jueves, 24 de mayo de 2018

LA MAESTRA DE HETAIRAS III


Pasaron dos primaveras cuando Nicosia fue aceptada en el templo de Deméter.  Por mi parte le pedí a mi padre mi dote para fundar una escuela de mujeres bajo la influencia de Safo de Lesbos.

Una vez en Atenas comencé a buscar una casa apropiada para mis deseos. Ésta debería tener un gran patio ajardinado con una o varias fuentes para aliviar el calor del verano y crear un ambiente relajado para las confidencias.

Un hermoso atrio y dos salones para tertulias de política y filosóficas, el otro para la música  el baile con los efebos y mis  más jóvenes discípulas.

En la planta superior mi despacho al lado de mi aposento donde atender a mis invitados.

Los cuartos de las hetairas superiores en el otro lado del pasillo y en la parte trasera del edificio las habitaciones donde las alumnas practicaran con los efebos.

Mientras remodelaba la casa iba contratando a los mejores profesores en las artes, la filosofía, sin olvidar la cortesía y la oratoria.

Por las mañanas practicaban la música y el baile de los siete velos. Las  que casi rozaban la perfección en belleza y dominio de las enseñanzas se quedaban en la escuela el resto trabajaban en otras casas o en otras ciudades.

El precio que pagaban por su educación era muy alto a pesar de ello cada día venían más adolescentes a mi casa y mi economía subía como la espuma.

La llamé “Escuela de mujeres” pero no tardo en ser conocida como “la casa".

Mi influencia se notaba en las opiniones que vertían cuando se debatían las leyes, las tertulias de mis salones surtían su efecto.

Una de las veces asistió la cabeza visible de la democracia y antes de finalizar me llevó a parte para pedirme yacer con él. Subí delante para indicarle el camino a mis aposentos.

Nunca hasta entonces había sentido tan intensamente, lo miré y por su expresión deduje que él tampoco. Nos vestimos y salimos al jardín trasero donde platicamos en la placidez de la noche.

Quedé maravillada con su voz, sus ideas de la vida que eran similares a las mías. Al marcharse observé que su corpulencia, su calvicie y las arrugas de la lucha le hacían envejecer deprisa. Pensé: Me doblaba la edad.

La defensa de Atenas y de sus pequeñas islas hacía que sus hombres pasaran la mayor parte del tiempo en el mar unas veces como entrenamiento y otras  en las batallas contra los espartanos que aliados con las islas competidoras querían hacerse con el control y la supremacía de Atenas.

Pasó bastante tiempo sin tener noticias de Orestes y mis sentimientos hacia él desde aquella noche crecieron de forma insospechada hasta el punto que no volví a estar con ningún hombre.

Me ofrecían cantidades inmensas de dinero, las joyas más deslumbrantes pero mi cuerpo tenía dueño aunque él no lo supiera.

Una noche a punto de cerrar mis salones apareció en el umbral de mi casa sin decir palabra me agarró por la cintura y subimos a mis aposentos.

Después de yacer varias horas se vistió metió la mano en su bolsa sacando un papel me dijo: Es un contrato en el cual nos comprometemos a ser el uno del otro, no necesitamos firma pero quiero que lo tengas y a partir de ahora mi casa será tu casa como si estuviésemos casados.

Comencé a preparar unas pocas cosas y nos fuimos en el  carro que nos esperaba en la puerta.

Pasaban las estaciones y siempre juntos con un amor a prueba de todos los inconvenientes.

Atenas registró la mayor sequía en muchos años, los alimentos comenzaban a escasear y el agua para beber se infectaba. Para colmo los espartanos aprovecharon nuestra debilidad para asediarnos.

La lucha encarnizada y las enfermedades minaron nuestras fuerzas. Por la noche carros llenos de cadáveres los sacaban de la ciudad para prenderlos fuego.

En nuestra casa la enfermedad tardó en aparecer pero al fin entró, las fiebres altas y los delirios de apoderaron de Orestes. Estaba a su lado refrescándole y dándole la medicina.

Por primera vez vi el terror reflejado en sus ojos.  En sus pocos momentos de lucidez me apretaba la mano mientras decía que no le dejara. Le dije que  éramos uno donde quiera fuese estaríamos los dos.

Llamé al médico para tranquilizarlo pero sabía que su final estaba próximo, mientras tanto fui a por unas copas vertí en una unas gotas de un macerado de hierbas calmantes y añadí agua. En la otra puse una buena dosis de otra maceración para mí.

Al llegar a su lado me desnudé y acostada a su lado le abracé diciéndole cuanto le amaba, le refresqué con el líquido de la copa y se lo pasé por los labios y metí el resto en su boca.

Cogí la mía la bebí de un sorbo me volví hacia él lo besé y abrazados le dije: No tengas miedo navegaremos juntos hacia el Hades.

 

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LA MAESTRA DE HETAIRAS II


 Mi madre al vernos llorar abrazadas nos dijo que no había motivo para el llanto, que como hermanas ahora era yo la que debía compartir  su casa.

Los esclavos trajeron a nuestra habitación un enorme baúl decorado con bellos pájaros de colores. Mi madre lo abrió y ante mis ojos se mostraron los peplos que tanto me gustaron en el mercado con todo lo necesario para pasar unas largas temporadas lejos de mi hogar.

A los dos días nos embarcamos poniendo rumbo a su tierra un largo viaje no exento de peligros de los que a penas era consciente.

Al fin divisamos las costas en el puerto nos esperaban los carros cubiertos de sedas coloridas para continuar viaje tierra adentro.

Nicasia me había descrito su palacio rodeado de jardines, pensé que exageraba pero al verlos quedé impresionada pues todos  competían  en belleza.

Las terrazas superpuestas regadas por canales y adornadas con fuentes primorosamente esculpidas. Ninguno debía superar en altitud y grandeza al del rey.

El gran río Eúfrates  atravesaba la ciudad se abría en numerosos brazos para abastecerlos y refrescar el ambiente.

Las demostraciones sensuales eran abiertas en extremo comparadas con las de mi ciudad,  Nicosia  respondió que Babilonia era conocida por su libertinaje.

Las artes amatorias no tenían secretos para ellos pues desde niños los mejores maestros se las enseñaban en las escuelas.

Debería asistir a las clases como ella hizo en Atenas y aprender el idioma con tal perfección como si hubiese nacido allí.

La hermana mayor era sacerdotisa en el templo de Deméter, ella aspiraba a prepararse con ahínco para ser una de las elegidas antes de cumplir los dieciocho años. En las primeras clases amatorias me sorprendí al ver nuestros cuerpos desnudos, nunca había visto un miembro viril, los observé con detenimiento  y me sorprendió la variedad de tamaños.

Mi rostro ardía ante tanta exhibición sexual que  lo tapé con mis manos, Nicosia me ayudó a salir de la clase con la disculpa que ella no se encontraba bien y me acompañó a casa.

 Se lo agradecí  era una visión que revolucionó todo mi cuerpo con sensaciones nuevas y desconocidas hasta entonces.

Fuimos al templo a ver a Lampito para pedirle información de lo nos esperaba en las próximas clases,  así evitar se burlaran de mí como hicieron con Nicosia en Atenas.

Era franca y directa en su lenguaje, de modo que nos dijo: Lo primero que tenéis que saber es la forma de evitar el embarazo.

Nicosia y yo nos miramos interrogantes en espera de su información.

Muy seria continuó: Después de un baño de hierbas aromáticas y antes de abandonar el agua  debéis tener una bola de lana impregnada con resina de cedro y untada en aceite de oliva.

 Luego os perfumáis la piel con aceites aromáticos y os vestís con el peplo más hermoso que resalte vuestro cuerpo.

También podéis alternar la bolita de lana impregnándola con resina de pino untada con miel y vino.

Aunque a veces si vamos con prisa puede no estar bien colocada y corremos el riesgo de quedar embarazadas, entonces acudimos a mujeres especializadas en realizar un aborto.

Creo que a partir de ahora vuestras clases os la darán por separado a los niños un hombre que en pocos días finalizarán, y a vosotras una de las mejores amantes de la ciudad.

­—Yo quiero ser como tú— le dijo Nicosia—

-—De acuerdo, pero tienes que estar preparada como cualquier mujer que desee ser libre o ejercer su libertad como le plazca—



Continuará...

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LA MAESTRA DE HETAIRAS

  La casa estaba en pleno frenesí con los esclavos trabajando a toda prisa ante la inminente llegada de los invitados.

Eran las fiestas en honor de Dionisio, en un cuarto apartado se hallaba mi madre con unas cuantas mujeres ensayando los bailes en su honor, yo tenía  trece años por ello les pedí que me dejaran presenciarlos.

Después de consultarlo con las sacerdotisas éstas aceptaron mi presencia. El baile me maravillaba. Ver  los contoneos sinuosos como a cada vuelta iban tomando más velocidad hasta caer desmayadas.

Al finalizar me dirigí a la más anciana – ¿Puedo ser bailarina de Dionisio?—

Por unos instantes creí que no me había escuchado y  repetí la pregunta, ella llamó a mi madre y se lo expuso. Al ser hija de una antigua sacerdotisa tendría que aprender filosofía, el baile y lo que significaba dedicarse por entero al dios.

Con las voces de los invitados y la alegría del vino el griterío se colaba en la sala y les desconcentraba por lo cual finalizaron  los ensayos.

Un amigo  de mi padre trajo a su hija menor para que disfrutara de las fiestas, era unos meses menor que yo más tímida y regordeta.

Nisea venía de Babilonia apenas hablaba griego y asistía a las clases de Literatura. Cuando recitaba a Homero balbuceaba, los  niños se burlaban y el maestro finalizaba la clase.

Con mi ayuda aprendía rápido y ella a cambio me enseñaba algunas palabras en persa. Por las tardes nos íbamos a la playa donde nos bañábamos en la orilla de las niñas.

Me encantaba bucear buscando la casa de Poseidón, mientras ella solo se mojaba los pies. A medida que veía como me sumergía hasta la oscuridad, me pidió que la enseñara y así nos sumergiríamos desnudas hasta la frontera de las tinieblas.

Mi madre comenzó a explicarnos como las bailarinas que se consagran a Dionisio y las sacerdotisas solo yacen con el dios, beben vino y hacen toda clase de excesos que él les pida con la condición de no propagarlos.

Entonces  nos relataba como en su país se adoraba a la diosa Cibeles y los bailes los realizaban los hombres, sobre todo jóvenes que llegaban al éxtasis  llegando a cortarse su virilidad en señal de máxima entrega a la diosa y los arrojaban hacia las puertas de las casas que permanecían abiertas durante los festejos.

Si al hacerlo entraban  en una de ellas los dueños debían cuidarlos hasta que se recuperaran, y los que se quedaban fueran seguían bailando hasta morir desangrados.

Al escucharlo un escalofrío recorrió mi cuerpo y le pregunté: ¿luego que hacen los eunucos?

—Los compran los nobles y los más ricos comerciantes para que le sirvan, los mejores suelen ir al palacio del rey y cuidan del harén —

Me entró la curiosidad por la cultura persa y me dijo que cuando se fueran le pidiera permiso a mi padre y podríamos ir a Babilonia.

Los mejores maestros de filosofía, literatura, matemáticas y demás artes nos educaban al más alto nivel para poder hacer discursos de todo tipo incluso de política. Aunque no pudiésemos asistir a las asambleas en la enseñanza nos preparaban igual que a los hombres.

Una mañana Nisea me dijo que le había llegado el momento de partir a su hogar al saberlo me entristecí.
Comenzó a llenar sus baúles con los peplos de los colores más variados y hermosos que trajo y algunos que le compramos en el mercado como recuerdo de su visita.


Continuará.....
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miércoles, 23 de mayo de 2018

viernes, 18 de mayo de 2018

jueves, 17 de mayo de 2018

EN EL AUTOBÚS

No hay como viajar en el transporte público y observar al personal como sin conocerse de nada se cuenta obras y milagros de su azarosa vida, sobre todo si ya han alcanzado la edad dorada o no tan dorada de la jubilación.

La filosofía de andar por casa que esa sí,  es la que de verdad ayuda a los que quieran aprovecharla, que no solo somos unos viejos decrépitos que chochean, pero bueno que me desvío de la cuestión.

Uno de los días que bajé al centro al regresar a casa después de un paseo por la playa subo al autobús y escucho a dos jóvenes dorados como dicen:

—Que no hay que sufrir tanto niño, como tú te vas a morir y yo también—.

—Ya pero yo soy  un poco más joven que tú—

—Sí como si eso fuera garantía de quien se va a morir antes. —
Se miran a los ojos con cara de resignación.
Comprendo que mientras lo esperaban habían pasado el rato conversando y que llegué a oír solo el final y es que a la parca la queremos lejos y cuando más tarde mejor.
La siguiente anécdota no la puedo olvidar pues todavía resuenan las risas en mi cabeza, la espontaneidad de los niños y su capacidad de sorpresa por las cosas más inverosímiles me provocan ternura, lástima que dure tan poco.

En la parada de los colegios un montón de niños y familiares que van a recogerlos al acabar el día escolar, se abren las puertas y como en estampida suben  corriendo y van hacia la parte final del bus cuando de repente uno se para en seco delante de un señor con los ojos muy abiertos y con admiración exclama: ¡Vaya bigote! ¿Ese bigote es tuyo?

El caballero sonríe y responde: Claro que es mío

      — ¿Pues has debido de tardar mucho tiempo? Es muy grande—

    Sí, mucho tiempo, ¿por? —

    Porque mi papá lo tiene desde hace mucho y a penas crece, pero el suyo es negro ¿sabes? bueno adiós—

El niño se va junto a sus amigos sin dejar de murmurar ¡Vaya bigote, eso sí es un bigote y encima blanco!

También se oyen penas, desgracias y sufrimientos de eso todos tenemos en demasía, por eso unas risas de vez en cuando nos anima a llevar mejor nuestros días.

Me vuelvo a desviar de lo que os quería decir, una de tantas cosas nimias pero que al escucharlas nos dibujan una sonrisita en el rostro.

