viernes, 21 de septiembre de 2018

LECHE Y CAFÉ

 Apretaron sus manos con fuerza mientras sus fulgurantes miradas trataban de infundirse valor, ese, que se les escapaba antes de cruzar el umbral por última vez.

   Esa fina línea que les llevaría a una felicidad sublime o a la desdicha más absoluta. La mano temblorosa de Alfredo empujó la puerta y ante ellos estaba la enfermera con su impoluto uniforme blanco, la cual con un ademán de cordialidad les dirigió hacia la consulta del doctor.

   Tras los saludos afables del galeno sintieron que sus ojos les penetraban hasta lo más recóndito de sus cuerpos, los segundos que siguieron les parecieron interminables.

   Un suave carraspeo del médico les alertó que la noticia no iba a ser la que con tanto anhelo y sacrificio llevaban buscando.

   Las lágrimas silenciosas de Pilar resbalaban por sus mejillas, no sólo no estaba embarazada sino que su marido la dejaba, la abandonaba porque “no servía ni para darle un hijo” frase repetida tantas veces que logró hacer mella en su alma. Un sentimiento de culpa   la arrastraba hacia el abismo.

    Con la maleta en la mano dejó las llaves sobre la mesa y  se fue a toda prisa sin mirar atrás. Se alejaba con cara de satisfacción como quién acaba de soltar un lastre.

   Al otro extremo de la ciudad le esperan su hijito con su madre para comenzar una vida diferente.

   Mientras la desesperación de Pilar iba en aumento una profunda depresión la destrozaba. A penas comía, no salía de la cama, sus ojos eran un río constante.

  Ante esta situación su hermana llamó a una ambulancia y la llevó al hospital. Pasó dos semanas ingresada y el psiquiatra que la atendía le recomendó que siguiera con la terapia.

  Estuvo yendo seis meses y la mejoría era evidente, encontró trabajo salía y entraba sin parar, como queriendo recuperar el tiempo perdido y olvidar los años pasados con Alfredo.

  Tanto frenesí la hizo recaer y enseguida acudió a su psiquiatra. Cuando la puerta se abrió él ya no estaba, su lugar lo ocupaba un hombre alto, fornido y negro.

  Reticente con pasos taciturnos entró en la consulta, una amplia sonrisa la desarmó. Se había estudiado a fondo su caso y su manera de abordarlo la sorprendió.

  Mejoraba rápidamente  sus días eran alegres, pronto le darían el alta definitiva, sin darse cuenta ese pensamiento la entristecía.

  Tenía por delante dos semanas para hacerse a la idea de no ver más a su médico y ojala la hubiese curado para siempre.

  Las semanas se le pasaron volando y estaba de nuevo ante él, como imaginó sus manos terminaron el informe y se lo entregó.

  Era la última paciente, Robert recogió su mesa rápidamente para darle tiempo a acompañarla  a la salida, la conversación fluía sin cesar la invitó a una cafetería. Se dejó guiar por una fuerza interior que le empujaba hacia él.

  Después del tentempié se fueron a su casa al llegar a la puerta se miraron a los ojos y sus bocas se fundieron en un ardiente y prolongado beso.

Pasaron los meses y en su nuevo hogar ya eran tres.

  
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domingo, 16 de septiembre de 2018

LA TRANSFORMACIÓN DE ALMA

 Alma se sentía cansada  por el tedio y la monotonía del trabajo. El invierno poco a poco quedaba atrás, la luz primaveral se colaba a través de la ventana y los rayos de sol comenzaban a templar  su habitación, un pequeño habitáculo que ella había convertido en su refugio. En él sentía segura, a salvo; allí era donde desarrollaba todas sus inquietudes sin temor a las burlas de los demás.

            No era agraciada: su nariz, fea, grande y aguileña, destacaba demasiado en su cara escuálida. Sin embargo sus bellos ojos negros con enormes pestañas tenían un brillo especial, con una mirada que desnudaba a su interlocutor, además de poseer un tipazo que hacia volver la cabeza a los hombres.

