jueves, 14 de diciembre de 2017

BAJO EL MANTO AZUL

La luz del atardecer se colaba por el ventanuco del pequeño dormitorio, con sigilo descolgó el cuadro colocándolo sobre su cama. Uno a uno quitaba los clavitos de atrás, después metió la mano en el bolsillo de la bata y sacó un papel que a escondidas había escrito con una pluma que mojó en un viejo tintero. Le puso un secante y lo guardó detrás de la Inmaculada, el secreto estaba a salvo. Terminó de pulir el marco y de  nuevo el cuadro lucía límpido en la cabecera de la cama.

De este modo Regina ocultaba su secreto y su  vergüenza. No vislumbró cuántos siglos permanecería escondido.

Ahora su descendiente tiene  el peso del legado familiar sobre sus frágiles hombros para tomar  una decisión de futuro.

La obra fue pasando de generación en generación como una reliquia familiar y ahora terminando la segunda decena del siglo XXI todavía pende de la cabecera de la misma cama.

En el cabecero una preciosa guirnalda de flores en el frente y otra a los pies con exquisitos labrados que perduran su belleza a través de los siglos. Recorría la habitación como gato enjaulado sin quitar la mirada de la pintura, en espera de que la imagen le hablara. A fuerza de observarla creyó ver una letra en un doblez del manto de la Inmaculada.

Lo descolgó y con un trapo de algodón lo acarició suavemente dejando al descubierto la inicial de un nombre a penas perceptible en un azul un poco más fuerte en un pliegue del manto.

Cuánto más lo miraba más atónita se quedaba, por su mente pasaban ideas a cual más descabellada.

Lo envolvió cuidadosamente para consultar con un especialista a ver si tenía algún valor y no solo sentimental.

Había que sacarlo de allí de todas formas, la casa se derrumbaba por momentos después de tantos años de semi abandono al igual que el resto de palacetes de aquella época.

Hoy no había dinero para restaurarlos y la zona que en otro tiempo fue próspera y bulliciosa, ahora se hallaba prácticamente deshabitada. Solo algunos mayores se aferran a la tierra que les viera nacer, crecer y  que su última mirada fuese su hogar.

Antes de cerrar la puerta, sintió una fuerza extraña la empujaba a echar un vistazo por los salones y el dormitorio de sus antepasados, al cruzar el umbral un fuerte escalofrío recorrió su cuerpo.

Salió precipitadamente del palacete no le gustó la sensación de inquietud que la embargaba. Le hubiese gustado llevarse la cama, esa cama de guirnaldas  color pastel tan hechiceras.

Necesitaba tomar unos días de vacaciones y  poner distancia con la pintura. Sacó un billete de avión por Internet y a la mañana siguiente puso rumbo a La Valeta.

Se adentró por la calle de la República llena de comercios a cual más exclusivo. Siguió andando hasta llegar a la catedral de San Juan, allí se detuvo ante un pequeño oratorio dominado por las pinturas de Caravaggio incluida “la decapitación del Bautista”.

Después de admirar el altar mayor recorrió cada rincón pues sabía que a su lado  en otros tiempos estaba el Palacio del Gran Maestre de los Caballeros hospitalarios, (Caballeros de la orden de Malta).

Allí entre sus archivos expuestos encontró un nombre que lo relacionaba con Murillo, no era otro que Pedro Núñez discípulo del pintor, amigo y Caballero de la orden.

Regresó de Malta y el primer fin de semana recorrió el rastro en busca de información sobre restauradores especializados en Murillo.

Al llegar a casa  encendió el ordenador y comenzó a buscar en los foros si aparecía algún nombre de los recomendados.

Después destapó la pintura y con la ayuda de una lupa sus ojos fueron directos a las iniciales “N.V”. ¿De qué le sonaban esas letras? Al no acordarse sacudió la cabeza e intrigada dio la vuelta al cuadro.

Cuando por fin terminó los nervios se apoderaron de ella, con manos temblorosas retiró el cartonaje y ante su sorpresa descubrió un documento amarillento y ajado por el tiempo.

Con cuidado lo fue desdoblando y a medida que lo hacía su corazón se aceleraba.

Al fin tenía ante sí el secreto de familia que tantas generaciones protegieron sin saberlo.

En ese documento se reconocía la firma del creador de la pintura y la paternidad de Pedro Bartolomé, su antepasado. Un antepasado ilustre cuyo nombre y apellidos coincidían con un discípulo de Murillo llamado Pedro Núñez de Villavicencio.

Éste hombre ingresó en la orden de los Caballeros Hospitalarios y después se fue a Malta. Por ello abandonó a Regina la madre de su hijo, aunque llevara otros apellidos y otro hombre ocupara su lugar.

Sonrió y con mimo lo volvió a doblar lo metió en un sobre y lo guardó en la caja fuerte. Ahora comprendía las leyendas familiares que se transmitieron  a través de los tiempos. Ella atesoraba la prueba y el orgullo de su gente.

                                                               
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lunes, 11 de diciembre de 2017

LOS CABALLEROS DEL MONTE

Por los intrincados senderos de la sierra castellana varias veces al año la paz de sus bosques se ve alterada por unos intrusos que inquietan a sus moradores.