Una de esas tardes que apetece tomar un café, en la terraza de una cafetería para pulsar el ambiente de la ciudad y dar una vuelta por los escaparates del centro, solo por ver la moda que nos quieren vender  y los vivos colores del paseo que llegan con la primavera.

Pues esa tarde al subir al bus me senté en el asiento  que hay detrás del conductor, comencé a escuchar la conversación, sin prestarles mucha atención a las tres personas que estaban a mi espalda sus voces daba lugar a que se enterara todo el autobús.

Hablaban de huertos, de aves pero lo que en verdad hizo que de mi boca saliera una mal disimulada carcajada.

Después de un rato una de ellas le dijo: Me guardas un pollo para el sábado.

—Claro tu me llamas el día de antes y mi marido te lo prepara, como si quieres huevos—

—Pero lo quiero muerto y sin plumas—

—Te costará un poco más—

—No importa, que no quiero matarlo, yo no lo asesino—

—No mi marido no los asesina, solo los mata—

Un final estupendo para una tarde de paseo. Que más se puede pedir.

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lunes, 14 de mayo de 2018

CITA


El genio se compone del dos por ciento de talento y del noventa y ocho por ciento de perseverante aplicación.

» Ludwig van Beethoven  (1770-1827) Compositor y músico alemán

 

COPOS DE ALGODÓN


domingo, 13 de mayo de 2018

LOS SENTIDOS PERDIDOS

Después de dos años postrado en la cama y enganchado a una vía y a otros aparatos más específicos que le controlaban su corazón y su cerebro, Rafael entre abrió los ojos. Estaba en un lugar  desconocido con las paredes de un blanco inmaculado, un silencio de ultratumba  le rodeaba, intentó moverse y no conseguía ni levantar un dedo. Estoy muerto, pensó, sin embargo por las ventanas y a través de las persianas  se colaba un poco de luz. Desorientado volvió a cerrar los ojos.    

Como todas las tardes escuchaba una voz  dulce que durante mucho tiempo le hablaba sin parar, aunque no entendía nada de lo que le decía. Por ello creyó que estaba en otra dimensión desconocida. Debía de estar muerto, pues no sentía ninguna emoción, ni siquiera un poco de dolor al levantar los dedos, bueno eso de levantar era un decir, todo esfuerzo se quedaba en un intento.

Cada día la joven enfermera al finalizar su jornada y una vez de cambiarse el uniforme daba una última visita a Rafael, se dio cuenta que nadie le visitaba ni preguntaba por él.

Un sentimiento de profundo cariño comenzó a nacer en ella, quizás le recordaba al abuelo que nunca conoció, por ello comenzó a leerle en voz baja y al terminar  le acariciaba el rostro como transmitiéndole calor y ternura. 

Se preguntaba si sentiría algo, o su cerebro vegetaba al igual que todo su cuerpo, todos sus sentidos estaban atrofiados o cansados de una vida llena de traumas que se negaban a seguir resistiendo más sufrimiento.

El amanecer de hoy era especial Adela cumplía veinticinco años, los regalos esperaban escondidos en el cuarto de sus padres, a la tarde seguro tendría su fiesta sorpresa como cada año desde que puede recordar.

Sentía no poder quedarse tanto tiempo con el anciano, en realidad no sabía su nombre solo su aspecto físico le daba la pista que era de otro país, con sus ojos rasgados a penas perceptibles por lo pequeñísimos que eran.

Él también tendría su cumpleaños. Entró en una juguetería y compró el peluche más tierno que pudo hallar.

Si no se daba prisa llegaría tarde a su fiesta. Entró como un torbellino en casa y fue directa a su habitación. Se arregló y respiró profundamente, había que hacerse la sorprendida al igual que todos los años, éste jueguecito comenzaba a hastiarle, se sentía demasiado mayor para seguir con ello.

Entre música, confetis y serpentinas ella era la niña de papá, cansada del bullicio y mientras los demás comían y bebían, sigilosamente cogió el muñeco musical y se marchó a toda velocidad a ver al anciano.

Le habló con su dulzura acostumbrada con el resultado de siempre, le dió al botón de la música  y ésta sonaba dulcemente, le acarició a la vez que levantaba la sábana y le colocaba entre sus manos el peluche, lo tapó con delicadeza y se fue.

Al día siguiente cuando entró en la habitación el anciano la recibió con una sonrisa en los ojos, por primera vez vio en ellos un brillo especial.

La música obró el milagro, pensó ella. El abuelo le indicaba que hiciera sonar al peluche y solícita lo puso en marcha, la música de Bach le había devuelto los sentidos perdidos.

 

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jueves, 10 de mayo de 2018

LOS ÁLAMOS DORADOS (A. MACHADO)

He vuelto a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria ?barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra?.

Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.

¡Álamos del amor que ayer tuvisteis
de ruiseñores vuestras ramas llenas;
álamos que seréis mañana liras
del viento perfumado en primavera;
álamos del amor cerca del agua
que corre y pasa y sueña,
álamos de las márgenes del Duero,
conmigo vais, mi corazón os lleva! 


Del libro Campos de Castilla poema VIII

EL DIOS DE LA LLUVIA

lueve a cántaros la ciudad se ilumina como luciérnagas, en la calle el agua corre a raudales y sin embargo una muchacha  descalza comienza un baile frenético al compás de la lluvia, gira sin parar hasta rodar por el suelo sin importarle su cuerpo.

Seguidamente se incorpora levanta sus brazos y su rostro hacia el cielo mientras implora al dios de la lluvia.

De pronto cae tras unos segundos tendida se sienta con sus piernas flexionadas, medita con la cara escondida entre sus manos, su desesperación se manifiesta en sus gestos y de nuevo mira a las nubes implorando clemencia con las manos elevadas hacia su dios.

Sus ojos desbordados por las lágrimas que caen  como un torrente por su cara fundiéndose con el agua.

La lluvia cesa, la ciudad se ilumina de un color esmeralda y aparecen varios jóvenes que danzan al compás de las olas. Sí, por que ahora es un mar lleno de tentaciones que les asfixian y les llevan al paroxismo. Les falta el aire se van a desmayar pero uno de ellos les recoge y les reúne en torno  a él.

Le siguen como a un líder  sin hacer preguntas, le protegen de las agresiones externas y danzan con frenesí.

Ahora se hallan inundados por un fuego abrasador que tiñe de rojo el ambiente, se queman y desesperados se flagelan sin cesar, necesitan que el dios de la lluvia descargue su furia y les aplaque.

Sin embargo él desea algo a cambio, no solo sus bailes. Ellos quieren su protección pero todo tiene un precio y lo saben, siguen danzando hasta la extenuación.

Comienzan a faltarles  el aire, de nuevo se desmayan y el líder les recoge. Entonces una luz misteriosa  les insufla  la vida que se les escapa. Un sentimiento de culpa se apodera de sus cuerpos cansados.

Los golpes resuenan en la oscuridad, el joven líder se inmola y la lluvia cae cada vez con más fuerza, se limpian las almas  y los cuerpos. El dios de la lluvia les acompaña.



 
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lunes, 7 de mayo de 2018

ALMA DE LETRAS

Llegado a los tres cuartos de su vida su energía vital enriquecida, decide volcar su experiencia y sentimientos sobre el papel. En un principio la tinta fresca y el olor de los folios le subyugaban, después la comodidad del ordenador dio paso a su creación compulsiva.

Al poco tiempo sus libros proliferaron en las editoriales su prosa cercana y culta, le catapultaron hacia el máximo galardón el premio Nobel de Literatura. Una mujer joven y vitalista le complementó en su trabajo y en lo sentimental.

Las vicisitudes que a lo largo del tiempo marcaron sus letras, su espíritu viajero le hizo recorrer el mundo recogiendo galardones y dando conferencias. Su interés por los problemas de la gente y la añoranza de su tierra portuguesa, no le impidió buscar un refugio templado en la vieja Iberia.

Rodeado de un jardín de vivos colores y el sueño de crear una biblioteca donde preservar sus obras y todos los libros acumulados a lo largo del tiempo, muchos de ellos duplicados o triplicados, ya que si en algún momento los  necesitó hojear le resultaba tedioso buscarlo y con suma facilidad lo compraba.

La Iliada la menciona en sus escritos, quizás en ella radique parte de su formación y el  impulso de escribir. La fuente de los clásicos la muestra en cualquier entrevista y su convicción de que solo cambia la evolución de las cosas pero el hombre sigue con los mismos miedos y las mismas eternas preguntas.

La fuerza radica en el ser humano con sus debilidades, equivocaciones y algunos aciertos.

Habla de la muerte, no por obsesión si no por la curiosidad del más allá, y la fragilidad de la vida, siempre respondía que la muerte es que un instante estás y al siguiente no.

Sabemos que desde el momento de la concepción nos preparamos para morir, la enfermedad cuando es fuerte rápidamente nos acongoja el sentimiento de si habrá llegado el momento de partir.

Su avanzada edad a pesar de los ingresos en el hospital, sigue retomando la ilusión por escribir, en cuanto da por terminado un libro, en lugar de relajarse  busca en su cerebro una nueva idea que le permita plasmar sus pensamientos y gozar mientras lo hace.

Mientras respire y hasta el último aliento llegue no hay minuto que perder la vida es un regalo.

