viernes, 20 de julio de 2018

ESTÍOS INFANTILES


Rafael era un niño delgado, rubio, con unos ojos de un azul transparente como el agua del mar. Su hermana Casilda, que era tres años mayor, tenía los ojos grandes, grises y con largas pestañas, su pelo castaño y largo.

Cuando finalizaban las clases y el calor era intenso  sus padres los llevaban al pueblo a pasar las vacaciones.

La aldea estaba bañada por dos ríos; un viejo molino medio en ruinas, un canal que distribuía el agua para regar los sembrados, mucho verdor, árboles frutales y vides a lo largo de la ribera. Había una pequeña ermita en medio de una planicie, rodeada de altos robles, y una iglesia, ambas  románicas.

Al principio todo era diversión para Rafael. Montaba en bicicleta se bañaba con los  niños en una pequeña balsa en el canal. Después merendaban y a continuar con las travesuras.

 La abuela les contaba las leyendas que por allí sucedieron en tiempos muy, muy remotos. Todo con la finalidad de distraerlos y a la vez transmitirles los orígenes de su familia.

Su hermana tenía otras aficiones más relajadas, leía bastante, escuchaba música con las niñas que  acababan bailando y riendo. Daban largos paseos por la ribera del río.

 Una tarde mientras los demás dormían la siesta el pequeño estuvo maquinando qué hacer para terminar con el aburrimiento que se cernía a su alrededor. Muy despacito, casi sin hacer ruido, salió de casa y marchó en busca de Alfonso, su amigo de juegos y travesuras.

Se encontraron en el trayecto buscaron un bote vacío de conserva y  se acercaron al agua. Agachados en la orilla intentaban pescar algún anfibio, pero los pequeños brazos de Rafael no llegaban por más que los estiraba. Tanto, tanto se esforzó que se resbaló cayendo de bruces en medio del agua. Alfonso se adentró en el arroyo para ayudarle a salir.

Una vez fuera Rafael no quiso soltar el bote con su renacuajo después de semejante chapuzón. Lo observaban y alimentaban con hierbas al anfibio. Después de un buen rato jugando con el bichito, se acercaron de nuevo al arroyo y lo devolvieron  al agua.  Mientras acababa su merienda el abuelo se acercó con un tirachinas. ¡Al fin le enseñaría a utilizarlo! Cada vez que venía a verlo se lo pedía.

Pasaron el resto de la tarde afinando la puntería con unos botes de conserva vacíos. El abuelo se puso a buscar entre las ramas de los árboles una vara para fabricar el tirachinas y Rafael seguía sus pasos.  El niño se paró en seco chocando con él. Cuando éste alzó el brazo el niño vio que había encontrado una rama que tenía la forma que  buscaban.

Se levantó muy temprano para buscar al abuelo lo halló sentado en el patio con la navaja. Lo miraba embobado al ver la destreza con la que la manejaba; en un tris tras el tirachinas estaba acabado. En su mente dibujaba la manera de conseguir la fruta que colgaba del manzano la miraba con deseo cada vez que pasaba hacia el arroyo.

Las fiestas patronales estaban a la vuelta de la esquina señal inequívoca del fin del estío pero mientras a disfrutar. Cuando se fueron en el árbol faltaba una manzana.

 
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jueves, 12 de julio de 2018

EL TAÑER DE LAS CAMPANAS

Era domingo por la mañana y  había un desayuno especial, un chocolate con churros estaba esperando en la mesa, listo para ser devorado por Rubén que todas las mañanas se levantaba con un hambre feroz.

         Su madre le había preparado la ropa de fiesta para ir a misa tenía que ir tocar las campanas.

         La  iglesia del pueblo era románica con una espadaña donde estaban las campanas tan antiguas como ella. Conservaba  un reloj cuyos sonidos se oían por todo el lugar.

         Delante de la parroquia había una gran explanada donde  era el comienzo y final de las procesiones,  a su izquierda, un olmo tan centenario como ella, lugar   de encuentro para los jóvenes. Al salir de misa los niños solían jugar al escondite y su lugar favorito era ponerse detrás del gran árbol dando vueltas hasta que se encontraban. Y se agarraban jugando al corro a su alrededor, estiraban sus brazos al máximo porque la circunferencia del viejo olmo era demasiado grande para abarcarla.

