jueves, 3 de octubre de 2019

ÁNGEL ROSENBLAT



Ha dicho Bernard Shaw que Inglaterra y los Estados Unidos están separados por la lengua común. Yo no sé si puede afirmarse lo mismo de España e Hispanoamérica. Pero de todos modos sí es evidente que el uso de la lengua común no está exento de conflictos, equívocos y hasta incomprensión, no solo entre España e Hispanoamérica, sino aún entre los mismos países hispanoamericanos.




Los conflictos y equívocos surgen también apenas se plantea el carácter del español hispanoamericano. Porque alternan o se entremezclan a cada paso tres visiones de carácter distinto: la visión del turista, la visión del purista y la visión del filólogo.

Detengámonos en la visión del turista. Un español, que ha pasado muchos años en los Estados Unidos lidiando infructuosamente con el inglés, decide irse a México porque allá se habla español, que es, como todo el mundo lo sabe, lo cómodo y lo natural. En seguida se lleva sus sorpresas.

En el desayuno le ofrecen bolillos. ¿Será una especialidad mexicana? Son humildes panecillos, que no hay que confundir con las teleras, y aun debe uno saber que en Guadalajara los llaman virotes y en Veracruz conijillos

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Al salir a la calle tiene que decidir si toma un camión (el camión es el ómnibus, la guagua de Puerto Rico y Cuba) o si llama a un ruletero (es el taxista, que en verdad suele dar más vueltas que una ruleta), a no ser que le ofrezcan amistosamente un aventoncito (un empujoncito), que es una manera cordial de acercarlo al punto de destino (una colita en Venezuela, un pon en Puerto Rico).

Si quiere limpiarse los zapatos, debe recurrir a un bolero, que se los va a bolear en un santiamén. Llama por teléfono, y apenas descuelga el auricular oye: “¡Bueno!”, lo cual parece una aprobación algo prematura. Pasea por la ciudad, y le llaman la atención letreros diversos: “Se renta”, por todas partes (le recuerda el inglés to rent y comprende que son locales o casas que se alquilan); “Ventas al mayoreo y menudeo” (lo del mayoreo lo entiende, pero le resulta extraño), “Ricas botanas todos los días” (lo que en España llaman tapas, en la Argentina ingredientes y en Venezuela pasapalos).

Ve establecimientos llamados loncherías, tlapalerías (especie de ferreterías), misceláneas (pequeñas tiendas o quincallerías) y atractivas rosticerías (conocía las rotiserías del francés, pero no las rosticerías del italiano). Y un cartel muy enigmático: “Prohibido a los materialistas estacionar en lo absoluto” (los materialistas, a los que se les prohíbe de manera tan absoluta estacionar allí, son en este caso los camiones, o sus conductores, que acarrean materiales de construcción).

Lo invitan a ver el Zócalo, y se encuentra inesperadamente con una plaza, que es una de las más imponentes del mundo. Pregunta por un amigo, y le dicen: “Le va muy mal. Se ha llenado de drogas”. Las drogas son las deudas y, efectivamente, ayudan a vivir, siempre que no se abuse. Le dice al chofer que lo lleve al hotel, y le contesta:

–Luego, señor.

–¡Cómo luego! Ahora mismo.

–Sí, luego luego.

Está a punto de estallar, pero le han recomendado prudencia. Después comprenderá que luego significa “al instante”.

Le han ponderado la exquisita cortesía mexicana, y tiene ocasión de comprobarlo:

–¿Le gusta la paella?

–¡Claro que sí! La duda ofende.

–Pos, si no tiene inconveniente, comeremos una en la casa de usted.

No podía tener inconveniente, pero le sorprendía que los demás se convidaran tan sueltos de cuerpo. Encargó en su hotel una soberbia paella y se sentó a esperar, pero en vano porque los amigos lo esperaban en la casa de usted, que era la casa de ellos.

