lunes, 24 de octubre de 2016

M. BRAQUECMOND (Biografía)

 
Marie Bracquemond, pintora impresionista, nace como Marie Quiveron en Morlaix, Bretaña en 1840 y muere en Sèvres en 1916. Es alumna del taller de Ingres, donde conoce al grabador y pintor Felix Bracquemond con el que se casa.

Marie se entusiasma por el impresionismo y participa en 1879, 1880 y 1886 en las exposiciones del grupo. El crítico Gustave Geffroy la consideró en su tiempo como una de las tres grandes damas del impresionismo, junto a Mary Cassatt y Berthe Morisot.

Este periodo estuvo marcado por el gobierno de Napoleón Bonaparte, que restauró territorialmente el imperio que Carlomagno formó, y extendió los dominios territoriales de Francia hasta la frontera rusa, y que tuvo que enfrentar a guerras sin precedentes a Europa. Se produjo la restauración monárquica entre 1815 y 1848, con las revoluciones de 1830 y 1848. Después, el Segundo Imperio de Luis Napoleón III, con quién se acentuó el proceso de industrialización y colonización y el posterior surgimiento de la Primera Guerra Mundial.

Fue una pintora que cultivó el movimiento artístico del impresionismo, estilo que se caracterizaba por pintar al aire libre y representar escenas cotidianas. En esta época ser un artista famoso significaba estar presente y tener éxito en “El Salón”, que era la exposición anual de Francia.

Marie empezó a estudiar dibujo y se asesoró por Ingrès, aunque no tomó lecciones formales con él. Fue admitida en el Salón de los Impresionistas en 1857 y su carrera tomó auge por copiar trabajos en el Louvre donde encontró a Félix Bracquemound, con quien se casó en 1869. Él la impregnó de conocimientos de vanguardia y la contactó con el poeta y crítico del arte Charles Baulelaire y el pintor impresionista Manet.

Desde este momento Marie desafió el arte académico de su tiempo, y más tarde mostró sus trabajos en las exhibiciones impresionistas de 1874, 1879 y 1880. La vida le jugó una mala pasada, debido a los celos que su marido
tenía de su obra.
Esta situación resulta un poco irónica ya que su esposo fue hasta cierto punto su impulsor en los inicios de su matrimonio, y por consiguiente, terminó por abandonar los lienzos y los pinceles en 1890, mortificada por la severa crítica y comentarios adversos de su marido.

Esta mujer tuvo que sufrir los numerosos prejuicios sociales por realizar una actividad esencialmente “masculina” en su tiempo.
Sin embargo cansada de las continuas críticas de su esposo  deja de pintar alrededor de 1890.











M. BRACQUEMOND


REFRÁN

Se cazan más moscas con una gota de miel que con un litro de vinagre.


Gracias a la aportación de Miguel García.

OTRA PESPECTIVA


jueves, 20 de octubre de 2016

KOSTANTIN KOROVIN


Kostantin korovin  nace en Moscú en  1861 y muere en París de 1939 fue un destacado pintor impresionista. En 1875 Konstantín entró en la Escuela de Moscú, donde aprendió con Vasili Perov y Alekséi Savrásov. Su hermano Serguei ya era estudiante de la Escuela.

En 1881-1882, Korovin pasó un año en la Academia Imperial de las Artes en San Petersburgo, pero regresó disgustado a la Escuela de Moscú. Estudió en la escuela con el nuevo maestro Vasili Polénov hasta 1886.

En 1885, Korovin viajó a París y a España. París fue una sorpresa para mí… Los impresionistas… en ellos encontré todo por lo que a mi me regañaban en casa, en Moscú, escribió más tarde.

 El amor del círculo de Abrámtsevo por los temas rusos estilizados se reflejan en la obra de Korovin Un idilio nórdico. En 1885 Korovin trabajó para la ópera de Mámontov. Diseñó los decorados de Aida de Verdi, Lakmé de Delibes y Carmen de Bizet.

Korovin viajó con Mámontov a Italia y España, iniciando en Valencia la pintura de el balcón, mujeres españolas Leonor y Amparo. El cuadro obtuvo la medalla de oro en la Exposición Universal de París de 1900[] Konstantín viajó por Rusia, el Cáucaso y Asia Central. En la exposición de los Peredvizhniki, debutó en 1889 precisamente con el cuadro En el balcón. Pintó primero con un estilo impresionista, y después, art nouveau.

