jueves, 26 de marzo de 2020

LA TRANSFORMACIÓN DE ALMA

  Alma se sentía cansada  por el tedio y la monotonía del trabajo. El invierno poco a poco quedaba atrás, la luz primaveral se colaba a través de la ventana y los rayos de sol comenzaban a templar  su habitación, un pequeño habitáculo que ella había convertido en su refugio. En él se sentía segura, a salvo; allí era donde desarrollaba todas sus inquietudes sin temor a las burlas de los demás.

            No era agraciada: su nariz, fea, grande y aguileña, destacaba demasiado en su cara escuálida. Sin embargo sus bellos ojos negros con enormes pestañas tenían un brillo especial,  una mirada suya desnudaba a su interlocutor, además de poseer un tipazo que hacia volver la cabeza a los hombres.

Cuando me ven por detrás los atraigo como un imán pero en cuanto me doy la vuelta huyen despavoridos; se decía con ironía.

            En el trabajo era el hazmerreír de un par de compañeros que con sus palabras soeces, poco a poco iban horadando su autoestima. Pese a su sentido del humor  peculiar e inteligente, llegó un momento que se le hizo insoportable. Las bromas amenazaban con extenderse por toda la oficina. Pensó en pedir un traslado aunque ello significase dar la batalla por perdida. No acababa de ver en ello una buena solución pues seguramente seguiría siendo el objeto de sus burlas aún en la distancia.

             Se puso delante de su portátil con dedos ágiles redactó su curriculum. Cuando lo terminó lo repasó minuciosamente hasta considerar que todo estaba perfecto. Sólo le faltaba la foto para poder subirlo a Internet, pero por más que rebuscaba en sus cajones del escritorio no encontró ninguna. Entonces se acordó de Alejandro su vecino, que estaba presto a echarle una mano cada vez que lo llamaba.

   − Hazme una foto por favor −   le pidió Alma entregándole su móvil.

   − ¿Qué vas a hacer con ella? −

   − Yo nada lo vas a hacer tú. Quiero que la retoques para estar un poco más mona pues voy a añadirla a mi curriculum.

   − No la retoques  sino ya no serías tú −

   − Sí, la fea de la oficina − le respondió.

   − Eres muy atractiva y con muchísimas cualidades − 

   − ¿Si?  ¿Y quién las ve?−

   − Yo − respondió Alejandro, con una firmeza en su voz que a él mismo sorprendió. Alma se quedó petrificada. No esperaba una respuesta tan categórica y sincera. Por primera vez no sabía qué decir, un silencio incómodo se extendió por toda la habitación. Alejandro preso del nerviosismo se despidió con voz temblorosa y  se marchó.

            De pronto la mente de Alma comenzó asimilar la corta conversación con su vecino, no salía de su sorpresa ante la reacción de éste. ¿Estaría enamorado de ella? Y ¿Cómo no se había dado cuenta? Se miraba demasiado el ombligo y no veía las cosas más evidentes que ocurrían a su alrededor. A partir de ese instante su percepción de la realidad cambió. Lo mismo que su mirada hacia Alejandro. Ahora ya no veía al vecino que la sacaba de apuros si no al hombre que tanto la había ayudado siempre.

             Repasó mentalmente todas las veces que le había importunado a deshoras y él acudía solícito con una sonrisa en los labios. Siempre que le necesitaba estaba a su lado, incluso para escucharle hablar de sus decepciones sentimentales, los dos ante una taza de café o un simple refresco. Entonces comprendió que lo hacía por amor y ella… ¡sin darse cuenta! Eso había que cambiarlo, tendría que dar valor a las personas que verdaderamente importaban.



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miércoles, 18 de marzo de 2020

SOÑAR CON LOS PIES

Las cenizas de Vera, duermen ahora en el columbario del Cementerio de su ciudad natal. Desde muy  pequeña tuvo que enfrentarse a graves problemas. Su familia estaba arruinada y su padre acabó en la cárcel acusado de fraude bancario.

El ambiente musical promovido por su madre  que daba clases de piano, hizo que a Vera se le colara el ritmo en lo más profundo de su cuerpo.

Autodidacta, luchó contra todo y contra todos, hasta conseguir el triunfo.

Su baile radical, novedoso, descarado le trajo críticas destructivas, abucheos y hasta insultos en sus actuaciones.

