparía el centro de mi despacho.

Ya en Sol y antes de coger el metro subí a la primera planta de la Mallorquina desde sus amplios ventanales se domina el centro de Madrid, sus mesas de mármol y forja, con facilidad te transporta a la ciudad de antaño, el olor de su horno se percibe a varios metros de distancia lo que invita a los viandantes a  disfrutar de  una suculenta merienda.

Al llegar a casa Rodrigo me esperaba sentado en el sofá, con gesto adusto me invitó a que le acompañara, me senté a su lado como quién espera una regañina por haberse portado mal.

Me miró, tragó saliva y soltó como una bomba: quiero el divorcio y por cierto el escritorio que tanto te gustó es mío. Así que volveré a la tienda y lo recogeré.

—Un poco tarde, el escritorio es de otra persona, esta tarde pasé por allí y ya no estaba. Sobre el divorcio cuando quieras pero los gastos corren de tu cuenta.

—De acuerdo los pago yo y ¿No tienes curiosidad del porqué?

 

—No, el motivo me da igual, solo quiero que no haya una guerra entre nosotros a la hora del reparto.—

—No por mi parte no, siempre que sea justo. Esta noche me iré a un hotel.

Al salir me dió un beso en la mejilla, y le despedí con un lacónico hasta luego.

No podía conciliar el sueño, daba vueltas y más vueltas unas veces pensando en el divorcio y qué le motivó a tomar esa decisión y otras en mi ansiado escritorio.

Así ví amanecer y opté por levantarme temprano, después de un ducha y un apetitoso desayuno me encerré en el despacho.

Puse  todo en el suelo para hacer una limpieza a fondo. Libros, plumas, bolígrafos que aún conservaba en sus estuches. Algún pequeño objeto que él solía regalarme sin venir a cuento y que tanto me agradaba.

Ahora todo adquiría otro significado, había que despojarse de recuerdos vanos para crear sitio a los venideros. Y los objetos aunque sea por un leve instante, cada vez que los miramos nos recuerdan a la persona que nos lo entregó.

Sonó el timbre de la puerta y acelerada como una colegiala corrí a abrir la puerta.

¡Ya estaba aquí! Mi  ansiado escritorio había llegado.

Me apresuré a colocar los lápices, rotuladores y los bolígrafos de colores en los cajoncitos superiores, y en las diminutas estanterías los pequeños objetos que se libraron del ataque de limpieza.

Continúe con el resto de papeles, archivos personales y un par de borradores de novelas inacabadas.

Por último puse el portátil en el centro, junto con el ratón y el cable-cargador. Me senté en el butacón, recostada lo acaricié para empaparme de sus emociones incrustadas.

Al recolocar los cables empujé la tablita que dividía los cajoncitos, cuál  fue mi sorpresa, cuando cedió mostrando su secreto.

Mis ávidos ojos escudriñaron el oscuro agujero y descubrí un cartón que al sacarlo reveló una ajada fotografía, la miré detenidamente y cuanto más la miraba más me asombraba, una pareja de jóvenes con ropajes de otro tiempo y el gran parecido del hombre con su ex.

Las intrigas y los misterios me encandilaban. La hora de investigar había comenzado. Eufórica dije en voz alta:  ahora sí tengo un buen argumento para mi próxima novela. 

 
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lunes, 8 de octubre de 2018

MINERVA Y JAVIER

Llegó tan cansada del viaje a Londres que entró en la habitación dejó la maleta la puerta abierta de par en par, se quitó los altísimos tacones  y se tumbó en la cama.

Con los párpados pesados  contempló la estancia, respiró profundamente a la vez que sintió una gran sensación de alivio.

Otra vez había disfrutado del congreso en buena compañía fueron días tan especiales que al recordarlos la sonrisa afloraba a su boca.

La monotonía familiar la sumía en el más profundo tedio, la rivalidad con su marido hacía que los dos compitieran en sus respectivas carreras.

Las discusiones cada vez eran más frecuentes unas veces por los niños y otras por un motivo insignificante, la incomprensión, la falta de comunicación les distanciaba.

Cada uno por su lado fueron buscando alternativas que les hiciera soportable las pocas horas que compartían.

Minerva optó por acudir a todos los congresos y conferencias para ascender en el trabajo y él se centró más si cabe en el trabajo, en la música que tanto le gustara de adolescente y en la clase de una vez por semana le abstraía de su monotonía.

La lectura la limitaba al mundo profesional y todas las novedades que le aportaran información para sus conferencias.

Su economía adquiría una progresión elevada al mismo tiempo que aumentaban los caprichos.