Las obras posteriores de Korovin estuvieron muy influidas por su viaje al Norte. En 1888 quedó cautivado por los severos paisajes nórdicos, como puede verse en La costa de Noruega y el mar del Norte.

En 1900, Korovin diseñó la sección de Asia Central del pabellón del Imperio Ruso en la Exposición Universal de París (1900); fue premiado con la Legión de Honor por el gobierno francés.

A comienzos del siglo XX, siguiendo una fuerte atracción por el teatro, Korovin se trasladó al Teatro Mariinski en San Petersburgo. Korovin produjo un decorado anímico, que transmitía las emociones generales de la representación. Korovin diseñó ambientaciones para las producciones dramáticas de Konstantín Stanislavski, así como óperas y ballets del Mariin.

 Korovin se convirtió en académico de Pintura, y en 1909-1913 fue un profesor en la Escuela de Moscú de Pintura, Escultura y Arquitectura.

Uno de los temas favoritos del artista fue París. Pintó Un café de París (años noventa), Cafe de la Paix (1905), La Plaza de la Bastilla (1906), París de noche; Le Boulevard Italien (1908), Carnaval nocturno (1901), París por la tarde (1907) y otros.

En 1923Korovin se trasladó a París por consejo del Comisario del Pueblo de Instrucción pública, Lunacharski, para curar su condición cardíaca y ayudar al hijo disminuido de Korovin. Se suponía que iba a celebrarse una gran exposición de obras de Korovin, pero las obras fueron robadas y Korovin quedó arruinado. Durante años produjo numerosos Inviernos rusos y Bulevares de París para sobrevivir.

En los últimos años de vida, produjo decorados para los principales teatros de Europa, Estados Unidos, Asia y Australia, siendo el más famoso de ellos el que diseñó para una producción de la Ópera de Turín de El gallo de oro, obra de Rimski-Kórsakov.

 El hijo de Konstantín, Alekséi Korovin (1897-1950) fue un destacado pintor ruso-francés. Debido a un accidente de la niñez, ambos pies tuvieron que serle amputados. Alekséi se suicidó en 1950.

 


 

lunes, 17 de octubre de 2016

LA FOTOGRAFÍA Y LOS ESPEJOS

    Cuando Celia entró en aquella exposición un fuerte escalofrío recorrió su cuerpo, se extrañó de aquella sensación pues el calor en la calle era sofocante. Había acudido empujada por el gran despliegue publicitario que había por toda la ciudad, la anunciaban como la mejor muestra fotográfica de los últimos años.

            Fue observando cada una de ellas sin detenerse demasiado, la arquitectura nunca la atrajo lo suficiente como para interesarse por sus autores. De pronto su cara tomó una expresión extraña al contemplar la imagen de una casa construida sobre un risco escarpado, con una ventana iluminada por una luz espectral que reflejaba unas caras como si se tratase de una película de terror. Sus ojos no podían apartarse de la fotografía, era como si quisieran escudriñar lo que había dentro de ella. Los cerró por un momento alejándose despacio para continuar con su visita, pero su mente no podía olvidar semejante imagen. Volvió sobre sus pasos como si un imán la fuera atrayendo hacia allí.

            Se detuvo de nuevo a mirarla y una rara inquietud se fue apoderando de ella hasta el punto de salir a toda prisa de la galería. Al verse en la calle respiró profundamente con sensación de alivio, para a continuación dirigirse hacia el paseo marítimo y contemplar la calma del mar que ahora tanto necesitaba.

            Llevaba muchas noches que apenas dormía unas horas seguidas, se despertaba sobresaltada, sudorosa y muy agitada. Se sentó en un banco intentando recordar la causa de lo que le producía tanto miedo durante el sueño. Repasó mentalmente desde su adolescencia todo aquello que le podía producir terror. De pronto, un pensamiento fugaz se fue haciendo más y más permanente.