 A pesar de los siglos seguía erguido, fuerte, robusto y con sus hermosas hojas verdes. Permanecía inalterable viendo pasar generaciones  de familias hasta que comenzó la decadencia de la villa.

         Al llegar la festividad del patrón los vecinos se engalanaban para la celebrar la fiesta. Él iba de punta en blanco y corría para alcanzar a los niños. Tenían que tañer las campanas y solo les quedaban unos segundos para comenzar el primer toque. Entraron en tropel en el recinto sagrado y subieron por las destartaladas escaleras que crujían a cada paso hasta llegar al coro desde donde se utilizaban los cordeles. Los agarraron y tiraron hasta que repiquetearon con un alegre toque de fiesta. Enseguida cogieron tanta velocidad  que volteaban solas y cuando su vuelo disminuía tenían que volver a tirar  para que siguieran tañendo.

         Sin embargo en esta ocasión Roberto no esperó el tiempo suficiente para que la campana perdiera velocidad y se agarró a la cuerda la fuerza del vuelo lo elevó como si fuera de papel. El peligro se cernía sobre él si nadie lo paraba acabaría dando una vuelta con la campana. Instintivamente de su garganta salieron los gritos más espeluznantes que nunca se oyeron salir de la boca de un niño.

Ellos alertaron al alcalde de la localidad que, dando un enorme salto, logró sujetarle por los pies tirando de él hacia abajo logrando así salvarle la vida.

         Bajaron del coro para asistir a la misa; poco a poco el niño se fue tranquilizando, sentado en un banco junto al munícipe. No se atrevía a mover ni un músculo porque el miedo le atenazaba

. Sus ojos miraban sin ver los frescos de las paredes laterales donde todavía se apreciaban sus líneas, su desgastado cromatismo y los huecos blancos que dejaba el paso de los siglos. Un enorme cuadro de San Andrés colgaba de lado izquierdo.

     Era la hora de regresar a casa y contar lo sucedido. Se encontraba temeroso por la reacción de su madre pues no le daba más que sustos.

         Al verlo tan preocupado el alcalde lo acompañó a casa. Cuando llegaron al umbral su “ángel de la guarda” habló por él suavizando lo sucedido sin embargo la mirada de la madre no le presagiaba nada bueno.....
 

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martes, 10 de julio de 2018

SOROLLA


REGALO DE FANTASÍA


Se aproximaba el cumpleaños de Alberto   la familia se reunía en el chalet que los abuelos poseen al norte de la sierra madrileña. Desde  las ventanas del piso superior  había unas vistas magníficas y a Isabel le encantaba contemplarlas: las verdes montañas, la ermita, los frutales de las fincas cercanas y un riachuelo que bañaba la población con un agua pura y fresca.

         En la finca había una piscina con un jardín colmado de rosas amarillas y rojas, en el que también cultivaban frutas, hortalizas y plantas aromáticas.

         Era sábado al mediodía y aquello se llenaría  de voces jubilosas y  acción.   La barbacoa estaba a punto para  cocinar 

         El humo y el olor de los asados se extendían por todos los rincones, entonces los comensales comenzaron a ocupar las sillas en torno a una gran mesa que había bajo el cenador. La comida y la bebida corrían a raudales, hasta que llegó el momento álgido para Alberto: inflar los encarnados mofletes para soplar las velas de su séptimo cumpleaños en la tarta que le había hecho la abuela. Los alegres invitados le animaban  con fuerte soplido. Los aplausos y las felicitaciones dejaron las orejas del niño rojas y un poco doloridas.

         Empezó abriendo cajas y más cajas, la cara de sorpresa ante los nuevos  juguetes era indescriptible. Los niños se arremolinaban a su alrededor para ver las novedades.

         Pese a ser el mes de julio el calor brillaba por su ausencia y a medida que la tarde avanzaba el frío se adueñaba del lugar. La falta de ropa de abrigo hizo que finalizaran la celebración dentro de la casa. Isabel subió con los niños a la planta superior para que no molestaran a los mayores. Una vez arriba se sentaron en el suelo con los juguetes. Antonio, el más pequeño, no paraba quieto ni un momento reclamando la atención constante. Ella asió un cojín y se sentó con ellos en el suelo haciendo un círculo.