Sus coreografías cargadas de sensualidad y fuerza  alarmaban a toda la sociedad. Ella era así, imprevisible. Sobre el escenario soñaba  mientras bailaba.

Regresó al teatro Principal como la estrella que era, las envidias y rencores salieron de nuevo a luz.

En  el bar más elegante de la ciudad donde se reunían después de cada función, conoció a un joven escritor que luchaba por abrirse camino entre los literatos.

Un  grupo cerrado que con mucha dificultad y raramente dejaban introducir sangre nueva con ideas renovadas.

Antes de terminar la gira por los teatros de las ciudades aledañas ya se habían casado. Fascinado por la personalidad de Vera más que amarla la idolatraba, al poco tiempo se cansó de su adoración y buscó nuevas aventuras que le saciaran.

El universo de su amada le aplastaba, le había hecho desaparecer como escritor y lo más duro era que se sentía un juguete en sus manos.

Su cabeza comenzó a elucubrar ideas oscuras que no plasmaba en el papel, una madrugada cuando Vera regresaba al hotel acompañada del galán de turno, halló a su esposo tumbado en la alfombra con una pistola en la mano.

A partir de ese momento su vida cambió. Siguió bailando hasta formar su compañía a base de tesón y  esfuerzo.

En lo personal decidió ser madre soltera, y centrarse solo en las dos pasiones que desde entonces regirían su existencia.

Pasaron los años  y regresó a su ciudad natal para vivir su retiro junto al mar. Sus paseos diarios en bicicleta  o en moto con su largo pañuelo al cuello. A veces se alejaba del bullicio veraniego, recorría los pueblos cercanos para adentrarse en la naturaleza.

El destino y su audacia con la bicicleta al bajar un repecho a toda velocidad se enredó  el pañuelo en los radios, perdió el control y cayó terraplén abajo.

Vera no se movía  ni respiraba. Cuando la encontraron al día siguiente ella  bailaba en un escenario mejor.




 
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miércoles, 5 de febrero de 2020

MUJER ENTRE LA NIEBLA


  Como cada mañana desde hace un mes cuando el otoño muestra su rostro más grisáceo, me resistía a levantarme y abandonar el caliente lecho para afrontar la humedad creciente del río, que se colaba por cada rendija de la maltrecha casa de la mitad del siglo XX.

Una vez aseado comencé a preparar el fuego de la cocina para templar el habitáculo que dispuse como estudio el verano pasado, la luz lo embarga todo sin embargo a medida que las estaciones avanzan, se vuelve lúgubre y frío.

Mientras cojo el tazón de porcelana blanca ribeteado de un azul cobalto, que desde hace un tiempo se había convertido en mi recipiente favorito, lo  llenaba de cualquier líquido  frío  en verano y en invierno casi hirviendo, pues el calor se evapora en un instante como si estuviese metido en la nevera.

Las tostas de pan frito espolvoreadas con azúcar y el café con leche eran mi desayuno favorito, aunque pora  romper la monotonía  llenaba el tazón de finas rebanadas de pan y con una cucharada de miel para finalizar con un largo chorro de leche, era lo que degustaba sentado frente a la ventana de la cocina, desde ese lugar me permitía otear el devenir de las gentes del pueblo.

La calle Real, columna vertebral de San Andrés, la observaba  hacia ambos lados sin que notase  ninguna alterción.. El ropaje de abrigo y el pañuelo cubría la cabeza de las féminas, hacía presagiar que el frío viento del cierzo estaba peinando la meseta, avanzadilla de un invierno frío.

Esa mañana a penas terminé el desayuno, con el tazón entre mis manos para absorber su calor, estaba ensimismado con la mirada perdida en un punto lejano de la calle como si esperara impaciente la llegada de alguien que quebrase tanta quietud.

No recuerdo el tiempo que pasé con los ojos fijos en aquel espacio, quizás hasta que la niebla empezaba a dibujar formas fantasmagóricas que la imaginación se encargaba de hacer jugarretas a la realidad.

En ese instante me alejaba con una mueca en los labios que pretendía ser una sonrisa burlona. Llevaba un par de días que entre la neblina  me figuraba ver una mujer con raídas ropas que arrastra una vieja maleta. Así que una vez más pensaba —como que me lo voy a creer—dichosa niebla que le habré hecho yo... Seguí sonriendo mientras andaba con paso cansino hacia el estudio.