La gente lo despide: “Nos estamos viendo”, lo cual parecería una afirmación obvia, pero quieren decirle: “Nos volveremos a ver”. Va a visitar a una persona, para la que lleva una carta, y le dicen: “Hoy se levanta hasta las once”. Es decir, no se levanta hasta las once. Aspira a entrar en el Museo a las nueve de la mañana, y el guardián le cierra el paso, inflexible: “Se abre hasta las diez” (de cómo en la vida se puede prescindir del antipático no).

Oye con sorpresa: “Me gusta el chabacano” ( el chabacano, aunque no parezca, es el albaricoque).

Abre un periódico y encuentra títulos de tres y cuatro columnas que lo dejan atónito: “Sedicente actuario que comete un atraco” (el actuario es el funcionario público), “Para embargar a una señora actuó como un goriloide” (como un bruto), “Devolverán a la niña Patricia. Parecen estar de acuerdo los padres y los plagiarios” (los plagiarios son los secuestradores), “Boquetearon a un comercio y se llevaron 10.000 pesillos” (boquetear es abrir un boquete), “Después de balaceados los llevaron presos” (la balacera es el tiroteo), “Se ha establecido que entre los occisos existía amasiato” (es decir, concubinato).

Pero el colmo, y además una afrenta a su sentimiento nacional, le pareció el siguiente: “Diez mil litros de pulque decomisados a unos toreros”. El toreo es la destilería clandestina o la venta clandestina, y torero, como es natural, el que vive del toreo.

Nuestro turista se veía en unos apuros tremendos para pronunciar los nombres mexicanos: Netzahualcóyolt ,Popocatépetl, Iztaccíhuatl, Tlalnepantla y muchos más, que le parecían trabalenguas. Sobre todo tuvo conflictos mortales con la x. Se burlaron de él cuando pronunció México, respetando la escritura, y aprendió la lección:

–El domingo pienso ir a Jochimilco.

–No, señor, a Sochimilco.

Se desconcertó de nuevo, y, como quería ver la tan ponderada representación del Edipo Rey, le dijo al ruletero:

–Al teatro Sola.

–¿Qué? ¿No será Shola?

¡Al diablo con la x! Tiene que ir a Necaxa, donde hay una presa de agua y, ya desconfiado, dice:

–A Necaja, Necasa o Necasha, como quiera que ustedes digan.

–¿No será a Necaxa, señor?

¡Oh, sí, la también se pronuncia ! No pudo soportar más y decidió marcharse. Los amigos le dieron una comida de despedida, y sentaron a su lado, como homenaje, a la más agraciada de las jóvenes. Quiso hacerse simpático y le dijo, con sana intención:

–Señorita, tiene usted cara de vasca.

¡Mejor se hubiera callado! Ella se puso de pie y se marchó ofendida. La basca es el vómito, y tener cara de basca es lo peor que le puede suceder a una mujer, y hasta a un hombre.

Nuestro español ya no se atrevía a abrir la boca, y eso que no le pasó lo que, según cuentan, sucede a todo turista que llega a tierra mexicana, que le advierten en seguida:

“Abusado, joven, no deje los velices en la banqueta porque se los vuelan” (abusado, sin duda, es un cruce entre avisado y aguzado , equivale a ¡ojo !,¡cuidado! ; los velices son las maletas; la banqueta es la acera, y se los vuelan, bien se adivina). Nuestro español lió los petates y buscó refugio en tierra venezolana.

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miércoles, 18 de septiembre de 2019

NOVELA HISTÓRICA


Resultado increíble hecho por un grupo de admiradores de la Historia. Un curso impartido por el profesor Manuel Avilés auspiciado por la Universidad de Alicante.

martes, 10 de septiembre de 2019

CUANDO EL AMOR SE MUERE


El mes de julio se aproximaba a su final y el calor insistía en ser cada vez más sofocante, presentía que la relación al igual que julio también llegaba a su término. En su cabeza los pensamientos se enzarzaban en una dura y cruel lucha, al llegar la noche las jaquecas dominaban el campo de batalla.