 La niña mayor le pidió que les contara alguna historia como otras veces hacía para entretenerles. Se quedó pensativa unos instantes, buscando entre sus recuerdos alguno que les resultara divertido. Al mirar a través de la ventana vio el verdor del paisaje decidió imaginarse un relato diferente a los que solía contarles.

         - ¿Veis el paisaje? - les preguntó, a lo que ellos le respondieron con un movimiento afirmativo de cabeza- ¿Sabéis quién lo cuida? - les dijo. Ellos al unísono replicaron con un no tan rotundo  que tenía que comenzar el cuento sin dilación.

         - Una vez, cuando iba paseando hacia las montañas escuché unas vocecillas muy dulces y musicales que provenían de unas zarzas enormes llenas flores y  algunos frutos que empezaban a madurar. Su color rojo brillante llamó mi atención y al acercarme a ellos un perfume delicioso embriagó mi nariz al tiempo escuché una música tan alegre que invitaba a bailar. Busqué a mi alrededor siguiendo el sonido de las notas pero no hallé nada fuera de lo normal.

         Entonces me senté en la hierba fresca junto a un árbol donde  recosté mi espalda para descansar del esfuerzo realizado en la ascensión de la ladera del cerro. Entorné los ojos y los murmullos de voces se hicieron más cercanos. No quería abrirlos del todo para no asustar  los seres que los provocaban.

         Una ligerísima brisa apenas perceptible me acarició el rostro y en ese mismo instante escuché unas dulces risitas. Me dijeron: “abre los ojos y nos conocerás”.

          Descubrí ante mí a unos seres bellísimos que agitaban las alas con una cadencia sonora se acercaron a mis oídos para presentarse.

         - Somos las hadas que vivimos entre las flores y los árboles. Ellos son los geniecillos que como nosotras también cuidan de las plantas-—. Me habían observado durante mi paseo y al detenerme para contemplar la flora parecía que las buscaba insistentemente. Por ello pensaron que creía en su existencia. Se habían reunido todos los seres benéficos del lugar para celebrar su fiesta anual. Allí estaban los geniecillos, siempre alegres y dicharacheros, las ninfas de las montañas llamadas oréades, las del agua que son las náyades, de los árboles dríades y la de las flores  llamadas alseides. Con éstas últimas tenían una relación especial ya que ambas cuidaban de la floresta.

         Permitieron que asistiera en silencio a su fiesta con la condición de no revelar nunca el lugar donde residían. No supe la procedencia de la música tan dulce y pegadiza que les obligaba a danzar y reír sin parar.

         Desaparecieron de repente. Las busqué pero fue en vano y entonces pensé: “si son mágicas”. Sonreí  a la par que me levantaba haciendo el paseo inverso y quizás con suerte, al año siguiente se dejarían ver.

   Cuando terminó la historia Alberto con su ingenuidad preguntó:

         - Isabel ¿yo también podré verlas?

         - ¿Crees en ellas? porque si crees quizás algún día se muestren ante ti- le comenté.

         - De acuerdo  ¿me llevarás contigo la próxima vez? -Quiso saber el niño.

         - Iremos juntos, pero ¿te ha gustado mi regalo? Es diferente a todos los que has recibido.

         - Si me ha gustado muchísimo, pero no lo puedo guardar y tengo miedo a olvidarlo- dijo, poniendo un gesto de tristeza.

         - No te preocupes, te lo escribiré para que lo tengas- prometió ella

Cogiéndoles de la mano bajaron a cenar y el niño eufórico les decía a todos: “¡He tenido un regalo especial, tan especial que no se puede ver... bueno por ahora!

 

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lunes, 9 de julio de 2018

S. RUSIÑOL

 

SEMBLANZA DE MUJER

Nací mujer, y mis padres me llamaron Drusila, creo que ya vieron en mí algo especial, de ahí que buscaran para mi un nombre que fuera inusual. De niña fui hermosa e inquieta como reptil, una flor frágil y bella, un fruto exquisito del árbol encantado del jardín.

Como sirena en el agua rodeada de los colores más llamativos de los diversos peces que jalonan mi corte.

Soy diferente a todas las mujeres que conozco y eso me hace única, mi fragilidad se vuelve fortaleza, una quimera, una furia y a veces parca o medusa de otras vidas, si me vuelvo invisible delante de tus ojos, tú, ni te enteras.

Me siento bruja para ser libre, para buscar en mi interior y avanzar, siempre hacia delante. Sirena para liberar el alma. Quimera o furia según convenga para arrancar el dolor de mi cuerpo y del espíritu. Me niego a ser invisible, por que soy muchas mujeres en una.

Ahora estoy libre de cadenas, de todas las cadenas y  los sueños, mis sueños pasan a un primer plano, mi mochila está llena de ilusión, y con vocación de descubridora voy hacia el mar a ser dueña de mi luz, en unas aguas en calma donde todo es quietud y color.

Ábreme tus puertas Mediterráneo, hazme un hueco en la arena y déjame imbuirme de tu perfume embriagador, que tu brisa suave meza mi cuerpo y aleje de mi mente los turbios pensamientos.

Yo por mi parte te  dejo abierto de par en par mi espíritu para que lo sumerjas en tus aguas azules donde el horizonte se difumina y el sol se esconde cada atardecer a dormir entre las olas. Y cada día al amanecer me despierte revitalizada por el conjuro de tu embrujo.

Fue en busca del mar  donde ella creía encontrar la libertad, la deseaba tanto que se había convertido en una necesidad vital como es la sangre para el cuerpo.

Ahora subida en el tren y acomodada en su butaca cerró los ojos y suspiró, mientras en su mente se decía una y otra vez, ya no hay vuelta atrás.

En plena madurez estaba abierta a iniciar una nueva aventura, una búsqueda impenitente de libertad y de romper las cadenas que hasta entonces la aprisionaron.

Cada mañana al abrir la ventana respiraba profundamente y entornaba los ojos frente a la luz cegadora a la vez que sonreía.

Después  iba a recorrer las calles con un plano en el bolsillo del pantalón vaquero, solo se detenía a tomar un café y leer el periódico local. De regreso se acercaba al paseo marítimo y sentada en un banco, de nuevo cerraba los ojos para que el sol y la brisa fueran lavando sus heridas.

El otoño dio paso al invierno, un invierno húmedo que se colaba entre sus huesos. Pero el frío de la meseta era más cruel. Las horas del día eran agradables, la llegada de la noche en  soledad, sin un ruido familiar solo el run run del televisor  por toda compañía.

Su cena frugal y con su vaso de leche en la mesilla de noche se disponía a zambullirse entre los mares de letras de  dos libros, que la esperaban cada noche. Sí, leía sin parar a veces hasta que las luces del alba le recordaban que comenzaba un nuevo día.

Deseaba la llegada de la Primavera para reverdecer como la naturaleza, y la Primavera llegó con un calor infernal sacado del mismísimo infierno y una humedad asfixiante que le impedía respirar.

 La playa llena de hormigas negras y rojas, bajo las sombrillas multicolores y regueros de pies mojados del ir y venir del agua, un agua caliente que en lugar de refrescar parecía que salían de la bañera o  de un balneario.

Miradas de envidia o de rechazo por el gentío abrumador que al atardecer deambulan por las calles de la pequeña ciudad.

Ventanas cerradas, aires acondicionados, ventiladores y abanicos por doquier intentan aliviar a los viandantes, sin embargo no veo sombreros ni sombrillas que ayuden a soportar semejante castigo veraniego adelantado.

¡Y quedan tres meses de estío! Agotador francamente un infierno agotador. Con el ritmo cambiado para sobre vivir, líquidos de todas clases que uno llega aborrecer hasta el agua de tanta como ingiere.

La ducha fría, que ya quisiera que el agua saliera fría…cada media hora debajo de la alcachofa un minuto y regresar al ventilador, eso sí, porque el aire acondicionado sube mucho el recibo de la luz.

El tiempo de excedencia se agotaba y la vuelta al trabajo era inminente, a pesar del implacable estío la decisión de regresar a la pequeña ciudad marítima se iba abriendo paso en su mente.

Drusila quería aprovechar hasta el último minuto de la luz y alegría de las calles bulliciosas, de un estío que presumía ser más largo de la última década.

 
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viernes, 6 de julio de 2018

CITA


La relación que existe entre los autores mediocres y la Critica mediocre es más o menos ésta: ninguno se fía del otro.