Hoy iniciaré mi jornada en el cuaderno de dibujo, tenía fresca la imagen de la mujer entre la bruma, a grandes rasgos garabateé la calle y la llovizna gris mientras unos trazos simulaba una persona que regresaba a sus orígenes derrotada por la vida. Con el boceto finalizado, sin dejar de observarlo una desazón se apoderó de mí.

Sentí por primera vez en mi carrera de pintor que debía trasladar a un lienzo mis garabatos del cuaderno. Preparé la tela en el bastidor con minuciosidad, para luego tomar los tubos de acrílico con colores apagados y eso que era un forofo del color, siempre me decía: color, color y más color. El color era un estado de ánimo, mi estado de ánimo que daba luz a mi espíritu y a cada rincón de la habitación.

Estaba agotado, había llegado la noche y desde el desayuno no había vuelto a probar bocado, desfallecía y sin ganas de cocinar, revolví en la despensa y abrí una lata de atún con un trozo de pan,  el cansancio anulaba mi mente.

La humedad de las sábanas me despejó, mentalmente repasaba los trazos de la pintura, no me disgustaba el trabajo realizado, sin embargo notaba que le faltaba alma, no había conseguido transmitir a la tela las sensaciones de inquietud que la figura me provocaba.

El calor me adormecía, los párpados pesaban más y más, a lo lejos se escuchaba una sonata que acariciaba  mis sentidos, el sueño me venció.

No sé cuánto tiempo estuve dormido, las luces del día ya no se clareaban a través de los agujeros de la persiana, ¿en qué día estaba, acaso importaba? realmente no, cada amanecer era similar a otro, nadie me esperaba. No me gustaba ese pésimo pensamiento, yo, que era la alegría personificada... ¿qué me estaba pasando?

De nuevo la música se escuchaba desde la lejanía, pareciera que la tocase un ángel, tan delicada que es capaz de transformar hasta el espíritu más inaccesible e indómito.

Las notas me empujaban hacia la calle algo intangible me llamaba, cogí el gabán y salí cerrando la puerta tras de mí. Miré a ambos lados de la ancha acera, la niebla había perdido su espesor solo una finísima lluvia mojaba mi cara.

Mis pasos se encaminaron hacia el solar de la que fuera una antigua casona palaciega y sin embargo la música sonaba más próxima, seguí avanzando y de pronto vi. un gran piano de cola majestuoso sentada al frente una dama ataviada con un traje de gala de otro tiempo, dejaba volar sus manos sobre las teclas con una elegancia y delicadeza, que demostraba su fragilidad.

En un abrir y cerrar de ojos todo se volvió nítido y el desangelado, el solar estaba  como siempre lo observaba cada mañana al ir y regresar de mi paseo matutino.

El frío cada vez se me hacía más insoportable, no estaba acostumbrado a las gélidas temperaturas de la ribera del Duero, el verano fue delicioso y lo disfruté como nunca imaginé, ahora disponía de una buena selección de abstractos para la exposición en la galería, tanta prisa, tanta prisa en la ciudad y aquí las horas se dilataban como si no fuesen acabar los días.

Trabajé hasta desfallecer, incluso a la luz de la luna y las estrellas me producía un extraño placer estar siempre manchado de pintura su olor me imbuía una borrachera permanente, y estaba solo...jamás me sentí tan acompañado.

De nuevo ante el lienzo inacabado, el único trabajo realista que he hecho en años, sin embargo aquí estamos los dos frente a frente retándome a finalizarlo. El rostro sin definir, su mirada de ultra tumba me atravesaba como cuchillos, ¿dónde estaban los recurso de pintor experimentado? si ante la figura estaba indefenso y su poder sobre mí era tal, que al darme cuenta de ello un escalofrío recorrió mi cuerpo. Estaba viva, no la había creado mi mano la dirigía ella en todo momento y yo un artista iluso creyéndome su hacedor...

Un halo de inquietud me retuvo ante ella, pensé: quizás sea mejor dejarlo como está y cada espectador le defina el rostro. A medida que pasaban los minutos decidí que ese sería el misterio que envolviera el cuadro. A fin de cuentas ¿no me dedicaba a lo abstracto?

Sonó el teléfono y OH! casualidad la gerente de la galería metiendo prisa.

—Ya voy, ya voy, tengo todo acabado y además una sorpresa para compensarte por mi tardanza—

—Esta tarde sin falta te espero en mi despacho para ultimar los detalles, me ha surgido un comprador muy bueno—

—Allí estaré te lo prometo—colgué el auricular y despacio con mimo como si de un bebé se tratase, los fui envolviendo primero en papel burbuja y después en papel de estraza reforzado con cinta adhesiva.

