domingo, 29 de abril de 2018

NATURALEZA TRICOLOR


CENIZAS

  Era el primer día que se levantaba de buen humor hacía muchos años que no sabía lo que era dormir plácidamente una noche completa. Quizás desde que la obligaron a casarse siendo una adolescente. Su padre al saber de su embarazo la casó precipitadamente con un hombre que le triplicaba la edad.
  De nada sirvieron las quejas continuas a su madre que apenas la apoyó por temor a las agresiones de su marido y últimamente no necesitaba excusa alguna para descargar sobre ella sus fracasos.

   La familia conocedora de lo que sucedía en la casa miraba para otro lado. En San Andrés los rumores eran constantes.

   Los convencionalismos sociales, la religión y el miedo al que dirán, es un corsé que atenazaba  a las mujeres.  Eso chocaba con el fuerte carácter  rebelde que se  escapaba por los poros de su piel.

    Hablaba con su madre para infundir parte del valor que a ella le sobraba y en su cabeza ideaba la forma de buscar una salida al tormento de las dos.

   El divorcio no era viable pues ya lo habían contemplado en otras ocasiones y la reacción del marido fue amenazadora señalando su escopeta de caza que colgaba de la pared.

  Una noche  dando vueltas en la cama recordó lo que su abuela solía decir medio en serio medio en broma: “se hacen unas sopitas de ajo bien hechas....y se soluciona el problema”.  Una mueca malévola se dibujó en su rostro.

   En la belleza de las flores las plantas esconden su veneno ella conocía algunas de sus propiedades sin embargo ahora necesitaba saber las que pasaban más inadvertidas.  Su sorpresa iba en aumento al comprobar que todas las tenía en el jardín, las azaleas, las enormes hortensias e incluso las azucenas. ¡Quien lo iba a sospechar! Nadie no lo notaría ni  el médico.

  Cuando su marido la miraba le volvía la cabeza sentía el frío del acero en sus ojos y una maléfica sonrisa afloraba en sus labios. Ahora era ella la que dominaba la situación.

  Era un anciano y el miedo a morir envenenado le obsesionaba.

    La situación resultaba incómoda pero a ella de momento le satisfacía bastantes años había sufrido sus ataques furibundos. Los abusos sexuales que en otro tiempo sufriera habían hecho de ella un ser vengativo y su justicia era la ley de Talión.

   A su hijo nunca le dijo la verdad sobre su progenitor, aunque los rumores de la gente llegaran a sus oídos.

   Una vez más los acontecimientos la desbordaban, no deseaba  utilizar las plantas del jardín, pero a su marido no le llegaba la hora del viaje final. Si lo llevaba a cabo tendrían que salir de San Andrés para no volver.

   Necesitaba tener una dura conversación con su madre y su hijo para poder tomar una decisión se irían a un lugar lejos donde  pudieran comenzar una nueva vida sin mirar atrás.

   Emprendió un viaje  sin dar explicaciones, llevaba una bolsa de piel en la que puso unas pocas prendas pues pensaba que todo sería rápido. 

 Entró en una inmobiliaria para comprobar los precios de las viviendas de las afueras o en su defecto en los pueblos de las proximidades.

   El agente  le condujo a una gestoría que se dedicaba a tratar de la venta o alquileres de las fincas agrícolas. La casualidad quiso que en Tirebla se vendía una gran hacienda de una herencia compartida.

   Llegaba eufórica a San Andrés pero el azar le había reservado una sorpresa.

   Entró la casa y no halló a nadie. La sala desordenada con sillas amontonadas y vasos con restos de vino no auguraban nada bueno o ¿quizás si? Se acercó hasta la calle de la iglesia comprobando que las puertas de ésta y del cementerio estaban abiertas..

   Según se acercaba al recinto religioso iba pensando que el cadáver era su marido y no se equivocaba. Al entrar la gente se aproximaba dándole el pésame. ¡Cuanta hipocresía! decía para sí mientras agradecía todas las muestras de fingido afecto.  Cuando llegaron a casa se sintió libre.

   Las copas de vino se llenaron de nuevo bebiéndolas de un trago. El silencio pesaba como una losa.  

   La mañana comenzó luminosa; el trinar dulce de los pájaros y el jardín lleno de color invitaban a desayunar en la terraza y mientras lo preparaban, los gorgoritos  brotaban de su garganta lo que parecía ser una canción.

    Empezaron por seleccionar los muebles para la mudanza, luego la vajilla antigua de la abuela, los manteles y los objetos valiosos que se habían transmitido de generación en generación. La biblioteca guardaba alguna primera edición de los clásicos españoles y los maravillosos  libros antiguos griegos y romanos.

  En unas jardineras trasplantó un rosal amarillo y otro naranja, los bulbos de azucena, un gran tiesto con una hermosísima hortensia azulada y unas hierbas aromáticas para cocinar. ¡Vaya semana agotadora!

    El camión de la mudanza les esperaba en la puerta las maletas  en el coche para salir una vez finalizado el cargamento, ella se quedó rezagada para dar un último vistazo a tantos años de historia.

   Cuando cerraba la gruesa puerta de la casa una negra idea pasó por su mente volvió a entrar en ella acumulando unos trastos en la que fue su habitación y le prendió fuego.

   Subió al coche y mientras se alejaba volvió la cabeza para ver como las llamas devoraban la casa de sus ancestros.


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