            En el trabajo era el hazmerreír de un par de compañeros que con sus palabras soeces poco a poco iban horadando su autoestima. Pese a su sentido del humor irónico e inteligente, llegó un momento que se le hizo insoportable. Las bromas amenazaban con extenderse por toda la oficina. Pensó en pedir un traslado, aunque ello significase dar la batalla por perdida. No acababa de ver en ello una buena solución, pues seguramente seguiría siendo el objeto de sus burlas aún en la distancia.

             Se puso delante de su portátil con dedos ágiles, redactó su curriculum. Cuando lo tuvo terminado lo repasó minuciosamente hasta considerar que todo estaba perfecto. Sólo le faltaba una foto para poder subirlo a Internet pero por más que rebuscaba en sus cajones del escritorio no encontró ninguna. Entonces se acordó de Alejandro, su vecino, que estaba presto a echarle una mano cada vez que lo llamaba.

   − Hazme una foto por favor −   le pidió Alma entregándole su móvil.

   − ¿Qué vas a hacer con ella? −

   − Yo nada, lo vas a hacer tú. Quiero que la retoques para estar un poco más mona pues voy a añadirla a mi curriculum.

   − No la retoques  sino, ya no serías tú −

   − Sí, la fea de la oficina − le respondió, con un matiz de tristeza en su voz.

   − Eres muy atractiva y con muchísimas cualidades − 

   − ¿Si?  ¿Y quién las ve?−

   − Yo − respondió Alejandro, con una firmeza en su voz que a él mismo sorprendió.

             Alma se quedó petrificada. No esperaba una respuesta tan categórica y sincera. Por primera vez no sabía qué decir, un silencio incómodo se extendió por toda la habitación. Alejandro, preso del nerviosismo se despidió con voz temblorosa y  se marchó.

            De pronto la mente de Alma comenzó asimilar la corta conversación con su vecino, no salía de su sorpresa ante la reacción de éste. ¿Estaría enamorado de ella? Y ¿Cómo no se había dado cuenta? Se miraba demasiado el ombligo y no veía las cosas más evidentes que ocurrían a su alrededor. A partir de ese instante su percepción de la realidad cambió. Lo mismo que su mirada hacia Alejandro. Ahora ya no veía al vecino que la sacaba de apuros si no al hombre que tanto la había ayudado siempre.

             Repasó mentalmente todas las veces que le había importunado a deshoras y él acudía, solícito, con una sonrisa en los labios. Siempre que le necesitaba estaba a su lado, incluso para escucharle hablar de sus decepciones sentimentales, los dos ante una taza de café o un simple refresco. Entonces comprendió que lo hacía por amor y ella… ¡sin darse cuenta!

           
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jueves, 13 de septiembre de 2018

CITA


Ningún hombre debería tratar de obtener beneficio a costa de la ignorancia de otra persona.

» Cicerón  (106 AC-43 AC) Escritor, orador y político romano

 

CASA DE CAMPO

Antigua casa de veraneo de GABRIEL MIRÓ

martes, 11 de septiembre de 2018

LA REINA DE MAYO

  Llegó el día en que por fin luciría su mejor vestido, ese que siempre miraba en el escaparate cada vez que pasaba para ir al instituto. Su madre se lo compró por que ese año era la reina de la primavera.

    No dejaba de mirarse en el espejo se veía hermosa con el traje de gasa beige y la corona de flores con las cintas de colores sobre su pelo rubio recogido en una  trenza.

   Salió de casa montada en su inconfundible bicicleta roja hacia  el bosque donde a menudo se pasaba horas enteras  buscando plantas, sus remedios para sanar hicieron que se la conociera como “la hechicera”.

    Alegre, dulce, siempre con una sonrisa en los labios, acompañada de su bicicleta  se confundía con el   paisaje.