Todos a bordo de la furgoneta, bajé a echar un último vistazo a la casa  cerré la puerta mientras me despedía: hasta la primavera. Subí, respiré hondo y giré la llave de contacto, nos poníamos en marcha hacia Madrid.

Con la preciada carga el trayecto fue más lento que de costumbre sin embargo pronto tendría ante mí las Torres Kio, desde allí a la calle Alonso Cano sería un paseo.

Efectivamente al poco de aparcar Montse se asomó por la ventana agitaba su mano izquierda a modo de saludo, mientras con la otra sujetaba el móvil, su indispensable herramienta de trabajo.

Abrió la puerta de la galería y dos hombres me preguntaron si descargaban la mercancía, asentí mientras les voceaba: Con cuidado ¿eh?

Ella bajó las escaleras con su eterna sonrisa que camuflaba sus estados de ánimo, la noté impaciente por averiguar que sorpresa le había preparado, pues sabe que soy impredecible.

Trabajamos hasta muy tarde ya que al día siguiente era la inauguración, solo faltaba colocar en un lugar especial la última obra donde plasmé toda la inseguridad que lo desconocido me produce.

Al colgarla todos nos quedamos estupefactos, se había adueñado del espacio y daba la impresión que había tomado vida propia. Ella me preguntó por el título de la obra y sin pensar le contesté “Mujer entre la niebla”, Sin dilación Montse fue a comprobar si  la seguridad privada estaba en orden, costumbre habitual cada vez que inauguraba, quedaba un guarda dentro y otro fuera  un apoyo extra a con las cámaras.

Con todo organizado nos fuimos a casa, a primera hora quedaba por colocar los canapés y las bebidas, y algún que otro dulce para los golosos.

A penas estaba en el primer sueño cuando sonó el móvil, creí que estaba en un lugar distinto y contesté mecánicamente, al escuchar el relato di un salto, entonces los ojos se abrieron como ventanas al exterior.

Me vestí y salí en estampida hacia la galería, allí me esperaba Montse muerta de miedo, el guarda del exterior balbuceaba y su cuerpo parecía un cadáver andante, y yo procurando aparentar una tranquilidad que estaba lejos de poseer.

Al adentrarnos en el local mis ojos se centraron en la pintura fantasma, como la llamaba, mitad sorprendido, mitad asustado allí faltaba una imagen. En el suelo un horrible cadáver, vestido con el ropaje de la dama y en la mano el paraguas rojo que pinté, la cara pálida e irreconocible, desencajada y sus ojos casi fuera de las órbitas, había muerto, muerto de miedo y ella por las calles de la ciudad en un cuerpo que no le pertenecía.




 
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sábado, 28 de diciembre de 2019

UNA BODA CASI, CASI PERFECTA


Había llegado el día tan esperado por Jazmín por fin hoy se pondría su fabuloso vestido que tantas discusiones le provocó con su madre, tanto dinero para un momento…solía decir entre dientes.

Se casaba, sí se casaba era la última de sus hermanos en hacerlo, claro era la más pequeña y les vino de sorpresa.

No se imaginaba las aguas turbulentas que se cernían sobre el núcleo familiar.

Su madre Rosa, hacía un buen rato que estaba apoyada en el gran ventanal del salón, seguía oyendo en su cabeza las palabras que su hija mayor acababa de pronunciar “cómo ves, ésta situación no se puede prolongar por más tiempo, por ello hemos pensado en el divorcio”.

La música de baile, el cava y las risas de los invitados, no interrumpían a Rosa de sus amargos pensamientos. Había observado las discusiones entre el matrimonio y a veces los enfrentamientos excesivos entre las dos hermanas, tanto, que se distanciaron hasta dejar de dirigirse la palabra.

Solo la intervención de toda la familia hizo que dejara a un lado su resquemor y la invitara a su boda.

Rosa seguía ausente con la mirada perdida en la lejanía, sus ojos brillaban a fuerza de contener las lágrimas esas que estaban a punto de derramar.