Así un día y otro hasta que consiguió divisar una realidad clara y meridiana, no podía soportar sus continuadas mentiras sobre las infidelidades que mantenía aunque estas fueran  transparentes como el agua, todo era válido, todo antes que claudicar.

La embargaba una inmensa tristeza cuando reflexionaba sobre ello que la hundía más y más en un profundo pozo lleno de amargura. El amor cuando ambos luchan en la misma dirección y un mismo objetivo, sale reforzado de la crisis, pero cuando es una parte solo la que denodadamente se esfuerza por salvarlo, de antemano sabe que todo está perdido, aún así se empecina en seguir la lucha e impedir que se muera.

Y cuando sus fuerzas se agotan  solo instinto de supervivencia le hace reaccionar, la tristeza y la melancolía la desbordan,  de sus ojos brotan abundantes lágrimas como dos arroyos en el deshielo de la primavera.

Siente que su corazón ha muerto, está hecho pedazos, esos que ya nunca serán uno, fuerte y lleno de emociones capaz de abrirse al amor.

El tiempo pasa lento, inexorable, poco a poco la baña con un bálsamo curativo, cada día se siente más fuerte para asimilar la otra cara del amor, necesita unir de nuevo esos trozos y buscar un aliciente donde encuentre la serenidad.

La soledad le agobia es muy dura, durísima, cuando abres la puerta de casa y todo permanece en silencio encuentras todo está cual lo dejaste, entonces un peso invisible, oscuro se apodera de ella y la tristeza se manifiesta en sus ojos que se desbordan cual pequeños riachuelos.. Ahí es donde la fuerza es más necesaria pues si buscamos una persona que nos alivie la carga, la convivencia finaliza antes de comenzar, y nos equivocaremos de nuevo. Eso lo recordaba a menudo cuando flaqueaba y no deseaba algo pasajero, para no sucumbir a la tentación se decía: Si tiene que llegar, vendrá solo en el momento adecuado y en el que esté preparada para recibirlo, sino pasará por mi lado y no sabré reconocerlo.

Han pasado tres años, sus ojos vuelven a brillar llenos de esperanza sin prisa por ser amada, ahora sus labios sonríen con confianza y su actividad literaria está en su etapa más productiva, se siente feliz con sus letras y compromisos, su alma está curada y su corazón repuesto de tanta desdicha.

No tiene prisa todo a su alrededor transcurre lento y la realidad se ha convertido en su observatorio de comportamientos humanos que va madurando en su mente hasta plasmarlos en temas de sus relatos.

El tiempo siguió pasando y por fin llegó, en silencio, calmado como el mar en un a tarde de verano, pero con la misma fuerza  que las olas en pleno temporal.¡Bravo por ella que supo triunfar!



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viernes, 30 de agosto de 2019

LA ESPUMA DEL AGUA

Cada mañana al despertar subo la persiana para contemplar las aguas azules del Mediterráneo, curiosamente hoy tienen un color verde acerado, quizás como presagio de mi añoranza.

Con una taza grande de café con leche bien caliente, salgo a la terraza para encontrar la serenidad que siempre me envía entre sorbo y sorbo. Me cuesta habituarme a este clima tan húmedo, yo que soy de tierra adentro, de montañas azules en verano y blancas en invierno, no pude escoger un destino más opuesto.

Sin embargo los paseos por la playa al llegar la pleamar me fascinan, sentir la arena bajo mis pies mientras las olas los acarician es una sensación placentera, que me transporta a las nubes y  hace que mis pensamientos vuelen muy lejos de aquí.

Entonces los paisajes de mi infancia fluyen ante mí, son tan nítidos que su cromatismo se hace presente, al igual que los duros recuerdos que no consigo dejar atrás.

El rumor del río con su eterna música y desde niña cruzando sus orillas varias veces al día, en una barca vieja al mando iba el timonel más experto que la gente admiraba.