Dudó que sin la mujer que le acompaña los últimos veinte años, llena de energía que seguro le insuflaría,  lo absorbió de tal modo  que crear otros mundos y viajar al continente americano varias veces al año parecía increíble.

Dejar vida y esperanza a través de sus letras a las generaciones presentes y futuras. La demostración viviente que no hay edad para hacer cosas y ejecutar difíciles empresas, cosechar éxitos, si no tan excelso como el suyo, al menos nos sean gratificantes para el cuerpo o el espíritu, y a ser posible ambos a la vez.

 

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domingo, 6 de mayo de 2018

LAS VIOLETAS

       ¡Uf  qué calor! - pensó Bel mientras encendía el ventilador. Se sentó en su sillón  favorito y con el libro electrónico entre sus manos comenzó a pasar páginas en busca de algo ligerito que la relajara.

            Con el aire fresco en su rostro y antes de iniciar la lectura, entornó  los ojos para despejar su mente y adentrarse en la ficción. Se encontraba en una enorme pradera llena de margaritas y otras florecillas silvestres que era la antesala de un  sorprendente soto frondoso con robles y olmos centenarios. Había zarzas con sabrosas moras y otras con endrinas, y a sus pies, tapices de violetas que perfumaban el aire.

            Los animalitos que pululaban por allí le daban el aspecto de un cuento. Por eso a Bel le gustaba adentrarse en el bosque cuando su ánimo decaía un poco. Se sentaba al lado de las flores para aspirar su perfume a la par que cerraba los ojos para dejar volar su imaginación. Escuchaba los ruidos de los conejos, ardillas y varias clases de avecillas que poco a poco perdían su miedo y se le aproximaban. A ella le encantaba ese momento mágico en que su cuerpo permanecía inmóvil, mientras respiraba despacito para no ahuyentar a los animales.

            Cuando la tarde fenecía solía coger un ramillete de violetas para ponerlas en un pequeño jarrón de cristal labrado con hadas y flores que su madrina le había regalado en su pasado cumpleaños. Lo situaba en la estantería junto a los cuentos que releía una y otra vez hasta sabérselos de memoria. Su habitación quedaba embriagada por el perfume de las flores, creando una atmósfera perfecta para escribir sus propios relatos. Inventaba todo un mundo mágico con la fauna y flora del soto que tanto adoraba, añadiendo hadas y gnomos de las historias que los ancianos del lugar le contaban. Ella les correspondía con algunos ramitos de violetas que iba a buscar expresamente para ellos.

            Los años fueron pasando y Bel se hizo mayor y su pasión por la literatura creció a la par que su edad, tanto que de ello hizo su profesión. Su constancia tuvo la gratificación de ver en letra impresa una recopilación de sus cuentos infantiles.

            El sonido repetitivo del teléfono obligó a Bel a abrir los ojos lentamente. Estaba desorientada,  y cuando descolgó, unas voces infantiles la devolvieron al presente: sus nietos habían regresado de sus vacaciones.

            Una vez acabada la conversación, instintivamente giró su vista hacia el violetero que aún conservaba desde su juventud y sonrió. Ahora contenía una varita de bambú con dos brotes, la única nota de naturaleza  en la sala de estar.

 

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sábado, 5 de mayo de 2018

FUENTE DEL SIGLO XIX


OLVIDAR Y VIVIR

Necesito olvidar, olvidar, olvidar tanto... para tener paz...Descargar mi alma de la responsabilidad con que otros me atan. Irme  lejos, muy lejos, al otro confín del mundo, sin tomar avión, ni tren, ni barco. Romper las cadenas de mi mente y volar, volar con las alas de la fantasía a lugares ignotos.

Sentir el abrazo fuerte y generoso de unos brazos que aprieten hasta que corten mi respiración. Abandonarme entre ellos con la seguridad de estar viva. Renacer con un alma nueva vigorosa e ilusionante, en este cuerpo gastado por el devenir de una vida demasiado intensa en sufrimientos y con graves carencias amorosas, desde la infancia, adolescencia, juventud y en la madurez…

Solo recuerdo leves caricias maternas muy lejanas, por su partida inesperada. Sin nadie que las reemplazara. Me encuentro cansada hasta el hastío.

Abro la ventana en una noche de fuertes vendavales y les grito hasta que mi voz se agota, quiero que se  lleven lejos, muy lejos hasta el último confín de la tierra todos mis miedos y mis angustias.

Necesito vivir, quiero vivir, vivir con la fuerza e ímpetu de aquellos primeros años, pero con la experiencia de la madurez. Llamo al viento huracanado para que insufle en mí, un nuevo espíritu renacido con la ilusión de mi lejana juventud, con el deseo e ímpetu de los sueños por conseguir.

Renata se despertó con la almohada mojada por las lágrimas y con la sensación de haber librado una feroz batalla.