Cambio de casa, de coches, ropa cuánto más cara mejor y las vacaciones de verano a lugares lejanos y exclusivos. La cuestión era presumir, destacar ante sus conocidos su alto nivel de vida.

Sin embargo la satisfacción material dejaba un hondo vacío afectivo, sus miradas perdieron el brillo de antaño.

Ella se negaba aceptarlo y en uno de los viajes encontró a la persona que le llevó a experimentar cosas nuevas devolviéndole la sonrisa y un brillo especial a sus ojos.

Sin embargo Javier inmerso en la rutina no percibió los cambios de Minerva, durante muchos meses continuó con su doble vida.

Era su aniversario y para celebrarlo se fueron de viaje a la ciudad donde todo comenzó. El champán, las flores, la música, los intercambios de regalos, la lencería sensual y los nuevos juguetes crearon un mundo de sensaciones donde el placer era el rey.

Sonó insistentemente el móvil de Minerva con la excitación del momento lo quiso apagar y equivocándose de tecla lo descolgó y al otro lado Javier descubrió el motivo del cese de sus discusiones.

A su regreso más eufórica que de costumbre le dio un beso sin para de hablar hasta que Javier en tono quedo le espetó— quiero el divorcio—

Con gesto adusto le contestó— entonces lo sabes—

    ¿Como te has enterado?—

    No importa, dime cuánto tiempo lleváis—

    Un año—

Poco a poco se fueron enzarzando en una fortísima bronca que asustó a los niños. Después cogió su ropa y se fue a la habitación de invitados.

A la mañana siguiente buscó un despacho de abogados matrimonialista e inició los trámites.

Minerva se refugió en su amante en cuanto le propuso formalizar su relación, y no halló la respuesta que esperaba.

Una vez divorciados buscó un apartamento y continuó volcado en su trabajo, pasando con los niños el tiempo estipulado.

Pronto comenzaron las presiones familiares por ambos lados. “Vuelve a casa por los niños” “mira que la economía se resiente y podíais vivir mejor” “perteneces a un estatus social que te ha costado alcanzar” “sois el cotilleo de todos” etc. Etc.

Como les daba resultado manipularon al niño mayor por el que él sentía auténtica devoción. A fuerza de insistir al verano siguiente consiguieron que regresara.

Habitaciones separadas, sin discusiones, vacaciones juntos a todo lujo y jugar a la apariencia de la reconciliación.

Dejando pasar el tiempo, ver crecer a los hijos y pagando un precio emocional tan alto que cuando los niños sean jóvenes, se vayan del nido ¿qué habrá sido de sus vidas?..

¿Entonces serán capaces de ejecutar su divorcio crecer o seguirán con los convencionalismos sociales? ¿Podrá más la fuerza de la costumbre, que sentir la libertad para evolucionar?

Ellos y el tiempo lo dirán…

 
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sábado, 29 de septiembre de 2018

CABALLO DE HIERRO

He salido de la librería envuelto en un papel poco atrayente, he comenzado mi viaje con olor a tinta de imprenta, un perfume que a los lectores suele hipnotizar.

Desde éstas tierras soleadas, con un mar casi todo el tiempo en calma, llena de jardines con palmeras y flores de toda la gama cromática que uno pueda imaginar, salgo dispuesto a recorrer un largo y fructífero viaje.

Colocado en un lugar accesible y cómodo, veo subir a la gente más variopinta. Toman asiento y vigilan sus bártulos, dicen que hay que tener cuidado pues hay manos que se deslizan sigilosas y se apropian de lo ajeno.

El movimiento y su sonido machacón va relajando a los viajeros, y yo me distraigo viendo la luz  intensa reflejada en el cielo, como juega entre las nubes y les da tonalidades nunca antes apreciadas por mí.

Su reflejo en el agua marina pasa del azul fuerte al verde o al acerado, cuando el firmamento queda cubierto de negro algodón. En el horizonte se mezclan el celeste y el marino, solo interrumpido por cargueros o las barcas de los pescadores, a horas tempranas y de veleros que de lejos parecen blancas palomas que vuelan a ras del mar.

De pronto el paisaje cambia veo los montículos arbóreos y los castillos de la época medieval, fortalezas inexpugnables ante las invasiones violentas por el territorio.

Paseos llenos de plantas tropicales a cual más llamativa e intenso color, me imagino su perfume. Campos de frutos traídos de lejanas tierras que ésta la han hecho suya. Y de nuevo el mar rompiendo sus olas en la pálida arena, mordiendo sus granos para saciar el hambre.