El agua siempre a un par de dedos del borde, y yo jugueteando con los rayos del sol que se cuelan entre las hojas de los árboles mientras el río fluye sin descansar, nunca supe lo que era el miedo a naufragar, quizás la temeridad de la infancia o el saber que me protegía un nadador de primera.

Los arroyos circundantes a la localidad, hacía que toda la población estuviese marcada por su carácter. Las tormentas veraniegas me imbuían de melancolía al ver las gotas besar los cristales y dibujar cuadros que imaginaba extraños, y caminos con destinos inciertos, viajar a cualquier parte, conocer otras gentes y culturas. Yo y mi eterna curiosidad por todo lo que el hombre es capaz de hacer.

Ahora cuando llueve sigo con mi nariz pegada en otros vidrios y rememoro otros paisajes, aquí el agua es impetuosa su fuerza arrastra con virulencia lo que halla a su paso, todo lo invade como para recordar que son sus dominios y que nosotros los hemos invadido.

Cuando el sol fulgurante ilumina como ahora el universo hace que confunda en el horizonte los azules impresionantes al comenzar la aurora y cuando la fuerza de la sombra lucha por imponer su reino, el reino de la oscuridad, y eso que en la ciudad nunca es de noche las luminarias artificiales nos guían por las calles que nunca están desiertas.

Me gusta observar el vaivén de las olas cuando el mar se enfada y lleva la espuma blanca hacia la arena, entonces siento que debo preguntar si ellas me llevarían en sus crestas hacia las profundidades, a ver si tan abajo encuentro algún servidor de Neptuno que me muestre todas las maravillas que ocultan a nuestros ojos. Y quizás me lleve al encuentro de la corte de sirenas, descubrir un mundo mágico y me acepten ser una más por un tiempo o me transformen en la espuma de las olas para en el continuo movimiento otras gentes de sueños etéreos las disfruten en viajes de ida y vuelta.

Hoy es un día gris de primavera no deja de llover aquí en el Levante y como tantas otras veces que lo hace sigo con la nariz pegada en el cristal de la ventana, vuelta a la melancolía y añoranza de un tiempo pasado.

Aunque es poco práctico porque al día siguiente los tendré que limpiar, podría haber bajado la persiana pero esos instantes bien vale un pequeño esfuerzo.



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martes, 27 de agosto de 2019

LUZ DE PLATA


—Mamá, mamá se ha caído la luna—

—No cariño, se mira en su espejo—

—Pero… si es agua, es una fuente no un espejo!—

—Claro mi niña, la luna se refleja en el agua, eso ya lo sabes ¿no?—

—Nunca la había visto así, creí de verdad que se había caído y ya no podría hablar con ella, como tú dices que es una dama que jamás cuenta los secretos de los que hablan con ella, yo le he contado los míos, tú le dices los tuyos?—

—Es la más leal amiga por eso confío en ella y sí, si le cuento mis cuitas, cuidado con tu botijo no se te rompa cuando lo acerques al caño para llenarlo, no te vayas a distraer mirando a la luna—

Todavía recuerdo aquella conversación como si acabara de ocurrir, la fascinación que sentía mi madre por el satélite me la supo transmitir, y sí ya sé todas las investigaciones científicas, pero me gusta pensar que me mira solo a mí cuando en las noches de verano salgo de madrugada en silencio, me siento en el suelo y le cuento cómo me va la vida. A fin de cuentas un poco de fantasía o ilusión me viene de maravilla.

Entonces rememoro los momentos de ir a por agua al atardecer con mi madre a la fuente romana, ella cargada con un cántaro en la cabeza y un gran botijo en una mano, y yo con dos pequeños el mío y el que mi padre se llevaba a la habitación cuando se iba a dormir.

Me sentía importante, era el mejor instante del día porque ella me relataba historias diferentes de mitos de otros tiempos y lugares. Después con el paso de los años comprendí mi nombre, mi madre deseaba que lo descubriera, me había dado todas las pistas para hacerlo.

