Cada
noche antes de irse a la cama Cibeles dedicaba unos momentos a la lectura
antes de tener unos instantes para soñar despierta. Imaginar lugares que
al pisarlos la fuerza de antepasados le subirían por los pies.
Había
recorrido gran parte de las islas griegas y en Santorini sintió las ondas
telúricas del volcán. El recuerdo de aquellos instantes la sigue sobrecogiendo,
notó el aumento de la sensibilidad del futuro como si una puerta entornada se
hubiese terminado de abrir.
Esa
sensación la desagradaba en extremo pues casi siempre eran noticias poco
amables.
Al
principio se las callaba e intentaba alejar esos lúgubres pensamientos de su
cabeza. Hasta que un buen día o mejor una terrible noche las pesadillas tomaron
visos de cruel realidad.
Se
debatía en una lucha interior entre avisar a la persona afectada o que la
tomaran por loca. Pasaban los días y al comprobar que no se repetían se
tranquilizaba.
¡UFF!
Qué alivio…
Al
cabo de unos días el sonido irritante del teléfono la despertaba y cuando se
disponía a cogerlo lo colgaban.
Pasó
una semana desquiciada a la vez que intrigada por la continuidad de las
llamadas. Hasta que una tarde tomó el toro por los cuernos y comenzó a repasar
mentalmente a qué personas hacía tiempo de las que no sabía nada.
Sacó
el listado y marcó el número de María, agotaba los tonos nadie respondía,
repetía las llamadas a diversas horas incluso de madrugada con idéntico
resultado.
Sin
embargo su sueño dejó de alterarse por el timbre telefónico, entonces
comprendió que se hallaba en la buena dirección.
Así
un día y otro hasta que al fin escuchó la voz de María triste y alterada.
Después de unas breves palabras su llanto desesperado de impotencia le comunicó
el gravísimo estado de su marido. Se lo llevaba la parca se lo llevaba.
Un
escalofrío recorrió su cuerpo, ahora no podía hacer otra cosa que consolarla
ante la cruel realidad.
Después
de colgar el auricular Cibeles gritó
“no, no quiero percibir sueños llenos de sufrimiento y dolor”.
Daba
vueltas por la casa sin parar las
lágrimas de rabia resbalaban por su rostro. Cada vez sus sueños se presentaban más a menudo y ella
se resistía aceptarlos.
Se
decía cada mañana “cosas del inconsciente” “todos tenemos sueños y no sucede nada”.
En su interior sabía que eran reales tan reales que identificaba los hechos y las personas.
Un
sufrimiento que escondía a los demás por el temor a la locura y si eso es
verdaderamente la locura ¿que la gente no alcanza a comprender?

Al
aceptarlos se fueron distanciando aunque nunca se irán del todo. Ha comprendido
que su cerebro nocturno trabaja a toda máquina y solo los que verdaderamente la
sobrepasan alguna vez lo cuenta a
grandes rasgos.
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