            Recordaba las últimas vacaciones que pasó en un pueblo de montaña, con las casas escalonadas en su ladera hasta llegar casi hasta la cima. Algunas estaban abandonadas por sus habitantes y otras se reconvirtieron en hotelitos rurales. Allí conoció a un grupo de jóvenes que veraneaban en la zona. Sus nombres salieron automáticamente de sus labios: Ana, Isabel, Fernando y Mario. Todos ellos se divertían  montando en bicicleta explorando los lugares aledaños, comentando las historias escuchadas a las personas más viejas del pueblo.

            Habían pasado demasiados años como para recordar con nitidez todos los detalles de aquella nefasta tarde. Habían subido a la cima de la montaña y entraron en una destartalada casa que allí encontraron, llena de polvo y telarañas. Aún había muchos enseres tirados por el suelo y algunas fotografías antiguas colgando de las paredes. Les dio la impresión de que sus habitantes habían salido con mucha prisa.

            Recorrieron una a una todas las habitaciones sin hallar nada que llamara su atención, hasta que encontraron un pequeño habitáculo con una minúscula ventana que apenas dejaba pasar los rayos del sol. La estancia estaba impoluta. Había una mesa redonda en el centro y un par de sillas a su lado por todo mobiliario. Se acercaron a la mesa y  vieron con sorpresa que sobre ella había un tablero con un vaso puesto boca abajo.

            Una voz a sus espaldas inquirió:   “¿Qué hacéis vosotros aquí?”

            No pudieron articular palabra del tremendo susto que se llevaron, y hasta el color de sus caras desapareció. La anciana les fue tranquilizando al tiempo que les explicaba el funcionamiento del tablero. Jugaron un rato sin darse cuenta del peligro que la güija entrañaba. Eso no se lo contó.

            Cuando regresaron a casa ya anochecía, pero había luz suficiente para emprender el camino. Quedaron  en volver a la tarde siguiente con un par de interrogantes preparados cada uno. Esa noche la pasaron inquietos buscando las preguntas que saciaran su curiosidad.

            A la hora convenida se reunieron los cinco en la plaza, encaminándose entre las empinadas callejuelas hacia la antigua y destartalada casa. Sudorosos e inquietos, se adentraron en el cuartito esperando a la anciana para comenzar la sesión de espiritismo. Pasaron los minutos y hasta una hora pero la vieja no apareció. Entonces imitaron todo lo que recordaban de la tarde anterior. Colocando el vaso boca abajo se agarraron de las manos mientras Mario invocaba a los espíritus. Antes de comenzar las preguntas colocaron sus dedos encima del envase cristalino.

    Celia no recordaba los interrogantes de cada uno, sólo que el vaso se movía sobre las letras  y el miedo que les invadió cuando el envase comenzó a girar en el tablero como si tuviera vida propia. Corrieron sin parar hasta que se quedaron sin aliento, prometiendo no hablar de ello con nadie. Ese fue el último verano que se vieron.

    Con el recuerdo fresco en su memoria volvió a la galería para mirar de nuevo la fotografía e interesarse por el autor. Cuando se dirigía hacia ella vio a un hombre que también la observaba con detenimiento exagerado. Ella le saludó y preguntó si conocía al que había tomado la fotografía. Él le dijo su nombre, Mario, y le tendió la mano mientras le decía que era el autor de la imagen que ambos contemplaban. Celia se la aceptó y se presentó.

    Se miraron sorprendidos pues sus nombres les resultaron familiares, y al verse delante de la tétrica imagen, comenzaron a suponer que eran parte de la pandilla de aquel lejano verano.

    La conversación continuó mientras se acercaban al café próximo a la galería para seguir hablando de aquellos tiempos. Ninguno de los dos había mantenido contacto con los demás componentes del grupo. Mario le comentó que sintió cómo una fuerza interior le empujaba a volver al pueblo y fotografiar la vieja casa. Y la inmensa sorpresa que tuvo cuando la reveló, creyendo ver en la ventana unas caras fantasmales. Ella asentía con la cabeza ante la última frase de Mario.

    Celia lanzó una pregunta al aire: ¿habría tenido consecuencias su inconsciencia de aquella tarde?

    De pronto un incómodo silencio se adueñó de los dos. Se miraron y se levantaron para despedirse, pero al pasar por delante del espejo que adornaba el pequeño café, aparecieron ante sus ojos desorbitados las siluetas de tres caras que fácilmente reconocieron. 