Se fue muy joven seguro que está con la luna y las dos desde esa distancia infinita me envían esa luz plateada que tanto me inspira y de vez en cuando, muy de vez en cuando siento que me llaman, Selene, Selene.



 
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lunes, 26 de agosto de 2019

ENTRE LIBROS Y FLORES


Cuentan que hace mucho tiempo un anciano halló  un bebé  en la ribera del río. Vio como a éste lo protegía una bandada de patos que lo trataban como a uno más, gracias a su calor  consiguió permanecer vivo.

La  cogió en su cestita como un nuevo Moisés y la cuidó hasta que sus ojos se cerraron, entonces creció en el pueblo al cuidado de todos, hasta que un día decidió irse a la ciudad para cumplir su sueño.

Su obsesión por el orden era casi enfermizo y  los cambios bruscos de la naturaleza le aterraban, sobre todo lo concerniente a la flora.

Por otro lado su carácter afable, servicial e ingenuo hacía que todo el que la conocía se encariñase con ella.

En la biblioteca del barrio encontró trabajo,  con su primer sueldo compró algunas cosas para la casita que acababa de alquilar.

Cada noche después de cenar tecleaba sin parar su máquina de escribir y por la mañana cuando lo leía,  lo arrugaba desesperanzada lanzándolo contra la puerta de acceso  al maltrecho jardín.

En la casa de al lado vivía un anciano gruñón que tenía a su servicio a un joven padre viudo   con dos niñas al que hacía la vida imposible y sin embargo a las gemelas las trataba cual generoso abuelo.

Una tarde Mabel acudió a tomar el té a su casa y ante los gritos que dedicó a Marcos decidió intervenir, cosa que irritó profundamente al anfitrión y en un acto de orgullo le despidió.

Ante ese hecho Mabel contestó que desde ahora trabajaría para ella y enfadados se fueron de la casa.  La joven preocupada le contó que no podía pagarle, sin embargo Marcos ni se inmutó, ella le miraba esperando una respuesta a lo cual dijo: lo pagará él. Mientras señalaba el jardín del anciano.

Al día siguiente muy temprano llamó a la puerta y al abrir se sorprendió desagradablemente pues cuando venía no traía  buenas  noticias.

Con voz adusta le espetó: Tienes que cuidar de las plantas y podar los árboles si no quieres que te suba el alquiler.

La muchacha intentó replicar pero el anciano dio media vuelta y se alejó. Ella sabía que aquello era un ultimátum. Sin embargo esperó al día siguiente para hablar con él. Necesitaba ayuda para comenzar tan ardua tarea.

Cuando despertó fue hacia la puerta del jardín y halló guantes y  herramientas para empezar el trabajo. Los echó una ojeada y sonrió.

De un momento a otro le vería asomar por encima de la tapia refunfuñando como siempre. Sin embargo le tenía cariño.

Notaba su soledad hiriente y el sufrimiento acumulado a lo largo de su vida.  Por ello siempre le miraba con su sonrisa diáfana y afectuosa eran su secreto para penetrar por algún resquicio de su espíritu.

El tibio sol anuncia el final del invierno y el anciano tenía prisa por que Mabel plantara las flores para que al despertar la primavera todo fuese color y olor, que les embriagase en las tardes soleadas.

Día tras día a través del muro le daba una planta y le leía todo lo referente a ella. Así hasta que consiguió que el jardín fuese una delicia de paraíso. Como  último regalo le dió el libro que en otro tiempo escribiera su esposa por que  sabía que ella lo cuidaría con mimo.

Hacia mediados de mayo cuando las flores estaban en su máximo esplendor, una mañana Mabel echó en falta la voz ronca del viejo cascarrabias y en su lugar la voz de Marcos le llamaba angustiado.

Dejó su taza de té en el cenador y corrió hasta la casa, al llegar encontró la puerta abierta y se adentró en la vivienda, al mirar dentro del dormitorio vió a Marcos secándose las lágrimas, entonces comprendió que el anciano había emprendido el viaje más importante de todos los que había hecho, su cara era de una paz envidiable, seguro que su esposa le esperaba para mostrarle el camino del lugar donde ya nunca más se separarían.

Después del funeral regresaron a la casa y mientras ordenaban y limpiaban la casa encima del escritorio hallaron sendos sobres con sus respectivos nombres, cada cual abrió el suyo y a medida que leían se miraban con extrañeza.

Cuando terminaron se intercambiaron los papeles por refrendar si lo que habían leído era cierto, les parecía demasiado bueno para ser verdad, pero en efecto era real el viejo gruñón al final les quería mucho, tanto como para dejarles a cada uno sus casas y el resto de pertenencias que deberían mantener.

Se abrazaron entre sollozos, a la vez que comprendían el adusto carácter del anciano. ¡Cuánto debió sufrir, para mantener durante tanto tiempo un escudo protector!



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martes, 30 de julio de 2019

TERENA


Una vez más sentada delante del diminuto escritorio de cristal frente al ordenador, mientras por su rostro le caían unas lágrimas de desesperación su mente revelaba el agotamiento del tiempo que ante ella pasaba lleno de amargura y dolor.

De nuevo tuvo que elegir y la decisión estaba clara como el agua del manantial, le tocaba renunciar a la única cosa que por la que tanto había trabajado durante los últimos meses, era el colofón a su esfuerzo.

Y otra vez los demás se antepusieron a su deseada ilusión, nuevo sacrificio que de antemano sabía que pronto lo llevarían al olvido, pero al suyo no, nunca lo olvidaría.

Sus pensamientos hacían un somero recorrido por los caminos de su vida y de nuevo las lágrimas se desbordaron cual torrente impetuoso en días de furiosas  tormentas. No eran de agua salina, sino de sangre, sangre que salía de lo más profundo del dolor acumulado en su corazón.

Su generosidad fue confundida de forma que sus deseos a ella misma no los valorara, esa es la mayor torpeza que cometieron. Solo Terena sabía disimular la frustración que le producía cada vez que alguien la necesitaba, no aprendió a decir NO. Ese NO que en muchas situaciones hubiese querido gritar, Y ahora quizás no fuese demasiado tarde para comenzar a vocear al viento NO, NO, NO. Así de este modo decirlo bajito y firme ¡no! Y volver a pisar firme, demostrar que lo suyo es tan importante como lo de los demás.

A pesar de su silencioso llanto pudo entrever a través de  los  transparentes estores el movimiento de las ramas de los árboles, caía la tarde y con el alma llena de tristeza y melancolía, cerró el portátil se colgó el bolso y salió a perderse entre los senderos del Retiro.

Inundada de una angustia tal, que hacía que el aire desapareciese de sus pulmones, un mareo se cernía sobre ella, cerró los ojos y al abrirlos sintió el frío suelo bajo su cuerpo.

Se levantó y encaminó sus pasos hacia el parque, como una autómata entró por la puerta más cercana al paseo Uruguay, anduvo con la vista puesta en las diversas plantas que con la luz de la hora azul se mostraban espectaculares. Paso a paso llegó hasta la fuente del Ángel caído, en la pequeña plazoleta las gotas de agua salpicaban su rostro, en un banco próximo se recostó para observar el rostro de la escultura.

¿Qué había querido decir el artista con aquellos ojos impenetrables? ¿Y qué iba a desentrañar Terena en la figura? ¿Acaso se reflejaba en ella?...

Apenas los rayos del sol se despedían hasta un nuevo amanecer, ella volvió sobre sus pasos y se detuvo ante la hermosura de la rosaleda, como si quisiera hacer acopio de toda su belleza, perfume y color.

Si pudiera adornar su espíritu de todo ello y dejar fuera los tenebrosos fantasmas que de cuando en cuando asaltaban su vida.

El ruido de los animalitos que se despiertan al llegar las tinieblas, solo rotas por unos delicados hilos plateados que se cuelan entre los árboles le dan un aspecto mágico, esa magia que inunda la inocencia infantil.

