Ha
llegado el mes de Julio con todo su esplendor lumínico y calorífico. Ya no
podemos quitarnos más vestimenta, las gafas de sol cuanto más grandes mejor,
los sombreros con cuidado que un golpe de brisa lo lleve debajo de los coches y
los pies con sandalias tan bajas que prácticamente pisamos el asfalto.
Las
botellas de agua y los abanicos ocupan las manos, las terrazas llenas a
cualquier hora con las mesas a rebosar de vasos y botellas de refrescos, mientras
de los parasoles llueven finas gotas de agua fría aliviando el asfixiante
calor.
Las
oportunidades culturales se entremezclan en sus horarios, con ello la
indecisión de cual elegir. Teatro, concierto, conferencia o cine subtitulado.
¿Quién
ha visto una feria del libro en verano? Pues sí también la hay y cursos de
escritura comprimidos en cuatro días. ¿Quién da más por menos?
En
agosto queda cerrado todo el mundo de vacaciones, ¿de vacaciones? No sabía que
la cultura cerrara un mes al año, pues aunque parezca una contradicción,
resulta que es cuando hay más tiempo libre, nos hallamos relajados y se puede
asistir a cualquier acto sin prisa.
No
todo es playa, baile, bares y comilonas. Hay un sector cada vez mayor que requiere de otras “diversiones”. Una nueva
forma de sacar provecho a los lugares públicos y disminuir sus pérdidas.
¡Uy!
A lo que iba, que una vez decidido a que acto asistir, una se arregla un
poquito se ilusiona y va.
Cuando
se acomoda en la butaca y paciente espera que la gente se siente y se calle,
¡Por Dios que se calle! Y por fin el silencio inunda la sala, Los músicos hacen
su aparición, suenan unos tibios aplausos y el director batuta en mano se
dispone aunar instrumentos para deleite de nuestros sentidos.
De
pronto un molesto ruidito se cuela entre las notas, pareciera que desafina
dentro de la partitura.
Todas
las cabezas se giran al unísono en busca del origen molesto que interrumpe el
instante de gozo musical.

Comienza
la segunda parte en el auditorio resuenan
de nuevo los aplausos, señal inequívoca de que esperamos disfrutar de notas que
serenen el espíritu.
De
nuevo se escucha el “ruidito” pero esta vez el director de la orquesta
interrumpe el concierto, se gira hacia el público y comenta: cuando acaben de
comer caramelos continuaremos.
Nadie
se dio por aludido. El silencio regresó y el aire se llenó de melodía…
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Es una costumbre que tenemos cuando vamos al cine o al teatro de llevar algún caramelo. Yo procuro comer gominolas que no hay que quitar el envoltorio. Un abrazo
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