    

   

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LA CASA DE LOS DUENDES


Desde el pueblo se divisaba a lo lejos una casa construida sobre un montículo con algunos árboles que la adornaban. Según se acercaban a ella el rumor del agua se hacía más sonoro por la fuerza de los rápidos, por lo que parecía que el edificio tuviese música incorporada.

           Las tres arcadas de su frontal daban paso a un gran porche que protegía de las inclemencias del tiempo. Los altos muros, que circundaban las tres cuartas partes de su perímetro, escondían un bello y secreto  jardín cuyo centro se hallaba adornado por un pozo. Éste tenía dos escaleras que permitían un acceso más cómodo para sacar el agua. Se hallaba rodeado de unas artísticas losetas en blanco y distintos matices de gris hasta terminar en el borde con una franja de color gris azulado, que dibujaban un serpenteante camino que parecía sacado de un cuento infantil. En el punto medio del arco que  coronaba el conjunto se encontraba la polea, por la cual se deslizaba una gruesa y larga cuerda. En un extremo, atado con fuerza, había un pequeño cubo de color plateado con el cual se sacaba el agua necesaria para cubrir todas las necesidades; la otra punta de la soga se recogía y se sujetaba con una pesada piedra.

         El jardín estaba lleno de rosales de colores rojos y blancos, acompañados por algunos frutales que en la primavera inundaban de hermosas fragancias todo el lugar.

         El dueño de la casa era Gabriel, un hombre de estatura media y complexión delgada en cuyo moreno rostro destacaban unos ojos marrones y, dependiendo de si iba hacia el verano o el invierno, un pequeño bigote. Tenía un carácter afable, servicial y afectuoso con los niños y era él quien daba a la casa ese halo de cuento que tanto gustaba. Lo preparaba cada verano para sus tres sobrinos, les hacía protagonistas de sus historias que disfrutaban cada momento y que recordaban cuando llegaba el invierno. Casi sin darse cuenta, o quizás dándosela, iba desarrollando la imaginación de los niños.

                  Daniel era cuatro años mayor que Antonio y seis más que Íñigo.   Aprendió a montar en la bicicleta, cosa que utilizaba para enrabietar a los pequeños, los cuales querían imitarle en todo. Con la primavera llegó el regreso a la casa de Gabriel. El primer domingo de mayo hacía un tiempo espectacular, sin nubes en el horizonte, con los rayos del sol calentando la tierra. Una vez terminada la comida salieron al jardín, donde solían resguardarse del calor debajo de una frondosa higuera, y allí comenzaron los cuentos de su tío.

         Cuando más absortos estaban con la historia Antonio interrumpió diciendo: “¿habéis oído?” Los demás negaron con la cabeza y cuando Gabriel continuó con su historia el niño inquirió: “Ahora sí que lo habéis oído, ¿verdad?”. Sin embargo, ellos siguieron negándolo. Entonces el pequeño se levantó y se fue hacia el rincón de rosales rojos, donde con seguridad escuchó unos débiles ruidos. Buscó y rebuscó entre las hojas de la hierbabuena que se enredaba con las rosas, pero no halló nada. De pronto el ruido se volvió a escuchar con más nitidez. Antonio metió la mano un poco más lejos en esta ocasión y encontró un trenecito de madera pintado de vivos colores. Alborozado gritaba: “¡Lo veis! ¡Lo veis! Eran ciertos los ruidos”.

         Pasados los primeros instantes de la emoción empezó a pensar en quién habría elaborado el juguete. Con su infantil imaginación dedujo que tenían que haber sido los duendes de los que tantas veces le hablara su tío. Acercándose a él le dijo: “Ya sé quien lo ha hecho, han sido los duendes”. Gabriel sonrió afirmativamente.

         Daniel les miró con gesto adusto pues él no había encontrado nada. Entonces su tío le dijo que  buscara por los demás rincones del jardín y que llevara a Íñigo. De un salto, el niño se levantó del banco y fue mirando entre todas las plantas, hasta que entre una de ellas halló una vagoneta para enganchar en la máquina del tren.

          “Ahora jugarán todo el verano con él” pensó Gabriel. Le compensaba haber  trabajado todo el invierno en la madera y convertirla en un precioso juguete para sus sobrinos. Entró en la casa para sacar un tablero con unas pinturas y luego preguntó a sus sobrinos: “¿Qué os parece si  ahora le ponemos un nombre a la casa?”