El paseo le había bendecido el alma, estaba serena y al entrar en casa fue de nuevo a su escritorio de cristal, encendió el ordenador y mientras se encendía echó una mirada por la ventana, sonrió y comenzó a teclear todas y cada una de las ideas que su desbordante imaginación le dictaba.

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lunes, 1 de julio de 2019

CIPRESES Y ROSAS


 El viento soplaba con una furia inusitada, las hojas  de los árboles caían una tras otra,  los paseos quedaban tapizados cual tejido mullido con papeles, unas flores todavía colgaban del arbusto en recuerdo de un tiempo mejor. Los pájaros con sus trinos se despedían de lo que hasta entonces fuese su cobijo de las largas tardes de verano.

Una música suave y melancólica sonaba lejana, todos los indicadores de la llegada de un otoño frío y desangelado se mostraban al unísono.

Anochecía ese día el cementerio tenía una inquilina más, el aire susurraba y  el sonar unas notas lúgubres era la señal para comenzar la fiesta como cada vez que un nuevo visitante llegaba al recinto.

El cementerio estaba rodeado por los cipreses más altos que podía recordar, esos sí eran una escalera hacia el infinito, entre árbol y árbol se erguían orgullosas las rosas más variadas de color y forma, las lápidas marmóreas y los pocos mausoleos pero inmensamente bellos, transformaban el lugar en un santuario de paz.

La noche se cierne en el camposanto la luz de la luna se refleja en el mármol blanco, de un blanco inmaculado, el murmullo de los pájaros se adormece y la media noche se abre a un nuevo espectáculo.

El viento eleva las hojas en forma de remolinos, sombras y nieblas se entremezclan, una danza de espíritus comienza,  la fiesta a la recién llegada ha empezado que no se atreve a mover, está desorientada en la nueva dimensión que la traído el viaje.

Todos tiran de sus brazos, se deja arrastrar, siente miedo o más bien terror ante semejante despliegue de cuerpos traslúcidos. Bailan, saltan, corren por el recinto, los rosales se desprenden de su perfumada vestimenta, los cipreses se balancean a un ritmo frenético, como si alguien trepara hasta la copa para ascender al firmamento.

Los habitantes de la pequeña ciudad saben desde antiguo  que cuando una persona expira para emprender el largo viaje hacia el más allá, no deben  acercarse por allí a partir de las doce de la noche, ni siquiera en las proximidades, pues el encuentro con la niebla desemboca en un fatal desenlace.

Sin embargo en primavera y verano acudían a visitarlo con frecuencia para mantener su hermosura y hablar con sus difuntos. Costumbre ancestral que estaba tan arraigada en su interior que desaparecer resulta harto improbable.

La noche avanza y los espíritus siguen su danza macabra, la nueva inquilina está completamente aturdida y desorientada, siguen corriendo y saltando entre las tumbas, la llevan de un lado a otro, la arrastran por el suelo, solo se oye el roce de las hojas mecidas por el viento, la neblina se debilita hasta  disiparse por completo, y antes que el primer rayo de la aurora se refleje en las lápidas todo vuelve a la normalidad.

Ellos descansan tranquilos hasta la llegada de un nuevo inquilino les despierta para iniciar su fiesta de bienvenida, o la lucha entre ángeles y demonios por cobrar una pieza más.

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lunes, 22 de abril de 2019

SANGRE CALIENTE, CORAZÓN FRÍO


                   

Después de diez años de matrimonio Sara sentía que su soledad cada vez era más angustiosa, la monotonía se había apoderado de su hogar, lo que en un principio fue un mundo lleno de amor e ilusión por construir una vida juntos, se tornó costumbre e indiferencia.

Ninguno de los dos quería exponer el problema pues ambos intuían que todo estaba roto, era muy difícil comenzar de nuevo con la economía a medio gas. Así que dejaron pasar el tiempo como dos extraños bajo el mismo techo.