Jazmín pasaba de unos brazos a otros al compás de la música, su vestido níveo de la mañana ahora estaba lleno de pisotones y algún pequeño rasguño, en su cabeza resonaban las palabras que le había dicho su madre, el pelo enmarañado cayéndole a lo largo de la cara, el sudor surcando el maquillaje y una risa escandalosa dibujaba  un cuadro deplorable, nada quedaba de la preciosidad de la mañana, su felicidad explosionó al bailar con su amiga íntima.

Mientras ella se divertía con los jóvenes su reciente marido, estaba sereno, absorto en sus pensamientos, la trama que ambos urdieron le tenía en un nerviosismo constante.

Todo sea por la sociedad, le había dicho Jazmín. La empresa de los padres de ambos machaba viento en popa y ellos quisieron que ambos se casaran para que todo quedase en la familia.

La pompa con que los progenitores prepararon la celebración era digna de salir en los medios de comunicación y en los “Sálvame” de turno.

La vivienda fue lo único que hicieron mano a mano con el  arquitecto, un imponente chalet de dos plantas con entradas individuales y como si fueran dos pisos independientes, pero con paso interior de uno a otro.

El les miró extrañado por semejante petición, sin decir nada siguió las instrucciones y Jazmín al ver su expresión comentó en tono jocoso: Si un día nos divorciamos cada uno tiene su casa y si no para los invitados.

Ellos tenían decidido que piso era para cada uno desde el primer momento que les plantearon el matrimonio.

A medida que transcurría la fiesta el ambiente se calentaba acelerado por las bebidas, las lenguas se desataban por doquier, corrillos y gritos para sobresalir de la música, cuando de pronto ésta paró y la gente mirándose unos a otros sin saber como reaccionar.

Era un secreto del dominio público, de todos menos los respectivos padres, que hasta ese instante henchidos de orgullo por el festejo creían que manejaron a sus hijos a su capricho y conveniencia.

Entonces se dieron cuenta que los jóvenes revirtieron los hechos en su favor.

Antes de finalizar bailaron con sus verdaderas parejas y de ese modo se presentaron en sociedad.

Después vendrían los reproches, enfados que dejarían lastradas a ambas familias por mucho, muchos años.



 
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martes, 10 de diciembre de 2019

EL PERFUME DEL AIRE


Una vez más sentada delante del diminuto escritorio de cristal frente al ordenador, mientras por su rostro le caían unas lágrimas de desesperación al tiempo que su mente revelaba el agotamiento del paso de los años habían dejado su huella  de sufrimiento,  amargura y dolor.

De nuevo tuvo que elegir y la decisión estaba clara como el agua del manantial, le tocaba renunciar a la única cosa que por la que tanto había trabajado durante los últimos meses,  y que ponía  el colofón a su esfuerzo.

Y otra vez los demás se antepusieron a su deseada ilusión, nuevo sacrificio que de antemano sabía que pronto lo llevarían al olvido, pero al suyo no, nunca lo olvidaría.

Sus pensamientos hacían un somero recorrido por los caminos de su vida y de nuevo las lágrimas se desbordaron cual torrente impetuoso en días de furiosas  tormentas. No eran de agua salina, sino de sangre, sangre que salía de lo más profundo del dolor acumulado en su corazón.

Su generosidad fue confundida de forma que sus deseos ni ella misma los valorara, esa es la mayor torpeza que cometieron. Solo Iskar sabía disimular la frustración que le producía cada vez que alguien la necesitaba, no aprendió a decir NO. Ese NO que en muchas situaciones hubiese querido gritar, Y ahora quizás no fuese demasiado tarde para comenzar a gritar al viento NO, NO, NO. Así de este modo decirlo bajito y firme ¡no! Para volver a pisar firme, demostrar que lo suyo es tan importante como lo de los demás.

A pesar de su silencioso llanto pudo entrever a través de  los  transparentes estores el movimiento de las ramas de los árboles, caía la tarde y con el alma llena de tristeza y melancolía, cerró el portátil se colgó el bolso y salió a perderse entre los senderos del Retiro.

Inundada de una angustia tal, que hacía que el aire desapareciese de sus pulmones, un mareo se cernía sobre ella, cerró los ojos y al abrirlos sintió el frío suelo bajo su cuerpo.

Se levantó y encaminó sus pasos hacia el parque, como una autómata entró por la puerta más cercana al paseo Uruguay, anduvo con la vista puesta en las diversas plantas que con la luz de la hora azul se mostraban espectaculares. Paso a paso llegó hasta la fuente del Ángel caído, en la pequeña plazoleta las gotas de agua salpicaban su rostro, en un banco próximo se recostó para observar el rostro de la escultura.