    Los niños gozosos comenzaron a decir todo lo que se les ocurría. Pero el tío les apuntó: “¿Y si la llamamos “La casa de los duendes?”  Daniel y Antonio aplaudieron la feliz idea. Prestos ayudaron a pintar el letrero que habían de colgar en el frente de la casa. Satisfechos de su trabajo, dejaron que el tío lo pusiera en el sitio más visible del edificio.

         Cada vez que los niños bajaban al pueblo contaban a todo el que se encontraban en su camino la fantástica historia que les había sucedido en la casa que, desde entonces, fue conocida por su nuevo nombre.

 



  
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viernes, 14 de octubre de 2016

EL MANTÓN DE MANILA


El mantón de Manila es un lienzo cuadrado de seda decorado en colores vivos con flores, pájaros o fantasías, y rematado en todo su perímetro por flecos. De origen chino se hizo muy popular durante el siglo XVIII en España e Hispanoamérica como complemento del vestuario femenino. Fue inmortalizado por pintores como Joaquín Sorolla, Hermen Anglada Camarasa, Ramón Casas o Julio Romero de Torres.

En la cultura tradicional del vestido femenino, el mantón de Manila se asocia a la mujer andaluza, la manola madrileña, el casticismo en la geografía universal de influencia hispana, el flamenco y la elegancia de corte exótico

Prenda original de la China milenaria, en el Lejano Oriente, tomó sin embargo su nombre de la capital de Filipinas (Manila) antiguo territorio del Imperio Español  y origen de las rutas comerciales marítimas durante la época imperial española. Algunas fuentes fijan su origen durante la dinastía Tang China —año 600 aC—, hipótesis sustentada en el hecho de que fuesen los chinos los descubridores de la seda y los primeros en bordar con hilo de seda. La más antigua muestra de bordado chino se ha encontrado en una tumba de la dinastía Zhou —siglo VI aC—.

Para el investigador Joaquín Vázquez Parladé, el mantón de manila tiene un origen mexicano como pieza de vestir tardía en Nueva España, donde la seda y el bordado de estos textiles eran industrias importantes. Aporta como prueba el detalle de que a principio del siglo XVIII existían los denominados trajes de “china poblana” ricamente bordados con grandes flores y colorido y diseños chinos. Anota también que fue en Acapulco donde desembarcaban los galeones de Manila.
 

CUENCA


miércoles, 12 de octubre de 2016

LA ROSA EN LA MITOLOGIA

Su nombre deriva del nombre griego Rhodón cuyo posible significado es “efluvio oloroso”, o “lo que desprende olor”, y está consagrada a la diosa griega del amor y la belleza, Afrodita.

Todos conocemos que la rosa representa al amor, y su simbolismo varía segun el número de pétalos y su color; también representa la primavera, la regeneración, el orgullo y lo místico. Cuya interpretación depende del contexto histórico.

 Son varias las leyendas que se cuentan sobre su creación, pero os voy a contra la siguiente:

Mientras Afrodita nacía de la espuma del mar quiso poner a prueba su poder, entonces creó algo tan hermoso como ella y de su seno surgió una rosa blanca que a partir de ese momento la utilizaría como adorno.

Un día el dios Dionisio se acercó a ella y vertió unas gotas de su copa de vino sobre la flor, adquiriendo el color rosado.

lunes, 10 de octubre de 2016

REFRÁN

Entre col y col, una lechuga.

ALBARRACÍN


ROSA BONHEUR (Biografia)


Fue toda una celebridad en el siglo XIX, tanto por su carácter como por sus pinturas. Su especialidad eran los cuadros de temática realista protagonizados por animales. Rosa procedía de una familia de artistas: su padre Raymond, su hermana Juliette y su hermano Auguste eran pintores, y su hermano Isidore era escultor.

Rosa Bonheur era una mujer moderna y rompedora, que fumaba e iba vestida como si fuese un hombre. (En esa época, las mujeres tenían que pedir permiso a la policía para llevar pantalones.)