Con el cuerpo cansado, sin fuerzas para levantarse sentía como un imán la sujetara a la cama, llevaba dos días postrada sin más alimento que su botella de agua a la cabecera de su cama.

Cuando por fin se levantó se miró al espejo y vió sus ojos inyectados en sangre, el terror se apoderó de ella. Notó un golpe insonoro que le duró lo suficiente como para dejarse de mirar el ombligo y aprender  con vicisitudes del sufrimiento, para continuar el camino.

La lucha consigo misma había terminado, una renacida Renata desconocida para ella misma se iba a enfrentar a la vida.

Se puso un vestido rojo, de esos que dicen "aquí estoy yo" sus zapatos de aguja y salió a pasear para tomarse un sencillo café con leche.

Notó como las miradas de los hombres se detenían a su paso, entonces se erguía más si cabe y contoneaban sus caderas con una gracia especial.

Una cosa tan simple la devolvió la autoestima que había perdido tras un largo y dificultoso divorcio.

Ahora se sentía fuerte y capaz de emprender nuevas aventuras. Regresaría a su tedioso trabajo y quizás también a eso le daría un giro, como por ejemplo un traslado de ciudad, le empezaba apetecer conocer caras diferentes.

El trabajo sería el mismo o muy similar pero las personas y el ambiente de la ciudad que eligiera habría cambiado, esa excitante idea era un motivo de hacer planes y buscar la zona del país que más le apetecía en esos momentos.

No esperaba que su solicitud fuera atendida tan rápidamente que le cogió con el pie cambiado.

Una mezcla de alegría y nerviosismo se apoderó de ella, se atolondraba hasta que se dijo "basta ya”.

Entró en Internet y buscó un hotel para ir a la pequeña ciudad de interior que tanto le apasionaba. No importaba el frío, la belleza y paz que le transmitía cada vez que la visitaba, le compensaba pero ahora era diferente iba a residir en ella, cada día sus ojos se llenarían de su historia, tan antigua que se pierde en el tiempo.

Al fin halló lo que buscaba, un pequeño apartamento cerca del trabajo, aunque las distancias no son enormes y conducir no era algo que le apasionaba.

Hacía bastantes años que renunció a coger un coche, un taxi o el tren serían suficientes, así que se desprendería del auto.

Regresó a casa y comenzó a hacer las maletas, dejaría parte de sus cosas para cuando volviera de vez en cuando no tener que ir cargada de bultos, máxime si se deshacía del coche.

Se instaló enseguida y comenzó a sentir que la miraban como a una intrusa, pero la nueva Renata quiso adelantarse a cualquier mal rollo y en el primer receso les invitó al café de media mañana.

Les hablo de la ciudad los monumentos, la historia que tan bien conocía y sus paseos por el río, el mismo río que bañaba su patria chica.

Su parloteo consiguió sus fines y al regreso al trabajo era una más.

Sintió que unos ojos se clavaban en su nuca, pero no se movió. Así pasaron varias semanas y la mirada la continuaba persiguiendo.

Si al final iba a resultar que ahora ella imponía a los hombres, bueno por lo menos a uno.

La curiosidad ya dicen que mató al gato, pensó Renata, y tomó la decisión de acabar con el juego.

Se giró y sus ojos tropezaron con unos tan negros como el azabache, de mirada intensa, brillante y rebosante de alegría. Sonrieron.

 

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martes, 1 de mayo de 2018

EL BAILE

—Quiero bailar, quiero bailar. Bailar hasta desfallecer, jajaja como si pudiera… ¡Qué música tan deliciosa! ¡Y con mi vestido nuevo tan hermoso y elegante! ¿Te gusta?—

Carlos giró sobre sí mismo en busca de la persona que le hablaba, pero no vio a nadie,  lo habré escuchado a través de la pared se dijo.

De nuevo una risa juvenil llegó a sus oídos, mientras esperaba a ser recibido por el recepcionista del coqueto hotel. Era un palacete del siglo XVII. La fachada se mantenía sin restaurar, los balcones de hierro forjado daban la sensación que de un momento a otro se iban a desgajar de la pared, y de los preciosos azulejos florales que los embellecían ya habían iniciado su declive. Algunos les faltaban trocitos y a otros unas rayas negras les atravesaban, unos huecos por donde el viento y el agua hacían estragos.

Pinturas y estucados, vigas y baldosas, portones de gruesa madera ricamente labrada con su correspondiente aldaba.

Traspasar el umbral del palacete era adentrarse en un mundo paralelo, las piedras frías del suelo y los enormes arcos que sustentan los pisos superiores, las dos enormes salas eran una mezcolanza de estilos.