» Hermann Hesse (1877-1962) Escritor suizo, de origen aleman

jueves, 5 de julio de 2018

EVOCACIÓN


Era primavera  Juana Mª celebraba su cumpleaños, pero entonces no había tartas ni velas para soplar, tampoco regalos al uso, si te hacía falta algo de ropa o zapatillas se aprovechaba esos momentos para hacerlo, se jugaba en la calle apenas sin juguetes, ni falta que les hacía, se entretenían con los juegos aprendidos de sus mayores.

    Vivía en San Andrés un pueblo de la meseta castellana, lo bañaba un hermoso río y un minúsculo afluente con un molino que ayudaba a moler el cereal de sus campesinos, con la harina se alimentaban ellos y con el salvado  a todos los animales.

       En esta estación todas las plantas florecen los balcones estaban llenos de tiestos al igual que en la solana, las casas cómo las calles, tenían un olor especial.

    Su padre además de trabajar en el campo le gustaba cazar, con lo que obtenía  ayudaba al sostenimiento familiar, su madre se ocupaba  de la dura faena de la casa.

No había luz eléctrica ni agua corriente en las casas. La colada se hacía en los caudalosos arroyos tenían que llevar a cuestas la losa de madera con el jabón y el balde a rebosar de ropa. También contribuía en las labores del campo. 

    Juana Mª era una niña inquieta y vivaracha,  sonriente siempre dispuesta a ayudar a todas las personas, sobre todo los más ancianos del pueblo. Eso no era óbice para que también hiciera las trastadas cómo cualquier niño del lugar.

    Una tarde,  ya a las puertas del verano, después de comer se echaban la siesta, el pueblo permanecía dormido durante dos horas. Ella no se acostaba, le gustaba imaginar constantemente mundos diferentes para ello se ayudaba del único libro de teatro que tenía, que releía una y otra vez hasta memorizarlo.    

    Entró despacito sin hacer ruido en casa de los abuelos, se metió en su cama, le gustaba tanto las guirnaldas pintadas en la cabecera y en los pies, ¡era tan alta!, ancha y estaba tan fresquita… que antes de comenzar a leer su librito se durmió.

    Mediada la tarde Juana Mª no aparecía por ningún sitio sus padres la buscaban en las casas de los familiares sin éxito. Los abuelos preocupados preguntaban a cualquiera, pero con el mismo resultado.

     Se reunieron todos para dividirse en grupos, y así repartir las zonas de búsqueda. Miraron en los pozos de los huertos cercanos, en las regaderas, acequias, arroyos e incluso se acercaron a la ribera del río. Ningún lugar quedó sin registrar. En casa de los abuelos repasaron los recorridos y lo infructuoso de la búsqueda.

  Las voces despertaron a Juana Mª  que abriendo la puerta del dormitorio preguntó: ¿qué pasa? Entonces quedaron sorprendidos ante su aparición, los padres  y los abuelos la abrazaron y las  lágrimas fluyeron por los ojos de su madre. Aturdida no comprendía el porqué de tantos aspavientos.

 

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martes, 3 de julio de 2018

MASCARADA

Este mes de abril está llegando a su ecuador en una primavera tan lluviosa que parece que volviera el diluvio. Los días se han vuelto negros, fríos e invernales que congelan hasta el espíritu. Las emociones están a flor de piel, sensibles o desquiciadas, según de donde venga el aire.

Desde mi ventana veo el árbol sin nombre, no lo necesita, es vulgar como la mayoría de los que forman el parque. A su alrededor se yerguen los pinos con su verdor insultante, cipreses que adornan ambas orillas de los paseos, que miran desafiantes hacia el firmamento, y tú comienzas a despuntar en tus ramas los primeros brotes de la estación donde dicen que resurge la vida.

Las raíces sujetan con fuerza la tierra buscando el alimento y saciar la sed, tienes que nutrir las venas para alimentar a tus hijas, que ahora te desdeñan y se abandonan en los brazos de una ligera brisa que las lleve hasta el suelo.

Tienes un tronco robusto y cubierto de líquenes de color oscuro que se apresuran a formar un tapiz a tu alrededor para cubrir tu desnudez, luego esperarán a que el estío les duerma con su abrasante calor.