“La feria de caballos” fue su mayor éxito. Para poder pintar esta gigantesca obra, de cinco metros de largo, iba dos veces por semana a tomar apuntes al mercado de caballos de París. Realmente. Y encima, pintarlos en el taller, sin tenerlos delante. Desde luego, esta mujer era una fuera de serie.

 

miércoles, 5 de octubre de 2016

HERBOLARIO ANTIGUO


MELINDA MORRISON

M.MORRISON cursó su licenciatura en Bellas Artes por la Universidad de Texas en Tyler.  Publicista ejecutiva, diseñadora gráfica y directora de arte de su propia compañía, reclutador corporativo.
 No es de extrañar, fue reconocida en concursos nacionales para diseño después se trasladó a Denver en 1994, el extrovertido satisfecho empezó a oír de la artista muerto de hambre, ella dice que "se sentía como su alma se estaba secando". Una clase de pintura al óleo en la Liga de Estudiantes de Arte de Denver.
 En los próximos cinco años, Melinda estudió pintura en la Liga bajo la dirección de Colorado artistas Quang Ho, Weckbach Kevin y mentor, Kim Inglés. A medida que su pasión y habilidad creció, también lo hizo su sueño de pintar a tiempo completo.
 Después de ser despedida de su trabajo en 2003, Morrison admitió que "si no lo hacemos ahora, nunca lo haré". Ella dio el salto y llevó años de habilidades empresariales en la danza nueva y compleja de su carrera artística profesional a tiempo completo.
 Desde esa decisión, Melinda está recogido entre los cientos de coleccionistas en todo los EE.UU. y es respresented por las galerías más importantes en Boca Raton, Florida, Houston, TX, Santa Fe, Nuevo México, y Denver, CO
 

M. MORRISON


martes, 4 de octubre de 2016

HISTORIA Y LENGUAJE DEL ABANICO

La historia del abanico no es tan remota como se podría pensar en un principio. Algo tan simple como abanicarse con los más diversos materiales (plumas, hojas...) no dió lugar al abanico que conocemos  se remonta apenas a 5 siglos atrás. Existían elementos simples, como el conocido paipai de una sola hoja rígida con un mango o empuñadura, y de gran variedad en formas y tamaños.

Se cree que por el siglo XV entre los años 1.400 a 1.425 los abanicos llegaron a China desde Corea. Los grandes "viajeros" los trajeron a Portugal, España e Italia. Aunque según recientes estudios se cree que los primeros abanicos plegables fueron introducidos en Europa por los Jesuítas. Catalina de Médicis los introdujo en Francia. En la corte de Enrique III, tomando como ejemplo el Rey que los utilizaba se hicieron muy populares.

Pero la época de máximo esplendor fué durante los reinados de Luis XIV y Luis XV, en donde eran complemento indispensable en el vestuario de una gran señora. Se utilizaban materiales de auténtico lujo, como piedras preciosas, tafetán de Florencia (las telas italianas eran consideradas las más lujosas del mundo), oro y metales preciosos, etc. En el siglo XVII hacen su aparición en Inglaterra, pero el varillaje estaba sujeto a un mango rígido. Eran de gran tamaño, y adornados con motivos diversos, pintados por artistas de renombre.

En la actualidad, el abanico ha pasado a ser un mero complemento, muy poco utilizado. El abanico siempre ha sido un elegante complemento femenino, pero también ha servido como lenguaje encriptado.

Consiste en una serie de señas que las mujeres de los siglos XVIII y XIX utilizaban para comunicarse con sus pretendientes o amantes. Os dejo una muestra.

Interpretación.
          Abanicarse rápidamente. Te amo con intensidad.

 Abanicarse lentamente. Abanicarse de forma pausada, significa soy una señora casada y me eres indiferente. También si se abre y cierra muy despacio significa esto.

 Cerrar despacio. Este cierre significa un "Sí". Si se abre y cierra rápidamente significa, "Cuidado, estoy comprometida".

 Cerrar rápido. Cerrarlo de forma rápida y airada significa un "No".

 Caer el abanico. Dejar caer el abanico significa: te pertenezco.

 Levantar los cabellos. Si levanta los cabellos o se mueve el flequillo con el abanico significa que piensa en ti, que no te olvida.

 Contar varillas. Si cuenta las varillas del abanico o pasa los dedos por ellas quiere decir que quiere hablar con nosotros.