Una pequeña escalera de madera pegada a la pared, solo adornada a la altura del rellano por un imponente retrato de una joven ataviada con su  vestido azul recién estrenado, y un hermoso collar de perlas blancas alrededor de su cuello, en sus manos nacaradas una fina sortija con un zafiro que irradiaba una luz  a juego con sus ojos. Unos ojos azules llenos de jovialidad que invitaban a sonreír.

 Mirándola daba la sensación que en un momento saldría del cuadro para acudir a un baile.

Por fin con la llave de la habitación en su mano subió pausadamente las escaleras que le llevaban al primer piso. La gruesa puerta se abrió con suavidad.

Sacó el neceser  y se fue al cuarto de baño, al abrir el grifo el agua comenzó a salpicarle como si una mano jugara con ella. Alzó sus ojos hacia el espejo y solo vió su reflejo. Estaba tan cansado que solo deseaba  dormir toda la noche de un tirón.

Desnudo se metió entre las sábanas blancas que desprendían un suave perfume. Los párpados se cerraron mientras sus oídos escuchaban una lejana música y el murmullo de unas voces indicando una celebración.

Por la mañana temprano una caricia sobre su rostro le despertó sin embargo le costaba abrir los ojos, inconsciente esperaba que se repitiera pero no ocurrió.

El despertador sonó y malhumorado por la interrupción de un sueño dulce, lleno de ternura que hubiese deseado no despertar.

 

Al bajar las escaleras sintió un escalofrío, de nuevo esos  ojos azules traspasaban los suyos. “Ni que estuviera viva” pensó.  A l cruzar los arcos oyó una risita de mujer miró hacia el interior del comedor y solo dos hombres degustaban un suculento desayuno, la risa no se le iba de la cabeza y cuánto más pensaba  más le desconcertaba.

Un día más, solo un día más para que finalizara el congreso y todo esto quedaría en una molesta pesadilla. Se decía mientras  caminaba a paso ligero entre las callejuelas del casco antiguo.

Con las ponencias a buen ritmo no volvió a recordar a la damisela del cuadro, esa noche acudiría a la cena de despedida.

Antes de regresar al hotel se fue a pasear por la orilla del mar, se quitó los zapatos,  dobló los pantalones y dejó que el agua fresca acariciara los pies.

Cerró los ojos, alzó la cabeza hacia las estrellas como quien le conjura un íntimo deseo que sabe inalcanzable, así estuvo un buen rato hasta que el hambre le devolvió a la realidad.  

Al bajar las escaleras no pudo evitar mirar de reojo al cuadro, cuando escuchó “llévame al baile”, sacudió la cabeza y continuó el descenso, una vez en la calle se creyó a salvo.

Regresó agotado había disfrutado como hacía tiempo no recordaba, ¡si hasta bailó! Cosa inusual en él.

Al subir las escaleras tropezó y cayó cuan largo era, miró arriba y abajo, a esas horas solo el recepcionista estaba levantado.

Sin embargo las risas las escuchaba nítidamente, observó el cuadro y  los labios de la dama temblaban como si aguantaran una risa estrepitosa.

Enfadado por su torpeza entró en la habitación y se tumbó sobre la cama. Los ruidos le despertaban una y otra vez, las luces se encendían solas, los grifos se abrían y cerraban como si tuvieran vida propia, al igual que las cortinas de la ventana.

Estaba deseando que amaneciera para dejar aquella habitación y olvidar semejante pesadilla que comenzaba a ponerle nervioso. Con los primeros rayos saltó de la cama, se arregló y con la maleta en la mano echó un último vistazo a su alrededor y cerró la puerta lanzando un suspiro de alivio.

Al bajar las escaleras por última vez, se detuvo en el rellano y miró detenidamente el cuadro mientras le decía: No sé si eras tú quien me quería volver loco, pero casi lo consigues.

Le pareció que la dama de bellos ojos azules le respondía “Y todo por no llevarme al baile, mi primer baile en sociedad”.

Ahora sí estaba seguro de ella le hablaba y el miedo se apoderó de él que salió a toda prisa de aquel encanto de hotel.

Fue dormido durante todo el trayecto con la tranquilidad de alejarse del fantasma de la hermosa damisela. Al llegar a la estación tomó un taxi y se marchó a casa, al entrar un suspiro de alivio salió de su boca y dejando la maleta se tiró en el sofá.

Una dulce música le empujó hasta su dormitorio, allí no había nadie ni aparato que la reprodujese. Movió ligeramente la cabeza desechando un turbio pensamiento.

Muy de madrugada llegó a casa y se metió en la cama, de nuevo la música comenzó a sonar, el ruido de los vestidos al bailar le inquietaba. Cuando de pronto una voz melodiosa le susurra al oído “me debes un baile”.

Aterrorizado salió a la calle gritando sin parar hasta que una ambulancia lo trasladó al hospital.

Desde la calle se observa  una ventana  que golpean sin parar y se intuye voces desesperadas.

 

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