Te miro una y otra vez, mientras las hojas del año anterior se resisten a caer, han luchado contra el sofocante calor, han aguantado firmes el duro invierno de la meseta, saben que están muertas pero se resisten a caer, a ser abono del mismo árbol que vistieron con sus mejores galas y orgullosas de su color verde brillante, envidia de sus congéneres pues los pajarillos te elegían por su fresca sombra. Ellos le ponían la banda sonora hasta que unos emigrantes de colores vivos y de mayor tamaño comenzaron a desalojarlos, sin embargo pese a su tamaño defienden su territorio con energía.

Siento que esas hojas marrones lloran al despedirte y poco a poco se descuelgan con el viento que estos días huraños y con el brote de la vida, unas nuevas y diminutas hojas de un color esplendoroso estallan con fuerza ocupando sus dominios.

Una corta infancia y una juventud llena de vigor vestirán de nuevo tus ramas cada vez más largas como si quisieran alcanzar las nubes para jugar algo diferente, quizás  poder realizar tus sueños a veces inalcanzables.

Yo también soy como tú, fuerte y paciente, los años pasados entre luchas unas perdidas y alguna ganada, las menos, voy tomando perspectiva ante los nuevos retos, que suelen ser pocos.

La soledad a veces tormentosa y otras acariciadas me acompañan cada minuto como la respiración que alimenta mi cuerpo.

Lo mismo que a ti veo alejarse a las personas que a lo largo de mi vida me acompañaron y la melancolía entonces me embarga. Nuevas generaciones me enriquecen y me hacen más llevadera la recta final de ni camino, pero mientras recorro el trayecto disfruto  cada momento y realizo algunos sueños que otrora quedaron rezagados por el devenir de los acontecimientos.

Ahora en la vejez me siento viva en esta primavera desquiciante y creo que los dos resurgimos con vigor mientras nuestras raíces nos sujeten a la tierra. La fuerza para dedicarme a hacer cosas nuevas y llenar de gente agradable algunas tardes me satisface.

Por ello miro al cielo luminoso y al igual que las florecillas absorbo el viento y el sol, escucho a los pájaros de tus ramas mientras sonrío al verte cada día más vestido con tu traje nuevo donde los rayos del sol reflejan en tus hojas su fulgor.

Quién sabe de tus anhelos, los humanos creemos que somos los reyes del universo y somos una pieza más en el engranaje de la cambiante naturaleza. No somos tan diferentes solo que nuestra vida es muy corta y la mayoría de las veces la desaprovechamos con nuestros innumerables defectos y nuestras escasas virtudes.

Tú nos sobre vivirás hasta que alguna enfermedad te agote o la mano de un hombre desalmado decida por ti.

He regresado con mi fe puesta en verte recuperado de tus heridas, y sin embargo, pese a tu frondoso y llamativo vestido he intuido tus viejas cicatrices y algunas, las menos, que todavía en un lento y angustioso proceso  de recuperación. Tu ropaje de un verde luminoso con suma habilidad trata de ocultar.

A fuerza de tanto observarnos ya no son necesarias las palabras, solo las miradas saben descubrir cómo están nuestras heridas a flor de piel, si su sanación avanza o se estanca, sentir su escozor en lo más hondo del alma.

El tiempo nos dejará tatuajes que disimulen las cicatrices y entonces nos veremos con otros ojos llenos de serenidad conseguida en mil batallas.

Y una nueva primavera regresaré para verte fuerte, tranquilo y orgulloso de los logros conseguidos y entonces como en otras ocasiones te hablaré aunque no me escuches, te sonreiré y de vez en cuando me sentaré bajo tus ramas recostada en tu tronco  sintiendo tus caricias.


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jueves, 24 de mayo de 2018

LA MAESTRA DE HETAIRAS III


Pasaron dos primaveras cuando Nicosia fue aceptada en el templo de Deméter.  Por mi parte le pedí a mi padre mi dote para fundar una escuela de mujeres bajo la influencia de Safo de Lesbos.

Una vez en Atenas comencé a buscar una casa apropiada para mis deseos. Ésta debería tener un gran patio ajardinado con una o varias fuentes para aliviar el calor del verano y crear un ambiente relajado para las confidencias.