Unas manos me arrebatan de mi lugar confortable, siento su calor en cada una de mis hojas, sus dedos tiemblan mientras lee mis versos, noto su emoción y de repente una lágrima me humedece, siento su melancolía y no, no me equivocaba, su alma deja traslucir un intenso sentimiento de saudade.

Los poemas describen otros horizontes más bruscos, de mar arrebatadora de vida, temporales que azotan acantilados e inundan pueblos, trabajo durísimo de pescadores y mariscadoras.

La lluvia cae suave acariciando los cuerpos como disculpándose por el  mar, montes verdes regados por  ríos de aguas frescas y límpidas.

Piedras con arte y devoción mundial, caminos diferentes que convergen en Santiago.

Religión y magia a partes iguales, o quizá no, quizá la magia ancestral de los celtas en los castros, fuera una mezcla de costumbres de habitantes anteriores.

Poetas en varias lenguas, humildes y de alta alcurnia todos ellos en común ensalzan un sentimiento de añoranza por la tierra, la música y el mar.

De nuevo mis páginas se cierran y me dejan en mi lugar de confort, los viajeros descienden, y el silencio se adueña del vagón.

Mañana al emprender un nuevo viaje quizás otras manos y otros ojos se emocionen al leer mis versos. Después no oleré a tinta pero sí a papel ajado desgastado por el tiempo, por las manos y alguna lágrima furtiva de un alma emocionada. Eso busco, eso deseo, ese es mi premio.

 

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MONET


jueves, 27 de septiembre de 2018

LOS JARDINES DE MONET

Le encantaba la pintura y en Etnacil su pequeña ciudad de provincias los museos eran abundantes pero no con la importancia para hacer grandes exposiciones. Pero un año  el de Arqueología  consiguió el premio europeo al mejor de todo el continente.

    Una de las veces que se acercó a Madrid para visitar el Museo del Prado coincidió con una exposición especial sobre la obra de Monet. Ella que  se quedaba absorta ante cualquier cuadro de los impresionistas...., pero desde que vio las maravillas de los jardines de Claude Monet aquel día en el Museo supo que cambiaría  parte de sus estudios para encauzar la que sería su profesión definitiva.

    Estudiaba Bellas Artes para restaurar las grandes obras de la pintura y así penetrar en la mente de los autores, adentrarse en las circunstancias de sus vidas. Pero al volver a la universidad se interesó por el diseño de los jardines. Estudiaba sin cesar, el día no tenía suficientes horas para ella. Ahora su vida giraba entre la universidad y su habitación, con la cabeza siempre dentro de los libros y del portátil.

    Se rodeó de láminas de las obras del pintor, no quedaba un hueco de la pared que no cubriera. Tanto se entusiasmó con él que investigó hasta el detalle más insignificante de su biografía.

    Llegó el verano y su partida a París era inminente. Con poco equipaje y con muchos sueños en la cabeza comenzaba una experiencia que no sabía a donde le conduciría. La aventura en la que se embarcaba era excitante, durante el vuelo cerraba los ojos imaginándose paseando por el barrio bohemio de los pintores (Montmartre) y  las zonas aledañas ¿quien sujeta  una fantasía tan desbordante como la suya? Solo la realidad podría bajarla de la nube de ensoñación en que se hallaba.

    Por fin pisaba las calles que en otro tiempo lo hicieron aquellos pintores que se atrevieron a romper con  los cánones establecidos e ignorar los consejos de los marchantes. Esa rebeldía sentía que le subía por sus pies y se adueñaba de todo el cuerpo.

    Estaba entre los pintores aficionados y otros que dominaban el arte con un embrujo especial, al contemplarlos sintió hacerse pequeñita casi invisible sin embargo buscó un lugar que le permitiera esbozar un retazo del lugar.

   Extendió su silla de tijera, abrió el bloc de dibujo y con un carboncillo en la mano deslizándolo a toda velocidad  apenas si parpadeaba ante tanta excitación.

    Cuando una voz le preguntó: ¿a quién dibujas?  A lo que ella respondió –a la mujer que tengo delante –

   —No veo a nadie solo están los edificios— Priscila levantó la mirada y comprobó que efectivamente el muchacho tenía razón, entonces... ¿a quién había dibujado ella? Juraría que estaba delante con ropas de época.

    Le mostró el retrato a Michael y ambos reconocieron el gran parecido con un cuadro de Monet se miraron desconcertados negando con la cabeza, “no puede ser… pero se parece tanto a Camille” murmuraron entre dientes.

     Recogieron sus útiles pensativos y se fueron a comer a la taberna que conservaba algún cuadro del pintor.

     Apoyando los bártulos junto a la ventana al tiempo que se sentaban en los taburetes de madera oscura, el camarero se aproximó con la carta. No pudiendo reprimir su curiosidad Priscila sacó su bloc que puso sobre la mesa al verlo el hombre le comentó— ¿Ha visto a la señora mientras dibujaba?—

    —Si— contestó ella. Entonces comenzó a contarle que efectivamente era Camille la primera esposa del pintor que solía aparecerse a las jóvenes aficionadas entusiasmadas por las obras de Monet. Dicen que sus celos les provocan visiones hasta el punto de volver loca alguna de ellas. Así que señorita le recomendaría la vuelta a su país antes de que sea tarde.

   Incrédula ante todas las leyendas de fantasmas o cosas por el estilo Priscila sonrió con benevolencia al camarero mientras devoraba su bistec con patatas fritas.

    Se despidió de su nuevo amigo hasta la mañana siguiente y entre risas decía” no pintaré a Camille”.

    Pasaron varios días y Michael preguntaba por ella a todos los que les vieron aquella mañana en la taberna, pero nadie le dio una respuesta. Inquieto marchó a la comisaría más cercana a denunciar su desaparición.

    A las pocas horas le dijeron que a su amiga la hallaron en circunstancias poco agradables, hablando incoherencias y desnutrida.

     Fue al hospital y según se acercaba a la habitación  escuchaba una voz que decía: ¡Oscar-Claud!...  ¡Claud!... ¡Claud!..

 

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viernes, 21 de septiembre de 2018

LECHE Y CAFÉ

 Apretaron sus manos con fuerza mientras sus fulgurantes miradas trataban de infundirse valor, ese, que se les escapaba antes de cruzar el umbral por última vez.

   Esa fina línea que les llevaría a una felicidad sublime o a la desdicha más absoluta. La mano temblorosa de Alfredo empujó la puerta y ante ellos estaba la enfermera con su impoluto uniforme blanco, la cual con un ademán de cordialidad les dirigió hacia la consulta del doctor.

   Tras los saludos afables del galeno sintieron que sus ojos les penetraban hasta lo más recóndito de sus cuerpos, los segundos que siguieron les parecieron interminables.

   Un suave carraspeo del médico les alertó que la noticia no iba a ser la que con tanto anhelo y sacrificio llevaban buscando.

   Las lágrimas silenciosas de Pilar resbalaban por sus mejillas, no sólo no estaba embarazada sino que su marido la dejaba, la abandonaba porque “no servía ni para darle un hijo” frase repetida tantas veces que logró hacer mella en su alma. Un sentimiento de culpa   la arrastraba hacia el abismo.

    Con la maleta en la mano dejó las llaves sobre la mesa y  se fue a toda prisa sin mirar atrás. Se alejaba con cara de satisfacción como quién acaba de soltar un lastre.

   Al otro extremo de la ciudad le esperan su hijito con su madre para comenzar una vida diferente.

   Mientras la desesperación de Pilar iba en aumento una profunda depresión la destrozaba. A penas comía, no salía de la cama, sus ojos eran un río constante.

  Ante esta situación su hermana llamó a una ambulancia y la llevó al hospital. Pasó dos semanas ingresada y el psiquiatra que la atendía le recomendó que siguiera con la terapia.

  Estuvo yendo seis meses y la mejoría era evidente, encontró trabajo salía y entraba sin parar, como queriendo recuperar el tiempo perdido y olvidar los años pasados con Alfredo.

  Tanto frenesí la hizo recaer y enseguida acudió a su psiquiatra. Cuando la puerta se abrió él ya no estaba, su lugar lo ocupaba un hombre alto, fornido y negro.

  Reticente con pasos taciturnos entró en la consulta, una amplia sonrisa la desarmó. Se había estudiado a fondo su caso y su manera de abordarlo la sorprendió.

  Mejoraba rápidamente  sus días eran alegres, pronto le darían el alta definitiva, sin darse cuenta ese pensamiento la entristecía.

  Tenía por delante dos semanas para hacerse a la idea de no ver más a su médico y ojala la hubiese curado para siempre.

  Las semanas se le pasaron volando y estaba de nuevo ante él, como imaginó sus manos terminaron el informe y se lo entregó.

  Era la última paciente, Robert recogió su mesa rápidamente para darle tiempo a acompañarla  a la salida, la conversación fluía sin cesar la invitó a una cafetería. Se dejó guiar por una fuerza interior que le empujaba hacia él.

  Después del tentempié se fueron a su casa al llegar a la puerta se miraron a los ojos y sus bocas se fundieron en un ardiente y prolongado beso.

Pasaron los meses y en su nuevo hogar ya eran tres.

  
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