Ellos buscan árboles secos o caídos que cargan sobre sus caballerías como ayuda para sobrevivir del crudo invierno, la estancia se llena de lenguas de fuego,  con la música de su crepitar  y el calor con el cual resucitan los cuerpos.

Conocen cada ruido, canto y sonido de los montes, hasta el silbo del viento les cuenta sus más recónditos secretos.

Hombres que escuchan el lenguaje de la hierba que les dice: despacio y cautela que nos alteráis. Ellos recogen y limpian los inertes cuerpos que aprisionan las débiles plantas que les susurran, más sus voces no llegan a oírse, y perecen sumidas bajo el peso de aquellos muertos por la implacable fuerza de su destino.

La alfombra de color otoñal  con gotas de lluvia salpicada, los pies ateridos de frío recorren el camino tantas veces pisado y bendecido.

En casa esperan tras las ventanas que el cielo gris descargue sus cristales y cubran con frío manto la espesura.

Con los rayos de luz que se cuelan por las rendijas de la cortina mal corrida, despiertan cada mañana a toda prisa, por ver si la estación tan esperada, les llena de vida y de esperanza.

Perfume que embriagan los campos, de pinares con agujas afiladas, en su interior llevan sangre nueva. Mientras, los caballeros del monte con ahínco gota a gota se la llevarán, y dejarán por evidencia profundas heridas, que el tiempo y el bosque curará.

Intercambio de vida y sufrimiento, convivencia de siglos han tenido y ahora por un simple descuido u  oscuros intereses sus hogares legendarios han destruido. 

Los árboles  negros cual carbón y la tierra cubierta de un manto gris, están a la espera de  lágrimas celestes que les bañe y las limpie para siempre. Los caballeros  lo han repoblado ya resuenan el sonido de los pájaros, se ven las mariposas en las flores, con sus alas gritando de alegría al viento y un goteo de animales van llegando a ocupar por igual madrigueras y nidos.

Ciervos, corzos, jabalíes y muchos más, juntos a coro  sus canciones  entonarán y el monte de nuevo renacerá.

 

 

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domingo, 10 de diciembre de 2017

AL ESTILO EMILIO VARELA


PIES DESCALZOS

Aterida por el frío viento de estos días he caminado hacia el recuerdo de mis años adolescentes, cuando aún se distinguían  las estaciones.

Aquel viento, si que nos congelaba hasta el aliento, con los dedos llenos de sabañones, que la mayoría de las veces se reventaban mostrando las profundas heridas al mundo.

El dolor se reflejaba en el rostro sin embargo de los labios no salía un débil quejido.

Las cencelladas esculpían un maravilloso paisaje de cuento, entonces no sabía su nombre, solo que al despertar y verlas decíamos :qué frío ha hecho esta noche.

¡Si hasta algunas partes del río se helaban! Ahora apenas lleva agua y el cierzo azota con furia los campos.

Con el sol enfurecido en la primera decena de junio pisábamos el ardiente empedrado de las calles de la capital del Moncayo. A nuestros catorce o quince años presumíamos con los primeros tacones.

Una vez acabados los últimos exámenes nos fuimos ni cortas ni perezosas,  desde el Instituto Castilla  hasta la ermita de San Saturio. Salir salimos de la ciudad pero, ¡ay! el pero, sí viene el pero y éste era que no veíamos el final del camino, porque lejos está un rato largo.

Las quejas de dolor de pies iba por turnos, el agua se nos acababa y con un hambre de lobo, nos sentamos en la hierba y dimos buena cuenta de los bocadillos.

Con los zapatos en las manos y los pies llenos de ampollas recorrimos el camino asfaltado a paso rápido mientras aguantamos el calor y otro rato por el frescor de la hierba. Así hasta que llegamos a una fuente que manaba de una  roca.

Desesperadas metimos los pies en el agua fresca, aliviadas nos secamos con los jerseys de perlé, nos pusimos papel pegado con celo en los dedos y metimos los zapatos en la fuente durante un buen rato.

Al cabo de una media hora más o menos nos los calzamos mientras, el agua salía a borbotones.

Nos estabilizamos y comenzamos a recorrer la distancia hasta la ermita. Llegamos al fin, el frescor que sentimos nos animó a sentarnos en un banco  mientras admiramos la preciosa oquedad hecha por el hombre.

Era media tarde cuando profundizamos entre los árboles de la ribera del Duero. Vimos corazones grabados a fuerza de navaja, con nombres y fechas que todavía perduran en sus troncos.

Esos álamos que adornan la orilla y que la luz pone dorados, a esa hora mágica del atardecer, donde seguro D. Antonio  halló su inspiración para crear un poema para que ellos fueran eternos.

Han pasado muchos lustros y muchas cosas he olvidado, pero aquellos zapatos de tacón color Burdeos  a ellos no los he olvidado.

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viernes, 8 de diciembre de 2017

LOCURAS


Me dijiste: No disimularé mi locura. Y me abrazaste.

También estoy loca, loca de amor por ti, pero sé que tú buscas otra cosa que no hallas en mí.

Cada vez que te miro siento como se me desgarra el corazón, al no poder besar esos labios provocadores.

¡Aléjate de mí! Regresa a tus orígenes y así nuestras locuras quizás encuentren la cordura que nos ayude a sobrevivir…

                                                                                                  
Toñi