 Cubrirse del sol. Significa que eres feo, que no la gustas.

 Apoyarlo sobre la mejilla. Si es sobre la mejilla derecha significa "Si". Sobre la mejilla izquierda es "No".

 Prestar el abanico. Si presta el abanico a su acompañante, malos presagios. Si se lo da a su madre, quiere decir "Te despido, se acabó".

 

 

 

 

 



REFRÁN

Desde que tengo potra, no vi otra.

B. MORISOT


lunes, 3 de octubre de 2016

EL OLIVO EN LA MITOLOGIA


La leyenda nos cuenta que la diosa Atenea hizo brotar un olivo con la punta de su lanza en el origen de la ciudad.

Sin embargo otra nos dice: Que Atenea y Poseidón estaban en lucha por su protección entonces Zeus prometió conceder el dominio de la ciudad a quien pudiera conseguir el regalo más útil para el territorio.

Poseidón llevó un caballo, animal noble y resistente, muy necesario para el hombre. Atenea apareció con una rama de un verde plateado, explicó las cualidades del olivo al ser capaz de vivir muchos años y dar frutos sabrosos, extraer líquido para las comidas y curar heridas. De ésta forma Atenea se hizo con la victoria.

Los griegos conocían el olivo silvestre ya que el dedicado al aceite provenía de Egipto.

En la actualidad es un valioso componente de la dieta mediterránea, regando generosamente las ensaladas de todo tipo y en los guisos cotidianos.

CALLE DE LUSAKA


sábado, 1 de octubre de 2016

GIUSEPPE ARCIMBOLDO


 Pintor italiano nacido en Milán en 1.527. Fue diseñador de cartones para tapices y vitralista de la catedral de Milán. Vivió en Praga, y en Viena trabajó para la corte de los Habsburgo. Arcimboldo fue el creador de un tipo de retrato en que el rostro estaba constituido por agrupaciones de animales, flores, frutas y toda clase de objetos. En ellos se encuentra una mezcla de sátira y alegoría, como en La primavera y El verano.
 Sus obras fueron vistas en su tiempo como un ejemplo de pintura curiosa pero carente de valor artístico. En época reciente, los surrealistas concedieron gran valor al juego visual de sus composiciones y al carácter grotesco de sus alegorías.
Inició su carrera a los 22 años, junto a su padre, Biaggio, que sería su primer maestro. Combinó sus trabajos con el estudio de los grabados de Leonardo da Vinci, especialmente los de vena caricaturesca. En 1562 se trasladó a Praga, donde estuvo sucesivamente al servicio de los emperadores Fernando I, Maximiliano II y Rodolfo II, convirtiéndose en uno de los pintores favoritos de la corte, en la que realizó varios decorados para el teatro imperial. A la muerte de Rodolfo II regresó a Milán, donde falleció el 11 de julio de 1593.
De la obra de Giuseppe Arcimboldo sobresalen los diversos cuadros alegóricos en los que, a partir de verduras, frutas, flores, animales u objetos diversos, forma figuras humanas o figuraciones de las estaciones del año, tales como la Primavera (1563, Museo del Louvre, París) o el Retrato con hortalizas (Pinacoteca de Cremona). Dotado de una singular imaginación para crear los más inverosímiles y originales efectos visuales, Arcimboldo gozó de merecida fama en su tiempo a partir de esos retratos grotescos (particularmente los de la serie Las cuatro estaciones). Es un arte caprichoso, ilusionista y minucioso, representante del gusto manierista por la metáfora artificiosa, la curiosidad insólita y la paradoja.
 El estudio y la valoración de la obra de Arcimboldo no fueron abordados con rigor hasta principios del siglo XX, como reflejo del interés volcado hacia ella por el surrealismo. Los surrealistas apreciaron una fascinante mezcla de sátira y alegoría en estas obras, y concedieron un gran valor al juego visual; en ellas vieron en una anticipación de sus juegos visuales e incorporaron sus técnicas. Su influencia llegó a pintores de la talla de Salvador Dalí, como lo demuestra la Cara paranoica realizada por el artista español en 1935.
 
 
 En el museo de Bellas Artes de San Fernando (Madrid) podemos admirar una de sus obras única en España.