¿Qué había querido decir el artista con aquellos ojos impenetrables? ¿Y qué iba a desentrañar  en la figura? ¿Acaso se reflejaba en ella?...

Apenas los rayos del sol se despedían hasta un nuevo amanecer, ella volvió sobre sus pasos y se detuvo ante la hermosura de la rosaleda, como si quisiera hacer acopio de toda su belleza, perfume y color.

Si pudiera adornar su espíritu de todo ello y dejar fuera los tenebrosos fantasmas que de cuando en cuando asaltaban su vida.

El ruido de los animalitos que se despiertan al llegar las tinieblas, solo rotas por unos delicados hilos plateados que se cuelan entre los árboles le dan un aspecto mágico, esa magia que inunda la inocencia infantil.

El paseo le había bendecido el alma, estaba serena y al entrar en casa fue de nuevo a su escritorio de cristal, encendió el ordenador y mientras se encendía echó una mirada por la ventana, sonrió, entonces comenzó a teclear todas las letras y plasmar cada una de las ideas que su desbordante imaginación le dictaba.

 
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viernes, 29 de noviembre de 2019

DOS CAMINOS
















       

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jueves, 3 de octubre de 2019

ÁNGEL ROSENBLAT



Ha dicho Bernard Shaw que Inglaterra y los Estados Unidos están separados por la lengua común. Yo no sé si puede afirmarse lo mismo de España e Hispanoamérica. Pero de todos modos sí es evidente que el uso de la lengua común no está exento de conflictos, equívocos y hasta incomprensión, no solo entre España e Hispanoamérica, sino aún entre los mismos países hispanoamericanos.




Los conflictos y equívocos surgen también apenas se plantea el carácter del español hispanoamericano. Porque alternan o se entremezclan a cada paso tres visiones de carácter distinto: la visión del turista, la visión del purista y la visión del filólogo.

Detengámonos en la visión del turista. Un español, que ha pasado muchos años en los Estados Unidos lidiando infructuosamente con el inglés, decide irse a México porque allá se habla español, que es, como todo el mundo lo sabe, lo cómodo y lo natural. En seguida se lleva sus sorpresas.

En el desayuno le ofrecen bolillos. ¿Será una especialidad mexicana? Son humildes panecillos, que no hay que confundir con las teleras, y aun debe uno saber que en Guadalajara los llaman virotes y en Veracruz conijillos

.

Al salir a la calle tiene que decidir si toma un camión (el camión es el ómnibus, la guagua de Puerto Rico y Cuba) o si llama a un ruletero (es el taxista, que en verdad suele dar más vueltas que una ruleta), a no ser que le ofrezcan amistosamente un aventoncito (un empujoncito), que es una manera cordial de acercarlo al punto de destino (una colita en Venezuela, un pon en Puerto Rico).

Si quiere limpiarse los zapatos, debe recurrir a un bolero, que se los va a bolear en un santiamén. Llama por teléfono, y apenas descuelga el auricular oye: “¡Bueno!”, lo cual parece una aprobación algo prematura. Pasea por la ciudad, y le llaman la atención letreros diversos: “Se renta”, por todas partes (le recuerda el inglés to rent y comprende que son locales o casas que se alquilan); “Ventas al mayoreo y menudeo” (lo del mayoreo lo entiende, pero le resulta extraño), “Ricas botanas todos los días” (lo que en España llaman tapas, en la Argentina ingredientes y en Venezuela pasapalos).

Ve establecimientos llamados loncherías, tlapalerías (especie de ferreterías), misceláneas (pequeñas tiendas o quincallerías) y atractivas rosticerías (conocía las rotiserías del francés, pero no las rosticerías del italiano). Y un cartel muy enigmático: “Prohibido a los materialistas estacionar en lo absoluto” (los materialistas, a los que se les prohíbe de manera tan absoluta estacionar allí, son en este caso los camiones, o sus conductores, que acarrean materiales de construcción).

Lo invitan a ver el Zócalo, y se encuentra inesperadamente con una plaza, que es una de las más imponentes del mundo. Pregunta por un amigo, y le dicen: “Le va muy mal. Se ha llenado de drogas”. Las drogas son las deudas y, efectivamente, ayudan a vivir, siempre que no se abuse. Le dice al chofer que lo lleve al hotel, y le contesta:

–Luego, señor.

–¡Cómo luego! Ahora mismo.

–Sí, luego luego.

Está a punto de estallar, pero le han recomendado prudencia. Después comprenderá que luego significa “al instante”.

Le han ponderado la exquisita cortesía mexicana, y tiene ocasión de comprobarlo:

–¿Le gusta la paella?

–¡Claro que sí! La duda ofende.

–Pos, si no tiene inconveniente, comeremos una en la casa de usted.

No podía tener inconveniente, pero le sorprendía que los demás se convidaran tan sueltos de cuerpo. Encargó en su hotel una soberbia paella y se sentó a esperar, pero en vano porque los amigos lo esperaban en la casa de usted, que era la casa de ellos.

La gente lo despide: “Nos estamos viendo”, lo cual parecería una afirmación obvia, pero quieren decirle: “Nos volveremos a ver”. Va a visitar a una persona, para la que lleva una carta, y le dicen: “Hoy se levanta hasta las once”. Es decir, no se levanta hasta las once. Aspira a entrar en el Museo a las nueve de la mañana, y el guardián le cierra el paso, inflexible: “Se abre hasta las diez” (de cómo en la vida se puede prescindir del antipático no).

Oye con sorpresa: “Me gusta el chabacano” ( el chabacano, aunque no parezca, es el albaricoque).

Abre un periódico y encuentra títulos de tres y cuatro columnas que lo dejan atónito: “Sedicente actuario que comete un atraco” (el actuario es el funcionario público), “Para embargar a una señora actuó como un goriloide” (como un bruto), “Devolverán a la niña Patricia. Parecen estar de acuerdo los padres y los plagiarios” (los plagiarios son los secuestradores), “Boquetearon a un comercio y se llevaron 10.000 pesillos” (boquetear es abrir un boquete), “Después de balaceados los llevaron presos” (la balacera es el tiroteo), “Se ha establecido que entre los occisos existía amasiato” (es decir, concubinato).

Pero el colmo, y además una afrenta a su sentimiento nacional, le pareció el siguiente: “Diez mil litros de pulque decomisados a unos toreros”. El toreo es la destilería clandestina o la venta clandestina, y torero, como es natural, el que vive del toreo.

Nuestro turista se veía en unos apuros tremendos para pronunciar los nombres mexicanos: Netzahualcóyolt ,Popocatépetl, Iztaccíhuatl, Tlalnepantla y muchos más, que le parecían trabalenguas. Sobre todo tuvo conflictos mortales con la x. Se burlaron de él cuando pronunció México, respetando la escritura, y aprendió la lección:

–El domingo pienso ir a Jochimilco.

–No, señor, a Sochimilco.

Se desconcertó de nuevo, y, como quería ver la tan ponderada representación del Edipo Rey, le dijo al ruletero:

–Al teatro Sola.

–¿Qué? ¿No será Shola?

¡Al diablo con la x! Tiene que ir a Necaxa, donde hay una presa de agua y, ya desconfiado, dice:

–A Necaja, Necasa o Necasha, como quiera que ustedes digan.

–¿No será a Necaxa, señor?

¡Oh, sí, la también se pronuncia ! No pudo soportar más y decidió marcharse. Los amigos le dieron una comida de despedida, y sentaron a su lado, como homenaje, a la más agraciada de las jóvenes. Quiso hacerse simpático y le dijo, con sana intención:

–Señorita, tiene usted cara de vasca.

¡Mejor se hubiera callado! Ella se puso de pie y se marchó ofendida. La basca es el vómito, y tener cara de basca es lo peor que le puede suceder a una mujer, y hasta a un hombre.

Nuestro español ya no se atrevía a abrir la boca, y eso que no le pasó lo que, según cuentan, sucede a todo turista que llega a tierra mexicana, que le advierten en seguida:

“Abusado, joven, no deje los velices en la banqueta porque se los vuelan” (abusado, sin duda, es un cruce entre avisado y aguzado , equivale a ¡ojo !,¡cuidado! ; los velices son las maletas; la banqueta es la acera, y se los vuelan, bien se adivina). Nuestro español lió los petates y buscó refugio en tierra venezolana.

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miércoles, 18 de septiembre de 2019

NOVELA HISTÓRICA


Resultado increíble hecho por un grupo de admiradores de la Historia. Un curso impartido por el profesor Manuel Avilés auspiciado por la Universidad de Alicante.