El mundo continúa aunque uno se pare, y les sucedió cosa normal que la enfermedad se cebara con él, una de esas que su solo nombre suena a sentencia de muerte. Sara no estaba dispuesta a dejarse la piel en una lucha que de antemano sabía derrotada, solo acudía un par de horas por la tarde al hospital cuando Luis estaba consciente, ya que se encontraba sedado la mayor parte del tiempo.

Estaba en casa recogiendo las pertenencias de él, cuando el timbre del teléfono la sacó de sus lúgubres pensamientos. Por fin llegó la noticia que tanto esperaba, respiró profundamente y como si un gran peso se le cayera a los pies sintió la ansiada liberación.

El fin de semana se arregló como en años, la ilusión volvió a brillar en sus ojos y la inquietud de adolescente recorrió su cuerpo. ¿Cuánto hacía que no salía a bailar? Buff ni se acordaba, pero esa noche iba a ser especial, sería la primera noche del resto de su vida, una vida que construiría a su capricho.

Bailaba con desenfreno, el sudor bañaba su frente un hombre le ofreció una bebida que agotó sin respirar. Al terminar, fue a entregarle el envase entonces reconoció a Enrique, su antiguo compañero de instituto.

A partir de ese momento sus encuentros se hicieron más continuos, y Sara creyó que era hora de dar un paso adelante, entonces le propuso ir a vivir juntos a lo que Enrique se negó, le decía que se así estaban bien y no necesitaban más. Ella sabía que su insistencia haría fracasar la relación más o menos consolidada. Así continuaron varios años más, sin embargo Sara no asimilaba el paso del tiempo, cada vez que se miraba al espejo la imagen que éste le devolvía no coincidía con la que ella tenía de sí misma.

El miedo a que Enrique la dejara, cada minuto que pasaba eso la angustiaba al punto de pensar en un embarazo, seguro que eso le empujaría a formalizar de forma definitiva su estado.

Sin embargo después de recibir la noticia Sara no obtuvo la respuesta que esperaba, muy al contrario Enrique zanjó la relación, se comprometió a cuidar del bebé y correr con los gastos desde ese momento.

Ella todavía albergaba la esperanza que a él le hiciese cambiar de opinión al tener al niño entre sus brazos. De vez en cuando Enrique se acercaba a visitar a Sara durante el embarazo, por fin llegó el bebé y él se apresuró a comprar todo lo necesario para acogerle en su hogar.

Una vez instalados Enrique dejó de acudir diariamente a visitarlos, Sara no podía comprender que una vez en casa él no volviese a verlos.

Mientras se recuperaba su mente cavilaba sin parar, comenzó a obsesionarse con una mujer que desconocía, seguro que está con otra, se repetía sin cesar.

Le llamaba por teléfono un día sí y otro también, hasta que recibió u ultimátum- o dejaba de molestar o recortaría el presupuesto.

La ira se apoderó de ella y el llanto del bebé le agregó la furia que la desquició, con el niño entre los brazos al ver que no se calla lo arrojó contra la cuna con la desgracia de golpearlo contra la madera de los barrotes.

Como el bebé no llora se acerca a verlo, no se movía, angustiada llamó al padre, le contó lo sucedido y Enrique fue en seguida. Lo llevó al hospital con la mala suerte que ya era tarde, había muerto.

A partir de ese macabro instante dejó de haber contacto entre ellos, pero Sara no estaba dispuesta a rendirse. Los celos la carcomían hasta el infinito, una vez incorporada a puesto de trabajo, la casualidad se alió con ella.

Enrique entró en el restaurante acompañado de una mujer bastante más joven, compañera de oficina, salieron a comer y las risas brotaban sin cesar, se notaba que había una fuerte conexión entre ellos.

A Sara esto le confirmaba sus sospechas, cuando se marcharon ella salió también a ver los coches para poder controlar a la joven. Nada le impediría  estar con él.




                                                                    Toñi Redondo
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