   Sin embargo su vecino la  le pedía día tras día un remedio para su impotencia, ella le decía que todo estaba en su cabeza. Se volvió huraño, obsesivo, malhumorado, no perdía ocasión de  observarla a hurtadillas para saber donde guardaba los sortilegios.

    Se adentró en el bosque recogió algunas las clavó en un trocito de tierra cubierta de hierba, sólo le faltaba un poco de pelo rubio.

   Todos estaban en la plaza esperando el desfile de la carroza donde sentada en un trono lucía  la reina de la primavera. La banda de música comenzó a tocar y la carroza echó andar, pero ¿Dónde estaba la reina? Era la pregunta que nadie sabía contestar, empezaron a buscarla por el camino, al dar la vuelta en un recodo de la calle encontraron la bicicleta, pero sin rastro de ella.

  Comienza anochecer y sin señal que les indique hacia donde continuar  se organizan en grupos para iniciar la búsqueda a la mañana siguiente. De regreso pasan cerca de la laguna; cuando asoma una prenda clara y alguien grita: ¡ahí, ahí!

   Con una rama intentan cogerla a pesar de los esfuerzos no llegan, hacen una cadena y se introducen con precaución hasta  alcanzarla.

— No es suya —dijo su hermana.

  Cabizbajos reanudan la caminata, mañana habrá más suerte murmuran entre ellos.

  Al amanecer todos dispuestos acompañados de los perros iniciaron la búsqueda; siempre mirando entre los arbustos dando golpecitos con los palos.

   Una de esas veces las cintas de colores aparecieron enganchadas en la rama de la que colgaba  la corona de flores.

— ¡Aquí, aquí ¡—gritaron

    Todos corrían  hacia los arbustos que unas manos indicaban, despejando la zona de ramas y de zarzas pero no hallaron más.

   Estaban cansados hasta la extenuación con paso lento iniciaron el regreso    a sus casas,  mientras se alejaban  organizaban los  planes para la siguiente búsqueda.

   Manuel con las voces de la hechicera en su cabeza no dejaba de repetir: no está, no está. Sin embargo escuchaba como le decía:

 —Déjame en paz—

 

—Dame un poco de  pelo—

—Te he dicho que no, vete—

—No me voy a ir sin él—

—No te lo voy a dar—

La sujetó por un brazo  ella intentaba zafarse en una lucha desigual pero al sacar su navaja la hechicera dio un tirón y salió corriendo. El hombre la siguió hasta alcanzarla.

 Esta vez la tiró al suelo la sujetó  le cortó el mechón lo guardó en el bolsillo y la soltó.

     —Ten en cuenta que no te curarás—

    ¿Cómo que no?—

    Como que no, no lo conseguirás—

    ¿Porqué?, si lo tengo todo—

    Todo no—

    Pues que falta—

    No te lo digo—

    Dímelo, lo necesito—

    Fuera de sí la zarandeó tan fuerte que al soltarla  cayó entre unas rocas, no se movía Manuel se alejó con su escaso botín.

    A medio camino el hombre inquieto volvió sobre sus pasos y la halló inerte, se asustó miró a su alrededor la cogió en sus brazos hasta  una hondonada   enterrándola limpió las huellas y regresó a casa.

   Amaneció y una nueva  búsqueda daba comienzo  ahora por la parte más intrincada, los grupos eran menos dispersos armados con sendos palos moviéndolos a diestro y siniestro.

    No miraban hacia la copa de los árboles hasta que los perros con sus ladridos les empujaron hacerlo; el vestido hecho jirones creyeron  que alguna bestia extraña se la había comido llenos de miedo corrían, se caían y se levantaban hasta salir del bosque.

     Al llegar a su casa Manuel vio a la hechicera montada en su inconfundible bicicleta roja. No podía ser,  está muerta, está muerta se repetía una y otra vez.


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