Un hermoso atrio y dos salones para tertulias de política y filosóficas, el otro para la música  el baile con los efebos y mis  más jóvenes discípulas.

En la planta superior mi despacho al lado de mi aposento donde atender a mis invitados.

Los cuartos de las hetairas superiores en el otro lado del pasillo y en la parte trasera del edificio las habitaciones donde las alumnas practicaran con los efebos.

Mientras remodelaba la casa iba contratando a los mejores profesores en las artes, la filosofía, sin olvidar la cortesía y la oratoria.

Por las mañanas practicaban la música y el baile de los siete velos. Las  que casi rozaban la perfección en belleza y dominio de las enseñanzas se quedaban en la escuela el resto trabajaban en otras casas o en otras ciudades.

El precio que pagaban por su educación era muy alto a pesar de ello cada día venían más adolescentes a mi casa y mi economía subía como la espuma.

La llamé “Escuela de mujeres” pero no tardo en ser conocida como “la casa".

Mi influencia se notaba en las opiniones que vertían cuando se debatían las leyes, las tertulias de mis salones surtían su efecto.

Una de las veces asistió la cabeza visible de la democracia y antes de finalizar me llevó a parte para pedirme yacer con él. Subí delante para indicarle el camino a mis aposentos.

Nunca hasta entonces había sentido tan intensamente, lo miré y por su expresión deduje que él tampoco. Nos vestimos y salimos al jardín trasero donde platicamos en la placidez de la noche.

Quedé maravillada con su voz, sus ideas de la vida que eran similares a las mías. Al marcharse observé que su corpulencia, su calvicie y las arrugas de la lucha le hacían envejecer deprisa. Pensé: Me doblaba la edad.

La defensa de Atenas y de sus pequeñas islas hacía que sus hombres pasaran la mayor parte del tiempo en el mar unas veces como entrenamiento y otras  en las batallas contra los espartanos que aliados con las islas competidoras querían hacerse con el control y la supremacía de Atenas.

Pasó bastante tiempo sin tener noticias de Orestes y mis sentimientos hacia él desde aquella noche crecieron de forma insospechada hasta el punto que no volví a estar con ningún hombre.

Me ofrecían cantidades inmensas de dinero, las joyas más deslumbrantes pero mi cuerpo tenía dueño aunque él no lo supiera.

Una noche a punto de cerrar mis salones apareció en el umbral de mi casa sin decir palabra me agarró por la cintura y subimos a mis aposentos.

Después de yacer varias horas se vistió metió la mano en su bolsa sacando un papel me dijo: Es un contrato en el cual nos comprometemos a ser el uno del otro, no necesitamos firma pero quiero que lo tengas y a partir de ahora mi casa será tu casa como si estuviésemos casados.

Comencé a preparar unas pocas cosas y nos fuimos en el  carro que nos esperaba en la puerta.

Pasaban las estaciones y siempre juntos con un amor a prueba de todos los inconvenientes.

Atenas registró la mayor sequía en muchos años, los alimentos comenzaban a escasear y el agua para beber se infectaba. Para colmo los espartanos aprovecharon nuestra debilidad para asediarnos.

La lucha encarnizada y las enfermedades minaron nuestras fuerzas. Por la noche carros llenos de cadáveres los sacaban de la ciudad para prenderlos fuego.

En nuestra casa la enfermedad tardó en aparecer pero al fin entró, las fiebres altas y los delirios de apoderaron de Orestes. Estaba a su lado refrescándole y dándole la medicina.

Por primera vez vi el terror reflejado en sus ojos.  En sus pocos momentos de lucidez me apretaba la mano mientras decía que no le dejara. Le dije que  éramos uno donde quiera fuese estaríamos los dos.

Llamé al médico para tranquilizarlo pero sabía que su final estaba próximo, mientras tanto fui a por unas copas vertí en una unas gotas de un macerado de hierbas calmantes y añadí agua. En la otra puse una buena dosis de otra maceración para mí.

Al llegar a su lado me desnudé y acostada a su lado le abracé diciéndole cuanto le amaba, le refresqué con el líquido de la copa y se lo pasé por los labios y metí el resto en su boca.

Cogí la mía la bebí de un sorbo me volví hacia él lo besé y abrazados le dije: No tengas miedo navegaremos juntos hacia el Hades.

 

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