La
diosa de las sirenas se complació ante ésta nueva creación y pensó que sería un
buen lugar de reposo para su pueblo.
Solo necesitaba cubrirla de verdes praderas, frondosos bosques y ríos con
cascadas que su rumor les recordara su canto.
Al
escucharla el dios de las montañas le regaló el paraje que tanto anhelaba con
la condición de protegerlo y no abandonarlo jamás.
Sin
embargo Neptuno ponía una condición a su esposa “nunca debían de olvidarse de
pagar el tributo de su acuerdo”.
Antes
de aceptar la proposición fue a
reunirlas en la cueva principal desde la cual derivaban a otras
cinco. Largas y oscuras que a medida que
avanzaban la claridad las inundaba, por ellas salían a disfrutar de los rayos
templados del sol, el cielo azul y a ensayar sus cantos melodiosos.
A
las horas del atardecer un monte inmenso les daba sombra para que se
acostumbraran sus ojos de nuevo a la oscuridad marina.
Después
de deliberar acordaron vivir en el exterior y pagar el tributo impuesto por
Neptuno. Su diosa entonó plegarias y cánticos para que sus colas
desapareciesen. Sus cuerpos fueran esbeltos y sus pulmones capaces de surcar
las profundidades para alimentarse.
Con
los sonidos melodiosos entonados a coro fueron ascendiendo por los túneles
hasta llegar a la superficie y en el momento de pisar la verde y frondosa
hierba se convirtieron en espléndidas mujeres.
Pasaron
los años e iban envejeciendo un sexto sentido las indicaba que su final se
acercaba por ello debían retornar al lugar de procedencia.
La
joven Ishtar no se conformaba con la vida tediosa que llevaba y se negaba a ser
el próximo tributo a Neptuno. Una madrugada se hundió en el mar en busca de un
lugar donde disfrutar como las otras jóvenes cuyas historias le contaron los
náufragos marineros.
Nadó
hasta desfallecer mientras escuchaba los cantos melodiosos y lejanos de sus
compañeras en señal de despedida.
Sin
embargo a medida que volvía a la realidad los escuchaba más próximos y al abrir
los ojos se vio rodeada por todas ellas.
Comprendió
que no todas quisieron ser mujeres y vivir en la tierra, otras se quedaron para
salvar con sus melodías a los náufragos.
La
acompañaron ante la presencia de la diosa para pedirle regresar a su cuerpo de
sirena.
La
diosa la llevó ante Neptuno y éste enfadado le respondió “Ishtar tú eres el
próximo tributo que debían pagar las mujeres.
Tu
sacrificio les permitiría vivir otros veinticinco años en la isla. Debes morir
es lo acordado”.
Ella
agachó la cabeza se postró de rodillas ante el dios y dijo: Haz conmigo lo que
creas que es más justo.
Neptuno
y la diosa deliberaron durante bastante tiempo hasta que al fin el dios del mar
movió su mano para que se acercara y le comunicó el veredicto.
“No
volvería a la isla ni se comunicaría jamás con las mujeres, sería para siempre
una sirena”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario